EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE La casa de Alex #3
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La casa de Alex #3

Ella se echa hacia atrás, horrorizada por la implicación. Pero Juanma, que parece haber entrado en un estado de posesión extraña después de los besos de antes, la agarra por la espalda. Sus manos se cierran firmes sobre sus hombros, impidiéndole la huida.

—El juego es el juego, Raquel —le suelta Juanma al oído, con una frialdad que asusta—. No puedes echarte atrás ahora. Hazlo.

—Joder, Rodrigo... eso es pasarse —protesta ella, pero sus ojos ya están fijos en el hielo.

Yo observo la escena desde mi sillón y siento un escalofrío que no tiene nada de frío.

Por un lado, una parte de mí piensa que es una locura, una humillación pública...

pero la parte de mí que está bajo los efectos del ron y la adrenalina se está encendiendo por segundos.

Ver a Juanma, el tipo serio, forzándola a someterse al deseo de Rodrigo y ver a Raquel atrapada, me genera un morbo insoportable.

Saber que ese hielo ha estado rozando la polla de Rodrigo hace solo sesenta segundos y que ella va a poner su lengua ahí...

Dios, es lo más sucio y excitante que he visto en mi vida.

Juanma le da un ligero empujón. Raquel, temblando, se inclina.

Al principio, sus labios apenas rozan la superficie fría con un gesto de asco contenido.

Pero entonces, algo cambia en ella. Quizás sea la mirada de Rodrigo o la presión de las manos de Juanma, pero Raquel cierra los ojos y empieza a lamer el hielo de verdad.

Lame con pasividad al principio, pero luego lo hace con una cadencia morbosa, envolviendo el cubito con su lengua, succionando las gotas que resbalan por los dedos de Rodrigo.

El sonido de succión es mínimo, pero en el silencio del salón suena como un estruendo.

Rodrigo cierra los ojos, disfrutando del espectáculo, mientras Juanma la observa desde atrás con una mirada de absoluta posesión.

Siento que la humedad se instala entre mis propias piernas. Estoy viendo algo prohibido, algo que mañana en la fábrica parecerá un sueño febril, pero que ahora mismo me tiene el pulso a mil.

Ya no hay rastro de asco. Raquel saca la lengua, una lengua rosada y húmeda que se desliza sobre la superficie brillante del hielo con una lentitud tortuosa.

El morbo es casi palpable, ese trozo de cristal gélido ha estado hace apenas unos segundos fundiéndose contra la entrepierna de Rodrigo, absorbiendo su calor y ahora ella lo devora con una entrega que nos tiene a todos hipnotizados.

Lame con movimientos rítmicos, circulares, envolviendo el cubito.

Sus ojos están entornados, perdidos en algún punto entre la sumisión y el placer prohibido.

Pero no se detiene en el hielo, su lengua continúa el recorrido, lamiendo el rastro de agua fría que resbala por los dedos de Rodrigo.

Sube por sus yemas, rodeando el índice y el corazón de él con una succión suave pero decidida.

El sonido húmedo de sus labios contra los dedos de Rodrigo rompe el silencio sepulcral del salón y juro que puedo oír mi propio corazón martilleando contra mis costillas.

Todos estamos fuera de control. Miro a Álex y veo que tiene la mandíbula apretada, con la respiración pesada, Mimi se ha inclinado hacia delante en el sillón, con las manos apretando sus propios muslos.

Estamos todos empapados en deseo, excitados por la imagen de Raquel limpiando con su boca el rastro del macho del grupo.

Es una escena tan sucia, tan impropia de unos compañeros, que el morbo nos está consumiendo vivos.

Rodrigo exhala un suspiro ronco, casi un gemido, mientras siente la lengua de Raquel entre sus dedos.

—Aprobada —dice con la voz quebrada por la tensión.

Con un gesto brusco, retira la mano y tira lo que queda del hielo al cenicero, donde choca con un sonido seco. Raquel se queda ahí, jadeando, con los labios brillantes y la mirada encendida. Rodrigo la mira fijamente, todavía con la adrenalina a flor de piel.

—Ahora te toca a ti, Raquel —sentencia él, con una sonrisa de lobo—. Reta a Juanma.

El salón de Álex ha dejado de ser un lugar de fiesta para convertirse en una arena de deseos oscuros y juegos de poder.

Raquel se levanta con una determinación nueva, como si el contacto con el hielo y la piel de Rodrigo hubiera despertado en ella una fiera que tenía dormida.

Sus ojos brillan con una mezcla de desafío y lujuria mientras fija su mirada en Juanma.

Con una lentitud calculada, Raquel coge un vaso de chupito vacío de la mesa. El silencio es tan absoluto que el roce del cristal contra la madera suena como una provocación. Agarra la botella de ron y vierte un chorro generoso. Todos estamos hipnotizados, sin poder apartar la vista de sus manos.

Raquel se lleva el chupito a los labios, pero no se lo traga de inmediato.

Se lo mete en la boca y lo mantiene ahí, cerrando los ojos.

Vemos cómo sus mejillas se mueven ligeramente, cómo juega con el alcohol, calentándolo con su propia temperatura, mezclándolo con su saliva. Es una imagen increíblemente sucia.

Tras unos segundos que parecen eternos, se inclina sobre la mesa, pegando sus labios al borde del chupito vacío y deja que el líquido caiga de nuevo en el cristal. El ron ya no es solo alcohol, ahora lleva su rastro, su sabor, su saliva.

—Bébetelo, Juanma —le ordena con una voz que ha bajado dos tonos, cargada de una autoridad sensual que nos eriza el vello a todos.

Yo observo la escena con el pulso disparado, sintiendo cómo la humedad entre mis piernas se vuelve casi insoportable.

Hay algo profundamente perturbador y excitante en ver cómo ella le ofrece algo que ha estado dentro de su boca.

Me pregunto qué sabor tendrá ese ron ahora, impregnado de Raquel y el simple pensamiento me hace apretar los muslos.

Ver a Juanma, que siempre es el modelo perfecto del control, siendo sometido a beberse la saliva de su compañera, me hace arder de envidia y deseo.

Es un intercambio de fluidos disfrazado de juego, una entrega total frente a todos nosotros.

Juanma no duda ni un segundo. Una sonrisa se dibuja en su rostro, una expresión de puro placer ante la humillación que Raquel pretende imponerle. Él no lo ve como un castigo, sino como un premio. Alarga la mano, coge el pequeño vaso y mira a Raquel a los ojos.

Se lleva el chupito a la boca con una reverencia burlona y lo apura de un solo trago, dejando que el líquido recorra su lengua, saboreando cada gota de la saliva de ella mezclada con el fuego del alcohol.

Veo cómo traga con fuerza, su nuez moviéndose con un ritmo animal y cuando termina, se pasa la lengua por los labios, limpiando cualquier resto de Raquel que haya quedado en ellos.

—Sabe mejor de lo que esperaba —murmura Juanma, con los ojos inyectados en un deseo que ya no puede ocultar.

El golpe seco del vaso de Juanma contra la mesa ha sido el pistoletazo de salida para algo mucho más oscuro. Raquel se ríe, una risa cristalina pero cargada de una malicia, mientras lo mira con una mezcla de orgullo y posesión.

Yo siento un calor líquido que me recorre los muslos, una humedad que me delata.

Miro a mi alrededor y veo que el aire vibra, la respiración de Álex es pesada, Rodrigo tiene la mirada fija en un punto inexistente y Mimi está radiante, alimentándose de la tensión que flota en el ambiente.

Jamás en mi vida me había sentido tan viva, tan peligrosamente cerca del límite.

Me encanta este juego, me encanta ver cómo las máscaras de compañeros de trabajo se deshacen para dejar paso a los animales que llevamos dentro.

Entonces, Juanma, con la mirada todavía encendida por el ron y la saliva de Raquel, clava sus ojos en Mimi. Ya no hay rastro de timidez en él.

—Mimi... quítate el tanga y dámelo.

El silencio que sigue es sepulcral. Mimi abre los ojos de par en par, una sombra de sorpresa cruza su rostro, pero es solo un espejismo.

Debajo de esa fachada de susto, Mimi es una guerrera del morbo.

Sabe que tiene a todos los hombres de la habitación a sus pies y no va a dejar pasar la oportunidad de rematarlos.

Se levanta del sillón con una lentitud que es pura tortura china.

Se queda de pie frente a Juanma, a apenas un metro de distancia.

Sin dejar de mirarlo a los ojos, con una intensidad que podría prender fuego a las cortinas, introduce su mano derecha por la abertura lateral de su vestido.

Vemos cómo su hombro se mueve, cómo su brazo se tensa.

Empieza a tirar hacia abajo. Es una agonía deliciosa.

El tejido de seda del tanga empieza a bajar poco a poco, deslizándose por su cadera, mientras ella mantiene la espalda recta y el mentón alzado, como una diosa reclamando un sacrificio.

Juanma está petrificado. Sus labios están entreabiertos y sus pupilas han devorado casi todo el iris.

No parpadea. Creo que se le ha olvidado hasta cómo respirar.

Cuando el tanga cae finalmente a la altura de sus muslos, Mimi levanta una pierna con una elegancia felina, lo termina de liberar y lo engancha con el dedo índice.

Lo sostiene un segundo en el aire, una pequeña prenda húmeda y cálida que todavía conserva el aroma de su piel más íntima.

Con un movimiento seco y elegante, se lo lanza directamente a la cara de Juanma.

El tanga le golpea la mejilla y cae sobre su regazo.

—¿Contento? —suelta Mimi con una risa ronca, triunfante.