EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE Mucho más grande #4
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Mucho más grande #4

—Y yo a ti, mi amor... —contestó ella con una sonrisa suave, pasándome los dedos por la nuca mientras me devolvía el beso.

Me quedé mirándola unos segundos, acariciándole la mejilla impregnada, mientras una tormenta de pensamientos encontrados se asentaba en mi cabeza.

El morbo salvaje y la adrenalina del momento empezaban a ceder el paso a una extraña calma, mezclada con dudas profundas que no sabía muy bien cómo encajar.

—Inma... escúchame un momento —le dije, retirándole con delicadeza un mechón de pelo pegado a la mejilla, donde aún brillaba mi semen—. Esto... lo que acaba de pasar aquí en la cocina... ha sido un juego, ¿vale? Solo un juego nuestro.

Ella me miró desde abajo, parpadeando despacio, con esa expresión serena y perezosa que ponía después de correrse.

—Claro que ha sido un juego, tonto —asintió con suavidad, rozándome el muslo con los dedos—.

He notado perfectamente cómo estabas disfrutando desde el primer segundo...

por eso le metí más leña al fuego y te dije todo eso.

Sabía que te estaba poniendo como una moto, pero obvio que es solo un juego entre nosotros.

Tragué saliva, sintiendo que el peso de la realidad volvía a caer sobre mis hombros a medida que el morbo se enfriaba en la piel.

—Sí, a ver... no te voy a negar que me ha excitado muchísimo —admití en un hilo de voz, fijando la vista en el suelo antes de volver a mirarla—. Pero esto no se lo podemos contar a nadie. Nadie en la fábrica puede llegar a saber jamás que hemos follado haciéndome pasar por José.

Inma soltó una risita entre sorprendida y burlona.

—¿Pero qué te piensas, Hugo? ¿Que voy a ir mañana a contárselo a José o qué? —me soltó con un tono irónico.

—No, no... no es eso, joder —interrumpí rápidamente, poniéndome un poco nervioso—.

Ya sé que no se lo vas a decir a él. Es solo que...

es algo muy raro, ¿sabes? Un terreno peligroso.

Y no quiero que nadie se entere de que me ha gustado que me llamaras por el nombre de otro hombre mientras te follaba.

Inma se inclinó hacia mi oído, rozándome la oreja con sus labios húmedos y me corrigió en un susurro cargado de una malicia helada:

—Por el nombre de otro no, mi amor... Por el nombre de tu encargado.

—Escúchame muy bien, Inma, porque quiero que esto te quede grabado a fuego —le dije con un tono firme, sin un solo rastro de la risa de antes—.

Que me haya excitado el morbo de la situación, la adrenalina de la mentira y el juego sucio del nombre, no significa absolutamente nada más.

No significa que me ponga la idea de que te acuestes con él, ni con él ni con ningún otro tío de este mundo.

Que no se te pase por la cabeza ni por un segundo confundir las cosas.

Hice una pausa, apretándole los pómulos con suavidad para que no desviara la mirada.

—Yo te quiero con locura. Eres la mujer de mi vida y te lo he demostrado siempre, pero hay una línea roja que no voy a tolerar bajo ningún concepto.

Una cosa es que entre nosotros dos, entre cuatro paredes, juguemos a las barbaridades que nos dé la gana para ponernos cachondos y romper la rutina...

y otra muy distinta es la realidad. A mí la mínima falta de respeto de verdad, el mínimo coqueteo real o una sola mirada de más a mis espaldas, me destruye.

Nunca, Inma, escúchame bien: nunca en la puta vida te perdonaría una infidelidad.

Si me traicionas de verdad, si cruzas esa puerta y dejas que otro te toque fuera de nuestra cama, te juro que nos destruimos los dos.

Para mí te habrás muerto ese mismo instante.

Inma me sostuvo la mirada con una calma escalofriante, dejando que mis palabras retumbaran en el silencio de la cocina mientras sentía el peso de su dominio sobre mí.

Me colocó la mano sobre el pecho, sintiendo los latidos acelerados de mi corazón.

—Lo sé, Hugo. Sé perfectamente cómo piensas y lo mucho que valoras la lealtad —me dijo con una voz dulce—.

Y si hay algo que a mí me caracteriza por encima de todo, es la fidelidad.

Jamás se me pasaría por la cabeza hacerte una mierda así, porque te quiero y porque me destrozaría el alma hacerte daño.

Se inclinó ligeramente para rozar sus labios con los míos antes de continuar, mirándome directo a las pupilas.

—Si algún día me pasara lo impensable, si sintiera que las cosas entre nosotros se apagan o que me empieza a atraer otro chico de verdad, no me escondería.

Sería honesta contigo, me sentaría a tu lado, te lo contaría todo y le pondríamos fin a la relación antes de faltarte al respeto.

Nunca te sería infiel a tus espaldas, Hugo.

Hacer una traición así no solo te destruye a ti, sino que me dejaría a mí a la altura del barro como persona y me sentiría la peor basura del mundo. Las cobardías no van conmigo.

Hizo una breve pausa, acariciándome la mejilla con el pulgar para matizar sus palabras con el mismo rigor hacia mi lado.

—Y exactamente lo mismo espero de ti, que lo tengas clarísimo.

Si algún día se te ocurre ponerme los cuernos, en ese mismo instante me has perdido para siempre.

Quedas infinitamente mejor como hombre si, antes de dar un paso en falso con cualquiera, vienes y me explicas que estás sintiendo cosas por otra persona o que hay algo que ya no encuentras en mí.

Las cosas se hablan de frente y a la cara, antes de que sea demasiado tarde y no haya marcha atrás.

La escuché en silencio, completamente cautivado por la madurez de su discurso, sintiendo una ola de alivio reconfortante al comprobar, una vez más, la clase de mujer "transparente y leal" que tenía a mi lado.

Se levantó del suelo con agilidad. Se pasó una mano por el muslo para limpiarse un resto de humedad y me dedicó esa sonrisa felina que siempre presagiaba una última provocación.

—Voy a ducharme, que estoy hecha un auténtico desastre —dijo, guiñándome un ojo con una complicidad absoluta mientras caminaba hacia el pasillo.

Se detuvo bajo el marco de la puerta, se giró despacio y apoyó una mano en la cadera, mirándome desde arriba mientras yo seguía sentado en el suelo de la cocina.

—Y una cosa te digo, Hugo... Si José fuera el único ser humano que quedara sobre la faz de la Tierra... no me lo tiraría.

No pude evitar que se me escapara una sonrisa de alivio, sintiendo cómo esas palabras me acariciaban el ego justo después de la charla tan seria que habíamos tenido.

—A ver, las cosas como son —añadió ella con tono casual, alzando los hombros como quien analiza un cuadro en un museo— aunque el tío tenga un cuerpazo de infarto, no deja de ser un viejo. Está casado, tiene hijos y es un golfo de mierda. Vamos, un cromo completo.

Hizo una pausa dramática, sosteniéndome la mirada con un morbo helado justo antes de darse la vuelta.

—Sinceramente, lo único bueno que tiene ese cabrón es la polla y los abdominales.

Y sin añadir una sola palabra más, soltó una risita baja que retumbó en el pasillo y se metió en el cuarto de baño, dejándome allí solo, en penumbra, con el pulso desbocado y la cabeza hecha un auténtico caos.

Me quedé ahí tirado en el suelo frío de la cocina, en silencio, escuchando cómo el agua de la ducha empezaba a caer.

Las palabras de Inma flotaban en la penumbra.

Por un lado, una parte de mí sentía un alivio brutal.

Me lo había dicho a la cara, con esa seguridad que me dejaba claro que jamás me traicionaría.

Inma era incapaz de poner los cuernos, me quería a mí, estaba conmigo y José no era más que un viejo patético, un golfo casado al que despreciaba.

En ese sentido, la historia encajaba, la confianza estaba a salvo.

Pero lo otro... lo otro me había atravesado por dentro como un estilete.

«Lo único bueno que tiene ese cabrón es la polla».

El eco de esa frase me estaba machacando las entrañas. Saber con absoluta certeza que ese tipo la tenía más grande que yo —mucho más grande, como ella misma me había susurrado segundos— me dejaba completamente hecho polvo. Me sentía poca cosa para Inma y un poco humillado.

Me miré entre las piernas, todavía blando y sucio.

¿En qué momento mi novia, la chica discreta y dulce con la que llevaba seis años, había aprendido a comparar penes con semejante crueldad?

La imagen mental de José desabrochándose el pantalón en el garaje, mostrándole un pollón mientras ella lo miraba, me producía un escalofrío de rabia...

y, para mi propia desgracia, una punzada de excitación involuntaria que me daba asco admitir.

Él tenía el poder, el dinero, el puesto en la fábrica y encima, un tamaño irreal.

Yo tenía a Inma, sí... pero sabía que cada vez que la fuera a follar a partir de hoy, la sombra de la polla de José rondaría por su cabeza y la puñetera frase de que «era lo único bueno que tenía» me iban a perseguir.

Me pasé las manos por la cara, estregándome los ojos con fuerza, atrapado en una red de inseguridad y deseo oscuro de la que ya no tenía ni idea de cómo salir.