Coconuts #2
Le enseño la pantalla a Álex y él asiente satisfecho.
A partir de ahí, la tensión del chupito mamada y el dedo parece diluirse en algo más pausado.
Nos quedamos los dos apoyados en la barra, hablando de verdad, como dos compañeros que conectan.
Me cuenta lo mucho que le costó a él aprender los procesos, la primera vez que lo dejaron solo en el laboratorio y cómo casi quema una muestra...
Me tranquiliza, me dice que no me machaque, que voy por buen camino.
Es una faceta de Álex que no conocía, menos depredador y más humano.
Estamos en mitad de esa burbuja cuando la voz de Juanma nos explota en la cara.
—¿Queréis dejar de hablar de trabajo ya? ¡Que hemos venido a disfrutar, joder! —nos grita Juanma, señalando con la cabeza la pista.
Miramos a Rodrigo y Raquel, que siguen a lo suyo, totalmente fundidos en un baile que ya roza lo prohibido, y nos damos cuenta de que hemos dejado al pobre Juanma solo con su copa, haciendo de sujetavelas.
Cojo mi copa y le doy un trago largo. El calor del ron me baja por la garganta como un reguero de pólvora y me enciende por dentro. Miro la copa vacía, la golpeo contra la barra y sin pensarlo, agarro a Juanma de las manos. Él me mira con los ojos como platos, volviéndose rojo como un tomate.
—¿Bailas conmigo o qué? —le suelto con un desafío en la mirada.
—Claro, Inma, pero yo... yo no soy muy de esto —balbucea.
Nos movemos un par de pasos hacia la pista, justo al lado de donde Rodrigo y Raquel siguen fundidos.
Empiezo a marcar los tres pasos básicos de la bachata, guiando a Juanma porque el pobre está más rígido que un palo.
Me río, disfrutando de su timidez y busco la mirada de Álex, que nos observa apoyado en la barra con la copa en la mano y una expresión indescifrable.
Para provocarlo, cojo las manos de Juanma y con decisión, las bajo hasta mis caderas. Siento sus dedos tensos sobre mis vaqueros.
—Mira que yo soy mala bailando... pero siempre hay alguien peor —le susurro a Juanma al oído, haciéndole reír y relajarse un poco.
Empiezo a mover las caderas con más ritmo, dejando que mi cuerpo encuentre el compás del bajo.
Juanma se va soltando, pero la verdadera sacudida llega por detrás.
Siento una presencia que me invade el espacio, un calor que me recorre la espalda y de repente, Álex pega su cuerpo al mío.
Siento su pelvis, firme y clara, presionando directamente contra mi culo, moviéndose al unísono con mi vaivén.
Se me corta la respiración un segundo, pero no me detengo.
Giro la cabeza por encima del hombro, con el cuello estirado y le clavo la mirada a Álex.
Sus ojos están oscuros, cargados de una intención que me hace vibrar.
Sigo moviéndome, ahora atrapada entre los dos: delante, la torpeza dulce de Juanma que me sujeta las caderas, detrás, la presión constante y descarada de Álex que marca territorio con cada golpe de música.
Es un baile de tres que desborda morbo. Álex sube sus manos y las pone sobre las de Juanma en mis caderas, apretando más, como si quisiera que yo sintiera exactamente lo que él está sintiendo.
Yo soy el eje de ese triángulo, moviéndome con una lentitud provocadora, rozando a uno y tentando al otro.
La tensión sexual en ese rincón del Coconuts es tan espesa que casi se puede tocar.
—¿No decías que querías dejarme tranquila para irte con Mimi? —le susurro a Álex sin dejar de mirarlo a los ojos, mientras mi culo sigue rozando su entrepierna.
—Mimi no está aquí ahora —me responde él con voz ronca, pegando su boca a mi cuello mientras Juanma, completamente sobrepasado por la situación, solo puede seguirme el ritmo con el pulso a mil.
Me escapo de la presión de Álex y Juanma con una pirueta rápida, el pelo me vuela sobre la cara y suelto una carcajada que se pierde entre el reggaetón. Me siento poderosa, dejando a esos dos ahí plantados, con la respiración entrecortada y los ojos brillantes de pura frustración.
—Necesito otra copa si queréis que siga este ritmo —les suelto por encima del hombro mientras me encamino a la barra contoneándome.
Llego a la madera y antes de que pueda pedir nada, Rodrigo aparece a mi lado, un poco sudoroso por el baile con Raquel. Me giro y veo que la pelirroja no pierde el tiempo, ahora es Álex el que la tiene agarrada, moviéndose con ella. Sonrío y miro a Rodrigo, que está a centímetros de mí.
—¿Qué tal? ¿Nervioso? —le pincho riéndome—. Menudo baile te has marcado, no te debe de llegar la sangre al cerebro ahora mismo.
—Qué mala eres, Inma... —se ríe él, pasándose la mano por el cuello—. Pero de esto ni una palabra a mi mujer, ¿eh?
Hago el gesto de la cremallera en mis labios, cerrándolos simbólicamente.
—Tranquilo, yo no he visto nada.
Él me sonríe con una mirada que ya no oculta nada. Me pasa la mano por la cadera, firme y me empuja contra él para que lo abrace. Siento su calor y su perfume mezclado con el alcohol.
—Así me gusta. Nos vamos a llevar muy bien contigo, Inma... me caes genial.
Rodrigo da un golpe en la barra y llama a la camarera.
—¡Ponnos dos chupitos de tequila!
La chica nos deja las dos rodajas de limón, los vasitos con el líquido transparente y el salero.
El morbo vuelve a subir de nivel cuando Rodrigo me coge la mano, sin dejar de mirarme fijamente a los ojos.
Con una lentitud desesperante, me lame el dorso de la mano, dejando un rastro húmedo sobre mi piel y luego espolvorea la sal sobre el mismo sitio.
—Ahora tú —me dice con voz ronca.
No me achanto. Agarro su mano, noto su piel curtida y la lamo con la punta de la lengua, despacio, antes de echarle la sal. Él aprieta los labios, aguantando la tensión.
—Ahora —sigue explicándome, casi susurrando—, lamemos cada uno su mano con la sal, nos tomamos el chupito, mordemos la rodaja de limón y luego... nos intercambiamos la rodaja.
Suelta una sonrisa de lobo y yo no puedo evitar devolvérsela.
—Te gusta a ti mucho jugar, ¿no, Rodrigo?
—Soy jugador profesional, Inma. Treinta y tres años lo avalan —me responde con una chulería que me hace gracia.
—Ya veo... soy una pardilla a tu lado.
—Te falta mucha calle todavía, niña... mucha experiencia —dice él, acercando su mano con sal a su boca mientras se prepara para el ritual.
Rodrigo no aparta sus ojos de los míos, es una mirada hambrienta, la de un hombre que sabe que tiene el control, o al menos eso cree.
Bajo la luz parpadeante del Coconuts, el ritual comienza.
Me llevo el dorso de mi propia mano a los labios.
Ahí, donde hace un segundo la lengua de Rodrigo dejó un rastro de humedad cálida, ahora está la sal.
Cierro los ojos un instante al lamerla, saboreando el contraste entre el mineral y la esencia de su saliva que aún perdura en mi piel.
Lo oigo jadear suavemente mientras él hace lo mismo con su mano, la que yo acabo de marcar.
Es un intercambio primitivo, una comunión de fluidos y sal bajo el ruido ensordecedor del reggaetón que, de repente, parece desvanecerse.
—Ahora —susurra él, con la voz rota.
Agarramos los vasos al unísono. Sin romper el contacto visual, echamos la cabeza hacia atrás. El tequila quema, un fuego líquido que me raspa la garganta y me enciende las venas, pero el verdadero calor no viene del alcohol, sino de la forma en que Rodrigo me devora con la vista mientras traga.
Dejamos los vasos vacíos sobre la barra con un golpe seco, rítmico.
Cogemos las rodajas de limón. Clavo mis dientes en la pulpa ácida, sintiendo cómo el zumo limpia el ardor del tequila y él hace lo mismo. Sus labios están brillantes, húmedos por el jugo y el alcohol. Entonces, con una lentitud que roza la tortura, estiro mi mano y él la suya.
Le entrego mi rodaja, marcada por mis dientes, y tomo la suya, que aún conserva el calor de su boca.
Es un gesto cargado de un erotismo. Vuelvo a morder el limón que él acaba de soltar, saboreando el rastro de su boca en el cítrico, sintiendo que estoy cruzando una línea de la que no hay retorno.
Él hace lo mismo con el mío, apretando los labios con fuerza, como si estuviera mordiéndome a mí.
Volvemos a intercambiarlos, una vez más, las manos rozándose, los dedos entrelazándose por un segundo más de lo necesario en ese vaivén de sabores compartidos.
—Te lo dije, Inma —murmura él, acercándose tanto que su aliento a tequila y limón me acaricia la cara—. Te falta mucha calle, pero aprendes... peligrosamente rápido.
Siento un escalofrío que me recorre la columna. Estoy jugando con fuego, lo sé. Sé que Hugo está en casa, en un silencio que ahora mismo me parece de otro siglo, mientras yo aquí estoy intercambiando babas y pecados con un hombre que me dobla la edad en la barra de un pub oscuro.
Me acerco a la pista con mi segunda copa de ron en la mano, sintiendo ya ese puntito de mareo dulce y desinhibido que te da el alcohol cuando el ritmo no para.
Veo a Juanma, que ha perdido toda la timidez y ahora está entregado totalmente a los movimientos de cadera de Raquel, se están restregando como si no hubiera un mañana.
Álex los observa con una media sonrisa, apoyado en una columna, hasta que llegamos Rodrigo y yo.
Rodrigo, que ya va con el modo depredador activado, levanta su copa y grita por encima de la música:
—¡Eh! ¡Quiero hacerme una foto con las dos! —dice señalándonos a Raquel y a mí—. Se la voy a mandar a José ahora mismo, sé que se va a morir de la envidia cuando nos vea así.
Juanma y Álex estallan en carcajadas. Álex, con esa mirada que parece leerte el pensamiento, da un paso adelante y saca su móvil.
—Venga, yo la echo —dice Álex con un tono que no sé si es divertido o desafiante.