La foto prohibida
Hugo
Me había contado todo lo que había pasado el primer viernes, cuando sacó el teléfono móvil del bolsillo, con la pausa de quien sabe que está a punto de soltar una bomba, pero sin un pico de mala leche, solo como un amigo que te pone las cartas sobre la mesa.
—Tío, te lo enseño para que sepas por dónde van los tiros y no te pille de tonto, pero de verdad te digo que no te vuelvas loco —murmuró mientras buscaba la foto en la galería—.
Ya sabes cómo es Inma, Hugo... No sabe perder.
Tiene un ego que no le cabe en el cuerpo y se mete en unos jardines increíbles solo por no dar el brazo a torcer.
El juego lo empezó ella vacilando y una vez que entra al trapo, no va a parar pase lo que pase.
Giró la pantalla hacia mí.
La luz del teléfono me golpeó las pupilas como un fogonazo seco. Tardé un segundo en procesarlo, pero en cuanto mi cerebro unió las sombras y las formas bajo esa iluminación tenue de salón, sentí un latigazo en el estómago que me dejó completamente sin aire.
Era Inma. Mi Inma.
Estaba de rodillas sobre la alfombra, con las manos apoyadas en sus propios muslos, la cabeza inclinada hacia arriba y los ojos desorbitados, fijos, devorando la escena en un trance absoluto.
Y justo enfrente de sus labios, a escasos dos centímetros de su nariz, la mano de Rodrigo sostenía una columna de carne brutal, gorda, oscura y palpitante, con las venas marcadas como raíces y un glande húmedo que rozaba el vapor de la respiración de mi novia.
Me quedé petrificado. Una oleada de rabia destructiva me abrasó por dentro: las ganas de matarla, de ir a buscarla y montarle un escándalo ahí mismo me quemaban las entrañas. ¿Pero lo peor? Lo peor fue la otra sacudida que me atravesó entre las piernas.
Un golpe de morbo salvaje, sucio e incontrolable me puso la polla dura de inmediato dentro del pantalón de trabajo.
En toda mi vida solo la había tocado yo con mi tamaño normal, estándar, tirando a discreto.
Y ver la polla de Rodrigo —una bestialidad gorda e imponente que hacía que la mía pareciera ridícula— clavada literalmente en la cara de mi novia, a punto de rozarle los labios mientras ella miraba con esa boca entreabierta y hambrienta...
me destruía el ego, me hacía sentir diminuto, pero a la vez pensaba: joder, es que vaya fotón.
Era una imagen obscena, un secreto prohibido que me humillaba y me encendía al mismo nivel.
—A ver, Hugo, escúchame —siguió Juanma, bajando la voz al notar cómo se me desencajaba la cara—.
Que esto era un juego tonto de retos entre nosotros, te lo juro.
Lo que pasa es que el cabrón de Álex se la ha jugado a Inma y a Rodrigo.
Hizo la foto a traición, sin que ninguno se diera cuenta mientras estaban en pleno trance.
—¿A traición? ¡Me da igual que fuera a traición, Juanma! —le solté en un susurro lleno de rabia y desesperación, apretando los puños—. ¡A mí no me parece ni medio normal que mi novia haga esto! ¡Que está de rodillas con la polla de otro tío a un milímetro de la cara, joder! ¿Tú te estás oyendo?
—Ya, ya sé que visto así impresiona un huevo —me defendió Juanma, levantando las manos para calmarme—.
Pero te conozco a ti y la conozco a ella.
Inma solo estaba jugando a hacerse la dura, te lo digo en serio.
No llegó a tocarla, ni pasó nada más. Estaba borracha, picada con el grupo y no quería quedar de mosquita muerta.
Es puro ego, Hugo, no es que te quisiera traicionar.
—¡Es que me da igual el ego! —rebatí, mientras la imagen de la foto seguía quemándome las pupilas—. ¡Es la falta de respeto, Juanma! ¡Toda la puñetera fábrica hablando de ella y ahora esta foto dando vueltas!
Juanma hizo una mueca de dolor, arrugando la frente antes de soltar la última estocada:
—A ver... ese es el único problema real. Que la foto la ha visto José.
Sentí que el mundo se paraba de golpe.
—¿Cómo que la ha visto José? —articulé, con una voz que ya no parecía la mía.
—Se la enseñé yo, me pilló mirándola y la vio —admitió Juanma, mirándome con lástima—.
Sé que es una putada enorme y que te jode la vida, por eso te lo cuento yo antes de que ese viejo verde empiece a jugar contigo.
Pero no te la cargues a ella, tío. Defender a tu novia en esto es difícil, pero Inma te quiere a ti.
Solo se le fue de las manos la noche y Álex ha sido un hijo de puta vendiéndola.
Me quedé mirando fijamente al suelo de hormigón de la nave, incapaz de articular palabra.
El cóctel era letal: mi novia, borracha y de rodillas ante la polla gorda de Rodrigo, mi encargado, mirando esa foto con Juanma y yo, plantado en mitad del turno, aplastado por una humillación y con la entrepierna ardiendo por culpa del fotón más sucio que había visto en mi vida.
—¿Y esa foto la ha visto Inma? —le pregunté, mirándole fijamente, sintiendo cómo el estómago me daba un vuelco de angustia.
Juanma asintió con la cabeza.
—Sí... Se la enseñó Álex y no veas la que le lió. Se cabreó muchísimo con todos, pero especialmente con él. Le montó un pollo monumental por haber inmortalizado eso.
—¿Y va a circular por ahí? ¿Va a rular por los grupos de WhatsApp de la nave? —solté con pánico, imaginarme a la plantilla entera viendo a mi novia con una polla en la cara.
—Que no, Hugo, estate tranquilo por esa parte —me frenó Juanma al instante, poniendo una mano en mi hombro para calmarme—.
Esa foto no va a salir de ningún móvil, te lo garantizo.
Todos son conscientes de la gravedad. Si alguien pasa una foto así de una compañera de trabajo, no es solo que la empresa los ponga en la calle al minuto siguiente...
es que se están jugando ir directos a la cárcel por un delito contra la intimidad.
—¿Y Rodrigo? —insistí con la voz entrecortada, sin poder borrarme la imagen de la cabeza.
—Rodrigo la tenía en el teléfono, pero la borró en cuanto vio la que se estaba liando.
Entre el pánico a que su mujer, Ana, se entere de lo que hace fuera de casa y el acojone legal, la borró.
Ni él ni Álex. Se han dado cuenta de que cruzaron una línea jodida y ninguno quiere arruinarse la vida por una imprudencia de borrachera.
Escuchar eso me dio un soplo de aire fresco. Un alivio, al saber que el escándalo no se convertiría en un espectáculo público para toda la nave, que esa imagen quedaría en el móvil de Alex y en el de Juanma.
—Joder... —dejé escapar un suspiro largo, pasándome la mano temblorosa por la nuca para intentar recuperar el aire—. Gracias por decírmelo, Juanma. De verdad.
—Te lo he dicho para que lo sepas porque eres mi amigo, Hugo, y sentía que debía contártelo directamente —me contestó mirándome a los ojos con sinceridad—.
Sé que es una mierda muy dura de tragar, pero prefería que te enteraras por mí, con la verdad por delante, a que anduvieras a ciegas por la fábrica.
—Te lo agradezco, en serio —le dije dándole un apretón en el brazo, mientras por dentro la cabeza me iba a mil por hora.
Juanma dio un par de pasos para marcharse hacia su puesto, pero se frenó en seco, se giró y me miró con una mueca de preocupación sincera antes de dar el tema por cerrado.
—Escúchame una cosa más, Hugo, y tómalo como un consejo de colega —me dijo—.
Si yo fuera tú, esto lo dejaría pasar. Al final, viéndolo con perspectiva, ha sido una gilipollez, un juego de críos.
Ella misma empezó el jueguecito de los retos para hacerse la chula, se nos fue a todos de las manos por el alcohol y ya está.
De verdad que Inma no tuvo la culpa, no iba con mala fe.
Hizo una pausa breve, clavándome la mirada para asegurarse de que le prestaba atención.
—Si fuera tú, no quedaría como el típico novio celoso e inseguro yendo a pedirle explicaciones ahora.
¿Al final qué vas a conseguir encarándote con ella?
Ya te lo digo yo: nada. O más bien cabrearla, buscarte un broncón monumental que no va a llegar a ninguna parte y tensar las cosas sin necesidad.
Piénsalo bien: no hizo nada malo, no te puso los cuernos, no llegó a tocar a nadie... Déjalo pasar, en serio.
Dijo eso, me dio una última palmadita en la nuca y se dio la vuelta, perdiéndose a paso rápido entre el pasillo de las máquinas.
¿Dejarlo pasar?
Me provocó una rabia. ¿Pero cómo cojones iba a dejar pasar algo así?
Era inaceptable. No es solo que hubiera aceptado semejante humillación, es que, según el propio Juanma, había sido ella la que promovió el maldito juego.
¿Cómo podía permitir que mi novia, la mujer con la que llevaba seis años y con la que planeaba una vida, se pusiera de rodillas frente a la polla de un compañero de trabajo simplemente por no quedarse atrás?
¿Dónde quedaban los límites? ¿Dónde quedaba su propia dignidad y el respeto hacia mí?
Si consentía esto sin decir nada, prácticamente le estaba dando carta blanca para que la siguiente noche de fiesta cruzara la última línea que le quedaba por cruzar.
La sola idea de quedarme callado me hacía sentir como un pelele castrado.
Pero a medida que pasaba el tiempo y la sangre se me iba enfriando, la cabeza empezó a darme vueltas en otra dirección. Empecé a analizar a Inma, a la Inma que yo conocía de verdad.
Era verdad lo que decía Juanma. Inma era una tía con una seguridad en sí misma que rozaba lo patológico, absurdamente cabezona.
Cuando se le metía algo entre ceja y ceja, lo hacía.
Si alguien la desafiaba o insinuaba que no se atrevía a algo, ella no paraba por nada del mundo, aunque fuera una locura, aunque fuera algo destructivo.
Su ego no le permitía rajarse. Ella misma se metió en ese bucle en el piso de Álex: en su cabeza, no estaba pensando en faltarme al respeto ni en engañarme, en su mente, distorsionada por el ron y el ambiente cargado de la noche, solo veía un juego de egos donde todos estaban jugando a ser los más duros y ella no iba a ser menos que nadie.
Para ella seguro que no había habido infidelidad porque no llegó a tocarlo, solo era la "ganadora" de una apuesta absurda entre compañeros.
Y ahí es donde la duda me devoraba por dentro.
Si la encaraba ahora, con la cabeza caliente y la adrenalina a mil, ¿qué iba a conseguir?
Juanma tenía razón en eso. Sacar esos trapos sucios solo serviría para montar un espectáculo, para que ella se pusiera a la defensiva, me llamara celoso e inseguro y termináramos en una pelea monumental que destrozaría la relación por completo.
No me hacía ni puta gracia. Me quemaba las entrañas tragarme esto, me revolvía el estómago saber lo que había pasado en ese salón, pero fríamente... creo que Juanma tenía razón. Tenía que morderme la lengua y dejarlo pasar. Al menos por ahora.