Capítulo 12
Me desperté sola. Por el frío del lado en que había estado él supe que se había levantado hacía rato, y por el orden del cuarto supe lo demás: su ropa recogida, las botas puestas, la manta estirada de su parte con esa pulcritud de cuartel que se aprende durmiendo donde no conviene bajar la guardia.
Sasha no había amanecido a mi lado. Había amanecido en su puesto.
Lo encontré abajo, vestido, de pie junto a la ventana de la cocina, mirando el lago como quien repasa un perímetro.
La taza de la noche anterior seguía en la mesa, fría, intacta, fiel a la costumbre.
Y supe, antes de que se volviera, lo que llevaba haciendo desde el amanecer.
La víspera lo había abierto entero. La mañana lo había encontrado dándose una capa nueva por encima, despacio, concienzudo, tapando el cuadro que yo había visto sin barniz unas horas antes.
En mi oficio eso tiene nombre y es lo peor que te pueden encargar.
Levantas la suciedad de un siglo, aparece debajo la pintura buena, la de verdad, y al dueño le entra miedo de lo que ha salido y te pide que se lo vuelvas a cerrar, que se lo dejes como estaba.
Repintar a propósito lo que valía la pena.
Lo había hecho por encargo más de una vez, con las tripas torcidas.
Reconocí el gesto a la primera. Sasha se estaba repintando.
Podía dejarlo correr. Decidí que no. No había cruzado un metro y algo de cocina la víspera para venir a repintarlo yo a la mañana siguiente.
—No funciona —dije desde la puerta.
Se volvió a medias.
—El qué.
—Volver a cerrarte. No vas a poder darte una capa encima de lo de anoche y salir a la guerra como si no hubiera pasado.
No lo negó. Es una de las pocas cosas buenas de Sasha: no gasta saliva en negar lo que los dos vemos.
—Dormí —dijo, y lo dijo como quien declara una falta—. Ocho horas. Del tirón. No me pasaba en tres años.
—Lo sé. Estaba.
—No debí.
Crucé la cocina. No lo toqué. Con Sasha, a esa hora y con esa cara, tocar es empujar, y yo no había bajado a empujarlo hacia ningún lado.
—¿Qué es lo que no debías? ¿Dormir, o dormir tranquilo?
Tardó en responder, que en él es la respuesta más larga que existe.
—Un hombre que duerme así de hondo es un hombre que ha dejado de prepararse para morir bien.
Tres años llevo durmiendo con un ojo y media cabeza, listo para el ruido que tocara.
Anoche se me apagaron los dos. —Giró por fin la cara del todo, y le vi la cosa nueva.
No la culpa; la culpa se la conozco de memoria.
Miedo. El miedo exacto del que de pronto tiene algo que le importa seguir teniendo—.
Y mañana hay guerra. Un soldado que quiere volver a casa pelea peor que uno que no tiene casa.
—O pelea por algo.
—El que pelea por algo, duda. El que no tiene nada que perder no duda nunca. Llevo tres años sin nada que perder. Me iba bien.
—Te iba bien para morirte limpio. Para vivir, no.
Me apoyé en la encimera, a un palmo de él, y dejé el palmo donde estaba, porque también se cuida a la gente respetándole el aire cuando lo pide sin pedirlo.
—Y ya veo lo que haces con lo de anoche.
Lo estás pasando a una columna. Convirtiéndolo en algo que ahora debes, que vas a tener que pagar caro, para poder cargar con ello sin que te dé el vértigo.
Le pones precio y así lo aguantas. —Negué despacio—.
Anoche te dije que esto no me lo debes. Te lo repito con la luz del día: no te he prestado nada, Sasha. No vengo a cobrarte. No hay cuenta.
—Lo de anoche no cambia lo de hoy —dijo, todavía contra la ventana—. Hoy toca lo de siempre.
—Lo de anoche no cambia que haya guerra.
Cambia quién la pelea. —Me acerqué un paso más, solo uno—.
Anoche peleaba un hombre al que le daba igual no volver.
Hoy va a pelear uno que quiere volver. No es la misma guerra, aunque sea el mismo enemigo.
Y tú lo sabes, y eso es justo lo que te ha quitado el sueño esta mañana, no el haberlo encontrado anoche.
No contestó. Pero apartó la vista del lago y la puso en mí, y para un hombre que lleva la vida entera vigilando por dónde se sale de las habitaciones, dejar de mirar la salida y mirarme a mí valía por un discurso.
Entonces hizo una cosa que no esperaba. Fue hasta la silla donde tenía la chaqueta, sacó del bolsillo interior el libro —el de Lérmontov, el del sótano, el de la nota— y me lo tendió por el lomo, sin soltarlo del todo, como se entrega algo que se quiere retener.
—Guárdamelo tú. Donde lo tenías.
—Te lo di para que lo terminaras.
—Y lo voy a terminar. Pero no con una guerra encima. —Bajó la voz y cambió de idioma, que es su manera de no mentir—: Si me lo quedo ahora, lo convierto en una cosa más que puedo perder. Y desde anoche ya llevo demasiadas en esa columna.
Lo cogí y no discutí. Hay devoluciones que no cierran una cuenta: la aplazan.
Esa misma mañana volvería al fondo de la maleta que no termino de deshacer, envuelto en la bufanda gris, donde había dormido seis años, y los dos sabíamos en qué columna quedaba: abierta, a mi nombre, esperando a que él viniera a reclamarla.
Y entonces le sonó el teléfono.
Lo cogió de pie. Escuchó. No dijo más de cuatro palabras en toda la llamada, y por cómo se le fue cerrando la cara entendí que la mañana frágil se había terminado y que tardaríamos en volver a hablar de capas y de barnices.
—Han reventado las oficinas de Midtown —informó al colgar—. El frente legal. El de Alexei. —Ya tenía la chaqueta en la mano—. Diana estaba dentro.
—¿Diana? ¿Qué pintaba Diana en…?
—Su trabajo. Seguía un hilo para uno de sus artículos y se metió en el ataque sin saberlo. —Me tiró el abrigo—. Roman y Natasha van de camino. Nosotros también. Vístete.
No pregunté por qué yo. Lo entendí en el coche, por la manera en que conducía, con la vista clavada en el retrovisor más de lo que pedía el tráfico.
No me llevaba para nada. Me llevaba para no perderme de vista.
Anoche me había pintado la diana en la espalda con sus propias palabras.
Esta mañana ya no pensaba dejarme sola en ninguna habitación.
Llegamos cuando ya había pasado lo peor.
La Sokolov Tower subía cuarenta plantas de cristal y nombre limpio sobre el sótano donde vivía el corazón de la familia, y esa mañana el cristal de las dos primeras plantas estaba en la acera, hecho escarcha sucia bajo los pies.
Dentro, el aire frío y controlado de siempre —ese que huele a nada, a donde se manda y no se vive— se había llenado de polvo de yeso y de un olor nuevo, a pólvora y a miedo, que no casaba con el mármol.
No había muertos. Lo supe antes de bajar del coche, por la cara de Natasha en la puerta: cuando hay un muerto la pone de otra manera.
Roman salía en ese momento con Diana medio apoyada en él.
Ella caminaba por su pie, que ya era buena señal, pero llevaba la blusa rota en un hombro, un corte limpio encima de una ceja y un hilo de sangre seca bajándole hasta la mandíbula.
Tenía la cara del que acaba de comprender de golpe una cosa que hasta entonces solo sabía de oídas.
—Está bien —dijo Roman, que cuando dice una frase entera es que la cosa es seria—. Susto. Nada roto. La sacamos antes de la segunda carga.
Natasha le pasó a Diana un pañuelo para la ceja.
—Iban a por el edificio —explicó en voz baja, solo para los que estábamos cerca—. Pero sabían que ella estaba dentro. La esperaron. No fue casualidad.
Sasha entró en el edificio sin decir nada y salió un minuto después con el semblante que pone cuando ha leído algo y no le ha gustado lo que dice.
Se agachó junto a un casquillo, lo miró sin tocarlo, calculó el ángulo por el que había entrado el fuego y luego la puerta por la que había salido Diana, e hizo en la cabeza la cuenta que hace siempre: quién estaba dónde, y para qué.
Cuando se enderezó, supe por su gesto que había confirmado lo que ya se temía.
Esto no iba contra el edificio. El edificio era la excusa.
Y ahí lo entendí, y me bajó por la espalda, frío.
No era el edificio. Era Diana. Era la mujer de Alexei.
Grigori había dejado de tirar contra la familia y había empezado a tirar contra las parejas, una por una.
El aviso que llevábamos seis hermanos oyendo de boca de cada uno de ellos —tócala y mueres— se había dado la vuelta y ahora nos apuntaba a nosotras. A las seis. A la vez.
Busqué a Sasha. Ya me estaba mirando él. No hizo falta decir nada: los dos pensábamos lo mismo, y lo mismo tenía mi nombre escrito.
Me metieron con Diana en el coche que la sacaba de allí, las dos atrás, un byk al volante y el cristal blindado subido. Los hombres se quedaron a recoger lo suyo.
Alexei llegó cuando ya la teníamos dentro.
Lo vi cruzar la acera rota a grandes zancadas —él, que siempre anda como si le sobrara el tiempo y no tuviera nada que correr—.
Abrió la puerta, se agachó, le miró la ceja a Diana y le dijo dos cosas en voz baja que no llegué a oír, y por una vez el hermano que lo arregla todo con datos y con ironía no encontró ni el dato ni la broma.
Solo le apoyó la frente en la sien un segundo.
Luego cerró la puerta él mismo, con cuidado, y se enderezó hacia donde estaba Nikolai con una cara que no le había visto en la vida.
Arrancamos hacia el norte, hacia la dacha, y durante el primer tramo Diana no dijo nada: se apretaba el pañuelo contra la ceja y miraba por la ventanilla con esa fijeza tonta de después del susto, cuando el cuerpo todavía no se cree que la cosa haya pasado.
La conocía poco. Dos mujeres que no nacieron para esto y acabaron dentro por la peor de las puertas, la de querer a uno de ellos; las dos con un oficio de mirar las cosas de cerca para ver qué esconden. A lo mejor por eso, cuando habló, me habló a mí y no a la ventanilla.