Capítulo 14 #2
—¿De verdad puedes querer a Sasha? —No lo dijo con reproche.
Lo dijo con cuidado, como quien aprieta una herida ajena para ver si todavía duele—.
Ayudó a matar a Marina. La mujer de Iván.
La quería tu familia entera. Y tú vas a dormir con el hombre que la entregó.
No te lo juzgo. Te pregunto cómo se hace, porque a lo mejor a mí me sirve.
No me ofendió la pregunta. Era la pregunta justa, la que yo misma me había hecho a las tres de la mañana más de una vez, la que cualquiera con dos dedos de frente me haría.
Marina no era una idea. Había sido una mujer de carne, la que devolvió a Iván al mundo de los vivos durante un tiempo, y Sasha —mi Sasha, el de la cocina, el del libro subrayado— había sido una de las piezas que la dejaron donde la mataron.
Eso no se borra queriéndolo, ni se arregla.
Hay cosas que se quedan; lo que puedes hacer con ellas es decidir si las cargas o no. Yo ya había decidido que las cargaba.
No le contesté de frente. Hice lo que se hace con una pregunta así: la giré y se la devolví, para que la viéramos las dos desde fuera.
—¿Tú puedes querer a Roman —dije— sabiendo que estuvo a punto de entregarte a Nikolai como moneda de cambio? ¿Que te tuvo en la lista de las cosas que podía negociar antes de ponerte en la de las que quería?
Aguantó el golpe sin pestañear. Eso también es de familia, el aguante.
—Eso fue antes de elegirme —respondió—. Lo que hizo Roman lo hizo antes. Después me eligió, y desde que me eligió no ha vuelto a haber lista.
—Sasha me eligió a mí trece años antes de que yo lo supiera —dije—.
Se quedó a un metro de mí en cada fiesta para no ponerme en la diana.
Se vendió a tus primos para mantenerme viva en Londres y me lo escondió para no cargarme con el peso.
Llega tarde a la lista de los que cambiaron por amor, lo sé.
Más tarde que Roman, más tarde que mi hermano, más tarde que todos.
Pero está en ella. Lleva en ella, en realidad, desde mucho antes que ninguno.
Lo que pasa es que fue el que decidió quererme en secreto, y a los que quieren en secreto no los apuntamos en la lista hasta que casi es tarde.
Lo dije sin que se me trabara en la garganta, y ahí estaba la prueba: las cosas que cuesta decir suelen ser las que no se creen del todo.
Esta la creía entera. Sasha no era el último de la lista por querer menos.
Era el último por habérselo callado más tiempo.
Y a un hombre no se le cobra la forma en que aprendió a querer cuando no hubo nadie que le enseñara otra.
Natasha me miró un buen rato.
—Es una buena defensa —admitió al fin—. La de una abogada o la de una mujer enamorada. No sé cuál de las dos me estás dando.
—Las dos. No son tan distintas. Las dos consisten en mirar a una persona entera, con lo peor incluido, y decidir igual.
—Roman dice que tú eres la de esta familia que da más miedo que los hombres —dijo, y por primera vez en toda la tarde algo parecido a una sonrisa le cruzó la cara—. Empiezo a entender por qué.
—No doy miedo. Solo dejé de pedir permiso. A la gente que lleva toda la vida pidiéndolo, una mujer que deja de hacerlo le parece un arma.
Asintió despacio, apuntándoselo para más tarde. Y en ese gesto —el de una Zakharov aprendiéndole a una Sokolova cómo se deja de pedir permiso— hubo más alianza que en todo lo que nos habíamos contado de firmas y de Viktor. Las treguas de no se firman. Se reconocen.
Llevamos lo otro a Nikolai esa misma tarde. Las dos juntas.
Mi hermano nos escuchó de pie, con el mapa a la espalda, mientras Natasha le explicaba lo de su padre, la firma, la superstición, y yo le ponía delante lo que significaba: que la guerra no había que ganarla deprisa, había que sostenerla abierta el tiempo justo —como se sujeta una puerta para que no se cierre de un portazo— hasta tener listo lo que enterrara a los Zakharov sin enterrarme a mí.
Nikolai no dijo nada en un rato. Lo conozco: estaba recalculando una guerra entera por dentro.
El hombre que ha ganado cinco veces empujando más fuerte y más rápido tenía delante a dos mujeres venidas de fuera —una que se fue y la hija del enemigo— diciéndole que esta vez se ganaba al revés.
Despacio. Aguantando. Con paciencia, y no con prisa de soldado.
Lo que estábamos haciendo, sin decirlo, era más grande que un plan de guerra.
Llevábamos seis guerras en las que los hombres decidían y las mujeres aguantábamos: curábamos, esperábamos en la cocina a que volvieran o no volvieran.
Y esa tarde, en el salón de la dacha, dos mujeres que habían llegado a esta casa por la peor de las puertas le estaban entregando al pakhan la única jugada que ganaba.
No con un arma. Con la memoria de las comidas de una niña y la cabeza fría de la otra.
Nikolai lo sabía. Por eso tardó tanto en hablar.
—¿Quién más sabe esto? —preguntó.
—De vuestro lado, ahora mismo, nosotras dos —respondió Natasha—. Y tú.
Mi hermano miró primero a Natasha, a la hija de Viktor Zakharov que acababa de entregarle la llave para ganarle a su propio padre, y luego a mí.
Y asintió, una vez, despacio, que en Nikolai es la forma más alta que existe de dar las gracias.
Por primera vez en seis guerras, el pakhan recibía el plan que ganaba de manos de dos mujeres a las que esta familia había tardado años en dejar entrar del todo. No lo dijo. Pero lo supimos las tres.
—Sostener la guerra abierta —dijo al fin, despacio, masticando la idea, desconfiando de ella como de una comida nueva—. Toda mi vida me han enseñado lo contrario. Cierra rápido. No dejes cabos. Un asunto abierto es un asunto que te puede matar.
—A ti. A ti te mata cerrarlo. A mí me mata que lo cierres tú.
Me miró un rato largo, mi hermano, con la cara de hombre que descubre tarde que la regla que le sirvió toda la vida no sirve para la persona a la que quiere proteger.
Y por una vez no discutió. Asintió otra vez, y supe que la guerra acababa de cambiar de forma, y que se la había cambiado yo, en un porche, con la ayuda de la hija del enemigo.
Estábamos en eso cuando entró Lena, con el portátil bajo el brazo y la cara de fiscal que trae cuentas cerradas.
—Tengo fecha —anunció—. El caso puede presentarse en diez días. Lo he repasado entero: aguanta. Hunde a Viktor y a Grigori con pruebas que no tocan a esta familia… casi.
—¿Casi? —repitió Nikolai.
—Casi. —Dejó el portátil en la mesa—. Para que el caso entierre a los Zakharov y deje limpios a los Sokolov, me falta una cosa que ahora mismo no tengo: un testigo.
Alguien que conecte a los Zakharov con crímenes concretos —fechas, nombres— desde dentro.
Alguien que haya estado en las dos casas.
Que conozca a los Zakharov por haber trabajado para ellos y conozca lo suficiente para sostenerse en un estrado sin arrastrarnos a nosotros con él.
Y según lo decía, fui entendiendo a quién describía, y se me cerró el estómago antes de que lo dijera en alto.
Solo había una persona en el mundo que cumpliera esa lista entera.
Una sola que hubiese vivido en las dos casas, que conociera a los Zakharov desde los quince y a los Sokolov desde después, que pudiera señalarlos con nombres y con fechas y sobrevivir a haberlo hecho.
—Sasha —dijo Lena. Y lo dijo mirándome a mí, porque sabía a quién le estaba poniendo la factura encima de la mesa.
En el salón se hizo ese silencio que se hace cuando alguien dice en alto lo que todos habían pensado y nadie quería ser el primero en decir.
Nikolai me miraba a mí. Lena me miraba a mí.
Hasta Natasha me miraba a mí. Porque la decisión, aunque fuera de Sasha, pasaba por mí: era yo quien tenía que pedírselo.
O quien tenía que callar y dejarlo morir como él tenía planeado.
Y ahí entendí el precio entero de lo que acabábamos de traer a casa.
Para salvarme a mí, Sasha tendría que declarar.
Sentarse en un estrado, con su nombre y su cara, y contar en voz alta todo lo que hizo y todo lo que es, delante de quien quisiera oírlo.
El hombre que llevaba tres años preparándose para morir limpio y en silencio —que tenía planeada su propia muerte como única manera de pagar lo que debía— tendría que renunciar a las dos cosas. A morir. Y al silencio.
Y la trampa era perfecta, de las que solo arma la vida, que es más retorcida que cualquier Zakharov.
Si callaba, lo dejaba irse como él quería, en silencio, pagando con la única moneda que sabe usar, y me quedaba sin él.
Si hablaba, si le pedía que declarara, lo obligaba a vivir a la vista de todos, a renunciar a su muerte limpia, a hacer lo que le da pánico.
Para tenerlo tenía que quitarle su manera de marcharse.
Para salvarlo tenía que pedirle justo lo que más le cuesta.
No había salida que no doliera. Nunca la hay, con la gente que aprende a querer tarde.
Acababa yo de defenderlo, en un porche, como uno más de la lista de los que cambiaron por amor.
Y la guerra, que oye todo lo que decidimos y nos lo cobra a su modo, había contestado en el acto, con una sola palabra puesta en boca de Lena: para quedarte conmigo, Sasha, vas a tener que vivir a la vista de todos.
Que es, de todo lo que se le puede pedir a un hombre que solo sabe pagar muriéndose en la sombra, lo que no sabe hacer.