El Leal (Bratva Sokolov nº 6) Capítulo 10
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Capítulo 10

A las tres y diez de la madrugada me rendí. Llevaba una semana perdiendo la misma batalla a la misma hora.

Era una batalla rara, sin bandos claros, que se libraba a través de un tabique.

Yo me tumbaba pegada a la pared que da a su cuarto y escuchaba, y él hacía lo mismo del otro lado, y los dos fingíamos dormir para que el otro pudiera fingir lo mismo, y los dos sabíamos que ninguno dormía, porque cuando uno cambiaba de postura el otro tardaba medio segundo en cambiar la suya, ese medio segundo que tarda en moverse el que estaba quieto escuchando.

Siete noches así. Siete noches haciéndonos compañía con el método más pobre que existe: el ruido de no dormir, pasado de una habitación a otra por un tabique fino.

La cuarta noche rompí las reglas del juego sin llegar a romper la pared.

Pasaba de las dos. Llevaba una hora con la palma abierta contra el tabique, a la altura donde calculaba su hombro, cuando hice lo que no habíamos hecho ninguna de las tres noches anteriores: hablé.

—Sé que estás despierto. —Lo dije en ruso, bajo, con los labios casi en la pintura. El idioma lo eligió el cuerpo, no yo.

Silencio. Pero un silencio que cambió de calidad, como cambia una sala cuando entra alguien. Lo oí girarse en la cama, despacio, y luego su voz llegó a través del yeso, amortiguada y entera a la vez, más cerca de mi oído de lo que había estado nunca su boca.

—Y tú.

—¿Cuánto llevas?

—Desde que apagaste la luz. —Una pausa—. Respiras distinto cuando no duermes. Más corto.

—¿Y cómo respiro cuando duermo?

—No lo sé. Todavía no te he oído dormir.

Cuatro noches escuchándonos y era la primera vez que lo admitíamos en voz alta.

Me incorporé sobre un codo y pegué la frente a la pared fría.

Al otro lado, a un palmo, a un mundo, oí que él hacía lo mismo: el roce de su pelo contra la pintura, el peso de su frente buscando el punto exacto donde estaba la mía.

Dos cabezas apoyadas en la misma pared por los dos lados, como dos láminas de un mismo cuadro plegado.

—Pon la mano donde tienes la frente.

—Viktoria.

—Ponla.

Lo oí moverse. Un segundo después noté —o decidí notar, que a esas horas es lo mismo— el calor al otro lado del tabique, justo donde estaba mi palma.

Yeso, cal, quince centímetros de pared vieja.

Era lo más cerca que habíamos estado de tocarnos en todo este tiempo, y me subió por el brazo como si no hubiera pared.

—Esto es ridículo —dijo, con la voz rota por abajo.

—Sí.

—Tengo treinta y dos años.

—Y yo la mano en una pared a las dos de la mañana. Nadie está presumiendo.

Lo oí soltar el aire por la nariz, ese amago de risa que se permite. Y luego, muy bajo, en el ruso de las cosas que no se dicen en otro idioma:

—Si abro la puerta, no voy a saber parar.

No era una advertencia. Era un hombre enseñando las cuentas. Me quedé quieta, con el corazón yendo demasiado deprisa para el silencio que había, y entonces hice lo que llevaba cuatro noches sin atreverme a hacer: me levanté.

El pasillo estaba a oscuras y frío bajo los pies descalzos. Tres pasos hasta su puerta. Los di sin pensarlos, porque pensados no se dan, y cuando llegué, la puerta se abrió antes de que yo tocara la madera.

Él estaba en el umbral. Sin camisa, con el pantalón de dormir y el rastreador en el tobillo, despeinado, respirando como si hubiera cruzado la habitación corriendo y se obligara a fingir que no.

Nos quedamos a un palmo. Menos. Le veía el pulso en el cuello, desbocado, en contra de toda esa quietud suya de presa fuerte, y el calor que le salía de la piel me llegaba al esternón a través del aire.

No me tocó. Levantó la mano —la vi levantarse, decidirse, temblar— y la detuvo a un centímetro de mi cara, los dedos abiertos siguiendo el contorno de mi mejilla sin posarse, bajando por el aire del cuello, por el aire del hombro, por el aire del brazo, dibujándome entera sin tocarme, igual que llevaba trece años queriéndome: a la distancia exacta del roce.

Yo no me moví. Si me movía, lo rompía. Sentía el calor de su palma desplazarse por mi piel como una cosa física, el vello del brazo levantándose a su paso, la respiración cada vez más arriba del pecho, y entendí que aquel hombre me estaba tocando entera sin ponerme un dedo encima, y que era lo más indecente y lo más casto que me había hecho nadie en la vida.

—Vuelve a tu cuarto —dijo, ronco, sin apartar la mano del aire.

—Oblígame.

—No puedo. —Le tembló la voz, no la mano—. Si te toco esta noche, mañana no sabré sentarme a un metro de ti delante de tu hermano. Y nos va la guerra en que yo sepa sentarme a un metro de ti.

Tenía razón y la odié por completo. Di un paso atrás, uno solo, y vi lo que le costó no seguirme: el cuerpo entero inclinado un grado hacia delante, anclado al quicio con la mano que no me había tocado, los nudillos blancos contra la madera.

—Cuarta noche. Que sepas que las estoy contando.

—Yo llevo contadas trece años de noches. —Casi sonrió. Casi—. Vas muy por detrás.

Volví a mi cuarto, cerré la puerta despacio, como la cierran en esta casa los que más quieren gritar, y me tumbé con la palma otra vez contra la pared, ardiendo.

Al otro lado, su cama no crujió en toda la noche.

No hizo falta preguntarle por qué: un hombre que se queda tan quieto tanto rato no está durmiendo. Está aguantando.

Las noches quinta y sexta volvimos al tabique, escarmentados, cada uno por su lado de la frontera.

Era patético y era lo más parecido a la ternura que aquel hombre y yo nos habíamos permitido en media vida, y la séptima noche decidí que estaba harta de quererlo en clave morse.

Así que aparté la manta y bajé.

No encendí la luz del pasillo. Una casa se aprende con los pies, y esta me la sabía desde antes de tener memoria.

Bajé descalza por el lado de la escalera que no cruje, y al llegar al último tramo vi que la cocina ya estaba encendida —la luz baja de encima de los fogones, no la del techo— y supe quién había antes de verlo.

Llevaba siete días sabiendo dónde estaba ese hombre a cada hora.

Reconocerlo en una cocina a oscuras fue lo más fácil que hice en todo el día.

Estaba sentado a la mesa, de espaldas a la puerta, con una taza delante.

No se volvió. Pero dejó de estar quieto de la manera en que se está quieto cuando crees que nadie te mira, y pasó a estarlo de la otra: la de haber oído unos pies descalzos en la escalera y decidir no darse por enterado, para dejarte la salida de volver a subir como si no hubieras bajado.

No subí. Entré.

El té estaba intacto. Lo supe por el color, y porque la cucharilla seguía apoyada en el borde sin usar, y porque a Sasha no le he visto beber nunca nada caliente.

Lo pide, lo rodea con los dedos, deja que se enfríe y no se lo toma.

Un hombre que se prepara cosas que no piensa tomarse, solo para tener algo a lo que agarrarse a las tres de la mañana.

Lo entendí esa noche mirando la taza llena: el té no era para beberlo.

Era para no quedarse con las palmas vacías delante de lo que no se atreve a tocar.

Me senté enfrente. A un metro y algo. La distancia la puso él, con la silla, sin pensarlo, el viejo reflejo, y por una vez no se la respeté con la mirada.

—No te lo bebes.

—No.

—¿Para qué lo haces, entonces?

Se quedó mirando la taza. Y contestó en ruso.

No lo había oído en seis años. En Londres no había con quién, y antes de Londres lo hablaba solo aquí, en esta mesa, los domingos, con mi padre marcando las erres como quien clava estacas.

Pero cuando Sasha dijo «para tener los dedos ocupados» no lo dijo en el inglés en que habíamos discutido planos toda la semana.

Lo dijo en ruso. Y al oírlo entendí una cosa que llevaba media vida sabiendo sin ponerle nombre: que ese era nuestro idioma.

Que nunca nos habíamos dicho nada verdadero en el idioma del mundo que nos separaba.

Que lo poco real que había pasado entre nosotros había pasado siempre en ruso, a media voz, en los huecos de las fiestas, y que por eso me costaba tanto recordarlo: porque lo tenía guardado en una lengua que no usaba para nada más, como se guarda una cosa en un cuarto que no se abre.

Le contesté en ruso. Se me cayó torpe al principio, oxidado, y luego volvió, como vuelve todo lo que fue tuyo.

Pensé, mientras lo hacía, que el ruso había sido siempre nuestro país.

No el que figuraba en los pasaportes; el otro, el que no tenía mapa.

En inglés éramos una Sokolova y un soldado, separados por todo lo que separa esas dos palabras.

En ruso éramos dos personas que se habían criado oyendo las mismas canciones de cuna y los mismos insultos, que sabían lo que era una casa que huele a pino y a secreto, que entendían sin traducción por qué un hombre se prepara un té que no se bebe.

El idioma del mundo nos mantenía en nuestro lugar.

El nuestro, este, el que llevábamos años sin usar, era en el que cabía decirse la verdad.

Por eso no nos la habíamos dicho nunca: no por falta de palabras, sino por miedo a abrir el cuarto donde estaban guardadas.

—Yo tampoco duermo.

—Lo sé.

—Lo sabes porque me oyes.

—Te oigo. —Giró la taza un cuarto de vuelta, sin levantarla—. Llevo una semana oyéndote no dormir. Es lo más cerca que he estado nunca de dormir con alguien.

Lo dijo sin levantar la vista, en ruso, con esa sequedad suya que en otro hombre sería frialdad y en él es lo contrario: todo lo que siente, comprimido hasta que cabe en seis palabras para que no se desborde.

Y ahí, en esa frase, estaba la medida exacta de lo que le había hecho la vida a este hombre.

Lo más cerca que había estado de dormir con alguien era oír, a través de una pared, que otra persona tampoco dormía.

Media vida, y su mayor intimidad cabía en el grosor de un tabique.