En boca de todos
Hugo
Me pasé lo poco que quedaba hasta que sonó el despertador, mirando las sombras que cruzaban el techo del dormitorio. Inma cayó rendida a los pocos minutos, sumida en un sueño profundo, abrazada a la sábana con esa respiración lenta de quien tiene la conciencia completamente limpia.
Sabía que a las cinco sonaría el despertador para ir a la fábrica, pero el sueño era una causa perdida. Cada vez que cerraba los ojos, el bucle volvía a empezar.
Daba vueltas en la cama, sofocado, sintiendo cómo las sábanas se me pegaban a la piel todavía impregnada del sudor y el olor del sexo.
No podía dejar de pensar en lo que acababa de pasar.
El choque del metal, la humedad, su cuerpo trotándome encima con una violencia que nunca le había visto...
pero, sobre todo, ese maldito nombre flotando en el aire.
«José... fóllame más duro».
El mero recuerdo me provocaba un escalofrío.
Me negaba admitir la verdad: no me había enfadado.
Me había puesto duro como una piedra. La humillación de escuchar a mi novia gimiendo el nombre de mi encargado, de saber que se estaba imaginando a ese tipo sobre ella mientras me usaba a mí como un mero instrumento, me había desatado una excitación oscura, perversa, un morbo tan primitivo que me daba verdadero pánico reconocerlo.
Escuché a Inma suspirar entre sueños, cambiando de postura. Se giró hacia mi lado y dejó caer una pierna desnuda sobre las mías. Sentí el contacto de su piel, su calor y no pude evitar fijarme en la curva de sus caderas en la oscuridad.
Me llevé las manos a los ojos. Estaba atrapado en una espiral destructiva.
Sabía que Inma me quería a mí, me lo había jurado a la cara y me había dejado claro que José no era más que un viejo patético con un cuerpo imponente.
Pero la idea de tener que levantarme en una hora, vestirme, subirme al coche e ir a trabajar bajo las órdenes del hombre con el que nos habíamos corrido mentalmente toda la noche me tenía desquiciado.
El tictac del reloj avanzaba implacable hacia las cinco. Y yo seguía ahí, en la penumbra, duro por la humillación, aterrado por el día que se me venía encima y completamente enganchado al veneno que Inma me había hecho tragar.
A las cinco en punto, el estridente pitido del despertador cortó el silencio de la habitación como un hachazo.
Inma soltó un gemido ahogado, sepultó la cara en la almohada y se pegó a las sábanas.
Ella apenas había dormido una hora, lo cual, irónicamente, ya era mucho más de lo que yo había conseguido pegar ojo en toda la maldita noche.
Su cuerpo clamaba por quedarse allí, tumbado en la penumbra, recuperándose del desgaste físico y de la borrachera de emociones.
Yo, en cambio, me levanté de golpe. Fue una reacción visceral, casi un acto de supervivencia para no seguir hundido en esa cama. Necesitaba aire. Necesitaba moverme antes de que la cabeza me terminara de estallar.
—Oye, levántate... que se nos hace tarde —le dije con la voz ronca, dándole unas palmaditas mecánicas en la cadera mientras me vestía a toda prisa con la ropa de trabajo.
Ella apenas murmuró algo ininteligible entre las sábanas, pidiéndome cinco minutos más. No la esperé. Le dejé un beso rápido e impersonal en la frente y salí de la casa mientras ella empezaba a desperezarse a regañadientes, dejándola atrás arreglándose frente al espejo.
El frío de las cinco y media de la mañana me golpeó de lleno al salir a la calle.
Me subí al coche solo, encendí el motor y me incorporé a la carretera en dirección a la fábrica.
El trayecto transcurrió en un silencio absoluto, interrumpido únicamente por el zumbido de las ruedas contra el asfalto mojado por el rocío.
Mientras veía los picos de las naves industriales recortarse contra el cielo plomizo del amanecer, el estómago se me encogía en un nudo apretado.
En cuestión de minutos estaría fichando en el turno de mañana, compartiendo espacio con los demás operarios y sobre todo, esperando el momento inevitable en que la silueta de José cruzara la puerta de la nave para empezar la jornada.
El día comenzó con la monotonía habitual, caminé hasta mi puesto de trabajo, me encajé los tapones de los oídos y me puse al frente de mi máquina.
Todavía no había visto a Inma por ningún lado.
A mi alrededor veía a varios compañeros agrupados cerca de la máquina de café, comentando entre risas los detalles de la comida de ayer.
No tenía la más mínima gana de hablar con nadie, ni de poner cara de circunstancias, ni mucho menos de escuchar opiniones sobre la noche de ayer cuando la cabeza me estaba retumbando por dentro.
Llevaba cerca de una hora de turno cuando sentí la vibración del móvil en el bolsillo del pantalón de trabajo. Lo saqué con disimulo entre la maquinaria y vi que era un mensaje de WhatsApp de Inma.
Inma: Oye, Álex me ha dado un poco de coca y me he metido una raya en el baño. No aguantaba más, te lo juro, me estaba muriendo de sueño y no podía ni mantener los ojos abiertos.
Se me revolvió el estómago. Sentí rabia al leer las letras en la pantalla. Tecleé una respuesta rápida y tajante, sin cortarme un pelo:
Hugo: ¿Pero qué cojones haces, Inma? No me gusta nada que te drogues, y menos en el trabajo. Si tienes sueño te tomas dos cafés seguidos o lo que haga falta, pero ¿qué imagen vas a dar si alguien te ve o nota algo raro? Eres nueva, joder, no puedes ir drogada por la fábrica.
Tardó apenas un minuto en responder. Un mensaje seco, casi indiferente, que dejaba claro que le importaba bien poco mi sermón:
Inma: Lo necesitaba, Hugo. Estaba zombi y no me daba la vida para aguantar el turno. No me rayes, que sé lo que hago.
Me quedé mirando la pantalla unos segundos.
Me daba una rabia brutal que recurriera a eso y la falta de control sobre la situación me encendía aún más.
Pero estaba cansado, la cabeza no me daba para tener otra discusión a primera hora de la mañana y no quería montar un espectáculo en mitad del turno.
Terminé guardándome el móvil en el bolsillo, tragándome el cabreo y dejándolo pasar, aunque por dentro la idea de que anduviera por la fábrica metiéndose rayas con Álex me dejaba un cuerpo raro.
Apenas unos minutos después de guardar el móvil, volvió a vibrar dentro de mi bolsillo. Lo saqué de reojo, esperando otra excusa, pero lo que leí me dejó completamente helado.
Inma: José se lo ha dicho a todos. Todo el mundo en la fábrica sabe ya que somos pareja.
Me quedé clavado junto a la máquina, con una mueca de absoluta sorpresa.
Tardé un par de segundos en procesarlo, pero en cuanto la cabeza me empezó a funcionar, me di cuenta de que era de cajón.
Era una jugada evidente. Claro que ese cabrón lo iba a contar, después de lo del restaurante, del garaje y de la tensión que se respiraba, lo último que iba a hacer José era guardarnos el secreto.
Estaba marcando terreno a su manera, exponiéndonos ante toda la plantilla para mover sus fichas.
Ni siquiera tuve tiempo de asimilar la jugada cuando, al levantar la mirada del teléfono, vi a Antonio caminando hacia mi puesto.
Venia con esa sonrisita socarrona y curiosa de quien acaba de enterarse del chisme del día en la máquina de café. Se iba abriendo paso entre el ruido de los motores, mirándome de arriba abajo con las manos metidas en los bolsillos.
Antonio llegó hasta mi máquina, se frenó en seco frente a mí y me arreó una palmada fuerte en la espalda que retumbó por encima del ruido de los motores.
—¡Serás hijo de puta! —me soltó a grito pelado, riéndose con ganas—. ¡Pero si al final te estás follando a la culona!
Solté una carcajada falsa, poniéndome las manos en las caderas para seguirle la corriente y no levantar sospechas.
—Bueno, bueno... tampoco lo vayas pregonando por la nave, cabrón —le contesté guiñándole un ojo, tratando de sonar todo lo confiado y chulo que podía.
—¡Si es que no hay quien te entienda, macho!
—siguió Antonio, bajando un poco la voz pero con los ojos salidos de las órbitas por el cotilleo—.
Todos los días haciéndote el sueco y resulta que la tienes metida en tu cama.
Vaya pedazo de perro estás hecho. Menudo culo gasta la tía, vas a dejarte los riñones ahí metido.
—Hay cosas que es mejor llevar con discreción, Antonio —me reí, dándole un empujoncito en el hombro mientras me aguantaba el nudo que se me estaba formando en el estómago—. Además, para lo que hay que ver por aquí, no me puedo quejar.
—¿Quejarte? ¡Pero si ese pibón te va a secar la médula, desgraciado! —exclamó volviendo a reírse—. Con razón tenías esa cara de dormido esta mañana... Te ha dejado finas las piernas, ¿eh? Oye, pues enhorabuena, campeón. Te has pillado al mejor jamón de toda la fábrica.
—A ver cuánto me dura el fuelle —le dije siguiéndole la broma con una sonrisa amarga, sintiendo cómo el estómago se me retorcía al pensar que toda la nave estaba hablando de mi novia mientras ella andaba drogada por la fábrica.
En cuanto Antonio se alejó, vi aparecer a Rodrigo por el pasillo. Venía con paso serio, con una cara de circunstancia bastante más pesada que las bromas de Antonio. Se paró a mi lado, se cruzó de brazos y me miró negando con la cabeza.
—Joder, tío... No tenía ni puta idea de que Inma era tu novia —me soltó con un tono de reproche evidente—. A ver, esas cosas se dicen entre amigos, Hugo. Yo te consideraba un buen amigo aquí dentro y me lo tenías que haber dicho desde el primer día, joder. Me he enterado por la peña en el descanso.
«Sí, claro, superamigos...», pensé por dentro, tragándome la bilis mientras ponía cara de circunstancias.
«Menudo amigo estás tú hecho, que ayer en la comida no tuviste los cojones de decirme dónde ibais a comer con José y los demás, dejándome marginado como a un perro.
Y ahora vienes a darme lecciones de amistad».