El Leal (Bratva Sokolov nº 6) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

No discuto. No porque me deje convencer —a mí no me convence nadie— sino porque lo que dice es verdad, y a la verdad, cuando llega en su voz y en este idioma, no le encuentro la puerta de atrás por ningún lado.

Llevo años saliendo de todas las habitaciones por detrás.

Esta no tiene salida trasera. La ha tapiado ella, con el cuerpo, descalza, entre el interruptor y yo.

Me siento en el borde de la cama. Ella se arrodilla delante, entre mis piernas, y empieza a limpiarme el costado con una toalla y agua tibia, despacio, sin apartar la cara cuando aprieta y me hace daño.

No es Sara. Sara me curaría bien y no me miraría así.

Ella me cura mal —no sabe, se le nota— y me mira como si la herida fuera lo de menos; lo que limpia no es la sangre, son los años.

—Vas a tener que aprender a curar —digo, mientras me limpia—, si te vas a quedar con un hombre al que le pasan estas cosas.

—Estoy aprendiendo. —Aprieta a propósito donde sabe que duele—. Tú eres la práctica.

—Mala alumna, buen pulso.

—El pulso es lo que hace falta para esto. Lo demás lo pongo de mi parte.

Lo que pasa después no lo decido yo, y eso, en mí, es casi un milagro.

Llevo media vida decidiéndolo todo: la distancia, el aire, el metro y algo entre su silla y la mía.

Calculé esa órbita el primer verano y me mantuve en ella sin caer ni una vez, dando vueltas alrededor de ella a la distancia exacta a la que un cuerpo puede girar sin precipitarse.

Trece años en órbita. Esta noche se acaba la gravedad de mentira que me sostenía ahí arriba, y caigo.

No caigo de golpe. Caigo como cae lo que llevaba demasiado tiempo sujeto: primero despacio, sin creérselo, y luego sin freno.

Se levanta del suelo y me besa, y esta vez no me aparto.

La otra noche me aparté —«no tengo derecho», dije, que es lo que dice un hombre convencido de que querer es robar—.

Esta noche no tengo esa frase en la boca.

Acabo de volver de un sitio del que pensé que no volvía, y un hombre que ha decidido a tiros que quiere vivir ya no puede decirse que no tiene derecho a la vida. Sería mentir. Y a ella ya no le miento.

La quiero entera y la quiero ya, con una prisa que no es la del cuerpo —el cuerpo sabe esperar, lleva desde los diecisiete esperando—.

Es prisa de tiempo. De los años que di por perdidos.

De cada fiesta en la que la miré desde el metro y algo y me dije que esa vida no era para mí.

Quiero recuperarlos todos esta noche, de golpe; y a la vez quiero ir despacio, tratarla como si fuera a romperse, porque una cosa que has querido tanto tiempo sin tocar, cuando por fin la tocas, te tiemblan las manos por miedo a estropearla.

Las dos cosas a la vez. Voraz y con cuidado. No sabía que se pudiera.

Le subo las manos por la espalda y me las para ella. Me las coge. Las mira. Tengo sangre seca en los nudillos. No la mía: la de esta noche. Y hago el gesto de retirarlas, de esconderlas, porque son lo que son y ella sabe lo que son.

No me deja.

—Aquí no se esconden las manos —dice. Y se las lleva ella misma, una a su cara, otra a su pecho, y las aprieta contra la piel, las mismas manos con las que acabo de matar a tres hombres—. Estas manos no son solo eso. Me lo vas a demostrar ahora. Con la luz dada.

Y se lo demuestro. Con estas manos que solo aprendieron a apretar gatillos y a contar salidas aprendo en una noche lo otro: a abrir, a sostener, a ir despacio donde toda la vida fui rápido.

Le quito la ropa prenda a prenda y la miro entera, con la luz dada como ella ha querido, sin un trozo a oscuras: el arco del cuello, el peso de los pechos, la línea del vientre subiendo y bajando más deprisa de lo que ella querría enseñarme.

No me cobro el mirarla; por primera vez en la vida no me pongo precio por desearla.

La tumbo. La recorro con la boca, palmo a palmo, como quien por fin tiene permiso de pisar una casa en la que llevaba media vida esperando fuera, en el escalón, a que le abrieran.

Voy aprendiendo su cuerpo despacio —a oscuras no, con la luz que ella ha querido—, leyéndola por dónde respira distinto, por dónde se le tensa la espalda, por dónde afloja.

La beso donde no había dejado llegar en todos estos años ni a la imaginación, y cada sitio nuevo es un año que recupero.

La boca. El cuello. La cara interna de los muslos, donde la piel quema y el pulso se le nota contra los labios.

Más abajo, donde llevo media vida prohibiéndome hasta pensarla.

Me tomo el tiempo porque por una vez lo tengo, la sujeto por las caderas cuando se arquea, y oír cómo se le rompe la respiración cuando la encuentro con la lengua es lo más cerca que he estado nunca de creerme que un hombre como yo tiene derecho a algo bueno.

Ella decide el ritmo, como decide todo: me lleva la boca a donde quiere, me guía las manos, me dice en ruso, muy bajo, lo que le gusta y lo que no, y yo obedezco como no he obedecido a nadie, porque obedecer a Nikolai es deber y obedecerla a ella es lo contrario del deber.

Es lo único que hago esta noche que no le debo a nadie.

Cuando entro en ella los dos dejamos de fingir que esto es solo cuerpo.

Es trece años cayendo a la vez. Es la gravedad cobrándose, por fin, todo lo que le fuimos aplazando.

Nos movemos como dos que llevan demasiado tiempo midiendo el aire y de pronto lo respiran a la vez.

No es la prisa de Brighton Beach, la de salir vivo.

Es la otra, la de recuperar. Cada vez que la tengo más cerca me devuelve algo: una fiesta en la que la miré de lejos, una noche de Londres en que me dormí sabiéndola al otro lado de un océano, un domingo de esta misma casa en que me quedé clavado en mi sitio mientras se me iba la vida queriéndola en silencio.

Todos esos años se me caen encima de golpe y, por una vez, no peso menos por soltarlos.

Peso lo justo. Lo que pesa un hombre que por fin está donde tenía que haber estado siempre.

La oigo gemir contra mi cuello, una vez, y el sonido me deshace más que la bala de esta noche.

Voy despacio y voy con todo, las dos cosas, y en algún punto, sin querer, se me escapa en ruso lo que llevo desde los diecisiete sin decir en ningún idioma.

No me oigo decirlo hasta que ya lo he dicho: «Pensé que iba a morirme debiéndote esto».

Una confesión en mitad del acto, que es donde a la gente como yo se nos cae la armadura, porque es el sitio donde no nos cabe puesta.

Ella se para. Me sujeta la cara con las dos manos, me hace mirarla y me contesta en el mismo idioma, despacio, para que no me quede ningún hueco por donde escaparme de entenderlo:

—No me debes nada. —Y luego, más bajo, lo que ha bajado a decirme esta noche—: Me debes quedarte.

Y ahí me parte. Porque me ha cogido mi propio idioma —el de las deudas, el único en el que sé pensar— y me lo ha puesto en contra.

Si todo en mi vida es una cuenta, viene a decir, pues que esto también lo sea: no me pagues con muerte, ni con sacrificio, ni con guardarme desde tres mil millas.

Págame quedándote. Convierte la única lógica que tengo en una cuerda blanda para atarme a la vida.

Y funciona, porque está dicha en mi idioma, y a un hombre solo se le convence en el idioma en que piensa.

Lo que viene después no tiene palabras y no le hacen falta. Lo decimos con el cuerpo, que es como dice la verdad la gente que se ha pasado años mintiendo con la boca.

Después me venda el costado. Ella, no Sara.

Lo hace mal, otra vez, con una venda que aprieta de más en un sitio y de menos en otro, y no me han puesto en la vida un vendaje peor ni uno que me importe más.

Me lo va poniendo despacio, con esas manos que ha decidido esta noche que sirven para algo más que para lo que me enseñaron, y yo la dejo, que dejarse cuidar es otra cosa que no sabía hacer y que estoy aprendiendo en una sola noche, mal, como aprendo todo lo que importa.

Y mientras me venda, hago la última cuenta del día. En silencio, para mí. La de verdad.

Toda mi vida he tenido una sola virtud: pago lo que debo.

A los Zakharov, a Nikolai, a Marina, a ella desde tres mil millas.

He pagado deudas imposibles sin pestañear, porque pagar es lo que sé hacer, y una deuda, por grande que sea, tiene algo bueno: se salda, y al saldarla te quedas en paz.

Toda mi vida ha sido eso. Ir liquidando, columna a columna, hasta quedarme sin nada que deber y poder morirme limpio.

Quedarme es la única deuda que no sé pagar.

Porque no se salda. No se amortiza. No hay una cantidad de noches, ni de años, ni de balas paradas, que la deje a cero.

«Me debes quedarte» no es una factura que pueda liquidar para respirar tranquilo.

Es una cuenta que se paga cada día, sin final, sin descuento, sin la paz de haberla cerrado nunca.

Y eso —lo descubro con su venda mal puesta en el costado y su respiración volviéndose larga al lado— es lo único que me da miedo.

No la guerra. No Grigori. No la bala que esta noche me ha avisado.

Me da miedo la única deuda de mi vida que no podré saldar jamás, porque consiste, exactamente, en no terminar de pagarla nunca.

Me quedo con esa cuenta nueva en la cabeza, sin resolver, que es la primera cuenta de mi vida que no tengo prisa por cerrar.

La dejo abierta. A su lado, con la luz por fin apagada —la apagó ella, cuando quiso, no yo para esconderme—, se me ocurre que una deuda que no termina nunca, según por dónde la mires, es también una manera de que algo no termine nunca.

Ella no se duerme. Yo sí me voy cayendo —dos noches ya, que sigue siendo el récord de mi vida adulta—, pero a ella la noto despierta al lado, quieta de la manera en que se está quieto cuando la cabeza no para.

En el filo del sueño la siento levantarse.

Despacio, para no despertarme. Y oigo el roce de algo que coge de la mesilla.

El teléfono. El del muerto. Lo dejé ahí al llegar, sin encender, una cosa más para mañana.

Abro un ojo. La veo de espaldas, sentada en el borde de la cama, con la pantalla encendida iluminándole la cara en lo oscuro. Está pasando fotos. La curiosidad de quien no es soldado y no sabe que el teléfono de un muerto no se mira de noche: se mira de día y con el estómago lleno.

Iba a decirle que lo soltara. No me da tiempo.

Porque se queda quieta en una foto. Del todo. Esa quietud que ya le conozco y que no es calma. Y desde donde estoy, por encima de su hombro, con el ojo medio abierto, veo lo que ve ella.

Es ella.

Viktoria, en una foto que no se ha hecho ella.

Saliendo de una puerta que conozco porque me he pasado tres años pagando para que nadie la cruzara: su galería.

En Londres. Con el abrigo gris que se llevó.

La foto tiene fecha. Hace tres semanas. Antes de volver.

Antes de que nadie la llamara para decirle que su familia la necesitaba.

Y yo, que soy el de esta casa que sabe lo que significa esa foto, me despejo de golpe, como si no hubiera estado a un suspiro de dormirme.

El activo de Londres. El hombre que llevo tres años sabiendo que Grigori tiene apostado allí, pagado, apuntándola, en pausa.

Llevo semanas repitiéndome que estaba en pausa.

Que se dispararía el día que Grigori se viera perdiendo. Que teníamos tiempo.

No estaba en pausa. Una pausa no hace fotos.

Lo de Londres no esperaba a que empezara la guerra para activarse: llevaba activo desde antes, vigilándola, fotografiándola, mandando a casa pruebas de vida de mi mujer tres semanas antes de que yo supiera que iba a tenerla.

Grigori no guarda un seguro para cuando le convenga.

Tiene un dedo en el gatillo desde hace tiempo, esperando una sola cosa: la orden.

Y por cómo va la guerra, por lo cerca que lo tenemos ya de verse perdiendo, esa orden no está lejos.

Pienso en avisarla. En decírselo ahora: encender la luz que ella me ha enseñado a no apagar y contarle de una vez lo de Londres, el activo, el reloj que llevo semanas oyendo correr yo solo.

Sería lo honrado. Es lo que me pidió la otra noche, las cartas a la vista.

Pero si se lo digo, se levanta y pelea, y una mujer que pelea es una mujer en campo abierto, y campo abierto es donde Grigori la quiere.

Así que hago lo que sé hacer para protegerla, lo que ella odia que le hagan: me callo.

Una noche más. La última, me prometo, sabiendo de sobra que esa promesa es otra cuenta que tarde o temprano me va a llegar para cobrar.

Viktoria sigue mirando la foto, sin saber lo que yo sé.

Y yo, con la herida que ella acaba de vendarme y la deuda que no sé pagar latiéndome en el costado, me quedo muy quieto, despierto del todo, con un solo pensamiento, frío y limpio como el primer disparo de la noche: la única noche de mi vida en que he decidido quedarme es la noche en la que descubro cuánto se nos está acabando el tiempo.