El coche de José #6
Estiró el brazo hacia la bolsa de chuches, sacó un gusano de gominola largo y verde y lo pasó despacio por mi culo, empapándolo bien en su propia corrida. El gusano quedó brillante, blanco y viscoso.
Me miró a los ojos, sosteniéndomelo delante de la cara.
—Prueba esta.
Lo miré con morbo puro. Abrí la boca sin decir nada.
José me introdujo el gusano despacio, dejándolo sobre mi lengua. Cerré los labios y empecé a saborearlo. El sabor dulce de la gominola mezclado con el sabor salado y denso de su semen me llenó la boca.
—Mmm… —susurré, mirándolo mientras masticaba despacio—. Esta… esta está más rica.
José soltó una risa, todavía con la polla semidura y brillando de semen, mirándome como si acabara de conquistar algo que llevaba semanas deseando.
José se quedó mirándome en silencio unos segundos, todavía con la respiración agitada y la polla brillante de semen. Me subió el vestido un poco más, dejándome el culo al aire un instante más y después me miró a los ojos con una seriedad.
—Esto no va a quedar así, Inma —dijo con la voz grave, baja, casi un gruñido—. Te voy a follar. Tarde o temprano. Y cuando lo haga… no te voy a pedir permiso.
Me sentí amenazada. De verdad. Había algo en su tono, en la forma en que me miraba, que me hizo tener miedo. Pero al mismo tiempo, una parte oscura y traicionera dentro de mí se removió con fuerza. Sabía que iba a pasar. Y, aunque no quisiera admitirlo en voz alta… lo estaba deseando.
No dije nada. Solo me bajé el vestido con manos torpes y me acomodé en el asiento del copiloto, intentando parecer más calmada de lo que estaba.
José se abrochó el pantalón, se puso la camisa y arrancó el coche. El portón del garaje se abrió con un zumbido sordo y el Mercedes subió la rampa hacia la calle. Ninguno de los dos habló durante el trayecto.
Diez minutos después detuvo el coche frente a la entrada de Nova. El ruido de la música se filtraba hasta la calle. José ni siquiera apagó el motor. Solo miró hacia delante y soltó, sin mirarme:
—Baja.
Abrí la puerta y puse un pie en el asfalto. Antes de cerrar, me giré un segundo. Él me sostuvo la mirada una última vez, con esa misma expresión de amenaza y promesa mezcladas.
Cerré la puerta. El Mercedes aceleró y se perdió entre los coches del parking, volviendo hacia su casa.
Me quedé sola en la acera, con el vestido todavía arrugado, el sabor de su semen mezclado con gominola en la boca… y la certeza de que esto, de verdad, no había terminado.
∞∞∞
Obviamente, nada de lo que realmente ocurrió dentro de ese Mercedes salió de mi boca. A Hugo le vendí una versión cuidadosamente empaquetada, una mentira perfecta estructurada para taparme las espaldas, alimentar su ego y de paso, asegurarme de que me compadeciera en lugar de dudar de mí.
—A ver, Hugo... no te voy a engañar, la tarde se volvió de locos —le dije, poniendo mi mejor voz de cansancio y angustia mientras lo miraba a los ojos—.
Cuando nos fuimos del restaurante, José paró el coche en mitad de la autovía.
Estaba fuera de sí. Empezó a meterse contigo, a decir que eras un blando y un inmaduro por no haberme defendido en la mesa.
Y yo me encendí, te lo juro. Le planté cara.
Justo en ese momento lo llamó su mujer por el manos libres y la tía le pegó una bronca descomunal...
¡Un calzonazos! Le dije en su puta cara que no tenía ningún derecho a criticarte a ti cuando él era un pelele en su propia casa.
Hice una pausa dramática, tragando saliva para darle credibilidad al relato antes de continuar.
—Eso le sentó como un tiro. Se cabreó muchísimo, aceleró y me llevó hasta el garaje de su casa para meterme miedo.
Nos quedamos allí encerrados, hablando del trabajo y de repente el muy enfermo va y se desabrocha la camisa.
Sí, Hugo, como lo oyes... se abrió la camisa de golpe, se me encaró y me ordenó que le lamiera los abdominales.
Te juro que me sentí superhumillada y sucia...
pero me dio pánico su reacción si me negaba.
Otra cosa no, pero el tío está fuerte y estábamos a oscuras en su garaje.
En ese punto del relato, dejé caer la cabeza hacia un lado y me forcé a soltar un par de lágrimas falsas, dejando que se me secara la voz para que el teatrillo del trauma fuera infalible.
—Y luego... fue asqueroso, Hugo. Se bajó la cremallera, se sacó la polla y empezó a hacérsela delante de mí.
Yo no paraba de gritarle que dejara de hacer eso, que estaba loco, pero no me hacía caso...
Se corrió en dos segundos, un eyaculador precoz de mierda.
Dejó todo el coche perdido y en cuanto terminó me abrió la puerta para que me fuera.
Lo miré a través de mis pestañas húmedas, viendo cómo el engaño calaba a la perfección en su rostro.
La mentira era impecable: había admitido lo indispensable por si alguien hablaba, pero transformando mi deseo en abuso y el tamaño de José en una patética eyaculación precoz.
Hugo me abrazó con fuerza, pidiéndome perdón por no haber estado allí, exactamente como yo lo había planeado.