EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE Mucho más grande #2
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Mucho más grande #2

No pudo disimularlo, la cara de Inma era un poema.

Una chispa de pura euforia le cruzó las pupilas, seguida de una expresión donde se mezclaban el morbo más absoluto, la sorpresa y una satisfacción maquiavélica al ver que su juego había dado en el blanco.

Se le dibujó una sonrisa contenida en las comisuras de los labios, de esas que revelan que acaba de salirse con la suya y que ha descubierto mi lado más oscuro.

Le devolví una sonrisa de complicidad, rendido ante la evidencia.

—Lo sabía... —murmuró ella con una vocecita provocadora, inclinándose hacia mí—. Por eso te cogí la mano debajo de la mesa en el restaurante, Hugo. Te conozco demasiado bien y sabía perfectamente que te estabas poniendo cachondo perdido viéndolo pegado a mí.

Solté una risa floja, negando con la cabeza mientras le apartaba un mechón de pelo de la cara.

—A veces creo que me conoces más tú a mí que yo a mí mismo —reconocí en un susurro, mirando al suelo un segundo antes de volver a buscar sus ojos—.

Te juro que me ha costado horas darme cuenta...

y aceptarlo. No sé muy bien por qué cojones me gustó, ni qué dice eso de mí, pero me puso enfermo de morbo verte con él.

Inma se acercó aún más, acortando el último milímetro que nos separaba. Me rodeó el cuello con los brazos, pegó su frente a la mía y sentí su aliento caliente rozándome los labios.

—Te quiero, Hugo... —me susurró con una ternura casi hipnótica.

—Y yo a ti más, mi vida —le contesté, apretándola por la cintura.

Dudé un segundo. La pregunta me quemaba por dentro, pero necesitaba saber hasta qué punto la había afectado a ella. Quería preguntarle si todo lo que había pasado en ese coche le había dejado alguna huella, si realmente lo había pasado mal o si el trago le había resultado insoportable.

—Oye... sólo quiero saber una cosa —le dije cambiando el tono a uno más protector, mirándola con preocupación sincera—.

Lo de lamerle los abdominales... o haber tenido que ver cómo se la machacaba delante de ti...

¿de verdad lo pasaste muy mal? Quiero decir...

¿te ha dejado mal cuerpo, te ha traumatizado de alguna forma haber tenido que pasar por eso?

Inma me sostuvo la mirada con una serenidad pasmosa, disfrutando en secreto de tenerme bailando exactamente en la palma de su mano. Se quedo acariciándome suavemente la nuca mientras sopesaba las palabras exactas.

—A ver, Hugo... —empezó a decir con un tono sereno, casi pausado, buscando las palabras con una madurez calculada—.

Trauma, lo que se dice trauma, no me ha quedado.

Obviamente en el momento fue una situación jodida y muy surrealista, pero soy más fuerte de lo que te piensas.

Para mí ese tío no significa absolutamente nada, es un cero a la izquierda.

Lo que pasó en ese coche fue solo un trámite, un peaje que tuve que pagar para sacármelo de encima.

No voy a dejar que un imbécil así me condicione la vida o me deje secuelas.

Para mí ya es agua pasada, te lo prometo.

Solté un largo suspiro de alivio y dejé escapar una sonrisa, sintiendo cómo la tensión acumulada en el pecho se disipaba del todo. Para terminar de romper el hielo y verla sonreír, decidí tirarle de la lengua con un par de bromas.

—Bueno, viéndolo por el lado positivo... —dije guiñándole un ojo con guasa— con la tabla de planchar que tiene por abdomen el cabrón, si a mí me acorrala en el garaje y me dice que se los lama, hasta yo me lo pienso y le meto un par de lengüetazos.

Inma soltó una carcajada, dándome un manotazo cariñoso en el pecho.

—¡Serás tonto! —se rió, negando con la cabeza—. Qué imbecilidades dices, de verdad.

—Oye, pero hablando en serio... —continuó ella, mirándome con una sonrisita pillina que le iluminaba la cara—... si te digo la verdad, la parte de lamerle el abdomen... sí que la disfruté un poco. Tenía la piel superdura, no te voy a mentir.

Puse una cara de falso drama, arrugando la frente y llevándome la mano al corazón como si me hubiera apuñalado, exagerando el gesto al máximo para hacerla reír.

—¡Ala! ¡Lo que me ha dicho! —exclamé haciéndome el indignado—. Mañana mismo me cancelo la suscripción al gimnasio y me pongo a hacer quinientos abdominales al día en la alfombra del salón. En tres semanas vas a poder rallar queso en mi tripa, te lo juro.

—¡Que sí, mi amor, que tú estás muchísimo más bueno! —se mofó ella entre risas, abrazándome por el cuello y dándome un beso en la mejilla—. Eres tontísimo... Te quiero.

—Y yo a ti —le contesté, devolviéndole el abrazo antes de volver a ponerme un poco más serio—. Vale, pero... ¿y lo otro?

Hice el gesto de la paja con la mano en el aire, mirándola fijamente para saber su respuesta real.

—Pues... ahí sí que me sentí superviolenta, Hugo —admitió, recuperando un tono más apagado y medido—.

Tenía un miedo real de que el tío se fuera arriba y terminara violándome allí mismo.

Afortunadamente no me tocó, solo se la sacó, se la hizo en dos segundos y se acabó.

Me dio un asco terrible, no lo disfruté para nada...

pero bueno, que no voy a tener pesadillas con eso, de verdad. Todo bajo control.

Le cogí la mano con fuerza, entrelazando mis dedos con los suyos. Mirarla a los ojos después de todo lo que me había contado me provocaba un vértigo enorme.

—Si te hubiera pasado algo ahí dentro... si ese cabrón hubiera ido a más y te hubiera hecho verdadero daño, no me lo hubiera podido perdonar jamás. No habría sido capaz de vivir con la culpa de haberme ido del restaurante y haberte dejado sola con él.

Inma me miró con una ternura casi hipnótica. Me acarició la mejilla con el dorso de la mano, deslizando sus dedos con una suavidad que me apaciguó el alma al instante.

—Escúchame una cosa, Hugo —me dijo con un tono firme, sereno, buscando clavarme la mirada para que cada palabra se me grabara a fuego—.

Si me hubiera pasado algo peor, no habría sido tu culpa en absoluto.

No puedes cargarte a la espalda la responsabilidad de lo que haga un demente.

Si mañana salgo a la calle sola a comprar el pan y a un desequilibrado se le va la cabeza y me ataca o me viola...

¿también vas a decir que es culpa tuya por no haber estado a mi lado las veinticuatro horas?

Hizo una pausa pequeña, sonriéndome con dulzura para amortiguar el peso de sus palabras.

—Tú no tienes la culpa de que a la gente se le vaya la pinza ni de que haya cerdos por ahí sueltos. Lo único que me importa es que estoy aquí contigo, sana y salva y que me cuidas como nadie. Así que quítate esa piedra del pecho de una vez, ¿vale?

Escucharla hablar con esa seguridad me dio un alivio brutal. Era como si un peso enorme se me desprendiera de la espalda de golpe. Ver que ella no me culpaba, que lo tenía tan asimilado y que encima sacaba fuerzas para tranquilizarme a mí, me hizo sentir increíblemente afortunado de tenerla.

La apreté fuerte contra mi pecho, respirando el olor de su pelo, completamente convencido de que tenía a mi lado a la mujer más madura e increíble del mundo.

Nos quedamos abrazados un rato en silencio. El salón estaba en penumbra, solo iluminado por la luz de la cocina. Yo seguía con la cabeza apoyada en su hombro, acariciándole la espalda despacio, sintiendo cómo su respiración se calmaba poco a poco.

De pronto, Inma se separó de mí con suavidad.

Se levantó del sofá.

Me quedé mirándola desde abajo. Ella me sostuvo la mirada un segundo y sin decir nada, se agarró el dobladillo del vestido.

Empezó a subírselo despacio, muy despacio, dejando al descubierto primero los muslos, después las caderas y el tanga negro que le marcaba el coño.

Siguió subiendo la tela hasta pasársela por encima de la cabeza y la dejó caer al suelo.

Se quedó delante de mí completamente en tetas, solo con el tanga negro. Los pezones se le habían endurecido con el aire fresco del salón. Me miró desde arriba, con una sonrisa lenta, casi tímida y me preguntó con la voz suave:

—¿Vamos a dormir?

Me levanté de un impulso.

No respondí con palabras. La agarré de la nuca con las dos manos y le comí la boca. La besé con hambre, profundo, metiéndole la lengua, sintiendo cómo ella se aferraba a mis hombros y respondía con la misma intensidad. El contacto de su pecho desnudo contra mi camisa me aceleró el pulso de golpe.

Yo estaba duro como una piedra y ella lo sabía. Se me notaba en la respiración, en la forma en que la apretaba contra mí. Y a ella también se le notaba, los pezones duros y esa sonrisa perezosa de quien está deseando que pase algo más.

Le susurré al oído, rozándole el lóbulo con los labios:

—No hemos hablado de tu amiga Mimi…

Inma soltó una risita baja, casi maliciosa.

—Menudo polvazo… —murmuró contra mi cuello.

—¿Sabías que ellos dos…?

Negó con la cabeza, todavía sonriendo.

—Creo que ha surgido esta noche. Mañana me contará.

—Pero Álex Sellés tiene novia, ¿no?

—Sí… —susurró, y se acercó más a mi oído—. Una cornuda.

Se rio. Esa risa de cabrona que tanto me pone. Yo también me reí con ella, sintiendo cómo el morbo nos envolvía otra vez a los dos.

La empujé suavemente hacia el sofá. Ella se dejó caer sentada, con la espalda apoyada en el respaldo y las piernas todavía juntas. Yo me arrodillé delante de ella.

Empecé a gatear hacia ella despacio, sin apartar la vista de sus ojos. Ella me miraba desde arriba, mordiéndose el labio inferior y poco a poco fue abriendo las piernas. Primero un poco. Después más. Hasta que el tanga negro quedó completamente expuesto delante de mi cara.

Me coloqué entre sus muslos, apoyé las manos en sus rodillas y las abrí todavía más.

—Antes me hiciste tú una paja… —le dije con la voz ronca, mirándola a los ojos—. Ahora me toca a mí complacerte.

Bajé la cabeza.

Aparté el tanga hacia un lado con dos dedos y me encontré con su coño.

Estaba empapado.