La llamada de Recursos Humanos
Hugo
Al final le hice caso a Juanma y decidí no decirle nada a Inma. Analizando la situación, pensé que era lo mejor para no dinamitar la relación por un juego de egos que ya había pasado.
A mediodía, cuando terminó el turno, volvimos a casa agotados.
Ninguno de los dos tenía fuerzas para discusiones, el cansancio acumulado y la falta de sueño nos tenían destrozados.
Mientras comíamos algo rápido, estuvimos hablando entre risas de cómo había reaccionado nuestros compañeros al enterarse de que éramos pareja.
Nos reíamos repasando las tonterías y los comentarios que nos había soltado cada compañero al descubrir nuestro secreto.
Caímos rendidos en la cama casi al instante.
El domingo regresamos al turno de mañana y la jornada transcurrió con total normalidad, sin sobresaltos.
El lunes arrancaba una nueva etapa: nos tocaba la semana de tardes.
Siete días seguidos entrando a las dos, pero con una diferencia abismal respecto al principio.
Ya no teníamos que ocultar absolutamente nada a nadie.
Éramos oficialmente pareja a ojos de toda la fábrica, así que empezamos a compartir coche para ir y volver juntos del trabajo.
La semana transcurrió tranquila, fluida, hasta que llegó el miércoles.
A última hora de la tarde, justo cuando estaba recogiendo mi puesto, José se acercó a mi máquina con su paso parsimonioso de siempre.
—Oye, Hugo —me dijo, apoyando una mano en el marco del panel—. Mañana vente un poco antes de las dos y pásate por Recursos Humanos. Me han dicho que te pases por allí antes de fichar.
Me quedé en shock de inmediato.
—¿Por Recursos Humanos? —le pregunté—. ¿Qué ha pasado, José?
Él hizo un gesto vago con la cabeza, haciéndose el tonto como si la cosa no fuera con él.
—Ni idea, macho. A mí solo me han dicho que te dé el recado para que vayas antes. Cosas de papeleo o de la plantilla, supongo.
No le creí ni una sola palabra. Estaba completamente seguro de que él sabía perfectamente de qué se trataba, pero no quise presionar más.
Recogí mis cosas y regresé a casa con la mosca detrás de la oreja, dándole vueltas a la cabeza durante todo el trayecto sobre si tendría algo que ver con las fotos, con Inma o con algún lío de la fábrica.
Sin embargo, en cuanto llegamos a la casa, la incertidumbre pareció diluirse. Fue abrazarla y todos los fantasmas y las dudas de la tarde se me olvidaran por completo.
Al día siguiente nos despertamos sin prisa, disfrutando de las últimas horas de tranquilidad antes de volver a la rutina del turno de tarde.
Comimos juntos en la cocina entre risas y la complicidad habitual, mientras el sol de la mañana entraba por la ventana.
Todo parecía tan en calma que el recado de José casi se me había borrado de la mente.
Fui al dormitorio, me vestí con el uniforme y empecé a guardar las llaves y la cartera en los bolsillos con cierta prisa. Inma entró en la habitación mientras se terminaba de recoger el pelo en una coleta y se me quedó mirando al notar el movimiento.
—Oye, Inma, me voy a ir yendo ya un poco antes en el coche —le dije, intentando usar un tono casual para no transmitirle mi propio nerviosismo—. Es que tengo que pasarme por Recursos Humanos antes de entrar.
Inma se frenó en seco en mitad del dormitorio, arrugando el entrecejo con una mezcla de curiosidad y extrañeza.
—¿Por Recursos Humanos? —me preguntó, ladeando la cabeza—. ¿Y eso por qué? ¿Te han dicho algo?
—No tengo ni idea, la verdad —le contesté, acercándome a ella para darle un beso rápido en los labios que calmara cualquier sospecha—.
José me dijo ayer al terminar que me pasara a ver qué quiere Soraya.
Supongo que será alguna tontería. Tú ve tranquila en el tuyo luego y en cuanto me entere de qué es, te busco y te digo.
El trayecto se me hizo cortísimo, pero en cuanto crucé el control de acceso y me encaminé hacia la zona de oficinas, cada paso empezó a pesarme como si llevara plomo en las botas.
El pasillo de administración estaba en un silencio sepulcral, en un contraste casi irreal con el estruendo de la nave que empezaba a retumbar a lo lejos.
Me detuve frente a la puerta de madera maciza con la placa de metacrilato: Soraya — Directora de Recursos Humanos.
Tragué saliva, me recoloqué el cuello del uniforme de trabajo y levanté la mano.
Enrosqué los nudillos y di dos toques secos.
—¡Espera un momento, Hugo! Estoy terminando una llamada —resonó su voz desde el interior, amortiguada por la madera pero con ese tono firme.
—Vale, no hay problema —musité hacia la puerta, aunque sabía que no me oía.
Me quedé allí plantado, de pie en mitad del pasillo.
Pasó un minuto. Luego otro. Apoyé el peso del cuerpo en una pierna, luego en la otra.
Miré el reloj de pared que colgaba al fondo del pasillo: el segundero avanzaba con un chasquido metálico que parecía amplificarse a cada segundo. Pasaron tres minutos. Cinco.
El sudor comenzó a perlarme la frente. La incertidumbre me estaba devorando por dentro.
¿Habría saltado algo de la foto? ¿Acaso José nos había denunciado por romper alguna norma interna sobre parejas?
¿O era algo peor sobre mi contrato? La mente se me llenó de escenarios catastróficos mientras los minutos seguían cayendo uno detrás de otro como una losa.
Llegó un punto en que el silencio al otro lado de la madera se volvió tan absoluto que pensé que se había olvidado de que yo estaba allí fuera, rígido como una estatua, esperando a que se decidiera a atenderme.
Estaba a punto de volver a llamar, con los dedos ya en el aire y la respiración contenida, cuando la voz de Soraya atravesó la puerta de golpe:
—Hugo, ya puedes pasar.
Empujé la puerta despacio y entré en el despacho. Soraya estaba sentada tras un escritorio, tecleando algo en el ordenador con los auriculares inalámbricos todavía puestos en una oreja. Me hizo un gesto con el bolígrafo para que me sentara en la silla que había enfrente.
—Toma asiento, Hugo, perdona la espera —dijo, quitándose el auricular y dejándolo sobre una cajita blanca—.
Estaba con un tema de los proveedores de epis, que no veas qué odisea tenemos esta semana con las botas de seguridad.
Que si no llegan las tallas, que si las plantillas vienen defectuosas...
En fin, la burocracia de siempre, ya sabes cómo es esto.
—Sí, me imagino... —murmuré, acomodándome en el borde de la silla, rígido como una estaca.
Soraya agarró una carpeta azul, la abrió de forma pausada y empezó a pasar hojas, mirándome por encima de las gafas de pasta negra.
—¿Qué tal todo por tu sección? ¿Cómo va esa espalda?
Recuerdo que el año pasado estuviste con aquella pequeña sobrecarga en las lumbares, ¿no?
Espero que la faja te esté funcionando bien, que en la línea de empaquetado hacéis unos giros de tronco que a la larga pasan factura.
Hay que cuidar la postura, Hugo, que luego llegan las bajas y a todos nos descuadra la producción.
—Bien, bien... La espalda está perfecta, Soraya —respondí, sintiendo cómo el sudor de las palmas de las manos me empapaba los pantalones.
La cháchara me estaba matando por dentro—.
Oye, perdona, pero como José me dijo que viniera con urgencia antes del turno...
¿ha pasado algo con mi contrato o con algún informe?
Soraya sonrió con una amabilidad corporativa y cerró la carpeta con un golpe suave.
—No, no, tranquilo, nada de contratos ni de informes. Te he hecho llamar para comentarte una reestructuración interna de los cuadrantes que hemos tenido que hacer a última hora. A ver, según tu calendario, la semana que viene te tocaba entrar en el turno de noche, ¿verdad?
—Sí, eso es. Siete días de noche.
—Pues no vas a hacer las noches —soltó, mirándome fijamente—. Pasas directamente al periodo de descanso. A tus dos semanas de descanso a partir de este domingo.
Me quedé helado. Parpadeé un par de veces, intentando encajar la pieza en la cabeza pero sintiendo que nada tenía sentido.
—¿Cómo? ¿Dos semanas de descanso ya? Pero si a mí no me toca el descanso hasta la semana que viene, Soraya. Está firmado en el calendario anual desde enero.
—Ya, ya sé lo que ponía en el calendario anual, Hugo —contestó ella, echándose hacia atrás en su sillón y cruzando las manos sobre la mesa—.
Pero los calendarios son herramientas dinámicas.
Por necesidades de la plantilla y para equilibrar las horas de la sección, hemos tenido que adelantar tus días de descanso. Así reajustamos el personal.
—Pero si en la sección no sobra nadie... —repliqué, sintiendo rabia—. Estamos justos de personal. Si yo me voy dos semanas a casa, ¿quién cubre mi máquina en el turno de noche?
—De la cobertura del puesto no te preocupes, eso es gestión de la empresa y ya está completamente organizado —dijo con ese tono neutro que no permitía réplica—. Te cambiamos de grupo, por Jesús.
—No, no es tan simple, Soraya —insistí—.
A mí me parte por mitad la planificación.
Y más ahora que... bueno, que sabéis que Inma y yo somos pareja.
Si a mí me mandáis dos semanas a casa y a ella la mantenéis en su turno, nos descuadráis la vida por completo.
¿Esto viene de arriba? ¿Ha sido José el que se ha quejado de mí o el que ha pedido este cambio?
Soraya cambió el rictus de la cara. Me miró con una mueca extraña, una mezcla de sorpresa impostada y desdén profesional, arqueando una ceja.
—¿José? Para nada, Hugo, por favor. ¿Por qué iba a quejarse José de ti? Esto es una decisión puramente técnica del departamento de Recursos Humanos para optimizar el reparto de turnos. Los encargados no deciden los cuadrantes, los decidimos nosotros según las necesidades globales de la fábrica.