En boca de todos #2
—Ya, bueno, Rodrigo... Tampoco quería ir pregonándolo por ahí desde el principio —le respondí en voz baja, encogiéndome de hombros para quitarle hierro al asunto—. Queríamos llevarlo con tranquilidad para no mezclar las cosas en el trabajo, ya sabes cómo es esto.
Rodrigo suspiró, miró a los lados como asegurándose de que nadie más escuchaba por encima del ruido de la maquinaria y se acercó un poco más a mí, bajando el tono.
—Escúchame una cosa, Hugo... De verdad. Si alguna vez intenté algo con ella, si le tiré los trastos de más o si hice algún comentario fuera de lugar, lo siento.
En serio, te pido perdón de corazón. Es que...
pff, con la tía que es, me costó muchísimo no intentar entrarle, ¿sabes?
Pero no sabía que estaba contigo. Si hice algo que te sentara mal, no era personal.
A partir de ahora la voy a respetar al cien por cien, te lo prometo. No volverá a pasar.
Lo miré fijamente, asintiendo de forma casi mecánica mientras le decía que tranquilo, que no pasaba nada. Pero por dentro la cabeza me empezó a dar vueltas a mil por hora, atrapado en una duda negra que me encogió el estómago.
¿Por qué cojones me está pidiendo perdón con esa cara de culpa?
La incertidumbre me quemaba. Que Rodrigo le hubiera tirado los trastos a Inma era algo que yo ya intuía, pero el nivel de disculpa que me estaba pidiendo no encajaba con una simple broma de pasillo.
Inma me había contado mil tonterías sobre los tíos de la fábrica, pero de Rodrigo nunca me había dicho nada concreto.
¿Acaso le había tirado los trastos de verdad y ella se había reído en su cara sin darle importancia?
¿O es que había pasado algo más entre ellos que ella decidió callarse y no contarme?
La sospecha me carcomía por dentro mientras veía a Rodrigo alejarse de vuelta a su máquina, dejándome otra vez solo con el ruido y la paranoia.
Apenas un par de minutos después de que Rodrigo se perdiera entre los pasillos, un silbido agudo y seco cortó el aire por encima ruido de las máquinas.
Un silbido corto, autoritario. Como el que se le hace a un perro en mitad del campo para que vuelva a la pierna.
Giré la cabeza instintivamente hacia la pasarela superior de la nave.
Allí estaba él. José. Apoyado sobre la barandilla, sosteniendo una carpeta bajo el brazo y mirándome desde arriba.
En cuanto nuestras miradas se cruzaron, levantó la mano y movió únicamente los dedos hacia dentro en un gesto lento, perezoso pero implacable. Ven aquí.
Sentí cómo la saliva se me secaba en la boca.
La jerarquía laboral no era nada comparada con la jerarquía invisible que se había forjado unas horas antes sobre el cuero de su coche y la encimera de mi cocina.
Me limpié las manos pringosas de grasa en el trapo y caminé hacia él, con el estómago encogido en un nudo de morbo y humillación, sabiendo perfectamente de qué me iba a hablar.
Cuando llegué a su altura, José no dijo nada de inmediato. Me miró de arriba abajo con una sonrisita misteriosa, saboreando el poder que ejercía sobre mí, sintiendo que me tenía acorralado.
—Enhorabuena, macho —soltó de pronto, rompiendo el silencio con una voz grave.
Me tragué la tensión e intenté poner cara de póker, haciendo el papel de tonto para no regalarle nada.
—¿Por qué? —pregunté, forzando la voz para que no me temblara.
José soltó una carcajada baja, echando el cuerpo hacia delante para acortar la distancia entre los dos.
—Joder... ¿cómo que por qué? —me dijo, dándome un puñetazo amistoso pero seco en el hombro, un gesto puramente dominante, de macho alfa marcando su territorio—.
Porque te has llevado la puta joya de la corona de esta empresa, tío.
Más buena no puede estar Inma. Enhorabuena de verdad, menuda hembra te has agenciado.
Sentí que la cara me ardía. El puñetazo en el hombro me dolía menos que el hecho de saber lo que ese tipo le había enseñado la polla a mi novia hacia unas horas.
—Es un pibón de los que ya no quedan, Hugo —continuó, inclinándose aún más hacia mí, bajando la voz a un susurro lleno de complicidad, mirándome a los ojos como si compartiéramos un secreto sucio—.
Esa piel, ese cuerpo, esas tetas, ese culo...
Tiene a media nave babeando y con los cojones hinchados, chaval.
No sabes la suerte que tienes de que una mujer así vuelva a tu casa todas las noches.
Sabía que me estaba probando, que estaba disfrutando cada segundo de ver cómo me tragaba el veneno mientras él se recreaba en la figura de mi novia.
Y lo peor de todo era que, debajo de la rabia y del pisotón a mi orgullo, mi polla daba un latido ciego dentro del pantalón de trabajo al recordar a Inma gritando su nombre encima de mí.
José me sostuvo la mirada unos segundos, disfrutando de la tensión que flotaba en el aire. De pronto, dio un paso más hacia mí, apoyó el brazo en la barandilla y ladeó la cabeza con curiosidad.
—¿Y cuánto tiempo lleváis juntos? —preguntó con un tono casi casual, como si fuera una conversación rutinaria de pasillo.
—Seis años —le contesté a secas, intentando sonar firme, marcando el terreno.
A José se le desfiguró la cara por un segundo en una mueca de pura sorpresa. Abrió un poco los ojos, soltó una risita incrédula y negó con la cabeza antes de volver a clavarme la mirada, esta vez con una mezcla de fascinación y burla contenida.
—No me jodas, tío... —dijo, estirando las palabras—. No me digas que, con lo jóvenes que sois, ni tú has probado a otra ni ella ha estado con nadie más.
Le sostuve la mirada y forcé una sonrisa de orgullo, un escudo de papel para proteger lo poco que me quedaba de dignidad frente a él.
—El único amor, José. Nos conocimos de pequeños y surgió el amor, siempre hemos estado el uno para el otro.
José se quedó en silencio un instante. Luego, esa sonrisa pícara, cargada de un morbo sucio y dominante, volvió a dibujársele en la cara. Dio un paso hacia mí, acortando el espacio hasta que sentí la amenaza de su presencia física y soltó una carcajada baja por la nariz.
—Joder... en los tiempos que corren, que todo el mundo se folla a todo el mundo... qué locura —murmuró, pasándose la mano por la barbilla de barba.
Se inclinó ligeramente hacia mi oreja, bajando la voz a un susurro para que la maquinaria de la nave tapara sus palabras y solo yo pudiera escucharlas:
—Qué puta pena, de verdad... —susurró con una voz cavernosa, cargada de una malicia que me traspasó la piel—.
Menudo desperdicio de mujer. Pensar que un pibón como ese, con el cuerpo que gasta y la pinta de perra que tiene, solo haya probado la misma polla toda su vida...
Es para llorar, Hugo. Un cuerpo así está hecho para que lo disfruten a lo grande, no para guardarlo en un cajón.
Sentí que la sangre me ardía las venas. La humillación era brutal, directa, un pisotón absoluto a mi virilidad en mitad de mi puesto de trabajo.
Pero mientras José se erguía de nuevo, mirándome desde arriba con la satisfacción de haberme aplastado el ego, un latido oscuro e involuntario me sacudió entre las piernas.
La rabia de escuchar cómo mi jefe ninguneaba mi historia con Inma se mezcló en un segundo con el recuerdo salvaje de la madrugada anterior, cuando ella, con la cara manchada y montándome en la encimera, gritaba ese mismo nombre.
—José, esa es tu forma de ver la vida, pero Inma y yo pensamos de una manera muy diferente —le dije, forzando un tono que pretendía sonar maduro y superior—.
Para nosotros lo fundamental no es solo el sexo, el sexo es solo un extra.
Lo que de verdad importa es el respeto, el cariño, la lealtad y el proyecto de vida que estamos construyendo juntos para formar una familia.
Nos queremos, nos cuidamos y confiamos el uno en el otro.
José me miró de arriba abajo con una mezcla de desconcierto y lástima, como si estuviera escuchando a un niño pequeño hablar de papá Noel. Soltó una risita por la nariz y me soltó con un desprecio brutal:
—Vamos... traducido al cristiano: que la chavala es una malfollada de manual.
Me cabreó oírlo usar esa palabra, pero antes de que pudiera saltar o ponerme a la defensiva, cambió de tema de un plumazo con un gesto perezoso de la mano.
—Oye, por cierto... ¿lo de la comida de ayer? Uy, es verdad, se me pasó por completo decirte al final a qué restaurante íbamos. Tenías toda la razón en enfadarte, macho.
Me mordí la lengua con tanta fuerza que casi me saco sangre, tragándome la rabia de ver cómo admitía su jugada con absoluta desfachatez.
—A ver, no te lo tomes a mal, Hugo —continuó José, dándome un golpecito condescendiente en la espalda—.
Reconozco que fue un poco encerrona para jugar contigo y picarte un rato, pero no lo volveré a hacer.
Sé perfectamente que ella es tu novia y yo soy tu encargado y como tal me tengo que comportar a partir de ahora, faltaría más. Profesionalidad ante todo.
Hizo una pausa, se pasó la mano por la nuca y miró hacia la nave, justo en dirección a la zona donde estaba Inma. De pronto, dejó escapar un suspiro largo, denso, cargado de una frustración sexual casi dolorosa.
—Aunque, joder... —murmuró con la mirada perdida, tragando saliva mientras hacía un gesto con las manos en el aire, como si estuviera moldeando las curvas de un cuerpo invisible—. Uff... esta Inma...
No dijo la barbaridad entera, pero no hizo falta. El gesto, el tono y la forma en que se le dilataron las pupilas lo dijeron todo: se estaba muriendo por reventarla.