Mucho más grande #3
Nunca la había visto tan mojada. Los labios hinchados, brillantes, y un hilo de humedad que le bajaba hacia el culo. El olor me subió directo a la cabeza. Claramente esta noche la había dejado hecha un desastre de cachonda… y yo sabía perfectamente por qué.
Acerqué la boca y le pasé la lengua de abajo arriba, lenta, ancha, saboreándola entera. Ella soltó un gemido largo y se le escapó un temblor en los muslos.
Empecé a comérselo de verdad.
Chupé sus labios uno por uno, los abrí con la lengua y me centré en el clítoris, dándole lengüetazos cortos y rápidos mientras metía dos dedos dentro de ella.
Estaba tan húmeda que los dedos entraron sin ninguna resistencia.
El sonido era obsceno, chapoteante. Cada vez que chupaba más fuerte, ella empujaba las caderas hacia mi cara y se le escapaban gemidos más altos.
Pensé, mientras la lengua se me llenaba de su sabor: nunca se lo había comido estando tan cachonda.
Nunca la había sentido así de abierta, así de mojada, así de entregada.
Esta noche había sido demasiado. Demasiado morbo, demasiada humillación, demasiada adrenalina…
y ahora todo eso se estaba derramando en mi boca.
Seguí comiéndoselo sin prisa, chupando, lamiendo, follándola con los dedos mientras ella me agarraba del pelo y abría más las piernas para que llegara todavía más adentro.
Inma arqueó la espalda y gritó, con la voz rota de placer:
—¡Fóllame!
Sonreí.
La agarré por debajo de los muslos, la levanté del sofá de un tirón y me la llevé en brazos hasta la cocina. Ella se aferró a mi cuello, todavía jadeando, mientras yo la dejaba sentada encima de la encimera fría.
Le aparté las piernas de golpe, abriéndoselas todo lo que pude. El tanga seguía ladeado. Saqué la polla, ya dura y pesada y me coloqué entre sus muslos.
La miré a los ojos un segundo y se la metí de un solo empujón hasta el fondo.
Ella soltó un gemido largo y se agarró a mis hombros.
Empecé a follarla ahí mismo.
Yo de pie, ella sentada en la encimera con las piernas abiertas a ambos lados de mi cintura.
Cada vez que empujaba hacia delante, sus nalgas se golpeaban contra el borde de la piedra y su coño me tragaba entero.
La tenía tan mojada que entraba y salía con un sonido húmedo y obsceno que llenaba la cocina.
La agarré de las caderas con fuerza y aceleré. Embestidas profundas, secas, clavándomela hasta el fondo cada vez. Ella echó la cabeza hacia atrás, apoyando las manos detrás del cuerpo sobre la encimera para no caerse y abrió más las piernas para que pudiera entrar todavía más hondo.
La follaba mirándola a la cara. Veía cómo se le movían los pechos con cada embestida, cómo se le escapaban gemidos cada vez que le llegaba al fondo, cómo apretaba el coño alrededor de mi polla cada vez que yo tiraba hacia atrás.
El choque de mis caderas contra el interior de sus muslos sonaba rítmico, pesado.
La encimera crujía ligeramente bajo su peso.
Yo no paraba. La usaba ahí, de pie, clavándome en ella una y otra vez mientras ella me miraba con la boca abierta y los ojos entornados, dejándose follar sin ninguna resistencia.
Inma me agarró de la barbilla con una mano, obligándome a mirarla a los ojos mientras yo seguía dentro de ella.
—José… —dijo despacio, con una sonrisa maliciosa.
Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Estaba probándome. Quería ver mi reacción.
Antes de que pudiera decir nada, volvió a hablar, esta vez más alto, mirándome fijamente:
—José… fóllame más duro.
Me salió una sonrisa.
Esa cabrona estaba jugando. Estaba imaginando que era él quien la estaba follando… y lo estaba diciendo en mi cara a propósito.
En vez de parar o enfadarme, apreté más fuerte sus caderas y aumenté las embestidas. Empecé a follarla más duro, más profundo, haciendo que el choque de mi pelvis contra ella sonara más seco y violento.
Inma soltó un gemido largo y me arañó la espalda con las dos manos, clavándome las uñas. Se pegó a mi oído, jadeando y me susurró con la voz cargada de morbo:
—Sabía que te iba a gustar… sabía que si te decía su nombre te ibas a poner todavía más duro.
Me clavó más las uñas y volvió a mirarme a los ojos, con esa sonrisa de puta que tanto me enciende.
—Fóllame más duro, José… —gimió, más alto esta vez—. Como mi novio nunca ha sabido follarme.
La miré fijamente y le di exactamente lo que pedía.
La empecé a follar con más fuerza, casi con rabia, clavándomela hasta el fondo una y otra vez mientras ella seguía gimiendo el nombre de otro hombre en mi oído.
Mientras ella me miraba a los ojos y seguía gimiendo el nombre de José, algo dentro de mí se retorció.
Me estaba humillando. Estaba usando a mi encargado para machacarme la cabeza… y aun así me estaba poniendo más duro que nunca. Cada vez que decía su nombre, mi polla daba un latido dentro de ella. Odiaba lo mucho que me gustaba.
La levanté un segundo, me subí yo a la encimera y me senté con la espalda apoyada en los armarios. Inma no dudó. Se subió encima de mí a horcajadas, se agarró con las dos manos a dos tiradores de los cajones de arriba y empezó a trotarme.
No fue suave.
Empezó a saltar encima de mi polla con una violencia que nunca le había visto.
Subía hasta casi sacármela y se dejaba caer de golpe, clavándosela hasta el fondo una y otra vez.
El choque de su culo contra mis muslos sonaba fuerte.
Se impulsaba con los brazos, usando los cajones como apoyo y cada bajada era más brusca que la anterior.
Sin saber por qué, le susurré contra su pecho:
—Es lo que tiene cuando follas con niños que no saben follar…
Inma se rio por lo bajo, sin parar de saltar y de repente me escupió en la cara.
El escupitajo me resbaló por la mejilla. En vez de enfadarme, se me puso todavía más dura.
Ella siguió trotándome con fuerza, mirándome desde arriba con una sonrisa y me susurró entre jadeos:
—Eso es verdad, José… mi novio aún no sabe follar. Tienes que enseñarlo tú.
La conversación me estaba volviendo loco.
Cada palabra suya me calentaba más. Mientras ella saltaba encima de mí, le agarré los pechos con las dos manos y me los llevé a la boca.
Empecé a chuparle los pezones, uno y otro, mordisqueándolos mientras ella gemía más fuerte y seguía rebotando sobre mi polla.
Inma también lo estaba disfrutando. Se le notaba en la cara, en la forma en que apretaba el coño cada vez que bajaba, en los gemidos rotos que se le escapaban.
Seguía saltando, agarrada a los cajones, follándome con esa violencia nueva, usando el nombre de José para destrozarme…
y yo se lo dejaba hacer, chupándole las tetas mientras ella me usaba.
No sé por qué lo hice.
Había perdido el control por completo. La humillación de oírla llamarme José, de sentirla montarme mientras hablaba de él, me había roto algo por dentro… y al mismo tiempo me tenía más duro que nunca.
Mientras ella seguía saltando encima de mí, agarrada a los cajones, le miré a los ojos y le pregunté, con la voz ronca y casi rota:
—¿La tiene más grande que yo?
Inma me sostuvo la mirada. Se rio en mi cara. Una risa cruel, de pura malicia. Y asintió con la cabeza.
Después se inclinó hacia mi oído y para hacerme más daño, me susurró:
—Mucho más grande que la tuya…
Fue decirme eso y algo dentro de mí se rompió del todo.
Sin pensarlo, sin haberlo hecho nunca antes, le clavé un dedo en el culo.
Inma pegó un grito fuerte, agudo, de puro placer. La cara se le transformó. Se le cerraron los ojos de golpe, abrió la boca y soltó un gemido largo y descontrolado. Seguí metiéndole el dedo mientras ella subía y bajaba sobre mi polla, ahora todavía más violenta, más desesperada.
No tardó ni cinco segundos.
Sentí cómo su coño se contraía alrededor de mi polla con fuerza, una y otra vez, en oleadas potentes. Se corría. Se le escapaban gemidos rotos mientras el orgasmo la sacudía entero el cuerpo, apretándome por dentro con una intensidad que casi me hace correrme a mí también.
Seguía montándome, todavía con el orgasmo encima, mientras yo le tenía el dedo metido en el culo y ella gemía sin poder controlarse.
La levanté de la encimera de un tirón.
Inma se dejó hacer. La bajé al suelo y la puse de rodillas en medio de la cocina, sobre el suelo frío. Se quedó mirándome desde abajo, con la boca entreabierta, la respiración todavía agitada por el orgasmo y el pelo pegado a la cara.
Me agarré la polla, todavía empapada de ella y me empecé a masturbar rápido delante de su cara.
Inma levantó la vista, me miró a los ojos y con una sonrisa dijo claro y despacio:
—José… córrete en mi cara.
Fue oír su nombre otra vez y se me fue la cabeza.
Empecé a correrme con violencia.
El primer chorro le salió con tanta fuerza que le pegó directamente en la mejilla y le subió hasta el ojo.
Seguía masturbándome con rabia mientras más tiras calientes y espesas le cruzaban la cara: en la frente, en la nariz, en los labios abiertos.
Ella no se apartó. Se quedó quieta, recibiendo todo y se rio.
Una risa baja, excitada, de puta satisfecha, mientras el semen le resbalaba por la cara y yo seguía vaciándome encima de ella, temblando, soltando los últimos chorros contra su boca abierta.
Incliné el cuerpo hacia delante y me senté junto a ella en el suelo frío de la cocina. Deslicé los brazos alrededor de sus hombros y la atraje con fuerza hacia mi, sintiendo el calor de su piel y la viscosidad del semen que aún le resbalaba por la cara y el cuello.
Apoyé la barbilla en su cabeza y la apreté contra mí, rodeados por el silencio de la madrugada y el sonido pesado de nuestras respiraciones volviendo a su sitio.
Deslicé la mano hasta su barbilla, le levanté el rostro despacio y le di un beso profundo en los labios, saboreando el contraste entre la sal de mi propio pringue y el calor de su boca.
—Te quiero, Inma... —le susurré contra la piel, buscando en sus ojos una respuesta que afianzara todo lo que acababa de pasar.