En boca de todos #3
Ver cómo se le iba la cabeza a José hablando de mi novia me provocó una erección.
Me ponía enfermo, pero al mismo tiempo me generaba una fascinación oscura y perversa.
Ver a mi jefe, a un tío con pasta, con coche de lujo, casado y con hijos, completamente desquiciado y sufriendo de pura impotencia por desear a la mujer que dormía conmigo todas las noches, me producía un placer morboso insoportable.
Él creía que me estaba humillando, sin saber que unas horas antes Inma y yo nos habíamos alimentado de esa misma obsesión para montar la escena más salvaje de nuestra vida.
—Que tranquilo, Hugo, que no volveré a intentar nada con ella —añadió José, mirándome con esa condescendencia que le salía de forma natural.
Se hizo un pequeño silencio en la fábrica. De pronto, ladeó la cabeza y me soltó con un tono falsamente guasón, lanzando el anzuelo a ver si picaba:
—Bueno... a no ser que un día te apetezca hacer un intercambio de parejas, claro.
Solté una risa seca, tratando de amortiguar el impacto con humor para no mostrar debilidad:
—Sí, hombre... Estás tú que voy a compartir yo a Inma contigo.
José me sostuvo la mirada unos segundos, sonriendo con una mezcla de respeto y sorna.
—Chico listo —asintió, dándome unas palmaditas en la espalda—. Chicas así no se encuentran todos los días. Cuídala bien.
Hizo ademán de darse la vuelta, como si la conversación hubiera terminado y fuera a regresar a su despacho en la pasarela. Di un suspiro de alivio, pero antes de dar tres pasos, se frenó en seco. Se giró despacio, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón y me clavó una mirada calculadora.
—Oye, pero hablando en serio... —dijo, bajando la voz con una seriedad que me erizó los pelos del cuello—. Algún día tengo que llevarme a tu chica a comer a solas. Quiero conocerla bien, tranquilos, sin que estés tú delante controlando cada palabra de la conversación.
Me quedé completamente petrificado. La sonrisa se me congeló en la cara. La sangre me dejó de circular por un segundo mientras intentaba procesar si me estaba vacilando en la cara o si realmente me estaba soltando semejante pulso a bocajarro.
José notó al instante la parálisis en mis facciones y dibujó una curva casi imperceptible en la comisura de los labios.
—Bueno... total, si tanto confías en ella y tan sólida es vuestra relación, no tienes nada que temer, ¿no? —soltó con una voz empalagosa, cargada de una malicia refinada.
—Nada... nada que temer —logré articular, forzando la garganta para que la voz no me saliera como un chillido.
—Entonces... ¿me das tu permiso para invitar a comer a tu novia a solas? —preguntó, saboreando el poder de tenerme acorralado.
Asentí con la cabeza de forma casi anestesiada, sin ser consciente de la magnitud del pozo en el que me estaba metiendo yo solo.
José sonrió de verdad esta vez, una sonrisa depredadora y me tendió la mano derecha.
—A ver si en esa comida me cuenta algún secreto sucio tuyo —dijo, apretándome los dedos con fuerza.
Sentí el calor de su palma y lejos de apartarme, el pulso se me disparó en una descarga de morbo violento. Le devolví el apretón, sosteniéndole la mirada.
—Vale. Trato hecho —le contesté, dibujando una sonrisa tensa—. Pero con una condición: me vas a contar punto por punto todo lo que habléis. De qué os reís, de qué habláis y qué hace ella.
José soltó una carcajada, soltándome la mano y negando con la cabeza.
—Joder, Hugo... Te fías muy poco de tu chica, ¿verdad?
—De ella me fío —le solté, apretando los dientes con una firmeza impostada—. De quien no me fío un solo pelo es de ti, que te conozco muy bien, José.
José me miró de arriba abajo, disfrutando del veneno que acababa de dejarme en el cuerpo y sin decir una palabra más, se dio la vuelta y echó a andar por el pasillo hacia su despacho, dejándome allí parado, temblando por dentro, con la mano aún caliente por el estrechón y la mente volada imaginando a mi novia sentada a solas en un restaurante frente a él.
Me metí la mano en el bolsillo con los dedos temblando por la adrenalina de la conversación con José. Saqué el teléfono disimuladamente detrás del panel de control de la máquina y le tecleé a Inma un mensaje rápido, tratando de medir su reacción mientras mi cabeza era un hervidero.
Hugo: Toda la fábrica me está dando la enhorabuena por tener a una novia tan guapa y que es tan buena como tú. Parece que soy el tío más envidiado de la nave.
Tardó unos minutos largos en responder, me la imaginaba a ella en su puesto de trabajo, acelerada por la raya de coca que se había metido en el baño.
Finalmente, el móvil vibró en mi palma:
Inma: Jajajajja qué tonto eres. Suerte la mía del novio que tengo. A mí me está pasando exactamente igual, luego hablamos mi vida.
Me quedé mirando sus palabras con una mezcla amarga de alivio y paranoia.
Su respuesta sonaba dulce, cariñosa, la típica reacción de una novia orgullosa de su pareja.
Pero el contexto lo pudría todo. Saber que mientras ella me escribía eso con absoluta soltura, el recuerdo de la noche anterior y la sombra de la comida a solas que le acababa de autorizar a José flotaban en el aire, hacía que cada letra de su mensaje me supiera a un veneno extrañamente adictivo.
Apenas guardé el móvil en el bolsillo, sentí una sombra a mi lado. Era Juanma. Apoyó el hombro en la estructura de la máquina y me miró con una mueca entre la estupefacción y el desconcierto.
—Hostia, Hugo... No tenía ni puta idea de que Inma era tu novia, tío —soltó en voz baja, negando con la cabeza—. Vamos, ni me lo podía imaginar. Menudo bombazo.
—Sí, bueno... gracias, gracias —le respondí de forma automática, sonriendo de lado y haciendo un gesto con la mano para dar el tema por zanjado antes de que empezara con el mismo repertorio de groserías que los demás.
Pero Juanma no se rió. Borrando cualquier rastro de guasa de la cara, y arrugó el entrecejo con una seriedad que me heló la sangre.
—Pero oye... ¿te contó? —preguntó en un susurro cortante.
El corazón me dio un vuelco violento contra las costillas. La boca se me quedó seca en un acto reflejo.
—¿El qué? —dije, tratando de disimular el pánico que me acababa de recorrer el cuerpo—. ¿Contarme el qué?
Juanma miró disimuladamente a ambos lados del pasillo, asegurándose de que nadie lo escuchaba. Luego me clavó los ojos, cargados de un misterio turbio, que me encogió las entrañas.
—Lo que pasó en la comida del Cojo...
Me quedé completamente petrificado. Toda la seguridad impostada que había intentado mantener durante la mañana se desmoronó en un segundo, sustituida por una duda negra y asfixiante que me cortó la respiración.
—¿Qué pasó?