EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE La casa de Alex #5
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La casa de Alex #5

Siento el calor que emana de su piel. Puedo oler el aroma de su polla, mezclado con el rastro del hielo que le metí antes. Está ahí, tan cerca que si pestañeo fuerte podría rozarla. Es una imagen obscena: mi cara, la de su compañera, a un suspiro de su intimidad más salvaje.

—Tranquila, amiga —susurra Álex, cuya voz suena ahora extrañamente calmada, casi hipnótica—. No te va a tocar. Solo siente el calor. Además... lo que pasa aquí, se queda aquí. Nadie va a decir una palabra de lo que hemos hecho esta noche en este salón. ¿Verdad?

Miro de reojo y veo a todos asentar con la cabeza en un trance colectivo. Mimi sonríe con malicia, Juanma no parpadea y Raquel, finalmente, asiente con una resignación excitada.

Estoy ahí, de rodillas, con la polla de mi compañero de trabajo a un milímetro de mis labios, sintiendo cómo el vapor de mi propia respiración choca contra su glande, haciéndolo vibrar.

El morbo es tan absoluto que siento que el salón va a estallar.

Es la cima de la noche, el secreto más sucio que jamás compartiremos bajo los fluorescentes de la fábrica.

Estoy allí, de rodillas, con las manos apoyadas en mis propios muslos para no perder el equilibrio, hipnotizada por lo que tengo delante. Rodrigo siempre me había parecido un tipo normal, pero lo que acaba de liberar es una bestialidad.

Es imponente. Una pieza de anatomía bruta, oscura y palpitante que parece tener vida propia.

Calculo mentalmente que debe rondar los 18 cm, pero es su grosor lo que me deja sin aliento, es una columna de carne gorda, tensa por la excitación, con las venas marcadas como raíces.

El calor que desprende me golpea la cara en oleadas y el olor... ese olor a hombre excitado.

No puedo evitar comparar. En toda mi vida solo he conocido el cuerpo de Hugo, mi novio.

Su polla es familiar, segura... pero esto es otra galaxia.

Es una fuerza de la naturaleza a escasos milímetros de mi boca y el miedo de que, con un solo latido o un movimiento brusco, esa punta húmeda me golpee la mejilla, me genera un nudo de morbo y terror en el estómago.

Estoy en trance, devorando con los ojos cada detalle de su glande, sintiendo cómo mi propia excitación me empapa por dentro al comprender lo prohibido de la situación.

Es Rodrigo quien, con la voz completamente rota y temblorosa, rompe el hechizo.

—¿Puedo... puedo metérmela ya? —pregunta, mirando a Álex como si le fuera la vida en ello, incapaz de aguantar un segundo más con su intimidad expuesta ante mi mirada de hambre.

—Sí —responde Álex con un hilo de voz, igual de afectado que el resto—. Se acabó el juego.

Rodrigo exhala un suspiro que es casi un quejido de alivio y con manos torpes, vuelve a guardar esa enorme polla en su pantalón, subiendo la cremallera con un sonido metálico que parece sentenciar el final de la noche.

Me levanto lentamente, con las piernas temblorosas y la imagen de esos 18 cm grabada a fuego en mis retinas.

Al ponerme en pie, me encuentro con las caras de los demás: Juanma está sudando, Mimi tiene las mejillas encendidas y Raquel evita mi mirada, todavía procesando la magnitud de lo que acabamos de presenciar.

Estamos todos al límite, con la adrenalina y el deseo chorreando por las paredes de ese salón antiguo.

El grito de Raquel rasga el aire denso del salón como un cuchillo, rompiendo el hechizo de lujuria en el que estábamos sumergidos.

—¡Son las 5:42! —exclama con los ojos desorbitados—. ¡Entramos en menos de veinte minutos y no hemos pegado ojo!

El pánico sustituye al morbo en un segundo.

Es un choque de realidad brutal. Todos empezamos a movernos de forma errática, Rodrigo se termina de abrochar el cinturón a toda prisa, Juanma busca las llaves de su coche entre los vasos vacíos y yo trato de asimilar que, en mi sexta mañana en la fábrica, voy a entrar con las mejillas encendidas, el sabor del ron de Álex en la boca y la imagen de la polla de Rodrigo grabada en el cerebro.

—¡Joder, joder! —murmuro, sintiendo cómo el alcohol y la falta de sueño me marean—. Mi primera semana y voy a llegar borracha y sin dormir. ¡Me van a echar!

Mimi, que es la única que no entra ahora, se repantiga en el sillón con una sonrisa de absoluta satisfacción, disfrutando de nuestro caos.

—Bueno, chicos... —dice con voz perezosa y sexy— yo me voy a mi camita a dormir como un ángel. Que os sea leve el turno.

No tenemos tiempo ni de contestarle. Salimos del piso de Álex en tropel, bajando las escaleras a zancadas porque esperar el ascensor sería un suicidio.

El aire frío de la madrugada nos golpea la cara al salir al portal, pero no es suficiente para despejarnos el colocón emocional que llevamos encima.

Nos embutimos los cinco en el coche de Juanma. Juanma arranca el motor, que ruge en la calle desierta y sale disparado como un cohete en dirección a la fábrica.

Miro por la ventanilla, viendo las farolas pasar como ráfagas de luz.

A mi lado, Rodrigo intenta recuperar la compostura, aunque sé que todavía siente el calor de mi mirada sobre su entrepierna.

Álex va en el asiento del copiloto, en silencio, mirando fijamente la carretera.

Estamos todos rotos, excitados y aterrorizados.