Capítulo 7
La guerra empieza para mí como un cambio en el techo.
Llevo toda la mañana sabiendo que iba a pasar algo, porque la casa lo sabía antes que yo.
A las casas se les nota. Anoche el generador estuvo arrancando y parando como un corazón que no se fía, y los pasos de arriba dejaron de tener horario: ya no se baja a desayunar, se cruza.
Yo, aquí abajo, llevo la cuenta de la casa por el oído desde hace ocho días, que es lo que me dejaron sin esposar.
Sé cuándo hay reunión por el peso de los pies sobre la viga del comedor.
Sé cuándo Dimitri ha bebido por cómo arrastra el talón.
Sé que Irina no duerme porque la cocina no se apaga.
Y ahora sé que estamos perdiendo, porque el techo se ha llenado de carreras que van en la dirección equivocada.
Lo segundo que me llega es la radio. No la veo.
La oigo por el hueco de la escalera, dejada encima de algo, con el volumen subido por no tener tiempo de pegarse el aparato a la oreja.
Voces partidas, estática, una orden que se repite porque no se ha entendido a la primera.
Reconozco a Roman por lo poco que habla y a Dimitri por lo mucho.
Y reconozco, debajo de las palabras, lo que no quieren que se oiga y se oye igual: el sonido de unos hombres a los que les están pegando y no saben todavía dónde devolver el golpe.
Cierro los ojos y monto el plano por dentro, que es lo que aún hago gratis.
Brighton Beach. De madrugada. El fuego viene de dos partes a la vez sobre uno de nuestros almacenes de la avenida Neptuno, el que tapa de cara a Hacienda tres negocios que no existen.
Por la radio piden refuerzos hacia el frente, hacia donde más se oye, y ahí está el error, el primero de la noche: van hacia el ruido.
Grigori hace ruido por delante para que mires al ruido.
Lo de matar lo guarda para el lado callado.
—No vayáis de frente.
Lo digo en voz alta, en un sótano donde no hay nadie. La cadena me deja la mano a la altura del pecho y nada más. Mi voz rebota en el cemento, vuelve, y es lo más parecido a una respuesta que voy a tener.
Esta es la parte que no sabía que existía.
He pasado tres años pagando por mirar dentro de la cabeza de Zakharov, y la moneda que me quedó de toda aquella ruina es esta: sé lo que va a hacer Grigori antes de que lo haga, igual que él sabía de vosotros gracias a mí.
Tengo la respuesta entera. La tengo limpia, ordenada, lista para gastar.
Y estoy amordazado, no por un trapo, sino por lo que hice para tener la moneda.
Nadie baja a preguntarme porque nadie debería.
Un traidor con la respuesta correcta sigue siendo un traidor, y arriba lo saben, y hacen bien.
Sé incluso la orden exacta. La tengo formada, palabra por palabra, lista para darla: dividid en dos, una mitad quieta en la dacha, la otra al puerto pero sin entrar, a esperar el contragolpe que Grigori dará en cuanto crea que habéis picado.
La sé como sé sumar. Y no puedo darla, porque la última vez que di una orden sobre esta familia la di al otro lado, y la pagó una mujer que no conocí.
Así que me quedo con la lectura dentro, completa, inútil, y aprendo en directo lo que es la peor versión de la soledad que conozco: no estar solo. Estar solo con la solución.
Arriba, la radio sube de tono. Una voz joven dice algo y se corta. No la frase: la voz. Se corta entera, a media palabra, como se corta una cuenta cuando el deudor deja de existir.
Y yo, que llevo la cuenta de la casa, sé de quién era esa voz antes de que nadie me lo diga.
Yura. Diecinueve años. Boyevik de Dimitri desde marzo, el último que ascendieron antes de que todo esto empezara.
Hace cinco meses, en el sótano de tiro de la dacha, le enseñé yo a desencasquillar una pistola a ciegas, porque los ojos hay que tenerlos para el campo, no para el problema que tienes en la palma.
Aprendió rápido. Tenía esa marca de los que han pasado hambre de crío: aprendía como si cada lección fuera la última comida.
Me llamaba «señor Morozov» y yo le decía que no, que Sasha, que el señor era su padre, y él se reía porque no había conocido a su padre y le hacía gracia que yo no lo supiera.
No tenía a nadie. Era de los míos en eso, de los que se crían debajo de una escalera y aprenden a deber antes que a leer.
Diecinueve años. Y la voz se corta a media palabra en una radio que oigo de prestado, encadenado a una tubería, sin poder hacer absolutamente nada salvo apuntarlo en la única contabilidad que nadie me ha podido quitar.
Ahí. En la columna que no se salda. Junto a Marina, junto a Lyova, junto a Marat. Junto a todos los que pagaron en carne el precio de mantenerte a ti respirando, Viktoria, sin que ninguno de ellos supiera nunca que estaba pagando, ni por quién.
No me permito cerrar los ojos esta vez. Cerrar los ojos sería un descanso, y a un descanso no tengo derecho mientras la radio siga sonando.
Cuando se abre la puerta del sótano, no es Viktoria.
Lo sé antes de ver nada, por el paso: el de ella baja rápido y apoya poco, como si la escalera le debiera algo.
El que baja ahora apoya entero y va despacio, deteniéndose en cada peldaño, y arrastra algo nuevo que no le conocía: un brazo que no acompaña.
Boris.
Baja con el cabestrillo de la herida que se trajo del trabajo del año pasado y que el cuerpo no le ha terminado de soltar, el brazo malo cruzado sobre el pecho, sujetando algo que se le va a caer.
La otra la trae vacía. No trae comida. No trae a Dimitri para que me pegue.
No trae nada, que en un hombre como Boris es lo más raro que puede traer.
Acerca el taburete de la caldera y se sienta delante de mí. No a un metro y medio, como se sienta el que tiene miedo. Cerca. A la distancia a la que se sienta un hombre que ha venido a hablar de trabajo.
—Han reventado el almacén de Neptuno —suelta—. Han entrado por el muelle. Tenemos un muerto. El chaval nuevo de Dimitri.
—Yura.
Boris se queda quieto. No le había dado el nombre. Lo he dado yo, desde aquí abajo, donde no se supone que sé nada, y veo el momento exacto en que decide no preguntarme cómo lo sé. Algunas cosas, un hombre como Boris prefiere debérselas a la casualidad antes que a mí.
—Dimitri ha salido detrás de ellos con cuatro coches —sigue—. Roman dice que es una trampa. Nikolai no contesta la radio. Y yo no soy soldado. —Lo dice sin vergüenza, como un dato—. Vigilo puertas. Sé conducir y sé callar. Esto de leer un ataque no es lo mío.
Espero. Sé lo que viene. Lo he visto venir desde que se ha sentado cerca.
—Era tuyo —dice Boris—. Leer estas cosas. Antes.
Y ahí está. No es una pregunta. Es una puerta, abierta a propósito por un hombre que sabe lo que cuesta abrirla, porque la casa entera ha decidido que yo soy el que las cierra despacio.
Boris ha bajado a hacer lo que solo él se ha atrevido a hacer dos veces en ocho días: tratarme como a alguien que todavía sirve.
La noche del Nochnoy se llevó mi lectura escaleras arriba; que hoy vuelva significa que aquello sirvió.
Y no lo hace por mí. Lo hace porque arriba se están muriendo y él es el de la cabeza lo bastante fría para bajar a por la herramienta, aunque la herramienta sea yo.
Podría callarme. Sería incluso elegante: el traidor que se niega a salvar a quien lo va a matar el sábado. Pero callarme sería cobrarme el desprecio de ocho días, y yo no estoy aquí para cobrar. Bajé a pagar. Y resulta que Boris, sin saberlo, acaba de traerme una factura que sí puedo saldar.
—Dile a Dimitri que pare los coches. Ahora mismo. Donde estén. Que no lleguen al segundo punto.
—No va a parar. Acaban de matarle a un crío.
—Por eso. —Me incorporo lo que la cadena me deja—. Boris, escúchame, que esto es exacto. No ha sido un ataque. Ha sido una pregunta. Grigori os ha hecho una pregunta y vosotros estáis a punto de contestarla.
Boris frunce el ceño, pero no se levanta. Eso es más de lo que me daban hace ocho días.
—Han pegado fuerte en Neptuno, ruidoso, sangriento, con un muerto vuestro para asegurarse de que reaccionáis con las tripas y no con la cabeza.
Y han dejado un rastro de retirada limpio, fácil de seguir.
Demasiado fácil. Grigori no se retira nunca dejando huella a no ser que quiera que lo sigas.
—Hablo despacio, sin adornar, que a un hombre que carga noticias no se le adornan—.
Si Dimitri sigue ese rastro con cuatro coches, lo mete en el segundo punto, que es donde de verdad está la gente de Grigori esperando.
El primer muerto es el cebo. El chaval. Lo mataron para que el siguiente seáis muchos.
Boris ha dejado de fruncir el ceño. Ahora me mira de otra manera. En diecisiete años no me había mirado así, ni cuando era el soldado de confianza: como a una voz que conviene oír hasta el final.
—¿Y qué hago.
—Que paren. Que no persigan. Que dejen Neptuno arder, que un almacén se reconstruye y un crío no.
—Dimitri va a querer tu cabeza por decir eso. Más de la que ya quiere.
—Que la quiera. Esta cabeza ya tiene fecha para el sábado; lo que diga de aquí a entonces le da igual a todo el mundo. —Boris no se ríe, pero se le mueve la cara, que en él es casi reírse—. Y dile otra cosa. La importante. De esto depende toda la guerra que viene, no solo esta noche.
—Dímela.
—Grigori está empujando para que reaccionéis con miedo.
Cada cosa que ha hecho hoy es para mediros el miedo.
No se lo deis. Es lo que sabe leer. Lleva ciego desde que me cogisteis a mí, igual de ciego que él me dejó a mí tres años de verle las cartas.
Está tirando golpes para volver a veros la cara.
No le enseñéis la cara. Quietos, juntos, sin perseguir.
Que se vaya a casa sin haber aprendido nada de vosotros, y mañana el ciego seguirá siendo él.
Boris se levanta. Despacio, por el brazo. Me mira un segundo más del que necesita.