EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE La llamada de Recursos Humanos #3
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La llamada de Recursos Humanos #3

«Fantasmas como los del sábado pasado, ¿no, Inma?

», me dije a mí mismo en un diálogo interno que me quemaba las entrañas.

«Fantasmas como cuando Rodrigo se sacó la polla en tu puñetera cara y tú estabas ahí de rodillas, devorándola con los ojos a escasos milímetros de la boca.

Eso también eran fantasmas y paranoias mías, ¿verdad?

Pero qué cojones se piensa esta cría... ¿Se cree que soy subnormal?

¿Se cree de verdad que esto de Recursos Humanos es una casualidad del destino? ».

Empecé a dar pasos cortos por la alfombra del salón, sintiendo cómo el pulso me retumbaba.

Todo encajaba demasiado bien. El recado de José el día anterior, la reunión con Soraya, su sonrisita de satisfacción al verme pasar por la tarde...

Todo esta jugada la había organizado él, estaba mil por ciento seguro.

Me estaba sacando del mapa para dejarla a ella acorralada en la nave, para tener la vía libre.

«Y lo peor es que no puedo decirle nada», pensé, dejándome caer en el brazo del sofá y clavando la vista en el suelo.

«Si abro la boca y le suelto lo de la foto, si le digo que sé perfectamente lo que hizo en casa de Álex, se va a cabrear conmigo.

Me va a tachar de celoso, de inseguro, me va a decir que la espío y vamos a terminar rompiendo. Me tengo que tragar todo esto yo solo».

Los días restantes de la semana pasaron con una lentitud asfixiante, envueltos en una monotonía.

De jueves a sábado me dediqué a ser un fantasma en la fábrica: hacía mi trabajo, sin cruzar más de dos palabras con Juanma y esquivando la mirada de José cada vez que se paseaba por mi zona.

Ver a Inma cruzar la nave de un lado a otro, ajena a todo lo que se me venía encima, me producía dolor interno.

Y de pronto, el domingo llegó. El último día.

El turno de tarde se nos pasó volando, como si el tiempo hubiera decidido acelerarse solo para joderme.

El trayecto de vuelta a casa en el coche fue extrañamente sereno.

Nos preparamos algo cenar en silencio y nos metimos en la cama, buscando el calor del otro como si intuyéramos que el suelo bajo nuestros pies estaba a punto de desaparecer.

Apagamos la luz y ella se acurrucó contra mi pecho. Le pasé el brazo por la cintura, respirando el aroma de su pelo y mientras la escuchaba susurrar lo raro que se le haría ir a la fábrica sola a partir del lunes, algo muy profundo dentro de mí terminó de romperse en mil pedazos.

Estas últimas semanas, a pesar del dolor, del morbo y de las sombras que amenazaban con destruirnos, habían sido las mejores de mi vida.

Levantarme con ella, compartir el café de la mañana, subirnos al mismo coche, cruzar miradas en mitad del estruendo de las máquinas sabiendo que era mi chica...

Todo eso me había hecho sentir más cerca de ella que nunca.

Habíamos construido una burbuja en mitad del infierno de la fábrica.

Y ahora, de un plumazo, todo volvía a la normalidad.

O más bien, a lo peor que nos podía pasar.

A partir del domingo siguiente, cuando yo volviera de mis dos semanas de descanso, empezaríamos la espiral de los turnos cruzados: cuando yo entrara por la puerta de la nave, ella estaría saliendo, cuando yo durmiera, ella estaría despierta, cuando yo estuviera libre, ella estaría dentro.

Seríamos dos desconocidos cruzándose en el pasillo de casa, pasándonos el testigo de un coche caliente.

No sabía si mi cabeza, ya maltrecha y obsesionada, sería capaz de soportar esta nueva etapa sin volverse completamente loca.

Escuché la respiración de Inma volverse paulatina y profundamente ritmada. Se había dormido. Yo me quedé con los ojos abiertos de par en par, clavados en las sombras del techo de nuestra habitación, cayendo en picado por un pozo de pensamientos que no me dejaban respirar.

«Catorce días», me dije en un susurro mental que me retumbó en los oídos como el eco de un disparo.

«Catorce malditos días por delante en los que me voy a quedar encerrado entre estas cuatro paredes, mirando el reloj, imaginando lo que pasa a cada minuto al otro lado de la ciudad.

Yo aquí, comiéndome los puños en el sofá y ella allí...

expuesta, rodeada de depredadores, sola».

Giré un poco la cabeza para mirarla en la penumbra. Se veía tan pequeña, tan indefensa bajo la manta. Y a la vez, una rabia oscura me recorrió la espina dorsal al recordar la frialdad con la que me había negado la realidad el otro día.

«¿Cómo cojones puedes ser tan ciega, Inma?

¿De verdad te crees que José no ha movido cielo y tierra en Recursos Humanos por un simple capricho de plantilla?

¿De verdad te crees que un tío de cincuenta años con mujer e hijos no tiene segundas intenciones cuando te mira como te mira?

Ese viejo verde ha montado todo este circo para quitarme de en medio.

Quería dejarte sola en la nave. Quería tener vía libre para acercarse, para pedirte explicaciones por el mensaje de audio que le mandaste, para cobrar la comida a solas que le autoricé yo mismo como un gilipollas...

Y tú le has abierto la puerta de par en par creyendo que es una casualidad».

Cerré los ojos con fuerza, pero la oscuridad solo trajo de vuelta la maldita imagen que Juanma me había enseñado en el teléfono. La fotito de los cojones.

Sintiendo el roce de la pierna de Inma contra la mía, volví a verla en mi mente con un nivel de detalle enfermizo: ella de rodillas sobre la alfombra, con esa mirada de hambre, de sumisión y de morbo desatado, teniendo la polla enorme y gorda de Rodrigo a un milímetro de los labios.

Sentí que el pene se me ponía tenso de golpe bajo el pijama, una erección rabiosa, humillante y sucia que me dio ganas de vomitar sobre mi propio orgullo.

«Me mata. Me mata saber que has tenido eso en la cara y que me has mentido a la cara diciendo que eres leal.

¿Y ahora qué va a pasar cuando yo no esté?

Sin mí en la fábrica para marcar territorio, ¿hasta dónde vas a dejar que llegue el juego?

¿Qué vas a hacer cuando Álex te vuelva a tentar?

¿Qué vas a hacer cuando Rodrigo te busque en un rincón del almacén?

¿Vas a saber parar o tu puto ego te va a llevar a meterte la polla de otro en la boca solo por no perder? ».

«No puedo decirte nada. Si abro la boca y te confieso que lo sé todo, te pierdo.

Te me escapas de las manos, me llamas celoso enfermizo, nos matamos a gritos y se acaba todo.

Tengo que todo esto yo solo, sonreírte por las mañanas cuando te vayas a trabajar y pudrirme por dentro hasta las diez de la noche esperando a que vuelvas.

Pero te juro por Dios, Inma, que como cruces la línea mientras yo esté encerrado en este piso...

como deje de ser un juego para convertirse en algo más...

no sé de lo que voy a ser capaz. Ni contigo, ni con ninguno de esos hijos de puta».

Apreté la manta entre los dedos, escuchando el tictac del reloj del salón, sintiendo que la cuenta atrás de mi propia locura acababa de empezar.

CONTINUARÁ…