El Leal (Bratva Sokolov nº 6) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Tú creciste con esto —dijo. No era una pregunta; era el arranque de una—.

Naciste Sokolova. Lo mamaste. —Se giró por fin, con el pañuelo manchado apretado contra la sien—.

Dime una cosa, porque tú lo sabes y yo no.

¿Cómo se vive sabiendo que querer a uno de ellos te pinta una diana en la espalda?

¿Cómo se levanta una por la mañana sabiéndolo?

Pensé la respuesta antes de dársela, porque a una mujer con un corte en la ceja y la adrenalina todavía alta no se le dan respuestas de adorno.

—No se vive sabiéndolo. Sabiéndolo no se puede; te quedas quieta en un rincón esperando el tiro, y eso no es vivir, es hacer cola para morirte.

—Miré la carretera un segundo—. Se vive decidiéndolo.

Cada mañana. Te levantas y eliges otra vez quererlo, con la diana y todo, sabiendo lo que te puede costar.

No es que se te olvide el peligro. Es que cada día vuelves a decidir que esa persona vale el peligro.

Y al día siguiente, otra vez. No se decide una vez y ya está.

Se decide por la mañana, como lavarse la cara.

—¿Y si un día te levantas y decides que no? —preguntó—. Que ya no compensa. Que el miedo pesa más.

—Entonces ese día me iré. Como me fui una vez.

—La miré—. Esa es la otra mitad que nadie cuenta de decidirlo cada mañana: que la mañana en que decidas que no, también es tuya.

No estás atada; estás eligiendo. Mientras puedas elegir lo contrario, lo que haces es querer.

El día que ya no puedas elegir, será otra cosa. Y esa otra cosa sí que da miedo.

Diana se quedó callada un rato, mirándome.

—Eso es agotador —resumió al final.

—Es agotador. —No le iba a mentir—. Pero la alternativa es no querer a nadie por si acaso, y eso también te mata, solo que más despacio y sin que se note. —Me encogí de hombros—. Yo me pasé seis años en Londres haciendo justo eso: no querer a nadie por si acaso. Créeme que esto cansa menos.

Diana me miró con la puntería de los que se ganan la vida leyendo a la gente.

—Hablas como si ya lo hubieras decidido esta mañana.

No le contesté. Pero tampoco aparté la cara, y para una periodista eso es una respuesta.

Sonrió un poco, con la ceja partida, y volvió a la ventanilla, y creo que las dos supimos en ese momento que acabábamos de hacernos algo parecido a hermanas: no por la sangre que ella llevaba en el pañuelo, sino por haber entrado en la misma casa por la misma puerta y haber decidido, cada una por su lado, quedarnos.

En la dacha nos esperaba ya la familia entera.

Nikolai había convocado en cuanto le llegó lo de Midtown, y los había reunido a todos en el salón grande, el de la chimenea, el lugar del mundo donde esos hombres bajan la voz y dejan de medir cada gesto.

Esa tarde no la bajaron. Esa tarde el salón olía a leña y a furia con la tapa puesta.

—Han tocado a Diana —dijo Nikolai, y lo dijo despacio, que en él es peor que gritar—.

Estaba avisado para todos: tócalas y mueres.

Pues lo han hecho. Y siguen respirando. —Paseó la mirada por la sala, hermano por hermano—.

Grigori ha cambiado de táctica. Ya no va contra nosotros.

Va contra ellas. Una por una, hasta que uno de nosotros pierda la cabeza y salga a campo abierto a por él.

—Cerró el puño encima del mapa—. No pienso darle ese gusto esperando sentado.

Aceleramos. Adelantamos el golpe y lo aplastamos antes de que reúna fuerza para una sola embestida que se las lleve a las seis por delante.

Hubo asentimientos. La sala quería sangre, y deprisa, que es lo que quiere siempre una sala llena de hombres a los que les acaban de tocar lo suyo. Y entonces habló Sasha, y habló a contracorriente, que es lo más caro que se puede hacer en esa casa.

—Acelerar es perderlas —atajó.

Se hizo el silencio de los que no esperaban que el recién perdonado le llevara la contraria al pakhan el mismo día.

—Explícate —ordenó Nikolai.

—Grigori no es tonto. Sabe que en fuerza bruta, a la larga, pierde: somos más y tenemos más, y él lo sabe.

Por eso se ha pasado a las parejas. No busca ganar la guerra; busca obligar a uno de nosotros a hacer una locura.

Si aceleramos, si lo arrinconamos deprisa, no se rinde.

—Sasha hablaba sin levantar la voz, con esa sequedad de inventario que reserva para lo que sabe seguro—.

Un hombre acorralado que sabe que va a perder no se entrega.

Aprieta el gatillo de lo que le quede. Y a estas alturas lo que le queda son ellas.

Cuanto más rápido le quitemos el suelo de debajo, más rápido usa lo que aún puede hacernos daño.

Esta guerra no se gana deprisa. Deprisa, la gana él.

—Claro que dice que frenemos —saltó Dimitri, y le temblaba en la voz una astilla que no estaba antes de que enterrara al joven Yura—. El que acaba de pasarse tres años dentro de los Zakharov ahora nos pide ir despacio con los Zakharov. Qué oportuno.

—Si quisiera ayudarles —dijo Sasha sin volverse hacia él—, te diría que aceleraras. Es lo que ellos quieren, tal cual. Por eso te digo lo contrario.

Dimitri no tenía respuesta para eso, así que hizo lo que hace cuando no la encuentra: se calló y se la guardó para cobrársela otro día.

Lo escuché y entendí dos cosas a la vez.

Una, que tenía razón. Otra, que no la estaba diciendo entera.

Hablaba con la seguridad del que ha visto el plano completo, no del que deduce; sabía algo concreto sobre el coste exacto de acelerar, alguna pieza puesta en algún tablero que el resto no veíamos, y no la enseñaba.

Era la misma sombra que le había salido en la cocina la otra noche, la cuenta abierta que se guardaba debajo de la verdad que sí daba.

No dije nada. Había aprendido de mi hermano que a un hombre así no se le saca la pieza de un tirón: se le deja a un palmo y se espera a que la suelte él.

Iván, que es el que ve lo que los demás ni miran, se fijó en otra cosa muy distinta. Mientras la sala discutía frentes y plazos, él tenía la cabeza un poco ladeada hacia Sasha, como quien encuentra una palabra cambiada en un texto que se sabe de memoria.

—Has dormido —le dijo, bajo, aprovechando un hueco de la discusión. No lo preguntaba.

Sasha no contestó.

—Tres años con cara de no dormir y de pronto esta otra —insistió Iván, sin malicia, con la curiosidad del hermano pequeño que junta las piezas por gusto—. Ha cambiado algo.

—Ha cambiado que hay más guerra —zanjó Sasha, y devolvió la cara al mapa.

No coló. A Iván no le cuela nadie. Pero lo dejó estar, porque hasta el que lo ve todo sabe cuándo conviene callar.

Me buscó a mí medio segundo, de refilón, y supe que había atado el cabo entero y que no pensaba tirar de él delante de nadie.

Otro que decidía guardarme. Solo que este lo hacía sabiendo que yo no quería que me guardaran, y por eso, por una vez, no me dolió.

Nikolai lo miró largo. Mi hermano tiene un defecto que es su mayor virtud: sabe reconocer cuándo el que le lleva la contraria tiene razón. Y la tenía.

Se quedó un rato mirando el mapa sin verlo, en esa quietud suya de cuando recalcula.

Nikolai había ganado cinco guerras de la manera que sabe, y acababa de oír, de boca del hombre que más cerca había estado del enemigo, que la sexta no se ganaba así.

No le gustó; se le notó en la mandíbula.

Pero mi hermano no es de los que confunden lo que les gusta con lo que es verdad.

—Entonces no se gana a tiros —dijo Alexei desde el sofá, despacio, mirándose las manos, todavía con la ceja de Diana metida en la cabeza—. Y no se gana deprisa. ¿Qué nos queda?

Roman, que gasta monosílabos y solo cuando hacen falta, dejó caer uno:

—Nada que sepamos hacer.

Y ahí estaba, dicho por el que menos habla: que la familia entera, junta, sabía hacer una sola cosa —ganar por la fuerza— y que esa cosa, por primera vez en su historia, era justo la que los estaba matando.

Nadie respondió enseguida. Tanto tiempo llevábamos resolviéndolo todo del mismo modo: con más fuerza y más sangre.

Por primera vez, esa receta no servía. Y en el silencio raro que dejó la idea nueva —la de que había una guerra que no se ganaba con lo que esa familia sabía hacer— una voz que casi no se había oído en toda la tarde dijo:

—Hay otra forma.

Era Lena.

Lena Voronova llevaba la tarde entera en un rincón, sin meterse, escuchando como escucha ella, que fue fiscal federal antes de ser mujer de mi hermano y no ha dejado de serlo del todo nunca. Se levantó. La sala se giró.

—Hay una forma de ganarle a Grigori sin disparar un tiro —añadió—. Y la llevo seis años construyendo.

Miró a Nikolai, solo a él.

—Necesito hablar contigo. A solas.

Nikolai no preguntó por qué. Hizo un gesto, y la familia se fue levantando, y yo con ella, despacio, hacia la puerta.

Salí de las últimas. Lena me sostuvo un segundo la mirada al pasar —dos mujeres que entramos en esta casa por la puerta de quererlos, y ella lo sabía igual que yo— y esperó a que casi toda la sala estuviera fuera para empezar a hablar.

Lo último que oí, ya con la mano en el quicio, fue su voz: tranquila, de fiscal que ha esperado años para poner una prueba encima de la mesa.

—Llevo desde que nos casamos construyendo un caso federal contra los Zakharov.

Con todo lo que me has ido dando sin darte cuenta, libro a libro, nombre a nombre, cuenta a cuenta.

Está casi listo, Nikolai. Podría enterrar a Grigori sin que disparemos una sola bala.

—Una pausa. A mi espalda, la sala contenía el aire—.

Pero si lo presento, sale todo a la luz.

Todo. Incluido cómo conseguí la información.

Os salvo de los Zakharov y os entrego al FBI en el mismo paquete.

—Otra pausa, más corta—. Así que, antes de abrir esa carpeta, tienes que contestarme a una sola cosa.

Y de tu respuesta depende cómo acaba esta guerra.

La pregunta me alcanzó justo cuando la puerta se cerraba, en el último dedo de hueco que quedaba:

—¿Lo quieres?

Y la puerta se cerró encima del silencio de mi hermano.