Capítulo 11 #2
Ella decide cuándo. No espera a que me atreva yo, que no me atrevería nunca, que llevo media vida sin atreverme.
Me empuja despacio de espaldas contra las almohadas, sube a horcajadas sobre mí y cierra el último centímetro que yo no habría cerrado en la vida: me recibe poco a poco, con un temblor que le baja por los muslos y que recojo con las palmas abiertas, y cuando por fin no hay distancia entre los dos —ni la del mapa, ni la de las cenas de los domingos, ni un milímetro de aire— suelta el aliento contra mi cuello y dice mi nombre en ruso, mi nombre entero, el que no usa nadie desde que mi madre murió, y por oírlo en su boca yo volvería a pagar, una a una, todas las facturas que pagué.
Vamos despacio, porque despacio es lo que sé hacer cuando algo me importa, y nada me ha importado nunca tanto.
Ella marca el paso con las caderas y yo lo sigo desde dentro, las manos aprendiéndole la cintura, el arranque de los muslos, la espalda que se arquea cuando encuentro el ángulo que la deshace; y cada vez que el cuerpo me pide ir más deprisa, agarrar, terminar antes de que me lo quiten —el viejo reflejo del hambre—, ella me sostiene la cara entre las palmas, se aprieta contra mí hasta no dejarle nada al miedo y me obliga a mirarla, a quedarme, a no huir hacia delante.
«Aquí», me dice en ruso, una sola palabra, «aquí», y entiendo que me está pidiendo que no me adelante, que por una noche no calcule el final, que me quede en el sitio exacto en que estoy.
Y me quedo. Por una vez me quedo donde estoy y no donde me toca estar después.
Es lo más difícil que he hecho nunca, más que matar, más que callar tres años: estar presente en algo bueno sin esperar que se acabe.
Cuando llega, llega para los dos a la vez, y la oigo deshacerse contra mi hombro con un sonido que no le había oído nunca a nadie, y la sostengo mientras me deshago yo, y por un momento muy corto y muy largo no hay guerra, ni deuda, ni reloj de Londres, ni sábado.
Hay un hombre y una mujer que llevaban media vida a un metro de distancia y que por fin no la tienen. Solo eso. Y es suficiente para todo.
Y entonces empiezo a hablar, y no puedo parar.
Sale en ruso, porque en ruso es donde tengo guardado todo lo que nunca dije, y sale a borbotones, contra su pelo, contra su sien, con la voz rota de un hombre que lleva tres años sin decir una frase entera completa y media vida sin atreverse con esta.
Le digo desde cuándo. Le digo que fue el primer verano, que yo tenía diecinueve años y ella diecisiete y un libro en la mano, y que supe entonces que estaba perdido, que un hombre como yo no debía mirar así a una hija de la casa y la miré igual, y me odié por ello, y seguí mirándola.
Le digo lo que era verla en las cenas de los domingos, sentado, a un metro y algo del suyo, viéndola reír con otros, sin poder cruzar esa distancia, midiéndola cada noche para no delatarme, contando los centímetros como otros cuentan ovejas, hasta dormirme con la cuenta a medias.
Le digo lo que me costó cada filtración de aquellos tres años.
Que cada vez que les pasaba un dato a los Zakharov para mantenerla viva, me arrancaba un trozo; y que el trozo era siempre el mismo, el de creer que algún día tendría derecho a esto, a esta cama, a esta noche; que me lo arranqué tantas veces que pensé que ya no me quedaba, y resulta que sí, que lo tenía guardado donde guardo lo suyo, en una caja sin etiqueta cuyo alquiler llevo media vida pagando en silencio.
Le digo que aprendí a quererla en pasado para no tener que quererla en presente.
Que el pasado no obliga a nada, ya pasó, se puede llevar como se lleva una cicatriz vieja.
Que el presente, en cambio, te exige hacer algo, y yo no podía hacer nada más que protegerla desde la sombra y aborrecerme por el método.
Que durante años me conté nuestra historia en pasado, «la quise», para no tener que decirme la verdad, que es «la quiero», en presente, ahora, contra su pelo, dentro de la persona ante la que ya no me queda nada que esconder, porque lo perdí todo por ella mucho antes de esta noche.
Le digo la noche de Londres, la del libro.
Que supe que se lo había llevado y que no dije nada, y que aquel hueco en mi repisa fue lo más cerca que estuvimos nunca de decirnos algo, y que dormí seis años mirando ese hueco como ella durmió seis años mirando el libro, cada uno con la mitad de la misma frase sin terminar.
Le digo que cuando me cogieron y me bajaron al sótano, lo primero que pensé no fue que me iban a matar.
Fue que por fin iba a poder dejar de mentir, y que dejar de mentir, aunque fuera para morir, era casi un descanso.
Le digo que llevaba tres años esperando ese sótano con una cosa que se parecía al alivio, y que ella, al bajar a verme, me lo estropeó: me devolvió las ganas justo cuando había aprendido a no tenerlas.
Le digo, por fin, lo que no le he dicho a nadie en la vida, ni a mí mismo en voz alta: que la quiero desde antes de saber qué era querer, que la he querido en cada cosa que he hecho mal, que cada filtración, cada mentira, cada año de los Zakharov fue, por debajo, una manera torcida de quererla; que soy un hombre que solo ha sabido amar haciendo daño, y que esta noche, por una vez, estoy amando sin hacérselo a nadie, y no sé si sabré repetirlo, pero que lo he hecho una vez, con ella, y que con eso ya no me muero igual de pobre que pensaba.
Le digo todo lo que callar me arrancó del alma.
Y según lo digo entiendo que esto no es sexo.
Es una confesión. Es la única confesión verdadera de mi vida, y la estoy haciendo con el cuerpo y en el idioma que fue nuestro, y no me absuelve ningún cura, me absuelve ella, recibiéndola entera, sin descontarme una sola palabra.
Ella me escucha. Lo entiende todo, cada frase, porque por eso elegimos el ruso los dos sin pactarlo: porque es el único idioma en el que cabe la verdad.
Y me contesta no con palabras sino apretándome más, sosteniéndome la confesión igual que me sostuvo las manos, sin soltarme, sin asustarse de nada de lo que sale, que es lo que yo no sabía que se podía hacer con un hombre como yo: oírlo entero y no apartarse.
Tiemblo. Yo, que no he temblado nunca con un arma en la boca, tiemblo haciendo esto.
Y no me da vergüenza, que es lo más raro de todo.
El más violento de la familia, el que no sonríe, el que no pierde el pulso ni cuando se lo juega, temblando como un crío en los brazos de la única persona que lo ha mirado siempre como a una persona y no como a una herramienta.
Toda mi vida cabe en esa contradicción: el que mejor mata, deshecho de ternura.
Y esta noche, por una vez, no me avergüenza ser las dos cosas.
Después nos quedamos quietos, y la culpa viene, porque la culpa siempre viene a cobrar. Pero esta vez no me hunde. La miro llegar, la dejo estar, y no me ahogo en ella, porque Viktoria no me deja.
—No me mires así —dice, con la cara contra mi pecho, sin levantarla, porque me lee el cuerpo mejor que la cara—. Te lo noto en cómo respiras. No me mires como si te debieras esto. Como si fuera otra factura que tienes que pagarme.
—No te miro así.
—Sí. Llevas toda la vida convirtiendo lo que sientes en deuda para poder cargar con ello sin que te dé vértigo. Esto no es una deuda, Sasha. Esto no me lo debes.
—Lo sé. —Y al oírmelo decir me doy cuenta de que es verdad, la cosa más cierta que he dicho en años—.
No me lo debo. Por eso he podido. —Le aparto el pelo de la cara, con estas manos que ella me ha devuelto esta noche—.
Todo lo demás de mi vida lo he hecho porque lo debía.
A los Zakharov, por darme de comer a los quince.
A tu hermano, por sacarme de la calle. A Marina, por una muerte que no quise y que hice posible.
A ti, durante trece años, manteniéndote viva desde tres mil millas.
Todo deudas. Pago bien, es lo único que sé hacer.
—Trago—. Esto es lo primero en toda mi vida que no le debo a nadie.
Que no estoy saldando. Que hago solo porque lo quiero.
Por eso he podido hacerlo. Si te lo debiera, no habría podido, porque las deudas se pagan con la cabeza fría, y esto no se hace con la cabeza.
Esto se hace con todo lo otro, con lo que llevo media vida sin usar.
Viktoria levanta la cara entonces. Me mira un rato largo, sin decir nada, porque hay verdades que ella tampoco gasta diciéndolas en alto.
Me pasa el pulgar por la sien, despacio, y noto que me está leyendo, igual que leyó el muro, igual que leyó las manos.
Solo que esta vez no encuentra nada tapado debajo.
Ya no hay capa que levantar. Estoy entero, encima de la mesa, a la vista. Y no se aparta.
No sé en qué momento me duermo.
Es lo último que recuerdo, y lo cuento porque es lo más extraño que me ha pasado en tres años: que me duermo.
Sin querer. Sin vigilar la puerta. Sin contar las salidas.
Sin dejar un trozo de mí despierto montando guardia, que es como duermo desde hace tres años, con un ojo y media cabeza, listo para un ruido que no llega nunca.
Esta noche no. Esta noche se me apaga todo de golpe, con la cara de ella en el hueco de mi hombro y su respiración volviéndose larga contra mi piel, y me dejo ir a un sueño de los de antes, de cuando todavía no debía nada a nadie, de los que creía perdidos para siempre.
Y justo antes de irme, en ese filo en el que la cabeza piensa una última cosa antes de soltarse, lo entiendo.
Entiendo lo que acaba de pasar, y es lo contrario de lo que creía estar haciendo.
Yo creía que venía a esta cama a darle algo a ella.
Y es ella la que me ha dado a mí lo que no sabía que se podía dar: permiso para descansar.
Llevo tres años sin dormir profundo porque dormir de esa manera es soltarse, y soltarse es rendirse, y yo me guardaba despierto para una sola cosa: para morir bien el día que tocara, para pagar limpio y a tiempo.
Un hombre que duerme así de hondo es un hombre que ha dejado de guardarse para morir.
Acaba de atarme a la vida. Esta noche, justo esta, cuando la vida de los dos es lo más frágil que ha sido nunca, cuando el reloj de Londres corre y yo soy el único que sabe que correr la mata.
Me ha dado lo peor que le puede pasar a un soldado en mitad de una guerra: algo que perder.
Miedo a morir. Ganas de volver a casa. Mañana tendré que pelear una guerra que no me conviene ganar deprisa, con un cuerpo que por una vez quiere seguir vivo, y no podré decirle a nadie por qué freno, ni a ella, todavía no.
Y aun así me duermo. Por primera vez en tres años, me dejo caer. Porque hay noches en que un hombre elige la vida aunque sepa la cuenta que le va a llegar por ella, y esta, contra toda mi aritmética, contra todo lo que sé del mundo, es una de esas.
Mañana volveré a ser el que soy. El que lee a Grigori, el que mueve los frentes, el que carga con un reloj que nadie más oye.
Mañana tendré que mentir otra vez, aunque sea por callar, aunque sea por frenar una guerra sin decir por qué.
Pero eso es mañana. Esta noche, por una vez en la vida, no debo nada y no guardo nada y no vigilo ninguna puerta, y el cuerpo, que llevaba tres años pidiéndome permiso para descansar, por fin se lo doy.
Es lo más parecido a la paz que he conocido en toda mi vida, y sé de sobra que va a costarme caro, y por una vez en mi vida no hago la cuenta de cuánto, y me da igual, que es la primera cosa que me da igual lo que acabe costando.
Lo último que pienso, ya cayendo, no es un número. Es su nombre. Y por una vez no lo apunto en ninguna columna. Lo dejo suelto, sin saldar, que es como ella me ha enseñado esta noche que se quieren las cosas que son tuyas.