EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE La casa de Alex
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La casa de Alex

Inma

El coche de Mimi es ahora un refugio de sombras y confesiones, un espacio reducido donde el aire se ha vuelto de confianza, impregnado de su perfume y del rastro del alcohol. La ciudad desfila fuera como un sueño borroso, pero dentro, la temperatura sube con cada palabra que sale de nuestras bocas.

Mimi me mira de reojo y la luz de las farolas que entra rítmicamente por el cristal acentúa la curva de su cuello y el brillo de sus labios húmedos.

—Oye... ¿has visto cómo se ha puesto Rodrigo conmigo? —me dice, y su voz suena más profunda, con ese deje andaluz que ahora parece una caricia—. Y Álex... Dios, Inma, Álex no te quitaba el ojo de encima mientras bailabas. Se nota a leguas que te tiene unas ganas físicas, de esas que duelen.

Suelto una risa suave, sintiendo un cosquilleo que me recorre la columna. Me acomodo en el asiento de cuero, dejando que mi rodilla roce ligeramente la suya mientras conduce.

—Qué va, tía... —le susurro, clavando mi mirada en su perfil—. La que le vuelve loco eres tú. Me lo dice todos los días en la fábrica, que la guapa eres tú, que le encantaría estar contigo de compañera.

Mimi suelta una carcajada, pero es una risa cargada de intención. Niega con la cabeza, haciendo que su melena morena baile sobre sus hombros desnudos.

—Eso te lo dice para picarte, boba. Para ver cómo reaccionas. Es un juego.

—Eso pensaba yo también —respondo, bajando el tono de voz hasta que es casi un secreto—.

Pero es que contigo se pone nervioso, Mimi.

Se le nota en las manos. Y bueno... no le culpo.

Si yo fuera tío, te aseguro que ahora mismo no estaría mirando la carretera.

Te daría hasta que no pudieras ni decir tu nombre.

Mimi frena suavemente en un semáforo en rojo y se gira hacia mí. El silencio del coche es absoluto, solo roto por nuestra respiración acompasada. Sus ojos marrones me escanean, deteniéndose en mis ojos.

—Qué bruta eres, Inma... —dice, pero su voz vibra con un deseo contenido—. Qué bruta y qué peligrosa.

—Es que estás jodidamente buena, Mimi —le suelto, sin filtros, dejando que mis ojos recorran ese vientre plano y duro que el diseño de su vestido deja al descubierto—. Tienes una piel que parece que va a quemar si alguien la toca.

Mimi traga saliva y se humedece los labios. Estira una mano y me acaricia el brazo, un roce eléctrico que me hace apretar los muslos.

—Pues tú no te quedas atrás, loca —murmura, acercándose un poco más hacia mi lado—.

Tienes unas curvas que harían que cualquier hombre perdiera la cabeza, pero lo que más me pone es esa mirada de niña buena que esconde algo mucho más oscuro.

Si de verdad quieres saber lo que es el peligro, espera a que estemos en casa de Álex.

Su dedo índice dibuja una línea imaginaria por mi clavícula, bajando apenas un centímetro hacia el inicio de mi pecho.

—A lo mejor —continúa Mimi con un susurro que me eriza el vello—, no es a Álex a quien tienes que tenerle miedo esta noche. A lo mejor es a mí, porque como me descuide, te voy a demostrar que en Almería sabemos apreciar la belleza de una forma que ni te imaginas.

El semáforo cambia a verde. Mimi arranca con un movimiento fluido, pero la tensión ya se ha instalado entre nosotras, un pacto silencioso de morbo y complicidad que está a punto de estallar en cuanto crucemos la puerta del piso.

—Oye, Inma… ¿y qué opinas de Rodrigo? —me pregunta con una sonrisita de malicia—. Para estar casado, lo veo demasiado juguetón, ¿no?

Suelto un suspiro y me recoloco en el asiento.

—Yo también lo creo —respondo, bajando la voz—. Pero me da a mí que nunca hará nada de verdad. Es de esos que solo disfruta con el juego, con el límite.

Mimi suelta una carcajada oscura y me mira de reojo, con esos ojos marrones brillando en la penumbra del habitáculo.

—Inma, eso opinaba yo también… hasta que lo he tenido pegado a mí .Me ha dado una pena dejarlo como lo he dejado… —hace una pausa dramática y añade en un susurro—: Tiene una polla impresionante. Se nota que ahí hay calidad, de la buena.

Siento un calor repentino que no tiene nada que ver con el motor del coche. Recuerdo perfectamente la imagen del bulto de Rodrigo marcando el pantalón.

—Ya me di cuenta, Mimi… —le confieso, mordiéndome el labio—. He visto cómo crecía eso mientras te movías sobre él. Ha sido… impactante.

Las dos estallamos en una risa cómplice, una risa cargada de un morbo compartido que nos une más que cualquier café en la oficina. Es esa risa de saber que estamos a punto de entrar en un terreno donde las reglas de la fábrica ya no existen.

En ese momento, vemos que el coche de Juanma se detiene frente a un bloque de pisos moderno. Mimi maniobra con destreza y aparca justo al lado. Apaga el motor y el silencio nos envuelve de golpe, denso y cargado de anticipación.

A través del parabrisas, vemos a los chicos bajar del otro coche. Álex se estira, mirando hacia nosotras con una expresión de hambre contenida, mientras Rodrigo se recoloca el pantalón con un gesto discreto pero que, después de nuestra conversación, no nos pasa desapercibido.

—Bueno, Inma —susurra Mimi antes de abrir la puerta—, prepárate. Porque creo que en casa de Álex vamos a comprobar si Rodrigo solo quiere jugar… o si tiene ganas de algo más.

Salimos a la calle y seguimos a Alex, que empieza a abrir la puerta del edificio.

El portal se cierra tras nosotros con un eco metálico, dejándonos en una penumbra solo rota por la luz amarillenta del ascensor.

Álex presiona el botón del cuarto piso y con un gesto de complicidad, se lleva un dedo a los labios.

—Shhh... no hagáis ruido, que los vecinos aquí son unos santos y están durmiendo —susurra con una sonrisa cargada de malicia.

Nos metemos los seis. El espacio es ridículamente estrecho, una caja de metal y espejos diseñada para cuatro personas, pero ahora ocupada por seis cuerpos calientes, sudorosos y con la inhibición por los suelos. Las puertas se cierran y el ascensor inicia su ascenso lento, rítmico, casi sensual.

El silencio es absoluto, pero el aire está saturado.

Noto el pecho de Álex contra mi hombro, él no se retira, al contrario, aprovecha el ligero balanceo del elevador para presionarse contra mí.

Siento su mano bajar con un sigilo experto, buscando el hueco entre nuestros cuerpos, hasta que sus dedos rozan el lateral de mi muslo.

A mi otro lado, Mimi está encajonada contra Rodrigo.

Ella, con ese descaro que la caracteriza, no ha dejado espacio a la duda, tiene su espalda pegada al torso de él.

En el espejo del ascensor, nuestras miradas se cruzan.

Mimi me guiña un ojo mientras muerde su labio y veo cómo los ojos de Rodrigo se oscurecen al sentir el contacto de la morena.

Él, fingiendo que busca equilibrio, apoya ambas manos en la pared del ascensor, rodeando a Mimi y atrapándola en un abrazo forzado por el espacio.

Juanma y Raquel están al fondo, en un rincón oscuro. Oigo una respiración entrecortada y un roce de telas. Juanma tiene una mano en la cintura de Raquel, no sé de donde viene el sonido.

—Falta mucho... —murmura Rodrigo, con la voz más grave de lo normal.

—Disfruta del viaje, Rodrigo —le contesta Álex, sin quitarme la vista de encima en el reflejo del espejo.

De repente, el ascensor pega un pequeño tirón al llegar al segundo piso.

El impacto hace que todos perdamos el equilibrio un segundo.

Álex aprovecha para rodearme la cintura con el brazo, pegándome a él de forma definitiva.

Noto su erección, firme y latente, presionando contra mi cadera.

Por un instante, nadie respira. Solo se oye el zumbido del motor y el latido acelerado de seis personas que saben que están a punto de cruzar una línea.

El clinc del cuarto piso suena como un disparo. Las puertas se abren, pero nadie se mueve de inmediato. Nos quedamos un segundo más así, saboreando el roce prohibido en la oscuridad, antes de salir al pasillo como si nada hubiera pasado.

Alex abrió la puerta con cuidado, apenas lo justo para asomar la cabeza por el hueco. La luz tenue del pasillo dibujaba sombras largas detrás de él.

—Mis compañeros de piso están durmiendo, así que no hagáis mucho ruido. Pasad al salón —susurró.

Entramos casi en fila, conteniendo la respiración como si el suelo pudiera delatarnos al crujir. Alex cerró la puerta despacio, girando el pestillo con una precisión exagerada, como si cualquier clic fuera una explosión.

Cruzamos el pasillo a media. Nadie habló. Solo se escuchaba el sonido amortiguado de nuestros pasos sobre la madera.

El salón estaba al fondo. Alex encendió una pequeña lámpara de pie en lugar de la luz principal, creando un ambiente cálido y discreto.

El sofá desordenado, una manta caída en un brazo y varias tazas sobre la mesa baja daban la sensación de vida compartida, de conversaciones largas y noches improvisadas.

El salón de Álex tiene ese olor característico de piso compartido, una mezcla de tabaco, incienso y el aroma rancio de la cachimba que descansa sobre la mesa.

Las luces están bajas, creando rincones de sombra que invitan a cualquier cosa menos a dormir.

Nos acomodamos como podemos, Mimi y yo nos adueñamos de los sillones individuales como si fueran tronos, mientras que en el sofá se libra una batalla silenciosa de espacio con Raquel encajonada entre Juanma y un Rodrigo que todavía parece tener la adrenalina por las nubes.

Álex aparece con los vasos, el tintineo del hielo suena casi escandaloso en el silencio de la casa.

Nos prepara un cubata a cada uno, intentando dejar el hielo sin hacer ruido.

Hablamos de la fábrica, del madrugón que nos espera, de la cara que pondrá José cuando nos vea entrar con ojeras...

pero es una charla de fachada. Todos sabemos que no hemos venido aquí para hablar de chocolate.

De repente, Rodrigo rompe el guion.