EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE Coconuts #4
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Coconuts #4

—¡Madre mía! —me grita al oído para que la oiga—. ¡Si se descuidan, salen de aquí con el libro de familia!

Yo le devuelvo la sonrisa, sintiendo el subidón de la libertad de no ser observada por nadie que me juzgue. Le guiño un ojo y le digo, casi como un juramento:

—Lo que pasa aquí, se queda aquí, Mimi.

Álex, que no me ha soltado la mano en todo el trayecto hasta el centro de la pista, se pega a nosotras para enterarse y suelta una risa cómplice, esa risa que te dice que él es el rey de los secretos.

—Eso, eso... —dice Álex con una mirada cargada de intención—. Aquí somos todos cómplices.

Los tres estallamos en una carcajada, formando un pequeño círculo de resistencia en medio del caos. Es un momento de pura euforia: Mimi con su desparpajo andaluz, Álex con su magnetismo peligroso y yo, que hace unas horas pensaba que mi viernes iba a ser ver una película en el sofá con Hugo.

De repente, Rodrigo nos ve. Sus ojos se iluminan como si le hubiera tocado la lotería al ver a las dos estrellas de Calidad juntas en su territorio.

—¡Pero bueno! —ruge Rodrigo, acercándose a trompicones pero con ritmo—. ¡Ya estamos todos! ¡Juanma, deja de gastar la pista, que han llegado las jefas!

Las tres, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo sin decir una palabra, formamos un triángulo de fuego bajo las luces estroboscópicas.

Raquel es pura técnica y nervio. Con su melena pelirroja moviéndose como una llamarada, se deja llevar por los ritmos de la bachata que conoce tan bien.

Sus movimientos son fluidos, hipnóticos, baja el centro de gravedad con una lentitud calculada, girando las caderas en círculos pequeños y precisos que parecen desafiar la anatomía.

Mimi aporta el descaro andaluz y ese magnetismo natural.

Con su vestido negro ajustado, se mueve con una gracia felina.

Sus manos recorren su propio abdomen plano, acentuando el movimiento rítmico de sus caderas mientras clava sus ojos marrones en los chicos, con una sonrisa juguetona que dice que sabe perfectamente el efecto que está causando.

Y luego estoy yo. Sintiéndome más libre que nunca, me dejo arrastrar por la vibración que me sube desde el suelo.

Mis movimientos son más instintivos, más crudos.

Echo la cabeza hacia atrás, dejando que el pelo me caiga por la espalda y arqueo el cuerpo mientras mis caderas dictan su propio tempo.

Siento el roce sutil de mis manos sobre mis muslos y el calor del alcohol me da ese punto de atrevimiento para bajar un poco más, para provocar con cada giro.

Frente a nosotras, el mundo se ha detenido. Álex, Rodrigo y Juanma son tres estatuas con la copa en la mano. Están mudos, hipnotizados por el espectáculo de las tres reinas del chocolate.

Rodrigo bebe de su copa de forma mecánica, sin apartar la vista de nuestras cinturas, con la mandíbula apretada.

Juanma ha dejado de bailar y solo puede mirar, con los ojos como platos, asimilando que la Inma y la Mimi de la oficina son estas mujeres que ahora incendian la pista.

Álex... Álex es el que más me inquieta. No parpadea. Sujeta su ron-cola con fuerza y me devora con la mirada, siguiendo cada uno de mis movimientos con una intensidad que casi puedo sentir físicamente sobre mi piel.

Somos el eje de la noche, tres mujeres dueñas de su cuerpo y del momento, mientras ellos se limitan a ser espectadores de un juego que nosotras estamos ganando por goleada.

La locura del alcohol y la adrenalina de la noche nos han nublado por completo el juicio.

Rodrigo se acerca al centro del triángulo, con los ojos inyectados en una mezcla de alcohol y euforia y nos señala con el dedo a dos hombres que deben de rondar los cincuenta.

Están ahí, apoyados en una columna, con sus cubatas en la mano y unas sonrisas de viejos verdes que no pueden ocultar mientras nos devoran con la mirada.

—¡Mirad a esos dos! —nos grita Rodrigo riendo—. No han pestañeado en diez minutos. ¡Venga, acercaos y hacedles un twerking en la cara!

Mimi, que lleva el arte y la guasa en las venas, suelta una carcajada escandalosa y nos agarra del brazo a Raquel y a mí.

—¡Venga, que se lleven una alegría para el cuerpo, que tienen cara de no haber visto esto en su vida! —grita Mimi.

No sé si es el ron, la música que nos retumba en el pecho o simplemente las ganas de portarnos mal, pero nos damos la vuelta al unísono. Nos colocamos a escasos centímetros de los dos hombres, dándoles la espalda por completo. Yo siento el calor de su sorpresa a mis espaldas.

Mirando de frente a nuestros chicos —a Álex, que nos mira con una mezcla de morbo y estupefacción, a Rodrigo, que está grabando o haciendo fotos como un loco y a Juanma, que no sabe dónde meterse—, apoyamos las manos en nuestras rodillas y empezamos a bajar.

Es un twerking en toda regla. Tres culos moviéndose con un ritmo frenético y sensual justo delante de las narices de esos dos señores.

Mimi lo hace con una soltura increíble, Raquel con la técnica de sus clases de baile, y yo...

yo simplemente me dejo llevar por la vibración del bajo.

Muevo las caderas con una fuerza que no sabía que tenía, sintiendo cómo mis vaqueros se tensan con cada golpe de cadera.

Los dos viejos están en shock. Se ríen entre dientes, nerviosos, sin poder apartar la vista de lo que tienen a palmos de su cara.

Se dan codazos entre ellos mientras sostienen sus copas como si fueran tesoros.

Nosotras no paramos de reírnos, mirándonos entre nosotras y buscando la reacción de Álex, que aprieta su copa con una mano mientras con la otra se toca el labio inferior, completamente hipnotizado por el vaivén de mi cuerpo.

El ambiente en ese rincón del Coconuts está a punto de arder.

Cuando la música se corta en seco, nos quedamos las tres ahí, jadeando, con el pelo alborotado y esa mirada brillante de quien sabe que acaba de romper todas las reglas.

Los dos señores de la columna están petrificados, como si sus corazones de cincuenta años no pudieran procesar el terremoto que les acaba de pasar a centímetros.

—¡Ha sido brutal! —grita Rodrigo, rompiendo el silencio con una carcajada mientras nos ve volver al grupo—. ¡Inma, Mimi... estáis locas!

Mimi, que no ha perdido ni un gramo de su chispa andaluz, se sacude la melena morena y le lanza una mirada de desafío total.

—¿Ves como nos atrevíamos, Rodrigo? Que en Calidad no solo sabemos mirar probetas, ¡tenemos mucho arte!

Rodrigo la escanea de arriba abajo, deteniéndose en ese vientre plano y el corte de su vestido. El alcohol le ha quitado cualquier rastro de decoro.

—Ya veo, ya... la nueva también ha salido fiestera. Venga, Mimi, no me dejes con las ganas... ¡hazme un perreo a mí!

Mimi no se lo piensa. No hay rastro de duda en ella. Se da la vuelta con un movimiento felino y le clava el culo directamente en el paquete. El impacto es tan seco que a Rodrigo se le escapa un quejido de sorpresa y placer a la vez.

—¡Joder, qué dura está! —suelta él, agarrándola por las caderas para no perder el equilibrio.