EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE La casa de Alex #4
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La casa de Alex #4

Juanma no puede articular palabra. Está en shock, con la cara congestionada y la respiración rota.

Sus manos tiemblan cuando coge la prenda, sintiendo el calor que desprende y con un gesto casi mecánico, como si fuera un tesoro sagrado, se lo mete en el bolsillo de sus vaqueros.

Asiente como un idiota, completamente sobrepasado por la situación.

Estoy segura de que, entre el roce del tanga en su bolsillo y la imagen de Mimi de pie frente a él sin nada debajo, está a punto de correrse ahí mismo sin siquiera tocarse.

Se le salen los ojos de las órbitas y Mimi, al ver su victoria total, rompe a reír mientras se vuelve a sentar, saboreando el poder que tiene sobre él.

Mimi está con las piernas cruzadas con un descaro absoluto, todas sabemos y los hombres sospechan con una angustia deliciosa, que bajo esa tela ya no hay ninguna barrera. Está libre, salvaje y esa seguridad emana de ella como un perfume embriagador.

Mimi clava sus ojos en Álex. Su mirada es felina, depredadora. Se humedece los labios con una lentitud que nos hace contener el aliento a todos y con una voz que suena a peligro, rompe el silencio:

—Ahora... me toca a mí retarte a ti, Álex —suelta, dejando las palabras suspendidas en el aire como una sentencia—. Pero no sufras, que voy a ser buena... aunque solo un poquito.

Álex intenta mantener su fachada de tipo duro, pero una gota de sudor le resbala por la sien. Su respiración es un motor mal ajustado.

—Quiero que te toques, Álex. Sí, aquí, delante de todos nosotros —continúa Mimi con un tono de pillina que te eriza el vello—.

No seas tímido, ponte esa manta que tienes ahí en el sofá encima...

no hace falta que veamos el espectáculo completo.

Pero cuando termines, con la mano que has usado...

quiero que se la pongas en la cara a quien tú quieras.

Te dejo elegir tu víctima. ¿Ves como soy buena?

Álex suelta una carcajada nerviosa, una mezcla de incredulidad y un deseo que lo está devorando por dentro. No se cabrea, al contrario, la idea de profanar el salón con nosotros como testigos parece ser el combustible que necesitaba.

—Estás fatal de la cabeza, Mimi... —murmura, pero ya está agarrando una manta fina de lana gris que había en el borde del sofá.

Se la echa sobre el regazo, tapándose de cintura para abajo.

Se recuesta, abriendo ligeramente las piernas bajo el tejido.

El silencio en el salón es ahora ensordecedor, solo se oye el roce rítmico de la tela contra su mano.

Álex empieza a moverse. Sus ojos no se cierran, al contrario, se clavan en nosotras tres —Mimi, Raquel y yo— con una intensidad animal.

Nos escanea una a una, recorriendo nuestros escotes, nuestras piernas, como si estuviera alimentando su fantasía en tiempo real.

Yo no puedo apartar la vista. Ver el bulto moviéndose frenéticamente bajo la manta, ver cómo la mandíbula de Álex se tensa y cómo sus fosas nasales se dilatan, me tiene el pulso a doscientas pulsaciones.

Es una exhibición de poder y vulnerabilidad a la vez.

El morbo de saber que en unos minutos una de nosotras sentirá el rastro de su excitación en la piel me tiene completamente húmeda.

Pasan dos, tres minutos. El ritmo de Álex bajo la manta se vuelve errático, más pesado, más urgente. Su rostro empieza a congestionarse y sus dedos libres se clavan en el cojín del sofá. Está perdiendo el control, olvidándose de que esto era solo un toque.

Es entonces cuando Mimi decide intervenir, disfrutando de su papel de jefa incluso en este caos.

—Álex... frena un poco — dice con una voz cargada de una autoridad sensual, saboreando el momento—. Te dije que te tocaras un poco para entrar en calor, no que te hicieras una paja completa aquí mismo. Guárdate algo para después, que la noche es joven.

Álex se detiene en seco, soltando un gruñido de frustración contenida. Saca la mano de debajo de la manta, con los dedos brillando levemente bajo la luz tenue y nos mira con una mirada salvaje, como un lobo al que le han quitado la presa de la boca.

Álex se levanta del sofá con lentitud, dejando la manta a un lado por un segundo, revelando una silueta que no deja lugar a dudas sobre lo que estaba ocurriendo ahí debajo.

Se acerca a mi sillón primero. Siento que el corazón se me va a salir por la boca.

Sus ojos están oscurecidos, inyectados en una lujuria que marea.

Se detiene frente a mí y el mundo se reduce a su presencia.

Por un lado, una parte de mí, la más primaria y hambrienta, se muere de ganas de que esa mano me toque, de inhalar el aroma salado y masculino de su propia excitación, quiero saber a qué huele el deseo de Álex en su estado más puro.

Pero, por otro, la conciencia de que Juanma, Rodrigo y Raquel nos observan con ojos de par en par me genera un nudo de vergüenza excitante en la garganta.

Álex me dedica una sonrisa de medio lado, una mueca de "sé perfectamente lo que estás pensando" y justo cuando creo que voy a sentir su piel contra la mía, gira sobre sus talones.

Se dirige a Mimi. Ella lo espera radiante, con una sonrisa desafiante que ilumina la penumbra.

—Tú me has puesto este reto, morena... —le dice Álex con una voz que es puro granito rozando terciopelo—. Así que tú debes ser quien lo termine.

Sin contemplaciones, planta la palma de su mano directamente sobre la cara de Mimi, cubriéndole la boca y parte de la mejilla. Es un gesto de posesión absoluto. Mimi cierra los ojos, entregándose al contacto.

Y entonces ocurre. Desde mi posición, bajo la luz tenue, juraría que no es mi imaginación, veo cómo los músculos de la garganta de Mimi se tensan.

Veo cómo ella presiona su rostro contra esa mano impregnada de él y por un instante fugaz, asoma una lengua rosada y experta que recorre la planta de la mano de Álex, lamiendo el rastro de su propia esencia.

El contraste entre la risa traviesa de Mimi y la mirada salvaje de Álex crea una imagen tan potente, tan jodidamente sucia, que el salón entero parece quedarse sin oxígeno.

Mimi se ríe bajo su mano, una risa ahogada y vibrante, mientras Álex la mira con una mezcla de triunfo y agonía. Es una rendición mutua ante el vicio.

Álex se retira finalmente, regresando a su sitio con la respiración entrecortada.

Se desploma en su silla y vuelve a echarse la manta encima a toda prisa, intentando ocultar una erección que ya es imposible de ignorar y que parece querer perforar el tejido.

El silencio que queda es espeso, casi sólido, mientras todos procesamos lo que acaba de pasar.

Álex me clava la mirada, ya no queda rastro de su nerviosismo anterior, ahora es un director de orquesta que busca el final más apoteósico y sucio posible.

—Inma, este es el último reto —sentencia con una voz que vibra en las paredes—. Ponte de rodillas frente a Rodrigo.

El silencio que sigue es mortal. Me muevo mecánicamente, el corazón me martillea en los oídos como un tambor.

Me arrodillo en la alfombra, sintiendo la textura bajo mis rodillas y la mirada de todos clavada en mi nuca.

Rodrigo, frente a mí, parece haber perdido el color de la cara.

Es un hombre casado, un tipo que mañana llevará el almuerzo en un tupper y saludará a todos con corrección, pero ahora mismo su mundo se está desmoronando ante el morbo.

—Rodrigo, sácatela —ordena Álex—. Déjasela a escasos centímetros de la cara.

Rodrigo traga saliva con una dificultad audible.

Sus manos tiemblan mientras se desabrocha el pantalón.

Veo el pánico en sus ojos, pero también una excitación oscura que le impide negarse.

Raquel está pálida, tapándose la boca con la mano, comprendiendo que hemos cruzado una línea de no retorno.

Juanma, por el contrario, tiene la mirada fija, con ese brillo turbio de quien está devorando la escena como si fuera una película prohibida, deseando que el aire se vuelva aún más denso.

—¡Me encanta! —grita Mimi, soltando una carcajada histérica que rompe la tensión—. ¡Joder, esto es lo que necesitaba!

Rodrigo se baja la cremallera y con un movimiento torpe y cargado de adrenalina, libera su miembro. Está duro, palpitante, una prueba física del deseo que ha estado acumulando toda la noche. Se inclina ligeramente hacia delante y la coloca a apenas dos o tres centímetros de mi nariz.