Capítulo 14
La foto no me dejó dormir en tres noches.
La de Londres —la del móvil que Sasha le quitó al muerto en Brighton Beach—: yo, saliendo de mi galería con el abrigo gris, tres semanas antes de que nadie me llamara para pedirme que volviera.
Me la aprendí de memoria de tanto mirarla.
Alguien me había estado fotografiando en Londres cuando yo me creía la mujer más libre y más sola del mundo, y descubrir que aquella soledad estaba vigilada me dejó una astilla dentro que no había forma de sacar.
Lo peor no era la foto. Era lo que le hacía a los seis años de antes.
Yo me había contado Londres de una manera concreta: una mujer que se fue sola, que tasaba cuadros ajenos de día y dormía abrazada a un libro robado de noche, que se cruzaba de acera cuando un hombre con gorro de lana le sostenía la mirada un segundo de más y se decía que eran manías suyas.
Me había contado esa soledad como un castigo que elegí.
Y la foto venía a decirme que no estuve sola ni un día: que en la otra acera, en los seis años en que me creí libre, hubo siempre un ojo que no era el mío contándome los pasos.
La libertad por la que pagué con seis años de exilio era mentira.
Me la habían vigilado de principio a fin.
Se la enseñé a Sasha. No me dijo gran cosa —«gente de Grigori, llevan tiempo en esto», y la cara cerrada de siempre—, pero le vi en el gesto que sabía más de lo que soltaba.
Otra vez. Esa sombra que se le pone cuando guarda una cuenta debajo de la lengua.
No insistí; a Sasha la verdad no se le saca de un tirón, se le deja a un palmo.
Pero la astilla seguía clavada, y si él no iba a contarme cómo pensaban los Zakharov, solo se me ocurría una persona en esta casa que lo supiera de nacimiento.
Podía habérselo llevado a Mila. Pero Mila me diría de dónde salió la foto, y eso ya lo sabía. Lo que no sabía era lo de antes: la cabeza que decidió hacerla. Para eso no servía un ordenador. Servía haber comido veinte años en la misma mesa que esa cabeza.
Natasha Petrova llevaba cuatro años siendo de la familia y seguía sin serlo del todo, igual que yo.
La había traído Roman; o, más bien, la había ganado, en un libro que me contaron y que no me toca, después de haber estado a punto de usarla como se usa a la hija del enemigo: de moneda.
Porque eso es Natasha por debajo del apellido de casada: una Zakharov.
Hija de Viktor, el viejo, el padre de Grigori, el hombre contra el que íbamos a la guerra.
La enemiga que se quedó. Yo era la Sokolova que se fue.
Entre las dos sumábamos las dos traiciones que esta familia nunca supo del todo dónde colocar.
La encontré en el porche de atrás de la dacha, el que da al lago, liando un cigarrillo con una calma aprendida pronto: la de estarse quieta en habitaciones peligrosas. No nos habíamos hablado nunca a solas. Las dos lo sabíamos, y las dos sabíamos también por qué la buscaba yo justo ahora.
Estuvimos calladas un momento, las dos mirando el lago. Cuatro años cruzándonos por los pasillos sin decirnos nada que no fuera el tiempo o la cena, y de repente una foto y la guerra apretando nos sentaban en el mismo banco a hacer lo que ninguna había hecho nunca con la otra: hablar en serio.
Me senté a su lado sin pedir permiso y dejé el móvil del muerto en la barandilla, entre las dos, con la foto abierta. Lo miró un segundo largo. No se sorprendió, que fue la primera cosa que aprendí de ella esa tarde: a Natasha no la sorprende casi nada de lo que hace su padre.
—Tres semanas antes de volver —empecé—. ¿Cómo se decide una cosa así, en tu casa? ¿Quién manda hacer esto?
—¿Por qué me lo preguntas a mí? —Pero lo dijo sin filo, solo poniendo sobre la mesa lo que las dos sabíamos: que preguntárselo era recordarle de quién era hija.
—Porque eres la de esta casa que se crió oyéndolo. Sasha sabe cómo pelean. Mila sabe cómo se comunican. Tú sabes cómo piensan en la cocina, cuando creen que no los oye nadie. Y yo necesito eso, no lo otro.
—¿Y por qué iba a ayudarte yo —dijo, sin levantar la voz— a ganarle a mi padre?
Era la pregunta que tenía que hacer, y me alegró que la hiciera, porque una Natasha que no la hiciera no me habría servido de nada.
—Porque tu padre mandó esa foto —dije, y señalé el móvil con la barbilla—.
No la mía: la de la siguiente. La de cualquiera de las nuestras.
Roman es un Sokolov. El día que tu padre cierre la guerra y se le quede la mesa limpia, la misma mano que firma mi muerte puede firmar la de tu marido, si le conviene.
Tú no estás eligiendo entre tu padre y nosotros, Natasha.
Eso lo elegiste hace cuatro años, cuando te quedaste.
Estás eligiendo entre Roman y un viejo que te enseñó a servir el té y a no contar.
—La miré—. Yo ya sé lo que es elegir a uno de esta casa por encima de la sangre.
Lo hice al revés que tú: yo me fui. Pero el precio es el mismo.
Lo pensó. Encendió el cigarrillo, le dio una calada y, cuando habló, habló despacio, como quien gira un cuadro y te enseña el revés —el bastidor, las cuerdas, el clavo del que cuelga todo—, esa parte que nadie mira porque está convencido de que lo que importa es la pintura de delante.
—En el mundo de mi padre, una orden de muerte con nombre y apellido no la da cualquiera.
Grigori puede llevar la guerra. Puede mover hombres, prender fuego a unas oficinas, apretar por tres sitios a la vez.
Todo eso lo decide él; es el brazo. Pero matar a alguien señalado, a una persona concreta, a ti…
eso es sangre con firma. Y la firma, entre los Zakharov, es de uno solo. De mi padre. De Viktor.
—Entonces basta con que Viktor la firme.
—Ahí está la cosa. —Me miró por fin—. Mi padre es viejo.
Y los viejos de su mundo no son hombres de pistola: son hombres de superstición.
Viktor tiene una con la que crecí, oyéndola en cada comida desde que tengo memoria: nunca se cierran dos asuntos a la vez.
No firma una muerte mientras tiene una operación abierta sin terminar.
Cree que cerrar dos cosas el mismo día es llamar a la mala suerte, que el destino te cobra la prisa.
Lo he visto esperar semanas a rematar a un hombre solo porque tenía otro negocio sin cerrar encima de la mesa.
No por piedad. Por miedo a los números que no le cuadran.
—Lo aprendí en la mesa, no en ningún sitio importante —siguió—.
Yo era la niña, la que servía el té y no contaba, así que delante de mí los hombres hablaban como si las paredes oyeran menos.
Mi padre nunca cierra dos puertas el mismo día.
Si tiene un negocio a medias, espera. Si tiene una deuda que cobrar y otra que perdonar, no las hace juntas.
Ha organizado la vida entera alrededor de no tentar a la suerte, porque un hombre que ha mandado matar a tanta gente acaba creyendo, en el fondo, que la suerte le lleva una cuenta a él también y que un día se la va a pasar.
—Caló largo—. Es lo humano que le queda a mi padre: el miedo a su propia factura.
Y ese miedo, ahora mismo, es lo que te tiene viva.
Tardé un segundo en entender lo que me estaba diciendo. Y cuando lo entendí, se me dio la vuelta entero todo lo que creía saber de esta guerra.
—Espera. —Cogí aire—. Eso significa que mientras la guerra siga abierta…
—Mi padre no firma tu muerte. Exacto. —Soltó el humo hacia el lago—.
No puede, según su propia cabeza. La orden de Londres está hecha, pagada, lista.
Pero no se dispara hasta que él la firme, y no la firma mientras quede guerra por cerrar.
El día que esto se acabe, el día que Grigori gane o pierda del todo, se le queda la mesa limpia.
Y con la mesa limpia, firma. —Volvió a mirarme—.
No estás en peligro por si perdemos, Viktoria.
Estás en peligro el día que ganemos. Si ganamos deprisa, te matamos nosotros sin tocarte.
Me quedé mirando el lago con esa frase reorganizándome la cabeza pieza por pieza.
La historia de mi familia se había contado siempre igual: ganar rápido, ganar fuerte, antes de que el otro reúna fuerzas.
Y resultaba que en mi caso esa era la receta exacta para enterrarme.
El peligro no era el enemigo. Era la victoria.
Y entonces caí en otra cosa, y se me puso fría.
Sasha había dicho esto. En el consejo, días atrás, contra toda la sala: «acelerar es perderla».
Lo había dicho con la seguridad del que sabe, no del que deduce, y yo le había notado la verdad guardada debajo.
Sabía esto, o una parte. Lo sabía y no lo decía entero, otra vez, protegiéndome a su manera.
Solo que esta vez la pieza que me salvaba la traía Natasha —una hija que escuchó a su padre veinte años en una cocina—, no un soldado leyendo planos.
Lo que rompía el reloj no venía de las armas ni de los ordenadores.
Venía de una mujer que se acordaba de las comidas de su casa.
Me reí, sin ganas, una risa corta que no tenía gracia.
Toda la vida me habían protegido escondiéndome cosas, y resultaba que mi mejor protección era la superstición de un viejo asesino al que no había visto nunca.
No me salvaba mi familia. No me salvaba el hombre que me quería.
Me salvaba el miedo de Viktor Zakharov a cerrar dos puertas el mismo día.
Hay maneras más dignas de seguir respirando. Cogí la que había.
Natasha apagó el cigarrillo a medias contra la barandilla. Se quedó callada un rato, y supe que venía lo otro, lo que le rondaba desde que me senté.
—¿Puedo preguntarte una cosa? Y no como Zakharov, ni como Sokolova. Como lo que seamos las dos.
—Pregunta.