Mucho más grande
Hugo
Me pasé las manos por la cabeza, agarrándome el pelo con rabia. Tenía una mezcla de ira pura y una impotencia que me quemaba las entrañas por no haber estado allí para protegerla.
—Pero vamos a ver, Inma... ¡es que no me entra en la cabeza!
—estallé de golpe, dando un paso hacia atrás en el salón—.
¿Por qué cojones aceptaste ir a su casa?
¿Por qué no me llamaste? Un solo mensaje, una llamada perdida y voy corriendo a sacarte de ese coche a hostias.
¿Por qué te quedaste allí encerrada con él?
Ella se secó una lágrima, poniéndome esos ojos indefensos que me partieron el corazón. Se encogió en el sofá, pareciendo tan pequeña, tan vulnerable...
—Hugo, por favor, no me grites a mí... —me pidió con un hilo de voz temblorosa—.
Ya te he dicho que me llevó engañada. Pensaba que me llevaba a la discoteca con el resto.
Cuando me di cuenta de que metía el coche en su garaje, la puerta ya se estaba cerrando detrás de nosotros.
¿Cómo te iba a llamar con el móvil si me estaba mirando fijamente?
Si saco el teléfono, igual se pone violento. Tuve miedo, joder.
La imagen de Inma aterrorizada frente a ese desgraciado me volvía loco, pero había algo que me carcomía por dentro.
—¡Ya, pero le lamiste los abdominales, Inma! —grité—. ¡Eso es lo que me mata! ¿Por qué coño le lamiste?
—¡Porque me acorraló contra el asiento! —saltó ella al instante, mirándome desesperada—.
Se abrió la camisa, se me echó encima y me bloqueó los brazos.
Me dijo literalmente "o me lamas o de aquí no sales hoy".
¿Qué querías que hiciera? ¿Que me arriesgara a que me hiciera algo peor?
Le di un lengüetazo rápido para que se confiara y buscara el modo de escapar.
Fue puro instinto de supervivencia, Hugo, me dio un asco terrible... ¡me siento súper sucia!
Solté un bufido y me puse a caminar de un lado a otro del salón.
Verla romper a llorar me hizo sentir como el mayor miserable del mundo.
¿Cómo podía pedirle explicaciones a mi novia cuando había tenido que negociar su propia integridad física para salir de allí?
La culpa de haberla dejado en ese coche con José me perseguía.
—¿Y lo de la paja? —insistí, aunque la rabia hacia ella ya se había transformado por completo en compasión y culpa—. ¿Por qué permitiste que se la hiciera delante de ti sin hacer nada?
—¡Te he dicho que no paré de gritarle! —me contestó dolida, mirándome como si la estuviera traicionando al dudar de ella—.
Le gritaba que estaba enfermo, que parara, que me dejara salir...
Pero el tío estaba desatado. Duró dos segundos contados, Hugo, fue una cosa patética y repugnante.
En cuanto se corrió, se quedó como desinflado, me abrió el seguro y salí corriendo de allí.
Pedí un taxi y hui de su casa ¿De verdad me vas a juzgar a mí por cómo reaccioné bajo presión?
Me detuve en seco. La miré a los ojos, ahogado por la rabia contra ese cerdo de José y consumido por el dolor de ver a Inma así. Me acerqué al sofá, me arrodillé frente a ella y le cogí las manos, que le temblaban entre las mías.
—No, mi amor, perdón... No te estoy juzgando a ti —le dije con la voz quebrada por la impotencia—. Esto es gravísimo. Es un delito, Inma. Es un acoso y una agresión en toda regla. Tenemos que denunciarlo hoy mismo a la policía. Vamos a la comisaría ahora.
—¿A la policía? —Inma abrió los ojos de par en par, frenándome al instante—. No, no... Hugo, no exageres, tampoco es para tanto. No me puso la mano encima para nada.
—¿Cómo que no es para tanto? ¡Ese tío está enfermo! No podemos dejar que esto quede así como si nada —insistí—. Si no quieres ir a la policía de primeras, mañana mismo vas a hablar con Soraya, la de Recursos Humanos. Se lo contamos todo. Un tío así no puede seguir dirigiendo la empresa.
Inma me tomó la cara entre sus manos. Sus dedos estaban fríos y su mirada reflejaba una seriedad que me hizo tragar saliva.
—Escúchame bien, Hugo —me dijo con una voz aterradoramente calmada—.
Piensa un segundo con la cabeza fría. Yo llevo literalmente dos semanas en la empresa.
Soy la última en llegar, la nueva del contrato en prácticas.
José lleva quince años ahí, es el encargado de la línea y genera millones para la compañía.
Si voy a hablar con Soraya sin pruebas, sin grabaciones, solo con mi palabra contra la suya...
¿a quién crees que van a creer? Me van a poner el sello de problemática, van a decir que me lo he inventado para echarlo o llamar la atención y me van a poner en la calle en 24 horas.
Y no solo eso, con la influencia que tiene ese tío, se encargará de que no vuelva a trabajar en el sector en esta ciudad.
Me arruinaría la carrera antes de empezar.
La escuchaba, la rabia me devoraba por dentro al darme cuenta de que la puta realidad corporativa le tenía las manos atadas y yo no podía hacer nada para cambiarlo.
—No es justo, Inma... No es justo que te tengas que tragar esto.
—Lo sé, mi vida —susurró ella, rodeándome el cuello con los brazos y escondiendo su cara en mi hombro.
La pegué contra mi pecho con todas mis fuerzas, sintiendo cómo temblaba. Prometí en silencio que la protegería de todo, sin sospechar ni por un segundo la telaraña en la que realmente me estaba metiendo.
—Está bien... Prometido —le dije al oído, acariciándole el pelo—. Pero a la mínima que ese cabrón te vuelva a mirar mal, lo mato.
Me abrazó un poco más fuerte antes de separarse despacio. La vi cambiar el chip de golpe: la mirada dramática y las lágrimas desaparecieron, dejando paso a esa sonrisa socarrona y juguetona que solía ponerme cuando quería llevarme a su terreno.
—Y bueno, Hugo... tampoco te pases —soltó con un tono ligero, quitándole todo el hierro al asunto mientras me guiñaba un ojo con descaro—. Que tampoco es la primera polla que veo en mi vida, ¿sabes?
Un jarro de agua fría me cayó encima. La frase se me quedó clavada en el pecho y por un segundo, me dieron unas ganas brutales, casi desesperadas, de preguntarle si ese cabrón la tenía más grande que yo.
La duda me abrasó la garganta, pero el miedo a quedar como un inseguro patético delante de ella me hizo tragarme la pregunta.
Al ver que ella estaba muchísimo más relajada, dejé escapar un largo suspiro e intenté reponerme, siguiéndole la corriente para no estropear el momento.
—¿Cómo qué no? —le espeté intentando poner cara de indignado, aunque la voz me salió un poco temblorosa—. ¿Pero cuántas has visto? ¡Pensaba que yo era el único chico con el que habías estado!
Inma soltó una risita y me dio un golpecito cariñoso en el hombro antes de pasarme los dedos por la nuca.
—¡Qué bobo eres, por favor! —se mofó mirándome con puro morbo, disfrutando de ver cómo me retorcía por dentro—. Me encanta picarte cuando te pones así de celoso y melodramático.
—No te rías, Inma, que me dejas con la duda —murmuré intentando poner aire de tipo duro, aunque por dentro sus caricias me estaban amansando por completo.
—Anda, ven aquí y cállate un rato —susurró inclinándose hacia mí, pegando sus labios a los míos con un beso lento, cargado de una intención que me hizo olvidar, al menos por unos minutos.
Se separó unos centímetros de mí, manteniendo sus manos sobre mi pecho y mirándome desde abajo con esos ojos de inocencia y descaro.
—¿Me perdonas? —me preguntó con una voz muy tímida.
Sonreí de lado, descolocado, pasándole la mano por la cintura.
—¿Por qué tendría que perdonarte? —le devolví el gesto, intentando leerle la mente.
Inma me dedicó una sonrisa dulce, buscando rebajar cualquier tensión que pudiera quedar en el aire, hablándome con un tono tan cálido y natural que resultaba imposible enfadarse con ella.
—Pues por todo, mi amor... —susurró rozando su nariz con la mía—.
Por haberme restregado un poco con José en el restaurante para no montarle un espectáculo a tu jefe, por haber tenido que lamerle los abdominales para salir de ese garaje sin que la cosa fuera a más y por haber tenido que ver cómo el enfermo ese se hacía una paja delante de mí.
Sé que ha sido una mierda de noche para los dos y me siento mal por haberte puesto en esta situación.
La miré fijamente. Estaba preciosa, magnética, con ese aura de superioridad que siempre me desarmaba por completo.
—Inma... ese es el peaje que tengo que pagar por estar con una diosa como tú —le dije antes de inclinarme y comerle la boca con un beso hambriento, profundo, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso al tenerla entre mis brazos.
Me separé despacio, mirándola fijamente a las pupilas.
—Aunque... sé perfectamente que te gustó restregarte con él en el restaurante —solté de golpe.
Inma abrió la boca para defenderse, pero antes de que pudiera articular una sola excusa, le puse el dedo índice sobre los labios para silenciarla.
—Tranquila... a mí también me gustó verte.
El pensamiento me golpeó de lleno en mi cabeza.
En cuanto las palabras salieron de mi boca, supe que eran la puta verdad.
Llevaba horas intentando digerirlo, sintiendo un nudo en el estómago, pero la realidad era esa: desde el momento exacto en el que vi a José pegándose a ella en la mesa del restaurante, sintiendo la humillación y el peligro, una chispa oscura y perversa se había encendido dentro de mí.
No era capaz de procesar racionalmente por qué me había encendido ver a mi novia siendo deseada y manipulada por mi encargado, ni si estaba mal que sintiera ese morbo enfermizo.
Pero lo sentía. Y si Inma había sido tan sincera conmigo contándome cada detalle repugnante de lo que había pasado en ese coche, yo no podía ser menos.
Tenía que soltarlo. Necesitaba que supiera que, en el fondo, su juego nos estaba encendiendo a los dos.