Capítulo 8
Subí del sótano con la decisión tomada y me encontré a mi familia montando la misma exposición de siempre: todos colgando el mismo cuadro y discutiendo el clavo.
El salón a las dos de la mañana era un cuarto de gente que no se va a la cama porque irse a la cama sería admitir que no hay nada que hacer hasta mañana, y nadie quería admitir eso la noche en que habían perdido a un crío de diecinueve años.
La radio seguía encendida sobre el aparador, baja, escupiendo de vez en cuando una voz de Brighton Beach que contaba lo que ya sabíamos: el almacén de Neptuno ardiendo entero, los bomberos que tardaban a propósito, un barrio que esta noche había aprendido que los Sokolov sangran.
Dimitri de pie junto a la chimenea, con los nudillos otra vez pelados, esta vez contra una pared y no contra una cara.
Alexei con el portátil cerrado encima de las rodillas, que en él es la postura de quien ha hecho todos los números y ninguno sale.
Roman en la puerta, como siempre, midiendo salidas.
Mi madre no estaba: a mi madre la guerra la mandan a la cocina, que es su manera de seguir en la habitación.
Y Nikolai en el sillón de papá, con el reloj girando en la muñeca, adelante y atrás, esa cuenta que no le cuadraba desde hacía dos noches y que yo sabía cuadrar.
Hacía falta un aval. Lo había visto colgado desde la conversación del despacho, recto, encajado, esperando a que alguien estirara el brazo.
En el despacho me callé. Le di a mi hermano la noche y la frase —«a lo mejor se te da encontrar lo que necesitas cuando lo tienes delante»— y la oportunidad de llegar él a la idea y creerla suya, que es la forma de que un hombre como Nikolai acepte una pieza que no colocó él.
No llegó. Le di dos días y una guerra y un muerto, y no llegó. Y se me acabó la paciencia de marchante, que consiste en esperar a que el comprador vea solo lo que tiene delante. Hay compradores que no ven. A esos hay que ponerles la mano encima del cuadro.
—Sé cómo lo soltáis.
No levanté la voz. En esta familia la voz se baja, no se sube; me lo enseñó el hombre del sillón sin saber que me estaba enseñando a usarlo contra él. El salón se giró entero hacia la puerta. Dimitri primero, porque Dimitri se gira hacia cualquier ruido nuevo buscando dónde pegarle.
—Tú no estabas en esta conversación —cortó.
—Llevo en esta conversación desde los dieciocho años. —Crucé el salón y no me senté. Sentarse era ofrecerse a que te dieran turno. Me quedé de pie en el centro—. Solo que esta es la primera vez que me dejáis hablar en ella.
Nikolai paró el reloj con el pulgar. Me miraba como se mira un movimiento que no habías calculado en el tablero.
—Necesitáis a Sasha para ganar. Eso ya lo sabéis; lleváis dos días sin decirlo en voz alta porque decirlo en voz alta es admitir que dependéis del hombre que os vendió.
Esta noche en Neptuno lo habéis tenido delante: habéis ido tarde a todo, habéis perseguido el fuego que él os habría dicho que no persiguierais, y ha muerto un chaval por ir ciegos.
—Dejé que calara—. Y aun así no podéis soltarlo, porque soltar en mitad de una guerra a un hombre que ya os vendió una vez es ponerle a la casa una pistola en la nuca.
Las dos cosas a la vez. No tiene salida.
—Repetí las palabras de mi hermano del despacho, las suyas, para que las reconociera en mi boca—.
A no ser que alguien se ponga entre las dos.
Un aval. Alguien de la casa que responda por él con su propia piel.
—¿Y quién va a ser tan idiota? —preguntó Dimitri.
—Yo.
La palabra cayó en el salón y se quedó ahí, en el centro, conmigo.
Alexei fue el primero en moverse. Abrió el portátil, lo cerró otra vez sin mirarlo, que en él es lo más parecido a perder la compostura.
—Os doy los números, ya que nadie los pide y todos los necesitáis —dijo, con esa voz plana de contable que tiene hasta para las catástrofes—.
Sin Sasha, perdemos. No es una opinión. Lo he calculado tres veces esta noche y las tres me sale lo mismo: aguantamos tres semanas, puede que cuatro, y luego Grigori nos abre como una lata.
Con Sasha tenemos una posibilidad. No sé cuánta.
Pero más de cero, que es lo que tenemos ahora.
—Levantó la vista hacia Nikolai—. Lo que decidáis sobre cómo soltarlo es vuestro.
Que hay que soltarlo es mío, y es aritmética.
Nadie le discutió la aritmética. A Alexei no se le discute un número como a Dimitri no se le discute un puñetazo: es lo que sabe hacer, y lo hace bien.
Vi recorrer la sala lo que acababa de decir, de cara en cara, como se ve avanzar una grieta por un barniz cuando le da la luz de lado.
Alexei levantó la vista del portátil cerrado.
Roman dejó de mirar la puerta y me miró a mí, que en Roman es casi un grito.
Y Nikolai no movió un músculo, que es lo que hace mi hermano cuando algo le ha entrado hasta el fondo: se queda quieto por fuera para que no se le vea temblar la cuenta por dentro.
—Si lo usáis, es mío —dije, y ahora sí los miré uno a uno, despacio, tasando la sala antes de poner el precio—.
Yo respondo por él. Lo saco yo, lo vigilo yo, y si huye, si filtra, si vuelve a vender a esta familia, la deuda es mía.
No suya. Mía. Me la cobráis a mí. Con lo que haga falta cobrársela a uno de los nuestros que falla, que ya sé lo que es y no he venido a fingir que no lo sé.
Esas son las condiciones, y son las mías, y no las he traído a negociar. Las he traído a decir.
Me oí decirlo y me reconocí de una manera nueva.
Toda la vida había visto a los hombres de esta casa ponerse delante de sus mujeres: Dimitri delante de Sara, Nikolai delante de Lena, mi padre delante de mi madre durante cuarenta años, escudos de carne que nadie les había pedido ser.
Lo llamaban amor. A veces lo era. Casi siempre era otra cosa con la cara del amor: la certeza de que el otro no aguanta su propia vida y hay que cargársela uno al hombro.
A mí me subieron a un avión a los dieciocho con esa misma cara.
Me pusieron un océano por escudo sin preguntarme si quería que me salvaran así.
Y ahora era yo la que se ponía delante. Por elección.
La primera persona de esta casa que elegía ser el escudo de otro en vez de que la convirtieran en la pieza a la que se protege.
Si iban a repartirse vidas en esta familia, esta vez había una que repartía yo, y era la mía, y la ponía yo sobre la mesa con mi propia mano.
Que te salven, había aprendido yo demasiado tarde, no es lo que te salva: lo que te salva es elegir por quién pones el cuello.
No pensaba dejar que esa lección la pagara nadie más a mi costa.
—No —dijo Dimitri, y se separó de la chimenea—. Ni de coña. ¿Tú te oyes? Vas a responder tú, con tu vida, ¿por quién? Di el nombre. Dilo en alto, a ver si te suena tan bien.
—Sasha Morozov.
—El hombre que mató a la mujer de Iván. —Dimitri abrió los brazos, abarcando el salón entero, la casa, los dos muertos del lago, el crío de esta noche—.
Esa es por la que vas a poner el cuello.
Por el que abrió la puerta por la que entró todo esto.
¿Y nosotros tenemos que mirar cómo una Sokolova firma con su sangre el indulto del que nos vendió?
Antes le pego yo un tiro y nos ahorro a todos el teatro.
Le tembló la voz al final, y no de rabia. Dimitri quería a ese crío. Le había enseñado a disparar, lo sacaba a correr al amanecer, lo trataba con una dureza que en Dimitri es la forma que tiene el cariño cuando no sabe decirse de otra manera. Tenía derecho a esa voz. No se la discutí.
—Tienes razón en una cosa —concedí—. En que duele, y en que es justo que duela. En lo demás, no.
—¿En qué no tengo razón?
Y entonces habló el que importaba.
—En que lo mató.
Iván llevaba toda la escena en el último peldaño de la escalera, sentado, con la libreta de la goma entre los dedos sin abrirla, tan quieto que ni yo lo había contado al entrar.
Habló sin levantarse. No le hizo falta. En esta familia hay una voz que, cuando suena, apaga las demás, y no es la más alta: es la del que va a decidir.
—No la mató —terció Iván—. Dio información sin cara y sin nombre y ellos ataron un cabo que llevaba a Marina.
Yo bajé a preguntárselo. Me lo contó entero, sin descontarse nada, sabiendo que cada palabra era un voto a su muerte.
Un hombre que miente para salvarse no hace eso.
Un hombre que quiere que lo condenes limpio, sí.
—Pasó el pulgar por la goma de la libreta—.
Lo otro, Dima, lo de que nos vendió: cierto.
Lo pagará, y lo pagará caro, y yo seré el primero en cobrárselo si vuelve a fallar.
Pero hay una diferencia, y esta noche importa más que ninguna otra, así que la voy a decir despacio para que no se nos pierda con las prisas.
—Levantó la cara—. Viktoria no está respondiendo por el traidor.
Está respondiendo por el hombre. No es lo mismo.
Nadie contestó. A Iván no se le contesta deprisa, porque suele tener razón y porque la tiene de una manera que deja al otro recolocándose por dentro antes de abrir la boca.
—Y antes de que alguien lo diga —siguió, y esta vez miró a Nikolai y no al resto—: sí, soy yo el que decide esto.
Lo dijisteis vosotros. La regla cuatro la interpreto yo, porque la muerta es mía y porque me distéis el voto que pesa por todos.
Pues lo gasto. Si Viktoria responde por él, yo lo acepto. Y se acabó la mesa.