El Leal (Bratva Sokolov nº 6) Capítulo 11
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Capítulo 11

La noche siguiente vuelvo a mi distancia, porque es lo que sé hacer para protegerla y porque ahora, además, tengo una razón nueva: sé que quererla la mata.

Me lo repito tumbado en mi cuarto, boca arriba, con los ojos abiertos en un techo que me sé de memoria, raja por raja, de tanto no dormir.

La cuenta es la más simple que he hecho nunca.

Si me aparto, vive. Si me acerco, la pongo en la mira de Grigori.

Toda mi vida he protegido a Viktoria a base de restarme de su vida, y por una vez la aritmética me da la razón: lo correcto es exactamente lo que llevo media vida haciendo.

Apartarme. Volver al metro y algo. Dejar que la pared siga siendo la pared y agradecerle que esté ahí.

Lo tengo decidido, con la misma firmeza con la que decido todo, que es la firmeza de un hombre que solo sabe vivir cumpliendo cuentas.

Mañana volveré a tratarla como a la mujer por la que respondo y nada más.

Esta noche aguanto, paso las horas mirando el techo, y al amanecer el muro estará otra vez de pie.

Lo he levantado tantas veces que ya casi me sale solo.

Y entonces oigo su puerta.

No la mía. La suya. Se abre al otro lado del tabique, y luego, en vez del silencio de siempre, oigo sus pies descalzos en el pasillo, por el lado que no cruje, y se paran delante de mi puerta.

No llama. Viktoria no llama a las puertas; las abre, porque en esta casa nadie le ha cerrado nunca una y no piensa empezar a aprender ahora.

La mía se abre con ese cuidado suyo que no es timidez: es decisión con buenos modales.

La luz del pasillo la recorta en el quicio. Lleva una camiseta vieja y nada más, el pelo suelto, y la cara de haber venido a terminar una conversación, no a empezarla.

—Levanta —ordena, en ruso—. No vas a dormir aquí. Esta noche no.

—Viktoria. —Me incorporo. Mantengo la sábana, el metro y algo, todo lo que me queda de muro—. Lo de anoche fue un error mío. Te puse en peligro. Lo mejor que puedo hacer por ti es…

—Apartarte. Ya. Te lo sé de memoria. —Cruza el cuarto.

Se sienta en el borde de mi cama, dentro de mi distancia, la rompe con el cuerpo igual que rompió la del mapa—.

Llevas toda la vida decidiendo por mí lo que merezco.

Trece años tú, decidiendo que no me merecías.

Seis mi hermano, decidiendo que no merecía la verdad.

Entre los dos me habéis dejado sin una sola decisión sobre mi propia vida.

—Te quiero proteger.

—Ya lo sé. Por eso duele. —Me sostiene la mirada, y en la suya no hay duda, que es lo que más miedo me da—.

Pero escúchame bien, porque esto no lo voy a repetir.

A quién quiero lo decido yo. Lo que estoy dispuesta a arriesgar por quererte lo decido yo.

No tú, que para eso ya tuviste tus años y los gastaste en mirarme de lejos. Se acabó tu turno. Empieza el mío.

—Te van a matar por esto.

—A lo mejor. —No le tiembla la voz. La envidio por eso, por la limpieza con que lo dice—.

Pero me van a matar siendo mía la decisión, por una vez en la vida.

Y eso, para mí, ya es más vida de la que me habéis dejado vivir en treinta años.

—Alarga el brazo y lo pone sobre el mío, encima de la sábana, sin tirar, solo poniéndola—.

Levanta, Sasha. Y ven. No te lo voy a pedir dos veces, porque pedir es lo que las mujeres de esta casa han hecho siempre, y yo no he venido a pedir.

Y hago lo que no he hecho nunca con nada que quisiera de verdad: dejo de calcular el precio.

Me levanto. La sigo.

Su cuarto huele distinto al resto de la casa.

La casa huele a pino y a nieve y a secreto; el suyo huele a ella, a un perfume seco que se trajo de Londres y a papel viejo, porque hay libros por todas partes, en el suelo, en la mesilla, apilados como ladrillos de un muro que se construye solo.

Cierra la puerta. No echa el pestillo. Lo registro, porque registro todo: no cierra con llave porque no quiere que esto se parezca a esconderse.

Quiere que sea una decisión, no un secreto.

Hasta en esto es más valiente que yo, que llevo media vida escondiéndome de lo que he querido.

Se queda delante de mí, en mitad del cuarto, y me mira como llevo media vida soñando que me mira y jurándome que no pasaría. Y yo, el más rápido de la familia, el que entra en una habitación y la resuelve en dos segundos, me quedo quieto sin saber qué hacer con el cuerpo.

Empieza por las manos. Ahí está siempre el problema.

Tengo unas manos que han hecho lo que han hecho con ellas, y de pronto las tengo delante, inútiles, ante una mujer a la que llevo media vida queriendo sin permitirme tocarla, y no sé dónde ponerlas, porque todos los sitios donde las he puesto en mi vida fueron para hacer daño o para contar lo que debía.

Nunca para esto. No tengo el gesto. A un hombre se le enseña de joven a acariciar, y a mí de joven me enseñaron lo otro.

Así que las escondo. Las bajo, las cierro, las aparto detrás de mí sin pensarlo, el viejo reflejo de esconder el arma al entrar en una casa donde hay niños.

Viktoria lo ve. Claro que lo ve. Lo ve todo, siempre, es su oficio y su maldición.

—No —dice. Y hace lo que no espero. Me coge las muñecas, las dos, con una firmeza que no esperaba en ella, y me las saca de donde las he escondido, despacio, sin tirón, y se las lleva a su propia cara, una en cada mejilla, y se queda así, sosteniéndoselas contra la cara, mirándome por encima de mis propios nudillos.

—Estas también son tuyas. No solo sirven para lo que sirven.

Son las mismas con que vas a tocarme esta noche, y son tan tuyas las de ahora como las de antes.

Deja de partirte en dos. El hombre que mata y el que me toca son el mismo, y a ese es al que quiero, entero, no a la mitad que te dejas enseñar.

—Me gira una palma hacia arriba, la mira, le pasa el pulgar por encima como quien lee algo escrito ahí—.

Estas manos. Apréndetelas para esto también. Yo te enseño.

Y se me rompe por dentro algo que llevaba media vida sin romperse, porque nadie me había dicho nunca que las manos con que mato pudieran servir para otra cosa. Nadie me las había devuelto. La gente, cuando ve estas manos, aparta la vista o se aparta entera. Ella se las pone en la cara.

Lo que viene después no sé contarlo como cuento todo lo demás, porque no hay nada que contar, y eso no me había pasado nunca. No hay precio, no hay deuda, no hay columna donde apuntar esto. Solo hay hambre.

Es la única palabra que me sirve, y la conozco bien, porque me crié con ella.

Yo sé lo que es el hambre de verdad, la de los quince años bajo una escalera, la de mirar por la ventana de una cafetería cómo come otra gente y aprender a no mirar para que no duela.

Y aprender, sobre todo, a no creerte nunca que un día vas a estar tú en esa mesa, porque creértelo y que no pase es lo que mata a un crío de la calle: la esperanza, no el hambre.

Trece años he mirado a Viktoria por esa misma ventana. Y ahora estoy dentro, sentado a la mesa, y me cuesta entenderlo con el cuerpo, no me lo creo, sigo esperando que alguien abra la puerta y me eche por colarme donde no me toca.

La beso despacio, como anoche, pero esta vez no me aparto.

Le quito la camiseta despacio, descubro su piel con la torpeza de un hombre al que nunca le dieron nada sin cobrárselo y que no sabe recibir sin desconfiar del regalo.

Ella me lo nota. Me pone las palmas sobre el dorso de las mías y me lleva el ritmo, para que no vaya con el cuidado del que desactiva una carga sino con el del que abre por fin algo que es suyo.

Hay una manera de tocar que aprende el que pasa hambre, y es la peor de todas: tocar deprisa, agarrar, esconder lo que coges antes de que te lo quiten, comer con una mano y proteger el plato con la otra.

Así he tocado todo en mi vida, las pocas cosas que he tenido.

Y ella me está enseñando lo contrario en la oscuridad de su cuarto, sin una palabra, solo con el ritmo: que se puede tocar despacio cuando lo que tocas no te lo va a quitar nadie.

Que hay mesas a las que te sientas sin miedo a que se acabe la comida.

Tardo en creérmelo. La beso en el cuello, en la clavícula, donde el pulso le sube a la piel, y a cada centímetro suyo que descubro espero todavía la voz que me eche, el «tú aquí no», y la voz no llega, solo llega ella, que me busca y me sostiene y no me suelta.

Y poco a poco lo aprendo. Aprendo que puedo tocarla sin que se rompa, sin que me la quiten, sin que llegue después la factura.

Aprendo, a los treinta y dos años, contra su piel, que hay hambres que se sacian, que no todo lo que deseas tiene que doler para siempre, que un hombre puede recibir algo y no quedar en deuda por ello.

Es la lección más cara de mi vida y me la está dando gratis, que es justo lo que no sé encajar.

La piel le arde donde la toco. Le busco el pulso bajo los dedos —en el cuello, en la muñeca, en el hueco de la cadera—, y es un pulso que conozco, porque un latido así, fuerte, descontrolado, solo lo había sentido bajo mí al matar.

Y esto es lo contrario del matar. Esto es contar una vida que late más por mí, no menos.

Toda mi vida estos dedos midieron pulsos para apagarlos.

Esta noche miden uno para encenderlo, y noto el momento exacto en que el suyo se desboca por algo que le hago yo, y entiendo que es lo más limpio que han hecho estos dedos jamás.