El Leal (Bratva Sokolov nº 6) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Lo de Yura —pregunta—. ¿Cómo lo sabías?

—Le enseñé a desencasquillar. —Es la verdad y no es asunto suyo el resto—. Le tenía apuntado.

Boris asiente, como si esa frase la entendiera mejor que ninguna otra, y sube los peldaños con el brazo cruzado sobre el pecho, sin prisa, llevándose mi lectura arriba igual que se sube una herramienta prestada: sin fiarse del dueño, fiándose del filo.

Y por una vez en ocho días, la casa hace algo que yo he dicho.

Lo noto en el techo. Los pasos que iban hacia el ruido se paran.

Hay una discusión —reconozco a Dimitri por el talón, furioso, alguien le sujeta— y luego un silencio distinto, un silencio de hombres que se quedan inmoviles a propósito, que es lo más difícil que se le puede pedir a un soldado al que acaban de matarle a uno.

La radio baja de tono. El generador encuentra su ritmo.

No han ganado. Pero han dejado de perder por la razón por la que estaban perdiendo, que era yo. Que era no tenerme.

El sótano vuelve a su silencio de siempre, que no es silencio del todo: es el goteo de la tubería a la que me atan, el zumbido del cuadro eléctrico, el frío que sube del cemento y se te mete por donde tocas el suelo.

Llevo ocho días aprendiéndome ese ruido de fondo como antes me aprendía las calles de un barrio nuevo.

Aquí abajo no hay reloj. Dejé de contar el día que bajó ella.

La hora la pongo por lo que oigo arriba, y ahora mismo arriba hay una casa que respira otra vez, despacio, como un hombre al que le acaban de quitar una mano del cuello.

Debería sentir algo parecido al alivio. Lo que siento es más raro y más difícil de apuntar en ninguna columna: es la primera noche en tres años en que mi cabeza ha servido para guardar a alguien con vida sin tener que vender a nadie para conseguirlo.

He pagado sin que el pago me arrancara un trozo.

No sabía que se podía. Llevaba tanto tiempo creyendo que mi utilidad y mi condena eran la misma cosa que se me había olvidado que un hombre puede servir y quedar entero.

Es un pensamiento peligroso. Lo sé mientras lo pienso. Un hombre que se acostumbra a quedar entero empieza a querer seguir entero, y un reo que quiere seguir entero es un reo que ya no está conforme con el sábado.

Lo aparto. Vuelvo a la cuenta. El sábado sigue siendo el sábado. Yura sigue en su columna. La casa sigue en guerra. Y yo sigo encadenado a una tubería, que es justo donde debe estar un hombre que abrió la puerta por la que entró todo esto.

Viktoria baja cuando ya no espero a nadie.

La reconozco por el paso antes de verla, y el cuerpo hace lo que lleva media vida haciendo cuando la reconozco: se prepara para no enseñar nada.

Es un trabajo de toda una vida, ese. Poner la cara quieta.

Sentar la voz. Medir la distancia. Llevo tanto practicándolo que ya no sé si queda algo debajo o si me he convertido del todo en la tapa.

Trae un plato. Solo un plato, sin bandeja, sostenido contra el pecho como se sostiene algo que importa más por el gesto que por lo que lleva. Baja los últimos peldaños y se para.

Y entonces hace el gesto que me desarma, y lo hace sin tocarme, sin una palabra, con una precisión que solo puede ser a propósito.

Se queda de pie a un metro y algo de mí.

A un metro y algo. Ni un centímetro menos.

La distancia exacta que llevo guardando yo desde el verano de sus diecisiete, la que mantuve en la fiesta de su dieciocho con las manos cruzadas por delante, la que no rompí ni una vez en todos estos años porque romperla habría sido cobrarme algo que no me correspondía.

Mi distancia. La que inventé para quererla sin permiso, la forma de quererla que me podía permitir un hombre que no tenía derecho a más.

Me la devuelve. Se planta justo ahí, en mi metro y algo, y me mira desde dentro de mi propia distancia, y yo entiendo el mensaje entero sin que mueva los labios, porque es un idioma que inventé yo y que resulta que ella habla mejor que yo.

«Sé tu idioma. Lo he sabido siempre. Y no me das miedo.»

Deja el plato en el suelo, a mi alcance, empujándolo el último palmo con el pie, igual que la otra noche, con la misma falta de ceremonia, que en ella no es desprecio sino lo contrario: es tratarme como a uno de la casa y no como a un perro al que se le tiene lástima.

—Come —dice. Nada más. No habla de la guerra. No me pregunta qué le he dicho a Boris ni cómo sabía lo de Yura ni por qué la casa ha dejado de correr. No ha bajado a eso.

—Hay un muerto arriba —digo, porque alguien tiene que decirlo y porque no soporto que baje a verme la misma noche en que un crío de diecinueve años ha pagado mi factura sin saberlo—. Un chaval. Por mi culpa, de una manera larga de explicar pero que es mi culpa igual.

—Lo sé. —No aparta los ojos—. Y bajar a verte no me hace cómplice de eso. Solo me hace alguien que ha decidido no dejarte cenar solo. Las dos cosas caben, Sasha. Llevas tanto tiempo creyendo que no caben que ya ni lo intentas.

—Es más seguro creer que no caben.

—Para ti. —Lo dice sin dureza, que es lo que más duele—. Para el resto es solo más triste.

No contesto. No tengo con qué. Me ha leído la cuenta entera en tres frases, la que dice que si me toca algo bueno tiene que ser robado y pagado y escondido, y la ha contradicho con el cuerpo nada más, plantándose en mi distancia como quien deja un cuadro torcido a propósito para ver si tú te atreves a enderezarlo.

Se queda un momento más. Yo cuento, porque es lo que hago: cuento los segundos que aguanta mi distancia sin moverse, y son más de los que aguantaría nadie que me tuviera el miedo que debería tenerme.

Luego sube. Una mira atrás —ella mira atrás, lo sé, lo he sabido siempre—, pero esta vez no me lo permito a mí: bajo la vista al plato para no robarle ese gesto, porque ciertas cuentas un hombre debe dejar de cobrárselas aunque se le ofrezcan.

La puerta de arriba se cierra despacio. En esta casa todos cerramos las puertas despacio. Es la enfermedad de la familia.

Como, porque me lo ha mandado ella y a ella le pago todas las facturas, incluidas las que me arruinan.

Y al levantar el plato del suelo, debajo, donde no estaba al bajarlo —lo habría visto, yo lo veo todo, es mi oficio—, hay un libro.

Un libro de bolsillo viejísimo, las tapas blandas de tanto leerse, el lomo partido por donde siempre.

Lo conozco antes de tocarlo. Lo conozco mejor que mi propia letra, porque lo tuve años en mi cuarto, en la repisa, junto a la navaja y el despertador, antes de que ella me lo quitara.

Un héroe de nuestro tiempo. El ejemplar que ella me prestó el verano de sus diecisiete, una tarde, cuando me pilló delante de la estantería de su padre leyendo las contracubiertas sin atreverme a sacar ningún libro.

«Empieza por este», me dijo, y me lo puso en la mano, y me pidió que se lo devolviera cuando lo acabara.

No se lo devolví. Lo subrayé entero a lápiz en aquellos años, apretando, en líneas rectas, con la torpeza de un hombre poco acostumbrado a que un libro fuera suyo: subrayé a Pechorin, al que decide que no tiene derecho a lo que quiere y lo llama estrategia, y no escribí una sola nota al margen, porque escribir en un margen es dejar huella y yo llevaba media vida entrenándome para no dejarla.

Ella no me lo reclamó, y yo no se lo devolví, y así estuvimos años, los dos sabiendo dónde estaba el libro y ninguno moviéndolo.

Hasta que lo movió ella. La noche antes de irse a Londres entró en mi cuarto sin permiso, lo cogió de la repisa, dejó el hueco en su sitio y se lo llevó a otro continente.

Lo supe el día siguiente, al ver el vacío en la balda, y no dije nada, porque que se llevara lo que yo había tenido por mío fue, en aquel momento, lo más parecido a una declaración que íbamos a poder hacernos jamás.

Me dejó el hueco. Se fue con la única parte de mí que cabía en una maleta, que era un libro que ni siquiera había sido suyo del todo hasta que lo robó.

Trece años. Y vuelve ahora, debajo de un plato, en un sótano, la noche en que ella se ha plantado en mi distancia para devolvérmela.

Lo abro como puedo, con la cadena tirando del brazo. Entre las páginas, por la mitad, hay un papel doblado. Su letra. Una sola línea, escrita hace poco, con la tinta todavía negra y no del gris que dejan los años:

«Todavía no lo he terminado.»

Lo leo una vez. Lo leo otra. Y a la tercera entiendo que no habla del libro.

Trece años durmiendo con un libro robado, llevándolo de Londres a Nueva York y de vuelta, sin terminarlo nunca a propósito, porque terminar un libro es soltarlo y ella no pensaba soltar lo que tenía mío.

Me lo devuelve sin terminar. Me devuelve la prueba de que en trece años no ha cerrado la cuenta.

Que la dejó abierta a posta. Que de los dos, el contable de esta historia no era yo.

Cierro el puño sobre el papel.

Y por primera vez desde que bajé a este sótano a pagar y a morir el sábado, me descubro haciendo la cosa que tengo prohibida, la que no puedo permitirme, la que lo estropea todo: calcular cuánto costaría seguir vivo.

No por mí, que mi vida hace tiempo que la di por amortizada.

Por leer el final con ella delante. Por devolverle el libro terminado, en persona, algún día, en una habitación sin cadena.

Es la deuda más cara que he contraído nunca. Y es la primera, en toda mi vida de cuentas, que no quiero saldar. Que quiero deber para siempre.

Arriba, la radio calla. La casa, por una noche, ha dejado de perder.

Yo, aquí abajo, con el puño cerrado sobre cinco palabras, acabo de empezar a perderlo todo de la manera que importa: la de un hombre al que de pronto le sobra una razón para no querer que llegue el sábado.