El coche de José #5
Cuando intentó retirar los dedos, me adelanté.
Cerré los labios alrededor de sus dedos índice y corazón, atrapándolos antes de que se fuera.
Se los chupé con fuerza, pasándole la lengua de abajo hacia arriba para rebañar cada gota del jugo agridulce que le había quedado en la piel, saboreando el contraste brutal entre el azúcar de la chuche y la marca de su cuerpo.
Él ahogó un gruñido en la garganta, dejándose hacer durante unos segundos eternos antes de liberar la mano con un tirón suave.
Mantuve la mora en la boca un momento, saboreándola despacio, disfrutando del morbo atroz que me producía esa mezcla de sabores antes de masticarla suavemente y tragármela de un solo golpe.
José se echó hacia atrás contra el respaldo, apretando de nuevo la mano sobre su miembro rígido para seguir bombeando con un ritmo aún más salvaje.
—Eres una guarra Inma... —susurró con la voz rasgada, mirándome con una mezcla de fascinación y deseo descontrolado.
No le contesté. Le sostuve la mirada en la penumbra del coche con una sonrisa serena y un guiño imperceptible, dejando que el silencio y el sonido húmedo de su paja hablaran por los dos.
No sé por qué lo hice.
Sin pensarlo demasiado, me agarré el dobladillo del vestido y me lo subí de un tirón hasta dejarlo justo debajo de los pechos. El aire me rozó la piel desnuda de la cintura y del culo. Me quedé solo con el tanga.
José me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Qué vas a hacer…? —preguntó con la voz ronca, casi incrédula.
No le contesté.
Me levanté del asiento del copiloto, me giré y me subí encima de él a horcajadas, de espaldas. Bajé despacio hasta sentarme de lleno sobre su regazo. Su polla, dura y caliente, quedó atrapada justo entre mis nalgas, rozándome la tela fina del tanga.
Sin mirarlo a la cara, me incliné un poco hacia delante, apoyando las manos en el volante y le susurré:
—Recreemos la escena del restaurante…
José soltó un grito ahogado de puro placer.
—¡Joder…! Es el mejor culo del mundo… —gruñó, agarrándome las caderas con las dos manos.
Empezamos a restregarnos.
Yo movía el culo hacia atrás y hacia delante, despacio al principio, sintiendo cómo su polla se deslizaba entre mis nalgas.
Él empujaba hacia arriba al mismo tiempo, buscando más fricción.
El tanga se me iba empapando y la tela fina no era ninguna barrera: sentía cada vena, cada centímetro de esa polla gruesa rozándome.
Aceleramos.
Empezamos a movernos como dos animales. Yo subía y bajaba el culo con más fuerza, abriendo las nalgas para que su polla se hundiera más entre ellas.
Él me sujetaba las caderas con fuerza y empujaba hacia arriba cada vez que yo bajaba, haciendo que el choque de mi culo contra su pelvis sonara húmedo y obsceno dentro del coche.
Su polla estaba completamente libre, caliente, resbaladiza de presemen. Cada vez que me movía hacia atrás, la cabeza se clavaba un poco más entre mis nalgas, rozándome el ano a través del tanga. Cada vez que avanzaba, el tronco entero me recorría la raja de arriba abajo.
José gruñía sin parar.
—Así… muévete así… joder, qué culo… —decía entre dientes, apretándome más fuerte las caderas y empujando con más fuerza.
Yo jadeaba, con la frente apoyada en el volante, moviendo el culo de arriba abajo, de atrás adelante, restregándome contra su polla como si quisiera metérmela sin manos.
El calor era brutal. El sonido de nuestra piel chocando llenaba el garaje.
Su polla latía entre mis nalgas, cada vez más dura, cada vez más resbaladiza.
Seguimos así, follándonos con la ropa casi puesta, como dos animales en celo, sin hablar, solo empujando, restregando, buscando más fricción, más calor, más de ese roce sucio y prohibido dentro del Mercedes, en el garaje de su casa.
El ritmo se volvió salvaje.
José me sujetaba las caderas con tanta fuerza que me iba a dejar marcas. Empujaba hacia arriba con violencia, clavando su polla entre mis nalgas una y otra vez mientras yo movía el culo de atrás adelante, restregándome contra él como una puta en celo.
De pronto sus gemidos cambiaron.
Se volvieron más graves, más animales. Gruñidos guturales que salían desde el fondo de su pecho, de hombre alfa a punto de reventar.
—Joder… Inma… me corro… me estoy corriendo…
Apretó más fuerte mis caderas y me empujó hacia abajo al mismo tiempo que él subía.
Su polla se estremeció entre mis nalgas y sentí el primer chorro caliente y espeso pegarme directamente en la grieta.
Seguía empujando mientras se vaciaba, soltando gruñidos profundos, casi rugidos, cada vez que una nueva tira de semen le salía con fuerza.
Se corrió a chorros sobre mi culo.
Sentía el semen caliente resbalándome entre las nalgas, bajándome por el tanga, manchándome la piel. José no paraba de empujar, exprimiéndose hasta la última gota contra mí, con la respiración completamente desbocada.
Cuando terminó, me dio una azotada seca y fuerte en una nalga. El sonido retumbó dentro del coche.
—¿Ves? —gruñó con la voz todavía ronca, apretándome el culo con la mano—. ¿Ves cómo eras una niña mala…?
Me reí. Una risa temblorosa, excitada, completamente entregada al morbo.
Intenté bajarme el vestido para cubrirme, pero él me agarró las muñecas.
—Ni de coña —dijo.