Capítulo 9
Hace ocho días estaba encadenado a una tubería.
Hoy me ponen un mapa delante y esperan que les diga cómo no morir.
La distancia entre las dos cosas la mido yo solo, porque soy el de esta sala que sabe lo que cuesta cruzarla, y la cruzo igual, porque me lo han pedido y porque a esta gente, aunque me mate el sábado, le pago todo lo que me pide mientras pueda.
La sala de operaciones de la dacha es el comedor de los domingos con las cartas tapadas.
Han corrido la mesa grande contra la pared, han clavado encima un plano de Brighton Beach y otro de Manhattan, y alrededor está casi todo el que importa: Nikolai en la cabecera, Alexei con dos portátiles, Roman de pie junto a la puerta, Dimitri lo más lejos de mí que le permite la habitación, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa de un hombre que viene obligado a oír al que querría enterrar.
El rastreador me pesa en el tobillo cada vez que me muevo, por si se me olvida lo que soy.
No se me olvida. Y Viktoria, a mi derecha.
A un metro y algo. La distancia la he puesto yo nada más entrar, antes de pensarlo, como quien vuelve a echarse al hombro un arma que creía perdida.
—Empieza —dice Nikolai. No «habla». «Empieza».
A un soldado se le dan órdenes, no turnos, y los dos preferimos que sea así.
Es más limpio. Las órdenes no llevan dentro la pregunta de si te perdonan.
Me pasan un plano, un rotulador y una confianza que no me han dado: me la prestan por la mañana y pienso devolverla por la noche, como todo lo que me dejan estos días.
Hasta el aire que respiro en esta sala lo tengo en préstamo.
Miro el plano. Y por primera vez en ocho días hago lo que sé hacer sin que me cueste un trozo: pensar como ellos. Como Grigori. Como el crío que fui y que, en otra calle, con otro padre, habría podido ser él.
—Grigori os está apretando por tres sitios a la vez.
No porque tenga fuerza para los tres. Porque sabe que vosotros vais a querer defender los tres, y ahí es donde os parte.
—Señalo con un dedo, sin tocar el papel, que tocar el papel sería ya darme un lugar en la mesa que nadie me ha dado—.
Uno: Brighton Beach. El territorio. Lo visible.
Lo que duele en el orgullo. Dos: los negocios legales, la fachada, por donde entra Alexei al banco y por donde os va a intentar ahogar el dinero.
Y tres, el sucio, el que más le gusta: las personas.
Las parejas. La gente a la que cada uno de vosotros no se puede permitir perder.
—Eso ya lo sabemos —replica Dimitri—. No hemos sacado al perro de la perrera para que nos lea el periódico.
No le contesto a Dimitri. A Dimitri se le contesta acertando, no hablando.
—Lo que no sabéis es cuál soltar.
La sala se queda quieta. Hasta Dimitri.
—Tenéis que ceder uno de los tres a propósito. Y tiene que ser Brighton Beach.
Lo dejo caer y miro cómo aterriza, que con esta familia siempre aterriza igual: primero el músculo, luego la cabeza, casi nunca en ese orden.
—Ni de coña —dice Dimitri, y descruza los brazos—. Brighton Beach es nuestro desde antes de que tú durmieras debajo de una escalera. Es la casa. Antes lo quemo entero que regalárselo a ese hijo de puta.
—Lo sé —digo, y no levanto la voz, porque a un hombre que defiende su tierra no se le grita la tierra—.
Por eso es lo que Grigori espera que digas.
Lleva una semana pegándole fuerte a Brighton Beach precisamente para que reaccionéis como acabas de reaccionar tú: con las tripas.
Os ve venir a defender la casa, os concentra ahí, y mientras tanto mete la zarpa por los otros dos caminos, que son los que ganan la guerra.
El territorio es el cebo más caro que existe, porque lo pagáis con el orgullo y el orgullo no admite descuento.
—¿Y tú cómo lo sabes? —Dimitri da un paso—. ¿Por qué tú sí y nosotros no?
Y ahí está la pregunta de verdad, la que importa en esta sala, la que llevan ocho días sin hacerme a la cara.
—Porque yo nunca tuve nada que ceder. —Lo digo sin dramatizarlo, que es un dato, no una herida, aunque sea las dos cosas—.
Vosotros pensáis con territorio porque habéis tenido territorio toda la vida.
Una casa, un apellido, un trozo de ciudad con vuestro nombre debajo.
Yo me crié sin un metro cuadrado mío en ninguna parte.
Dormía donde no me echaran. Comía de quien me daba de comer, y el que me dio de comer a los quince era de los Zakharov, por eso estamos todos hoy aquí.
A un hombre que nunca ha tenido tierra no se le engaña con tierra, porque sabe lo que vale y lo que no.
Brighton Beach se recupera. La gente que perdáis mientras lo defendéis, no.
—Miro a Dimitri, no para vencerlo, para que lo oiga—. Yura no.
El nombre del crío cae sobre la mesa y nadie lo recoge. Dimitri aprieta la mandíbula. No vuelve a dar un paso. Es lo más cerca de darme la razón que va a estar nunca, y me vale.
—Sigue —ordena Nikolai.
Y noto, al oírlo, lo que esa palabra significa de verdad.
No es «te escucho». Es «te uso». Una semana llevaban tratándome como a un mueble peligroso que hay que tener atado en el sótano, y ahora el pakhan, delante de toda la casa, me dice que siga, que es como decir que valgo.
No me hago ilusiones: usar una herramienta no es confiar en ella.
A un destornillador no se le confía nada; se le usa y se le guarda.
Pero hasta a un destornillador hay que cogerlo con la mano, y eso es más de lo que tenía ayer.
Veo a Iván, en un rincón, sin libreta esta vez, asintiendo despacio: el que me miró siempre como a una persona y no como a una pieza, comprobando si la persona sigue ahí debajo de la pieza.
Sigo aquí. Más vale que lo aproveche, que me quedan pocos días de servir para que se note.
Les monto el plan entero, y mientras lo monto noto la cosa rara, la que llevo tres años sin sentir y había dado por enterrada: que se me da bien.
Que esta cabeza, la misma que les vendió durante tres años, es buena en esto.
Leo a Grigori como se lee una carta que escribiste tú, porque en otra vida la habría escrito yo.
Nos criamos en la misma calle. Él con padre y yo sin él, pero comiendo del mismo miedo, durmiendo con un ojo abierto por las mismas razones.
La diferencia entre Grigori Zakharov y yo cabe en un detalle: a él, de crío, su apellido le prometía que un día mandaría, y a mí el mío no me prometía nada.
Lo demás es idéntico. Sé lo que hace un chaval de Brighton Beach el día que por fin tiene poder: arrasa lo que de pequeño le dio miedo, y le dio miedo todo.
Por eso Grigori es ruidoso. Por eso necesita que lo veas ganar, que lo vea ganar su gente, que se entere la ciudad.
Un hombre que de niño no fue nadie no sabe ganar callado: para él, ganar sin público es no haber ganado.
Yo aprendí lo contrario. Aprendí a ganar sin que se notara, porque el que se notaba comía menos y duraba menos. Esa es la baza que tenemos y que él no se espera: que del otro lado, por una vez, hay uno que sabe pensar como él pero pelear al revés.
—Cedemos Brighton Beach despacio. No de golpe, que se olería la trampa.
Retiramos a regañadientes, perdiendo con oficio: un local hoy, una esquina mañana, dejándole creer que os empuja.
Que le cueste sangre cada metro, pero que lo gane.
Empezamos por el bingo de la avenida Brighton 6, que es el que más se ve y el que menos vale: que se lo quede mañana mismo y que lo celebre.
Cada metro que le regalemos es un metro de él estirándose, alejándose de su base, gastando hombres en sujetar una tierra que no le va a dar nada.
Un ejército que avanza demasiado se queda sin retaguardia, y la retaguardia es lo que pienso quitarle yo cuando esté bien lejos de casa.
Mientras él se hincha en Brighton Beach, nosotros cerramos los otros dos frentes a cal y canto. El dinero y la gente. Lo que somos.
—El dinero lo llevo yo —apunta Alexei, sin levantar la vista de los portátiles—.
Si me dais tres días blindo las cuentas legales y monto un señuelo en las que no me importa que toque.
Que muerda donde no sangramos. Y si Diana mueve a la vez la prensa, lo dejamos sin tapadera limpia para sus negocios de verdad.
Asfixia legal. Le quitamos el oxígeno por donde respira el dinero.
—Bien. —Y lo digo en serio, porque el plan de Alexei es bueno, más frío que el mío y por eso mejor para lo suyo—.
Y la gente. —Aquí bajo un punto la voz, porque esto es lo que me quita el sueño, más que el territorio, más que el dinero—.
La gente es donde Grigori va a jugar sucio, porque es lo que no se blinda con hombres armados.
Cada uno de vosotros tiene a alguien. Él lo sabe.
Lleva libros sabiéndolo, lleva libros amenazando con ello sin atreverse del todo.
Esta es la guerra en la que se atreve. Así que a partir de hoy nadie de esta casa duerme solo, viaja solo, ni baja a por agua de noche solo.
Las parejas se mueven juntas o no se mueven.
No miro a Viktoria al decirlo. Me cuesta no mirarla. Es el primer trabajo de la mañana, no mirarla, y es más difícil que el plano entero.
La máquina se enciende delante de mí, pieza por pieza, y es la primera vez en diecisiete años en esta casa que la veo entera, funcionando a la vez, como una sola máquina con seis brazos.
Alexei abre el flanco del dinero, y a su lado, en la pantalla del portátil, aparece Diana con ese aire de periodista que ya ha decidido el titular antes de que termines la frase: ella mueve la prensa, filtra lo que conviene, mancha a los Zakharov en los papeles mientras Alexei los ahoga en los bancos.
Dos manos cerrando la misma garganta, una por dentro y otra por fuera.