EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE Coconuts #5
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Coconuts #5

Mimi empieza a mover el culo sobre él con una cadencia perfecta, restregándose contra su entrepierna sin pudor alguno.

Nosotros cuatro nos quedamos en círculo, gritando un "¡Wauuuuu!

" unánime, hipnotizados por la escena. Son treinta segundos de una tensión sexual que se puede cortar con un cuchillo.

Rodrigo tiene los ojos cerrados, apretando los dientes, disfrutando de cada centímetro de ese roce.

De repente, Mimi se frena en seco y se separa con una sonrisa traviesa, dándole un toquecito en el hombro.

—Cuidado, Rodrigo... que se te va a salir —le suelta con rintintín.

Al separarse, el efecto es inmediato y visible para todos. El pantalón de Rodrigo no miente: tiene un bulto que delata que Mimi ha hecho su trabajo demasiado bien. Todos estallamos en risas, señalando la evidencia.

—¡Madre mía, Rodrigo! —suelta Juanma riendo—. ¡Que te van a echar del pub por llevar armas peligrosas!

Nos reímos a carcajadas, pero entre broma y broma, todas nos hemos dado cuenta de que Rodrigo va bien armado. La mirada de Álex se cruza con la mía en ese momento, como diciendo: "Mira lo que habéis provocado".

Es entonces cuando Álex, con esa voz pausada que siempre parece esconder algo, lanza el anzuelo:

—¿Nos tomamos la última en mi casa? Aquí ya no se puede ni respirar.

Raquel es la primera en asentir, ansiosa por salir de las apreturas del Coconuts y los demás aceptamos casi por inercia. Sabemos que son horas intempestivas, que a las seis de la mañana la fábrica nos espera con su luz fría y sus máquinas, pero la noche nos ha poseído.

Empezamos a desfilar hacia la salida. Yo me quedo la última, cerrando el grupo y noto que Rodrigo se coloca inmediatamente detrás de mí.

Siento su presencia, su calor... y sobre todo, siento cómo busca el contacto.

Esa herramienta que Mimi acaba de poner a prueba está buscando un nuevo objetivo.

Noto cómo intenta restregar su erección contra la tela de mis vaqueros mientras caminamos entre la multitud.

En un movimiento calculado, me paro en seco.

El impacto es inevitable. Rodrigo se estampa contra mi espalda y no hace el más mínimo esfuerzo por retirarse. Al contrario, se presiona más. Su aliento me quema el cuello cuando me susurra:

—¿Qué haces, Inma?

—Los he perdido... ya no los veo —le digo, fingiendo una desorientación que no tengo, mientras noto perfectamente la dureza de su polla encajada entre mis nalgas.

—Da igual... la salida está por ahí —me susurra, su voz es un hilo de seda y deseo. No se separa ni un milímetro.

En lugar de avanzar, decido darle lo que busca.

Hago un movimiento lento, circular, presionando mi culo contra su polla y bajando ligeramente para notar todo su relieve.

Siento cómo se le corta la respiración. Es un segundo, un roce intencional que le confirma que aquí la niña buena también sabe jugar sucio.

Él suelta una risita ronca, una vibración que siento en mi propia espalda y yo, con una sonrisa de victoria que él no puede ver, emprendo la marcha de nuevo. Salimos al aire libre del parking, donde el frío de la noche nos golpea, pero yo sigo sintiendo el rastro de ese contacto quemándome la piel.

El aire fresco de la calle nos golpea la cara al salir del Coconuts, y por un momento parece que la realidad intenta abrirse paso. Álex se detiene junto a su coche y suelta la bomba con una seguridad que no admite réplicas:

—Venga, vamos a mi casa y nos tomamos la última.

Juanma, que siempre es el que tiene la cabeza más amueblada, mira su reloj y hace una mueca de duda.

—Tío, es tardísimo... y mañana a las seis hay que estar en el tajo. No sé yo.

—¡Venga, no seas aguafiestas, Juanma! —le corta Álex con una sonrisa de medio lado, mirándome de reojo—. Solo una y nos vamos.

Mimi, es la primera en saltar con ese desparpajo suyo:

—¡Yo me apunto! Entro a las 14:00, así que no tengo que madrugar. ¡Yo sigo con ganas de guerra, chiquillos!

Yo miro a Álex, luego a mis compañeros y siento que el ron todavía me pide un poco más de lío. No voy a ser yo la que se eche atrás, ya descansaré cuando me jubile.

—Yo también voy —digo con firmeza—. Somos jóvenes y hay que disfrutar, ya nos tomaremos un café doble mañana en la fábrica.

Álex me dedica una sonrisa que es puro fuego, como si estuviera celebrando mi decisión.

Al final, entre bromas y puyas, todos acabamos aceptando.

Somos seis y hay dos coches en el parking.

Rodrigo intenta acercarse a mí, seguramente para terminar lo que empezó en la salida del pub, pero Mimi es más rápida.

Me agarra del brazo con fuerza y me arrastra hacia su coche.

—Inma, vente conmigo —me dice Mimi guiñándome un ojo—. Juanma, tú llévate a estos tres en el tuyo, que nosotras vamos juntas de confidencias.

Juanma asiente y se lleva a Rodrigo, Álex y Raquel en su coche.

Me subo al asiento del copiloto de Mimi y en cuanto cerramos las puertas, el silencio del coche contrasta con el zumbido que todavía tengo en los oídos.

Mimi arranca y pone la música bajita, mientras yo me hundo en el asiento, sintiendo que la noche acaba de dar un giro definitivo.