Capítulo 9 #2
Mila entra desde algún cuarto lleno de cables, sin saludar, con el pelo recogido a manotazos, y suelta que lleva dos días dentro de las comunicaciones de tres tenientes de Grigori y que puede darnos lo que hablan con doce horas de retraso.
Lo dice con voz de comentar el tiempo. Nadie en esta sala entiende del todo lo que hace Mila; solo sabemos que desde que está, sabemos cosas antes.
Natasha despliega el arma más rara de todas, que no se ve y no suena: el mapa de dentro.
Es la hija de Viktor Zakharov, la que se cambió de bando por amor a Roman, la única persona del mundo que conoce el clan de Grigori desde la cocina y no desde la calle.
Dibuja con el dedo en el plano lo que ningún espía nos vendería nunca: quién odia a quién dentro de la organización, qué teniente está harto de que el hijo del jefe le mande a morir, dónde se ha podrido la lealtad y se puede meter una cuña.
Mira el mapa de la casa de su padre con una cara que conozco, porque es la mía: la del que tiene que usar contra los suyos lo que aprendió queriéndolos.
Sara monta un punto de atención médica fuera de los hospitales, en un piso franco, porque en una guerra los heridos que no pueden ir a urgencias sin que los detengan son los que se desangran en el asiento de atrás de un coche. Lo sé bien. He llevado a más de uno.
Y Lena, desde su despacho federal, dice una sola frase por el altavoz y cuelga, y la frase es «ya casi está», y nadie le pregunta el qué, porque todos llevan seis años esperando ese «ya casi está» sin saberlo, y porque hay cosas que es mejor no decir en alto hasta que se pueden hacer.
Iván está, también, aunque no aporte cables ni cuentas.
Iván aporta lo que ninguno de nosotros: lee a la gente.
Se sienta al fondo y va diciendo, en voz baja, quién de los nuestros está a punto de quebrarse, quién bebe demasiado, a quién hay que mandar a dormir antes de que cometa el error que mata.
En una guerra eso vale tanto como un fusil, y nadie lo sabe hasta que falta.
Y Roman, que habla menos que las paredes, reparte a los hombres por los flancos sin preguntar a nadie, porque mover gente por un tablero es lo que hace mejor que respirar.
Seis mujeres. Cada una con un arma que no es un arma.
Las miro entrar en la máquina una a una y entiendo, por fin, lo que esta familia tardó libros en entender, lo que yo mismo entendí al revés y tarde: que las debilidades que cada hermano se trajo a casa en forma de mujer eran, todas, lo que iba a salvarlos.
Yo me pasé tres años creyendo que querer a una mujer era el flanco por donde entra la muerte.
Resulta que aquí las mujeres son el muro.
Me equivoqué hasta en eso. Me equivoqué en la dirección entera del miedo, que es la peor manera de equivocarse, porque te pasas la vida defendiéndote del lado que no era.
Solo que la mía no está en la máquina como las otras. Viktoria no tiene un arma que aportar a la guerra. Viktoria me tiene a mí, que soy la peor pieza de la sala: el arma que ya disparó una vez hacia dentro, devuelta a la mano que casi destruye.
Trabajamos juntos. Horas. Días.
Y yo hago lo que sé hacer, lo que me ha mantenido vivo media vida: levanto el muro otra vez, ladrillo a ladrillo, entre ella y yo.
Mantengo el metro y algo. No le rozo el brazo cuando le paso un plano.
No me río de lo que dice aunque tenga gracia, y la tiene, porque Viktoria desarma una sala con una frase seca igual que su hermano la congela con el silencio.
No me permito una palabra de más. Vuelvo a la contención como si volviera a ponerme una armadura vieja de la que conozco cada abolladura: incómoda, pesada, pero mía, y segura.
Media vida dentro de ella. Sé respirar aquí dentro. Es fuera donde no sé.
Lo que no calculo —y yo lo calculo todo, esa es mi enfermedad— es que ella me está mirando levantar el muro. Y que lo lee. Lo lee como lee un cuadro: no por lo que pinto, sino por lo que tapo.
Una tarde, repasando rutas, lo dice sin levantar la voz, con esa puntería suya para el sitio exacto:
—Te estás amurallando otra vez.
—Estoy trabajando.
—Estás haciendo las dos cosas. Se te da bien hacer las dos cosas.
—Pone el dedo en un cruce del plano—. Pero te conozco el truco.
Llevas media vida convirtiendo el quererme en disciplina para no tener que llamarlo de otra manera.
Y a un hombre que convierte en disciplina todo lo que siente le pasa una cosa, lo he visto: al final, para descansar, busca que lo maten.
Porque morir es lo que la disciplina permite sin sentirse culpable.
No contesto. No porque no tenga respuesta. Porque la tiene ella, entera, y es exacta, y las cosas exactas no se discuten, se aguantan. Me ha leído el final antes de que yo lo escriba. Es lo que más miedo me da de ella desde que tenía diecisiete años: que ve la última página estando en la primera.
Pasa esa misma noche, tarde, cuando ya no queda nadie en la sala de operaciones y deberíamos habernos ido los dos hace una hora.
Hay un punto en el mapa de Brighton Beach que no me cuadra, una ruta de retirada que Grigori podría usar y que no termino de cerrar. Lo señalo. Ella se inclina a la vez sobre el mismo punto. Y llegamos al papel en el mismo segundo, sobre la misma esquina del plano, y nos tocamos.
No es nada. Es el canto de su mano contra la mía. Piel. Un instante. La cosa más pequeña del mundo.
La retiro como si el papel quemara. Rápido, sin decidirlo, el reflejo de toda una vida disparándose antes que yo: apártate, no te corresponde, no has pagado por esto, no vas a pagarlo nunca.
Ella no la retira.
La deja ahí, en la esquina del mapa, donde estaba la mía, ocupando el sitio que yo acabo de dejar libre. Y me mira sin reproche, con paciencia, que es peor, porque el reproche se aguanta y la paciencia no, la paciencia te obliga a ser tú el que decide.
—¿Vas a seguir trece años más midiendo el aire entre nosotros? —pregunta.
No contesto. Otra vez. Es la respuesta más cobarde que tengo y es la que me sale, porque la verdadera —«no mido el aire, mido lo que te costaría quererme, y esa cuenta no la pagas tú, la pago yo»— no se la puedo dar sin entregarle el último metro que me queda en pie.
Recojo los planos. Le doy las buenas noches a la pared, no a ella. Subo.
Y esa noche, al otro lado del tabique, ella me oye no dormir.
Lo sé porque yo la oigo a ella no dormir, y porque los dos llevamos ya tres noches haciéndonos compañía a través de una pared, fingiendo cada uno que el otro no lo nota.
Otra vez. Media vida a un metro y algo. Ahora a un tabique.
Y sigo sin cruzarlo, porque cruzarlo sería cobrarme algo, y ella es la única persona del mundo a la que decidí, hace media vida, no cobrarle nunca nada.
Tengo su libro debajo de la almohada, donde antes lo tuvo ella.
Es lo más cerca de dormir acompañado que me he permitido jamás.
El reloj me lo enseña Mila a la mañana siguiente, y no sabe lo que me enseña.
Baja a la cocina con el portátil abierto, los ojos rojos de no dormir, buscando a Iván, y como Iván no está y yo sí, me lo suelta a mí de pasada, porque para Mila un dato es un dato y se le entrega al primero que se cruza.
—Oye, esto a lo mejor no es nada —avisa—.
Pero llevo toda la noche en los mensajes viejos de un teniente de Grigori y hay una cosa que no me encaja.
Una línea de gasto que no se cierra. Un activo que mantienen pagado en Londres desde hace tres años.
Etiquetado «en pausa». No operativo, pero tampoco cancelado.
Pagan todos los meses por tener algo allí parado, esperando.
¿Tiene sentido para ti? Porque yo le he dado mil vueltas y no.
Dejo la taza en la mesa con mucho cuidado, porque si no la dejo con cuidado se me cae.
Tiene todo el sentido del mundo. Es el sentido que ha tenido mi vida en tres años, y lo creía cerrado.
Un activo en Londres. En pausa. Pagado mes a mes, esperando una orden.
Yo creía que lo había apagado. Creía que el día que me cogieron, el día que dejé de filtrar, la cuenta de Londres se cerraba sola por falta de información que la alimentara.
Me equivoqué otra vez. No la cerré. Solo la dejé sin mí vigilándola, que es lo contrario de cerrarla: es dejarla suelta.
El hombre que apunta a Viktoria en Londres sigue apuntando.
Sigue cobrando por apuntar. Y solo le falta una cosa para apretar el gatillo.
Que Grigori se vea perdiendo.
Porque así funciona Viktor Zakharov, lo aprendí en tres años dentro de su cabeza: a un rehén no se le gasta mientras te sirve de seguro.
Se le mata el día que ya lo has perdido todo, para llevarte por delante lo que más daño le haga al otro.
El activo de Londres no es un peligro para mientras peleamos.
Es un peligro para cuando ganemos. Cuanto mejor nos vaya, más cerca está la bala para ella.
Cuanto más cerca esté mi victoria, más cerca está su muerte.
Lo entiendo entero en el tiempo que tarda Mila en cerrar el portátil, y es lo más cruel que me ha enseñado esta guerra: que el plan que acabo de montar ahí arriba, el plan bueno, el que nos hace ganar, es exactamente el plan que la mata.
Que mi trabajo y mi única razón para querer seguir vivo tiran cada uno para un lado.
Toda mi vida he sabido lo que valían las cosas y en qué columna iban.
Esta no cabe en ninguna columna. Esta rompe el libro: si pago la guerra, no pago a Viktoria; si la pago a ella, pierdo la guerra.
No hay saldo posible. Solo hay un reloj, y acaba de empezar a contar, y lo oigo.
Y sé, ya, lo que voy a tener que hacer, aunque todavía no sepa cómo.
Voy a tener que ganar esta guerra despacio.
No por estrategia, aunque pareceré que es por estrategia: por ella.
Voy a tener que frenar lo que toda la casa me ha soltado del sótano para acelerar.
Pelear para ganar y a la vez estirar la pelea, medir cada victoria para que no llegue demasiado pronto la última, hacer con la guerra entera lo que llevo media vida haciendo con la distancia entre Viktoria y yo: sostenerla en un punto exacto, ni un milímetro de más.
Y no podré decírselo a nadie. Si lo digo, tengo que explicar por qué, y explicar por qué es entregar lo que me queda sin vender.
Otra vez solo con la respuesta. Otra vez amordazado por lo mismo de siempre, que no es la culpa ya: es ella.
—¿Sasha? —Mila me mira—. ¿Es algo?
Trece años llevo midiendo el aire entre Viktoria y yo. Y resulta que el aire nunca fue el problema. El problema era este reloj, escondido en una línea de gasto en Londres, y acabo de oírlo arrancar.
—Es algo. Es lo que importa. No se lo digas a nadie todavía. Déjame contar primero cuánto tiempo nos queda.