La casa de Alex #2
Con una lentitud deliberada, mete los dedos en su vaso y rescata un cubito de hielo. Lo sostiene un segundo, dejando que el agua gotee sobre la mesa y nos mira a todos con una chispa de maldad pura en los ojos.
—¿Jugamos? —pregunta con una sonrisa que es un desafío.
Nadie dice que no. Sin mediar palabra, se mete el hielo en la boca. Se oye el leve crujido del cristal frío contra sus dientes. Rodrigo se gira hacia su derecha, hacia Raquel, que se queda paralizada, con los labios entreabiertos y la respiración contenida.
Rodrigo se acerca a ella, atrapándola con la mirada.
No hay manos, no hay prisa. Solo el frío del hielo que él sostiene entre sus labios, buscando los de ella para hacer el traspaso más prohibido de la noche.
Juanma, a su lado, observa y Álex, desde su silla frente a ellos, no quita la vista de la escena, balanceando su propia copa.
Mimi me mira desde el otro sillón, mordiéndose el labio y yo noto cómo el corazón me golpea las costillas. El juego del hielo acaba de empezar y sabemos que el cubito va a recorrer muchas bocas antes de derretirse.
El aire se congela en el salón. Rodrigo se acerca a Raquel, sus ojos clavados en los de ella con una intensidad depredadora que no esconde el hambre. El cubito de hielo brilla entre sus labios, diminuto y transparente, como una promesa helada.
Raquel no se echa atrás. Traga saliva, sus pechos se elevan con una respiración entrecortada. Sus ojos, antes desafiantes, ahora son pozos de incertidumbre y deseo. Se inclina hacia él, el movimiento lento, casi tortuoso.
Los labios de Rodrigo se encuentran con los de Raquel.
No es un beso tierno, es un roce húmedo y gélido, una invasión.
El hielo pasa de una boca a otra, un traspaso que es más un acto de posesión.
La lengua de Rodrigo se roza con los labios de Raquel, buscando el cubito, empujándolo con suavidad y firmeza hasta que ella lo aprisiona entre sus propios dientes.
Es un intercambio íntimo, casi obsceno, que dura solo un segundo pero parece eterno.
Cuando se separan, los labios de Raquel están brillantes, húmedos por la saliva de ambos y el rastro derretido del hielo.
Raquel exhala un suspiro tembloroso, sus ojos fijos en Rodrigo, que le dedica una sonrisa de triunfo. Su pecho sube y baja con rapidez y el frío del hielo en su boca contrasta con el calor que irradia su cuerpo. Sin pensarlo dos veces, se gira hacia Juanma.
Juanma la espera. Sus ojos, hasta ahora cautelosos, arden con una mezcla de celos y excitación.
No quiere un traspaso limpio. Cuando Raquel se acerca, ofreciéndole el cubito con sus labios entreabiertos, Juanma la agarra por la nuca con una mano firme.
No hay delicadeza, solo una necesidad brutal.
Él no espera el hielo, lo reclama. Sus bocas se unen en un beso profundo, hambriento, que arrastra el cubito hacia el interior de la boca de Juanma.
El sonido de sus lenguas buscando el hielo es casi inaudible bajo el gemido ahogado de Raquel.
Cuando se separan, ambos están jadeando. Los labios de Raquel están hinchados y una fina hebra de saliva y hielo derretido conecta sus bocas por un instante, antes de romperse. Juanma tiene el hielo entre sus dientes, su mirada salvaje y posesiva.
La atmósfera en el salón es ya un campo de minas erótico. Juanma, espoleado por el alcohol y el frenesí del momento, se gira hacia Mimi sin previo aviso. La agarra con una mano firme por la nuca, atrayéndola hacia él con una brusquedad que nos deja a todos sin respiración.
El choque de sus labios es violento y rápido.
Juanma empuja el hielo con la lengua, invadiendo la boca de Mimi en un intercambio frenético de saliva y frío.
Ella responde con un gemido gutural, aceptando el desafío y en apenas un segundo, el cubito resbala de una boca a otra en un traspaso cargado de una.
Se separan jadeando, con los labios brillantes y el deseo grabado en las facciones.
Mimi no da tregua. Con el hielo aún sólido entre sus dientes, se gira hacia Álex.
Él, que siempre se las da de frío y calculador, está visiblemente descolocado.
Sus pupilas están dilatadas hasta el extremo y sus manos aprietan los brazos de la silla con tal fuerza que los nudillos le blanquean.
Mimi se inclina sobre él, rodeándole el cuello con sus brazos bronceados, obligándolo a recibir el impacto.
Cuando sus labios se encuentran, Álex suelta un suspiro tembloroso, casi un sollozo de anticipación.
Mimi juega con él, no le entrega el hielo de inmediato.
Se lo pasa por los labios, dejando que el agua gélida lo despierte, antes de profundizar el beso.
Noto que Álex está temblando, sus manos suben a la cintura de Mimi con una torpeza impropia de él, apretando la tela de su vestido con dedos nerviosos.
Su respiración es errática, chocando contra la mejilla de Mimi mientras sus lenguas se baten en duelo por el trozo de hielo que se deshace.
Es una rendición absoluta. Álex cierra los ojos con fuerza, dejándose llevar por la maestría de Mimi, hasta que finalmente ella le cede el resto del cubito con un último empujón de lengua que lo deja completamente desarmado.
Álex ya no puede esconderlo. El hielo está en su boca, pero es su mirada la que quema.
El salón ha quedado en un silencio sepulcral, solo roto por el sonido de nuestra respiración y el hielo chocando contra sus dientes.
Él se inclina hacia mí y noto que sus manos, esas que siempre parecen tener el control en la fábrica, tiemblan visiblemente mientras buscan mis caderas para atraerme hacia el espacio entre sus piernas.
—Te toca, Inma —susurra y su voz suena rota, cargada de una vibración que me recorre la médula.
Me inclino hacia él, dejando que mi pelo caiga como una cortina que nos aísla del resto.
Cuando nuestros labios se rozan, el contraste es un estallido: el calor abrasador de su piel contra el frío cortante que emana de su boca.
Álex no espera. Me invade con una urgencia desesperada, como si necesitara este contacto para no desmoronarse.
Su lengua empuja el fragmento de hielo contra la mía, obligándome a saborear el frío mientras su mano derecha sube por mi nuca, enredando sus dedos en mi pelo y tirando con una fuerza posesiva que me hace soltar un gemido ahogado.
Siento el agua derretida resbalar por mi barbilla, pero no me importa, solo puedo sentir la dureza de su cuerpo contra el mío y la forma en que sus labios devoran los míos, buscando un alivio que el hielo no puede darle.
Es un traspaso que dura una eternidad, dejando el hielo en el fondo de mi boca mientras exhala un suspiro caliente que me inunda los pulmones.
Cuando nos separamos apenas unos milímetros, nuestras bocas están hinchadas, brillantes y el hilo de saliva que nos une se corta lentamente, dejando a Álex mirándome con una vulnerabilidad salvaje.
—Joder, Inma... —murmura, y sus dedos se clavan en mi cintura, negándose a soltarme.
Escupo el último fragmento de hielo en el cenicero con un gesto desafiante, sintiendo mis labios hinchados y el pulso galopando en mi cuello. El salón está cargado de un morbo que se podría cortar con un cuchillo.
—Bueno... ¿ahora qué hacemos? —pregunto, barriendo a todos con la mirada, todavía con el rastro húmedo del beso de Álex en la comisura.
Juanma, que parece haber dejado definitivamente en el perchero su faceta de responsable de producción, apoya los codos en sus rodillas y suelta una sonrisa lobuna.
—¿Qué tal si nos retamos? —propone con voz ronca.
—Me pido primera —salto yo, sin darle tiempo a nadie a reaccionar. El alcohol me ha dado una chispa de malicia pura—. Rodrigo, levántate.
Rodrigo se pone en pie con un resorte, con esa sonrisa de aquí está el rey de la pista y los ojos brillando con ganas de marcha.
Cree que le voy a dar otro baile como el de Mimi, o algo peor.
Me acerco a él con una lentitud calculada, rescato un cubito de hielo nuevo de mi copa —uno de esos grandes, con aristas afiladas— y me detengo frente a él.
Sin apartar mis ojos de los suyos, con una frialdad que contrasta con el fuego que siento por dentro, le abro el cinturón con un movimiento seco y meto el hielo directamente por dentro de su pantalón, directo a su paquete.
La cara de Rodrigo es un poema. El color se le escapa de las mejillas, sus ojos se abren como platos y suelta un bufido que mezcla el espanto con el shock térmico.
—¡Joder! ¡Serás hija de puta, Inma! —grita, dando un salto hacia atrás mientras intenta desesperadamente pescar el hielo a través de la tela antes de que baje más.
Todos en el salón estallamos en una carcajada colectiva.
Ver al a Rodrigo retorciéndose de dolor y frío, con las manos en la entrepierna intentando salvar su dignidad, es la imagen de la noche.
Mimi se dobla de la risa señalándolo y Álex me mira desde su silla con una mezcla de miedo y una admiración absoluta.
—Te viene bien bajar la temperatura de ahí abajo, Rodrigo —le suelto con una sonrisa de ángel caído—, que la tenías demasiado alta desde el perreo de Mimi.
Rodrigo sostiene el hielo entre los dedos, con una sonrisa que ha pasado de la diversión a una oscuridad puramente carnal. El cubito, brillante por el agua y lo más morboso, impregnado del calor y la esencia de su entrepierna.
—Bueno, jefa, tú me has retado a mí... ahora me toca a mí —dice con la voz más grave—. Reto a la chica de mi derecha: Raquel.
Raquel se queda lívida. Traga saliva con dificultad, mirando ese trozo de hielo como si fuera una granada a punto de estallar.
—¿Qué... qué quieres que haga? —pregunta con un hilo de voz.
Rodrigo se inclina hacia ella. El salón se queda en un silencio sepulcral, solo roto por el zumbido de la nevera. Le susurra algo al oído, pero lo hace con la intensidad suficiente para que todos lo oigamos, una orden cargada de veneno y deseo:
—Quiero que lamas el hielo, Raquel. Que lo limpies.