El Leal (Bratva Sokolov nº 6) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Es verdad lo de las rutas. Es verdad que soy el único que puede encontrar a Grigori esta noche sin perder horas, porque sé sus madrigueras como me sé las salidas de cada portal de Brighton Beach.

Todo eso es cierto y todo eso es coartada.

La cuenta verdadera la sabemos Viktoria y yo, y empieza por un nombre que no digo en alto delante de Iván, porque es su muerta tanto como es mi culpa: Marina.

Marina llevaba tres años pesándome sin poder soltarla, porque las deudas que no puedes pagar son las únicas que te quitan el sueño, más que las que pagas con sangre o con cárcel.

A las otras les pones una cantidad y las saldas.

A esta no. A esta solo la cierra una cosa: que el que la cobró, Grigori, deje de poder cobrarle a nadie más.

No es venganza. La venganza es para los que sienten, y yo llevo tres años entrenándome para no sentir.

Es contabilidad. Hay una cuenta abierta con el nombre de una muerta encima, y esta noche, por fin, tengo a tiro el único pago que la cierra.

Lo digo con la voz de operaciones, la fría, la del que reparte tareas según quién las hace mejor. Y casi cuela. Cuela con todos menos con una.

Viktoria, desde su lado de la sala, no me quita ojo.

No dice nada delante de la familia, pero me está leyendo la otra cuenta, la que no he puesto sobre el mapa: que no voy a por Grigori solo porque sé sus rutas.

Voy a por Grigori porque Grigori apretó el gatillo sobre Marina con un dato que le di yo, y esa es la única deuda de mi vida que necesito cerrar con las manos antes de poder pagar nada más.

Lo sabe. Y sabe que, debajo de eso, hay todavía otra cosa que no se dice en una sala de operaciones: que ir a por Grigori es también la manera más limpia que me queda de morir saldando, si las cosas salen como una parte de mí, la vieja, todavía quiere que salgan.

Nikolai lo aprueba. Es lo correcto en táctica, y lo sabemos los dos.

Y cuando ya está dicho, cuando ya soy oficialmente el que va a por Grigori, Viktoria habla por fin, y no me habla a mí.

Le habla a Nikolai, igual que la otra vez, en aquel consejo que ya parece de otra vida, cuando respondió por mí con su propia vida.

—Si lo usas —dice—, vuelve.

No le contesto delante de todos. Pero la miro, y ella me sostiene la mirada, y en ese cruce de un segundo cabe toda la discusión que no vamos a tener en voz alta: ella sabe a qué voy, yo sé que ella lo sabe, y los dos sabemos que la condición que me acaba de poner —volver— es la que choca de frente con la parte de mí que sale esta noche buscando lo contrario.

—Vuelvo cuando esté hecho —digo. Es lo más que puedo prometer sin mentir, y ella lo nota, porque «cuando esté hecho» no es «vuelvo». Es un plazo con trampa, de los míos.

—No —corrige—. Vuelve. A secas. Lo de «cuando esté hecho» te lo guardas. Hecho o sin hacer, vuelve. Esa es la única cuenta de esta noche que me importa a mí.

Asiento, una vez. No es un sí: es lo más cerca de un sí que sé dar sin saber si voy a poder cumplirlo.

Y ella lo coge, porque lleva la vida entera cogiéndome lo poco que doy y haciéndolo bastar.

Es lo último que nos decimos delante de la familia.

Lo demás ya nos lo dijimos anoche, con el cuerpo y con las cuentas, y no hace falta repetirlo en una sala llena de gente que se arma para morir.

Tres palabras. Casi las mismas que usó para reclamarme la primera vez: si lo usas, es mío.

Solo que ahora el final es otro. Antes pedía que la herramienta fuera suya.

Ahora pide que la herramienta vuelva entera.

Y todos en la sala entienden que no está hablando de una herramienta.

Me está poniendo, delante de mi pakhan y de mi familia, la única condición que me cuesta cumplir: no morir.

Y ahí pasa una cosa que nadie nombra y que sin embargo está en la sala como está el humo cuando alguien acaba de disparar: que esta familia, que hace tres meses quería matarme, esta noche me necesita para seguir viva.

Que he dejado de ser el traidor al que se vigila y me he vuelto la pieza sin la cual no se gana.

No me lo dicen. En esta casa las cosas importantes no se dicen, se hacen.

Pero lo veo en cómo me pasan el material, en cómo me escuchan, en cómo Dimitri, que me enterraría con gusto, esta noche no me discute ni una orden.

El que ayer era una cuenta a saldar, hoy es el que lleva las cuentas.

La vida tiene un sentido del humor que no me hace ninguna gracia.

Es el ajuste de cuentas, aunque ninguno use esa palabra ni ninguna.

La que esta familia abrió conmigo hace tres meses —la del traidor que había que ajusticiar— se está cerrando esta noche sola, sin que nadie la firme, en la dirección contraria a la que la abrieron.

No me han perdonado en una votación. Me están perdonando en los hechos: poniéndome en el centro, dándome el arma buena, fiándome el flanco que decide la guerra.

Un hombre se entera de que lo han readmitido en una familia no cuando se lo dicen —en esta casa no se dice—, sino cuando le entregan lo más peligroso y dan por hecho que lo va a hacer bien.

Esta noche me lo han entregado todo. Hasta a ella.

El que me entrega el arma es Iván. Tiene su lógica: es el menor, el del voto pendiente, el que gastó su voto decisivo en perdonarme cuando los demás no querían. Me la pone en la mano —el arma principal, no la de reserva— y la sujeta un segundo de más antes de soltarla, para obligarme a mirarlo.

—Cuando esto acabe —dice—, te sientas a la mesa. Con nosotros. Vivo. —No es una despedida; es lo contrario—. Y no es una sugerencia, Sasha. Es una orden. La última que te doy gratis. Las próximas te las vas a tener que ganar viniendo a cobrarlas en persona.

—No prometo nada.

—No te he pedido que prometas —dice Iván—. Te he dado una orden. Las órdenes no se prometen. Se cumplen. Y tú, de cumplir órdenes, sabes un rato. —Me suelta el arma por fin—. Pues cumple esta como cumples las otras: sin que te guste, pero entera.

No le contesto. Pero la frase se me queda dentro, pesando, porque es la segunda vez esta noche que alguien de esta casa me da la misma orden por caminos distintos.

Viktoria me la dio en la cama, con las cuentas.

Iván me la da ahora, con un arma de por medio.

Vive. Quédate. Vuelve. Tres formas de decir lo mismo, lo único que me cuesta, lo que llevo tres años sin saber hacer.

Mi condena tiene ya forma de orden directa, firmada por dos.

Y lo más raro de todo es que una parte de mí, pequeña, nueva, de hace pocas noches, quiere obedecerla.

Nikolai me coge del brazo cuando ya salgo. Hace tres años que no me tocaba sin que fuera para registrarme un arma.

—Te equivocaste conmigo una vez —recuerda—.

Me vendiste a los Zakharov para salvarla a ella, y te odié por eso tres años.

—Aprieta—. Esta noche he entendido por fin lo que hiciste.

Pagaste una cuenta imposible de la manera que tenías.

Yo habría hecho lo mismo por Lena. —Me suelta—.

Tráeme a Grigori cerrado y vuelve vivo, y la cuenta entre tú y yo queda saldada. Las dos: la vieja y la de esta noche.

Es lo más cerca que ha estado mi pakhan de perdonarme en alto. Y lo hace, cómo no, en mi idioma: cerrando una cuenta.

Salgo del salón con dos perdones a medio cobrar —el de Nikolai y el de Iván— y una orden repetida por todas las bocas que me importan.

Es más de lo que tenía cuando entré esta noche, y muchísimo más de lo que creía que iba a tener nunca: una familia que me manda volver.

Lo más raro de todo es que me cuesta creérmelo más que cualquier bala.

Salimos de la dacha a oscuras, los doce, en seis direcciones.

Es la última imagen que me llevo de la casa antes de la pelea, y la guardo, aunque guardar imágenes para después sea justo lo que ella me prohibió anoche: las seis parejas separándose en el patio, cada una hacia su frente, cada uno colocándole al otro la última cosa.

Es lo más parecido a una familia que he visto en la vida.

Y lo veo justo la noche en que puede romperse.

Así funciona el mundo conmigo: me enseña lo que podría tener justo cuando salgo a jugármelo.

En el coche, antes de arrancar, hago lo último.

Iván me ha dado el arma principal. Boris, al salir, me ha tendido la de reserva: la pequeña, la que se lleva pegada al cuerpo, en el bolsillo interior de la chaqueta, sobre el corazón, por si todo lo demás falla.

La cojo. Y voy a guardarla donde siempre, el de dentro, el izquierdo.

Pero el sitio ya está ocupado.

Viktoria me ha metido ahí, hace un rato, en el porche, su libro.

El de Lérmontov. El de los diecisiete, el que subrayé yo a lápiz hace media vida, el que ella me robó y con el que durmió seis años, el que hoy me ha devuelto para obligarme a devolvérselo en persona.

Está en el bolsillo de dentro, sobre el corazón, en el lugar exacto donde un soldado lleva la última bala.

Y tengo que elegir, porque en ese bolsillo, el bueno, el que cuenta cuando todo lo demás falla, no caben las dos cosas. O la bala de reserva o el libro. La salida o la deuda. La forma vieja de pagar o la nueva.

Me guardo la de reserva en otro lado. Más lento de sacar. Donde, si todo se tuerce, a lo mejor no llego a tiempo.

Y dejo el libro donde está. Sobre el corazón. En el espacio de la última bala.

No es estrategia. Es la peor decisión táctica de la noche, y la que no pienso discutir conmigo mismo.

Un soldado que cambia la bala de reserva por un libro es un soldado que ha resuelto, por una vez, jugársela a volver en lugar de prepararse para no hacerlo.

Nunca en tres años había salido a una pelea sin la salida limpia bien colocada.

Y salgo así, a propósito, con la deuda de Marina por delante, la orden de Iván por dentro y el libro de Viktoria donde otros llevan la manera de morir.

Es la frase más cursi que he pensado en la vida y no me la quito de la cabeza: llevo a Viktoria al sitio donde llevaba la muerte.

La he cambiado por ella. A conciencia, con la pluma de la cuenta en alto, he tachado una columna y he escrito la otra.

Donde decía «salida», ahora dice «deuda».

Donde decía «morir limpio», ahora dice «volver a devolver un libro».

Un soldado no debería hacer ese cambio la noche que más cara puede costarle.

Lo he hecho igual. Y no me arrepiento de una mala decisión táctica antes siquiera de tomarla.

Arranco. Las luces de los otros coches se reparten por el camino y se apagan entre los pinos, cada una hacia su guerra.

No hay vuelta atrás. La cuenta que esta noche le va a saldar a la familia entera, la que llevamos seis guerras sin terminar de pagar, empieza a cobrarse al amanecer.

Y yo voy a por la mía con un arma que tardaré de más en sacar y un libro que tengo que devolver en mano.

Por una vez en la vida, las dos cosas me parecen bien.

Por la ventanilla veo encenderse los faros de los otros coches, uno tras otro, en el patio gris de la madrugada.

Seis pares de luces, doce personas, seis maneras distintas de pelear la misma guerra.

Nunca había visto a esta familia hacer una sola cosa todos a la vez; siempre fue uno salvando a otro, por turnos, pagándose las deudas de dos en dos.

Esta noche pagamos todos a la vez, cada uno la suya, y el total, si sale, salda la cuenta más vieja de la casa: la que abrió Viktor Zakharov el día que decidió que esta familia le debía algo.

Llevamos mucho pagándole intereses. Esta noche le devolvemos el principal.