EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE La llamada de Recursos Humanos #2
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La llamada de Recursos Humanos #2

—Es que no me lo creo, Soraya —le solté a bocajarro, mirándola directamente a los ojos sin parpadear—.

José sabía ayer perfectamente que me ibas a decir esto y se hizo el tonto.

Casualmente me mandáis dos semanas justo cuando se ha sabido lo mío con Inma.

Me cuesta mucho creer que esto sea una simple "optimización de turnos".

Soraya suspiró, guardó la carpeta en un cajón y se puso de pie, dándome a entender que la reunión había terminado.

—Hugo, estás mezclando temas personales con la operativa de la empresa y te aconsejo que no vayas por ahí.

La decisión está tomada y firmada por la dirección.

El domingo terminas tu turno de tarde y no te reincorporas hasta dentro de dos semanas.

Disfruta del descanso, que te va a venir muy bien para desconectar. Nos vemos a la vuelta.

Me levanté de la silla en silencio. Le dediqué una última mirada de desconfianza absoluta y salí del despacho cerrando la puerta tras de mí, sintiendo que José me la acababa de jugar por la espalda y que el pozo en el que estaba metido era cada vez más profundo.

Nada más salir cogí mi móvil, tenía un mensaje de Inma.

Inma: ¿Qué te ha dicho Soraya? ¿Está todo bien?

Hugo: Nada grave. Luego te cuento tranquilamente en casa.

Crucé los tornos y me dirigí directo a mi puesto.

No tenía ganas de hablar con nadie. Juanma me hizo un gesto con la cabeza desde su máquina, pero le devolví una mirada tan fría y esquiva que no se atrevió a acercarse.

Me encasqueté los protectores auditivos, enganché las herramientas y me puse a trabajar como un autómata, descargando toda la rabia acumulada contra las piezas.

Pasaron las horas y la tarde se convirtió en un calvario. Me temblaban las manos sobre la palanca. Cada vez que Inma pasaba por el pasillo central llevando muestras al laboratorio, evitaba cruzar la mirada con ella. No quería que me viera la cara de descompuesto que llevaba.

Hacia las seis y media, cuando la nave estaba en mitad del pico de producción, vi una sombra recortarse sobre la chapa de mi máquina.

Era José.

Venía caminando con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón, con esa parsimonia que usaba para demostrar que él era el jefe. Se detuvo a medio metro de mí, apoyó el codo en el panel de control y me miró con una sonrisita de compromiso, inclinándose para que lo oyera por encima del ruido.

—¿Qué pasa, Hugo? —soltó con un tono de falsa camaradería—. ¿Qué tal con Soraya? ¿Algún problema?

Me quedé completamente rígido. Lenta, muy lentamente, giré la cabeza hacia él. No le falté al respeto, no abrí la boca ni le levanté la voz, pero le clavé una mirada cargada de un asco tan puro, tan visceral, que le provoqué miedo.

«Hijo de puta...», pensé por dentro, sintiendo cómo la sangre me hervía en las venas mientras le sostenía los ojos.

«Todo esto lo estás haciendo para quitarme de en medio.

Todo este número de Recursos Humanos lo has montado tú para dejar a Inma sola en la fábrica, para tener vía libre y tu maldita opción con ella. Eres un asqueroso de mierda».

José parpadeó, descolocado por la fuerza de mi reacción silenciosa.

El silencio entre los dos se volvió agresivo.

Notó perfectamente que el truco no me había colado, pero en lugar de achantarse, recuperó la compostura, soltó una risita y me dio dos palmaditas secas en la espalda antes de darse la vuelta.

—Bueno, bueno... Ya me contarás si eso. A trabajar, que la línea no se para sola.

Lo vi alejarse por el pasillo central, erguido y satisfecho, dejándome allí parado con las manos temblando de rabia y la certeza de que el verdadero juego contra él acababa de empezar.

El turno acabó y regresamos a casa.

Inma venía contenta, tarareando las canciones de la radio y hablándome del buen ambiente que había tenido por la tarde en su sección. Yo asentía de forma mecánica, tragándome toda la mierda y esperando a estar entre cuatro paredes para soltar la bomba.

Después de cenar algo rápido, nos fuimos al salón. Inma se repantigó en el sofá con una sonrisa, estirando las piernas sobre mis muslos, feliz y relajada. Fue en ese momento cuando el contraste entre su tranquilidad y la rabia que me devoraba por dentro se volvió insoportable.

—Oye, Inma... —empecé, bajando la voz y buscando su mirada—. Tengo que contarte lo que pasó en el despacho de Soraya antes de entrar al turno.

Ella se incorporó despacio, perdiendo la sonrisa al notar la gravedad de mi tono.

—Es verdad, al final entre el trabajo y las prisas no me has dicho nada... ¿Qué quería?

—Me cambian de grupo —solté a bocajarro, sintiendo cómo se me ponía la boca seca—.

Me adelantan el descanso. A partir de este domingo me mandan dos semanas a casa de vacaciones.

Pasamos a tener turnos totalmente cruzados y ya no vamos a ir juntos a la fábrica.

Lo único bueno es que mi segunda semana de descanso es tu primera semana de descanso.

Inma se quedó de piedra. La sorpresa en su cara tardó apenas tres segundos en transformarse en una mueca de auténtico cabreo.

—¿Cómo que te cambian de grupo? —exclamó, bajando los pies al suelo de golpe—. ¿Pero tú te has quejado? ¿Le has dicho algo a Soraya o te has quedado ahí plantado sin abrir la boca?

—¡Pero claro que me he quejado, Inma! ¿Qué te piensas, que soy tonto?

—le rebatí, levantando un poco las manos—.

Me he plantado frente a su mesa y le he dicho que esto no tenía ningún sentido, que me rompía los esquemas y que en la sección no sobra nadie para cubrirme.

Le he insistido mil veces, pero Soraya no me dejaba ni protestar.

Se ponía a darme largas con el rollo de «optimizar plantillas» y «reestructuración técnica». Tenía el guion aprendidísimo.

Inma se cruzó de brazos, echando chispas por los ojos, mirando al suelo con indignación.

—Es que no me lo puedo creer, de verdad... Qué rabia me da esto.

—Inma, esto no ha sido idea de Soraya —dije—. Ese cambio lo ha organizado el cabrón de José. Estoy seguro. Ayer me soltó el recado haciéndose el tonto, pero hoy cuando ha pasado por mi máquina se le notaba en la cara. Es una jugada suya para quitarme de en medio.

Inma arrugó el entrecejo y me miró con desconcierto, negando con la cabeza inmediatamente.

—¿José? Hugo, por favor... ¿por qué iba a hacer José algo así? No tiene ningún sentido. ¿Qué gana él mandándote a ti a otro grupo? Él siempre habla muy bien de ti, dice que eres muy buen trabajador.

«¿Que qué gana? Follarte, pedazo de inocente», pensé con una rabia, imaginándome a José acechándola por los pasillos sin mí delante, recordando la foto de la noche anterior y la comida a solas que le había autorizado.

Pero me contuve. Me tragué el pensamiento sucio y lo maquillé con algo que sonara razonable y no me dejara como un desquiciado.

—Pues envidia, Inma. Pura envidia de verme a mí contigo todos los días —le dije, intentando sonar firme—. El tío desde que se enteró de que somos pareja no para de meter cizaña y tirarme pullitas. Le jode verme feliz contigo en la nave y ha buscado la forma perfecta de separarnos.

Inma soltó una risita incrédula y puso los ojos en blanco, quitándole todo el peso a mi acusación.

—Pero Hugo, ¿te estás oyendo? Te estás montando una película increíble.

José tiene su vida, tiene mujer e hijos...

¿Cómo va a perder el tiempo en mover cuadrantes de Recursos Humanos solo por fastidiarte a ti?

No me seas paranoico, de verdad. Habrá sido un reajuste normal de la fábrica porque faltará gente en otro turno y ya está.

Me quedé mirándola fijamente, sintiendo una mezcla amarga de impotencia y lástima.

Menuda inocente está hecha, me repetí por dentro.

No se daba cuenta —o no quería darse cuenta— de que ese «viejo verde con mujer e hijos» se moría de ganas por reventarla y que ella misma, con sus juegos, sus borracheras y sus perreos, le había puesto la presa en bandeja.

—Inma, tú no conoces a ese tío como lo conozco yo —le contesté con una frialdad helada, poniéndome de pie para dar la conversación por terminada—.

Cree lo que quieras de la fábrica y de sus reajustes, pero dentro de tres días me quedo en casa y tú te quedas allí sola con él.

Y te aseguro que José no da un solo paso sin saber perfectamente adónde va.

—Mira, Hugo, de verdad, no empieces con tus comeduras de cabeza otra vez que vengo reventada del turno —soltó, alzando el tono para imponerse—.

¿Solo con él? ¿Pero de qué hablas? Que en la fábrica hay doscientas personas más trabajando, no estoy en una isla desierta con él.

Además, que José es el encargado, no el hombre del saco.

Se levantó del sofá con un gesto dramático, agarrando su cojín y dándome la espalda mientras caminaba hacia el pasillo.

—Parece que estás deseando buscar fantasmas donde no los hay para tener un motivo para enfadarte conmigo —añadió desde la puerta del dormitorio, girándose solo un segundo para clavar me la mirada—.

Que me voy a dormir. Mañana tenemos que volver a entrar a las dos y no tengo ganas de pasarme la noche discutiendo por tus paranoia con José.

Escuché el portazo flojo de la habitación y me quedé solo en el salón, con el eco de sus palabras flotando en el aire.

Mala suerte, decía. Fantasmas. Me la imaginaba allí metida en la cama, durmiendo tan tranquila, sin tener ni la más remota idea de que yo sabía perfectamente de lo que era capaz mi "encargado".

Me quedé allí de pie en mitad del salón, con el silencio de la casa. Miré hacia la puerta del dormitorio por donde se acababa de meter Inma.

—Fantasmas... —musité para mí mismo—. Sí, claro. Fantasmas.