Coconuts
Inma
Me acomodo en el asiento de atrás del coche de Juanma y mientras él pone la música y arranca, me quedo un segundo mirando por la ventanilla.
Veo la figura de Hugo ahí plantada, cada vez más pequeña y un pinchazo de culpa me atraviesa el pecho.
Me sabe fatal dejarlo así, sé que contaba con nuestra noche de sofá y cena, pero... joder, es que me apetecía tanto.
Es una sensación extraña. Mi última fiesta fue la graduación de la universidad y de repente, he sentido una necesidad física de ruido, de luces y de desconectar de todo.
Nunca he sido de salir, la verdad. No sé si es porque desde muy joven siempre he tenido novio y parece que, en este mundo, salir de fiesta es sinónimo de salir a cazar.
Esa idea de ir a un sitio para que cuatro babosos te miren el culo —que ya sé que me lo miran igual en la fábrica— y te digan tonterías al oído nunca me ha llamado la atención. No es mi estilo.
En la facultad era igual. Mis tres amigas íntimas y yo éramos un bloque.
Las cuatro con novio, las cuatro centradas en sacar las mejores notas para tener un futuro decente.
En cuatro años de carrera, creo que salimos cuatro veces contadas, las fiestas de la facultad y la graduación. Poco más. Estábamos en otra onda.
Hace poco, Lucía, una de ellas, lo dejó con el novio y ahora le ha dado por quemar la noche.
Sale con sus amigas de la infancia porque a nosotras nos llama muermos.
Nos dice de quedar y siempre acabamos en una cafetería poniéndonos al día, que es lo que de verdad nos gusta. Pero hoy... hoy es diferente.
Hoy me siento con ganas de comerme la noche.
Quizás sea el ambiente de la fábrica, los pimientos picantes, el mensaje desafiante de José o el descaro de Álex chupándome el dedo...
No lo sé. Pero me siento viva de una manera que hacía mucho que no sentía.
Siento que después de años siendo la chica responsable con novio, hoy me apetece ser simplemente Inma, la nueva de Calidad, la que nadie sabe con quién se va a la cama.
Miro de reojo a Juanma, que conduce tarareando y luego a Rodrigo que está a su lado de copiloto, Raquel está en el centro y a su derecha tiene a Alex.
Sé que Hugo estará ahora mismo subiéndose a su coche con un nudo en el estómago y me duele, de verdad que me duele...
pero necesito este soplo de aire fresco.
Necesito ver hasta dónde llega este juego antes de volver a mi refugio con él.
—¿A dónde vamos, Juanma? —le pregunto, forzando una sonrisa para que no se me note que el corazón me late a mil por la culpa y la excitación a partes iguales.
Juanma gira el volante con decisión mientras me explica el plan
—Vamos a Coconuts, Inma. Está aquí al lado, es el sitio de siempre para la primera copa.
Yo asiento, sintiendo ese hormigueo de emoción y culpa mezclados.
Aprovecho que Juanma busca sitio para sacar el móvil.
El mensaje de Hugo es como un jarro de agua fría: "Voy a dormir tengo sueño hasta mañana".
Sé leer entre líneas, ese hasta mañana es un muro.
Le mando varios besos, intentando suavizar la situación, pero me guardo el teléfono en el bolso con un suspiro.
Me sabe mal por él, pero la música que ya empieza a oírse desde la calle me está llamando.
Juanma encuentra un hueco y aparca el coche con una maniobra rápida.
—Ya hemos llegado —anuncia, apagando el motor.
Al bajar del coche, el aire de la tarde-noche me golpea la cara y me despeja un poco la neblina de la cerveza. Caminamos hacia la entrada del local y al cruzar el umbral, la sensación es total.
Nunca había estado en el Coconuts. Al entrar, me invade esa atmósfera de pub moderno, el aire está cargado con un aroma a ambientador cítrico y alcohol y la oscuridad es casi absoluta, rota solo por luces LED de colores que bañan las paredes.
Suena reggaetón a un volumen que ya te obliga a hablar un poco más alto, y el bajo retumba en la madera del suelo, subiéndome por las piernas.
Es un local pequeño pero con mucho estilo. Me detengo un segundo para que mis ojos se acostumbren a la penumbra. Veo los sofás de terciopelo, la barra iluminada con un brillo azulado y al fondo, un grupo solitario de unas seis personas que ríen con sus copas.
—Hay poca gente —digo, girándome hacia los demás. Me siento un poco como en un escenario vacío, siendo el centro de atención.
—Es pronto, mujer —me contesta Raquel, que ya viene con paso decidido hacia la barra—. Luego va viniendo más gente, ya verás cómo se pone esto.
Juanma suelta una carcajada con ese toque de ironía que tanto le gusta:
—Exacto. Y cuando venga la gente, nosotros nos iremos a nuestra casa, porque mañana madrugamos. Es lo mejor de salir un viernes noche cuando estamos de mañanas... somos los dueños del bar mientras está vacío.
Me río con él, sintiendo que el ambiente oscuro y la música me están envolviendo.
Me olvido por un momento del móvil en el bolso y de la cara de Hugo.
Miro a mi alrededor, la barra está despejada, el camarero ya nos está mirando y tengo a Rodrigo y a Álex flanqueándome, esperando a ver cuál es mi siguiente movimiento en esta pista de baile improvisada.
Álex se acerca a mí con esa seguridad que me descoloca. Se queda a escasos centímetros, rompiendo mi burbuja y me toca la punta de la nariz con un gesto juguetón.
—Venga, niña pija —me dice con una sonrisita—, ¿qué quieres? Te invito yo.
—No hace falta, Álex —le respondo, devolviéndole la sonrisa pero intentando mantener el tipo.
—Aún no has cobrado —me rebate él sin dudar—. Cuando ganes tu primera nómina me invitas tú a una copa, pero hoy me toca a mí invitar a mi becaria.
Ese tono de protector me hace gracia, así que decido seguirle el juego. Me acerco más a él, casi pegando mi pecho a su brazo para que pueda oírme por encima del reggaetón y le susurro al oído, sintiendo cómo se tensa un poco:
—Venga... pídeme un ron con Coca-Cola.
Él asiente y se va con Rodrigo hacia la barra.
Yo me quedo con Raquel, la pelirroja se ve súper maja y simpática, de esas tías con las que conectas rápido porque no tienen dobleces.
Estamos ahí charlando de nuestras cosas cuando, al poco, aparecen los dos mendas haciendo el tonto con las copas.
Vienen haciendo gestos raros, como si les hubieran echado algo a las bebidas o estuvieran drogados, riéndose como adolescentes.
No puedo evitarlo, me acerco a Rodrigo y le suelto al oído para que le escueza un poco:
—Esas bromas me las gastaba mi primo cuando tenía 16 años, Rodrigo... no ahora.
Él suelta una carcajada, dándome un toquecito en el hombro.
—Joder, Inma, ¡qué dura eres! —me dice mientras me entrega mi copa.
Entonces Juanma levanta la suya, haciendo de maestro de ceremonias.
—¡Venga, un brindis! ¡Por el viernes noche!
Chocamos las cinco copas en el centro, el cristal suena con fuerza y Rodrigo arranca con el típico cántico:
—¡El que no apoya, no...! —y todos, como un solo bloque, apoyamos la copa en la barra antes de beber, entre risas.
Le doy un trago largo, sintiendo el quemazón dulce del ron bajando por mi garganta. Está fuerte, pero me entra de maravilla. Noto de repente el aliento de Álex cerca de mi oreja.
—Tranquila, mi niña... —me susurra, casi rozándome el lóbulo con los labios—, que te va a sentar mal.
Yo, en lugar de achantarme, me giro, le miro fijamente a los ojos y le saco la lengua, igual que hice en el selfie de antes, desafiándole. Él se queda mirándome la boca un segundo de más y el morbo que empezó en la mesa del Cojo vuelve a encenderse aquí, bajo las luces de colores del Coconuts.
Raquel es un terremoto. Nada más sonar la música, deja la copa y se lanza a la pista con una seguridad que me deja hipnotizada.
Se nota que lo de las clases de bachata y salsa no es broma, mueve las caderas de una forma que, para mí, que soy de las que se quedan en un rincón, me parece casi de otro planeta.
Es una exhibición en toda regla y todos —yo incluida— nos quedamos embobados mirando cómo se mueve.
Álex, que no pierde oportunidad de meter cizaña, le pega un empujón a Rodrigo.
—¡Venga! Baila con ella, que te estás quedando atrás.
Rodrigo no se lo piensa dos veces. Se pega a ella por detrás y en cuestión de segundos, la escena sube de temperatura.
Se están restregando sin ningún pudor, Rodrigo le agarra la cintura con fuerza para pegarla más a él y Raquel, lejos de cortarse, se ríe y se deja hacer.
Me mira por encima del hombro y me guiña un ojo, como diciendo: "Mira cómo se hace".
Estoy ahí, asimilando el espectáculo, cuando siento un tirón firme en mi muñeca. Álex me atrae hacia él con suavidad pero sin pedir permiso.
—¿Y tú qué quieres ahora? —le digo bromeando, sosteniéndole la mirada.
—Dile a tu amiga Mimi si quiere venir —me suelta, así, de sopetón.
Siento un pinchazo de orgullo, pero decido jugar mis cartas.
—Pues sí, es buena idea —le suelto con todo el retintín del mundo—. Así me dejas tranquila a mí y te centras en la "más guapa de la fábrica", ¿no?
Él suelta una sonrisita de esas que te desarman.
—Veo que sabes apreciar la belleza —me contesta, dándome la razón con una chulería que me hierve.
Miro el reloj. Son las 20:00. Tempranísimo. Sé que Mimi está en el turno de tarde y no sale hasta las 22:00, pero le escribo por WhatsApp igualmente. Su respuesta es inmediata: "¡Qué guay! Me apunto, quiero conocer a la gente de la fábrica. En cuanto salga voy para allá".