El Leal (Bratva Sokolov nº 6) Capítulo 13
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Capítulo 13

Brighton Beach huele a lo de siempre: arenque ahumado, salitre, gasolina y el mar gris al fondo del bulevar.

Dos meses de guerra no le han cambiado el olor; le han cambiado el silencio: menos coches, menos persianas subidas, menos críos en el paseo.

Es la calle donde aprendí a contar. No números: salidas.

Cuántas tiene un portal, cuántas un callejón, cuántas le quedan a un hombre antes de que se le acaben.

La primera contabilidad de mi vida la llevé aquí, durmiendo debajo de una escalera de esta misma avenida, y la sigo llevando: entro en cualquier lado y, antes de saludar, ya he contado por dónde se sale.

Hoy he vuelto a entrar con un arma encima. Me la han devuelto esta mañana, con el rastreador todavía en el tobillo, que es la forma que tiene esta familia de decirme dos cosas a la vez: te necesito y no me fío. Las dos son justas. Las firmo las dos sin regatear.

La operación es pequeña y sucia, de las que no salen en ningún plano de la sala de la dacha.

Hemos cedido Brighton Beach sobre el papel —el cebo, el territorio que se regala para que Grigori se confíe—, pero ceder un sitio no es abandonarlo, y él lo sabe.

Por eso ha dejado aquí una célula: cuatro hombres, cinco, montando una trampa de las baratas.

Pillar a un Sokolov recogiendo, hacerle un agujero, subirse la moral a costa nuestra.

Venimos a desmontarla antes de que la estrenen.

Somos tres. Yo y dos de los byki de Boris, que no hablan y obedecen, que es justo lo que necesito hoy.

Boris me ha mirado al darme el arma con la cara del que presta dinero a un moroso conocido: por la cuenta que te trae, devuélvela limpia.

Asentí. Es el idioma en el que Boris y yo nos hemos entendido siempre: el de lo que se debe.

El espacio es la trastienda de una tienda de alimentación cerrada, dos puertas más allá del boardwalk.

Huele a cartón húmedo y a comida rusa pasada.

Cuento las salidas nada más entrar —la de la calle, la de atrás que da al callejón, una ventana alta que no cuenta— y reparto a los dos byki sin hablar, solo con la barbilla.

Llevo años haciendo esto. El cuerpo se acuerda aunque la cabeza ande en otro lado.

Y la cabeza, hoy, anda en otro lado. Ese es el problema.

Esta mañana, antes de venir, Viktoria me ha mirado desde la puerta de la cocina como quien apunta un número en una columna que no piensa borrar.

No ha dicho «ten cuidado», que es lo que dice la gente que no sabe lo que cuesta tenerlo.

Ha dicho «vuelve». Es una orden, y las órdenes se cumplen.

Llevo toda la operación con esa palabra encima, y un soldado con una palabra encima pesa más de lo que conviene.

Boris me ha ofrecido más hombres. He dicho que no.

Tres entran limpio donde cinco hacen ruido, y esta noche, con el rastreador cantándome en el tobillo a cada paso, no quiero ruido: quiero entrar, cobrar y salir, y que mañana Nikolai tenga una cosa menos de la que dudar de mí.

Cada operación que me sale bien es un pago a cuenta de una confianza que todavía no me han dado entera.

Así que la hago como las hago siempre. Nos colocamos. Doy la señal. Entramos.

Entramos en seco. La primera sala está vacía. La segunda no.

Hay dos hombres donde la información decía que habría uno, y un tercero detrás de unas cajas que la información no mencionaba. Eso pasa con la información: la pagas cara y te llega con un descuento que no pediste.

El primero levanta el arma. No le dejo terminar el gesto. Disparo, dos veces, y cae con la sorpresa aún en la cara, sin tiempo de gastarla. El segundo va a por la puerta de atrás —listo, ese— y uno de los byki lo dobla en el umbral. Y entonces se tuerce.

El tercero, el de las cajas, dispara primero.

El fogonazo. El calor en el costado, que llega antes que el dolor. El olor a pólvora quemada metiéndoseme en la garganta. Y la pared, de pronto, demasiado lejos para llegar a cubierto.

Noto el tirón en el costado antes que el ruido. Así funciona el cuerpo: registra el daño un latido antes de que el oído te lo confirme, y en ese latido cabe todo. Cabe la cuenta entera de una vida.

Y por primera vez en tres años, la cuenta me sale mal.

Tendría que pensar lo de siempre. Lo que he pensado en cada tiroteo desde que enterré la última cosa que me importaba: si toca, toca; pago y se acabó; un soldado que no le teme a la factura final dispara mejor que el que se la teme.

Eso es lo que tendría que pensar. He pasado tres años entrenando ese pensamiento igual que un músculo, hasta dejarlo automático.

No me sale. Lo que me sale, en ese latido, con el costado abriéndose y el tercer hombre buscándome para el segundo disparo, es una sola cosa, clara como una orden: no aquí.

No hoy. No debiéndole a esa mujer todos estos años y una palabra.

«Vuelve», ha dicho. Y yo, que llevo media vida sin querer nada con la fuerza suficiente para que me cambie la puntería, descubro a quemarropa que ahora quiero algo. Quiero volver.

Y resulta que querer volver no me ablanda. Me afila.

Me tiro a un lado, ruedo, y el segundo disparo del tercer hombre se come la pared donde estaba mi cabeza.

Me levanto ya disparando. No fallo. No fallo porque ya no me da igual lo que pase después, y a un hombre al que de pronto le importa volver se le pone una precisión que el que quiere morir no tiene nunca.

El tercero cae con dos en el pecho antes de entender que su trampa barata le ha salido del revés.

Silencio. El de después, que pesa más que el ruido.

Tres en menos de diez segundos. Lo cuento sin orgullo y sin asco, como se cuenta lo que uno sabe hacer: soy bueno en esto, soy el mejor que tiene la familia en esto, y ser el mejor en esto no es una medalla, es una factura que llevo pagando desde los quince.

Iván desarma con una linterna; Roman aprieta y suelta; yo mato, y mato bien.

Es mi sitio en la mesa, el único que nadie me discute.

Lo nuevo —lo que no me había pasado en todos los años de hacer esto— es que esta vez, mientras lo hacía, una parte de mí estaba en otra parte.

En una cocina con la luz baja, contando las horas que faltaban para volver.

Tres hombres en el suelo. Los dos byki de pie, enteros, mirándome. Y yo con la palma apretada contra el costado y la palma saliendo roja: no mucho, lo justo para saber que la bala ha entrado de refilón y ha salido, que es la mejor clase de bala que hay, la que te avisa sin cobrarte entero.

—Recogemos y nos vamos —digo. La voz me sale igual que siempre, que es lo que un soldado no se puede permitir que le tiemble.

Le quito el teléfono al tercero antes de salir. Es lo que se hace: lo que el muerto deja de mirar lo miramos nosotros. Me lo guardo sin encenderlo. Una cosa más para mañana.

En el coche de vuelta, mientras uno de los byki conduce y el otro me aprieta un trapo contra el costado, hago la cuenta de la operación, que es lo que hago siempre para no pensar en lo otro: tres bajas suyas, cero nuestras, un rasguño, una célula menos.

Sale a nuestro favor. En la columna del trabajo, hoy he pagado y he cobrado y me sobra. Buen día.

Lo que no cuadra está en la otra columna.

La que no enseño. Hoy, después de tres años, he tenido miedo de morir, y el miedo no me ha estorbado: me ha servido.

Toda la vida me dijeron que un soldado con algo que perder es un soldado peor.

Hoy he descubierto que es mentira. Un soldado con algo que perder no pelea para ganar.

Pelea para volver. Y eso, resulta, se le da mejor.

No sé si esa cuenta me gusta. Sé que es nueva, y a las cosas nuevas en mi vida he aprendido a tenerles respeto, porque casi todas me han salido caras.

Viktoria me espera despierta, en la cocina, a la una de la madrugada, con esa quietud suya que no es calma sino lo contrario muy bien sujeto.

Me ve entrar con el trapo rojo en el costado y no grita, no se le va el color, no hace ninguna de las cosas que haría cualquiera que no se hubiera criado en esta casa.

Hace una sola: cruza la cocina y me pone la mano encima de la herida, por encima del trapo, con una firmeza que no pregunta.

Me mira la cara antes que la herida, que es lo que hace siempre: leerme a mí primero, el daño después.

Lo que encuentra en la cara no se lo digo, pero lo encuentra igual.

Que esta noche ha sido distinta. Que he vuelto distinto.

Una mujer que te ha esperado despierta te lee la noche entera en cómo cruzas la puerta.

—¿Profunda? —pregunta.

—De refilón. Ha salido. No hay que sacar nada.

—Voy a llamar a Sara.

—No. —Y lo digo demasiado rápido, y los dos lo notamos.

Sara es la médica. Sara es lo correcto. A una herida se le pone un médico, no una mujer que te mira como me mira esta.

Pero llamar a Sara es convertir esto en un parte, en una cosa que se cura, se cierra y se archiva, y yo, esta noche, con el cuerpo todavía caliente de haber decidido a tiros que quería volver, no quiero un parte.

Quiero que sea ella. Y eso —querer que sea ella, y no lo correcto— es lo que llevo todos estos años sin permitirme.

Viktoria no llama a Sara. Lo entiende sin que se lo explique, que es la ventaja y el peligro de quererse en el mismo idioma. Me lleva al cuarto. Enciende la luz.

Voy a apagarla. Es el reflejo: lo que se hace mal se hace a oscuras, y yo tengo demasiada vida hecha a oscuras. Mi mano va al interruptor.

—Déjala —dice. No es una sugerencia.

—Viktoria…

—Te he dicho que la dejes. —Se planta entre el interruptor y yo, descalza, con la cara de llevar toda la noche decidiendo esto—.

No vas a esconderte. Ni la herida ni lo demás.

Esta noche has vuelto, y lo vas a hacer con la luz dada, mirándome, sin un solo trozo a oscuras.

Ya has estado bastante tiempo a oscuras. Conmigo se acabó.