EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE El coche de José #4
78%

El coche de José #4

Con parsimonia, me pasé la mano por el cuello para echarme el pelo hacia atrás y me incliné hacia su lado del asiento, apoyando los antebrazos con cuidado para meter la cabeza de lleno en su espacio.

Al inclinarme a la altura de su cintura, la vista me rebasó los abdominales: la tela del pantalón estaba a punto de estallar, marcando una erección rígida e imponente a escasos centímetros de mi cara. El descubrimiento me dio un vuelco brutal en el vientre.

Pegué los labios a su piel caliente y pasé la punta de la lengua por surco de su abdomen, saboreando el contraste entre la sal de su piel y el azúcar de la chuche.

José soltó un gruñido sordo, tensando toda la faja abdominal bajo mi boca.

Con un movimiento deliberadamente lento, atrapé la fresa con los dientes, despegándola de su cuerpo.

Me erguí despacio y volví a mi sitio en el asiento del copiloto, echándome hacia atrás con una sonrisa triunfal y descarada mientras masticaba la fresa con pausa, sosteniéndole la mirada cargada de fuego.

José me miró con la respiración ligeramente agitada con una sonrisa de satisfacción absoluta iluminándole el rostro.

—¿Te ha gustado, enana? —preguntó con la voz ronca, pasando la mano por su vientre aún húmedo.

Tragué el último trozo de gominola, saboreando el azúcar en la punta de la lengua.

—Estaba riquísima... —le respondí en un susurro provocador, rozando el borde de su pantalón con la mirada—. Tenía un sabor muy especial.

José soltó un gruñido sordo, disfrutando de la respuesta y volvió a meter la mano en el compartimento central.

—¿Quieres más? —murmuró sin quitarme los ojos de encima.

—Sí... dame más —le dije con la boca seca, apretando las piernas de nuevo.

Esta vez, José sacó un corazón de gominola rojo y brillante.

Pero no lo colocó directamente sobre su piel.

Mirándome fijamente, lanzó un escupitajo denso en el centro de sus abdominales, justo encima del ombligo y acto seguido pegó el corazón de chuche sobre la saliva, dejándolo flotar sobre el sudor y el brillo húmedo de su abdomen.

—Ven a buscarlo —desafió con un todo impositivo.

No lo pensé dos veces. Como si estuviera completamente hipnotizada por la perversión de la escena, me desabroché mentalmente de cualquier escrúpulo, me incliné de nuevo sobre él y acerqué la cara a su torso desnudo.

Antes de que pudiera rozarlo, la mano derecha de José se metió entre mi pelo, me agarró de la nuca con firmeza y apretó mi cara con fuerza contra su abdomen desnudo.

El impacto me dejó la nariz y los labios pegados a su piel. Sentí el calor brutal de sus músculos tensos. Lejos de apartarme, pasé la lengua con ansia por toda la zona, limpiando cada gota de su escupitajo con pasadas largas y húmedas antes de atrapar el corazón de chuche entre mis dientes.

Mantenía la gominola dentro de la boca mientras seguía lamiendo el surco de sus abdominales con giros lentos de la lengua, saboreando la mezcla agridulce.

José aflojó la presión de su mano en mi cabeza, dejándome libre y echó la cabeza hacia atrás contra el reposacabezas con un suspiro.

—Eres una zorra increíble, Inma... —soltó en un hilo de voz ahogado, tiritando de puro morbo mientras me miraba volver a mi sitio con la chuche entre las mejillas.

José estiró el brazo hacia el salpicadero y cogió el teléfono. La luz de la pantalla iluminó de golpe las facciones marcadas de su cara mientras comprobaba la hora, recalculando el tiempo que le quedaba antes de que su mujer y los niños regresaran de las compras.

Apagó la pantalla con un chasquido sordo, volvió a dejar el móvil en el posavasos y me clavó una mirada misteriosa.

—Ni se te ocurra gritar —me advirtió en un susurro grave, impositivo.

Sin romper el contacto visual, llevó la mano derecha al botón de sus pantalones. Desabrochó el corchete y bajó la cremallera de un solo tironazo limpio que resonó con fuerza en la penumbra del coche. Deslizó la mano por el interior y con un movimiento firme, se sacó el miembro de golpe.

Su polla saltó liberada, rígida, venosa y dura como una piedra, levantándose con potencia hacia su vientre.

No pude evitar dar un respingo en el asiento.

Se me abrió la boca ligeramente y los ojos se me quedaron completamente clavados en esa mole de carne.

Era, sin exagerar lo más mínimo, la polla más impresionante, gorda y grande que había visto en toda mi vida.

La luz halógena del garaje rebotaba en la piel tensa y brillante del glande, dándole un aspecto imponente que me heló la sangre y al mismo tiempo, me provocó que me mojará aún más.

Mis ojos se quedaron hipnotizados, cautivos de esa "anaconda" de la que tanto presumía.

José, al ver mi cara de absoluta estupefacción, soltó una risita baja, llena de una suficiencia devastadora.

—Quiero machacármela como hice el otro día... —murmuró rodeando la base con la mano y empezando a deslizar la piel hacia arriba y hacia abajo con un ritmo lento y pesado—... pero esta vez contigo delante, mirándome a la cara.

Me quedé petrificada, incapaz de mover un solo músculo. La visión de mi jefe masturbándose a escasos centímetros de mi cara, con el abdomen marcado y cubierto de los restos de gominola y saliva que le había limpiado hacía unos segundos, me sobrepasaba por completo.

Él sabía perfectamente el efecto que estaba causando en mí. El muy cabrón leía en mi respiración entrecortada y en mis pupilas dilatadas lo salvajemente cachonda que estaba y lo muchísimo que estaba disfrutando del espectáculo.

El ritmo de sus pases se volvió más ágil, provocando un sonido húmedo y rítmico que llenó todo el habitáculo. Ver el grosor real de su miembro bombeando sangre a un palmo de mis manos rompió cualquier filtro que me quedara.

Sin poder contener la fascinación que me devoraba por dentro, me incliné levemente hacia él y le solté la pregunta en un hilo de voz ahogado:

—¿Cuánto... cuánto te mide?

—Veintiuno... —susurró José con una sonrisa canalla, sin desacelerar el ritmo denso y pesado de su mano—. Veintiún centímetros de pura carne, enana. ¿Quieres tocarla?

La tentación me golpeó con la fuerza de un rayo.

Sentí un impulso de extender los dedos, de rodear esa masa caliente y venosa para comprobar con mis propias manos su grosor irreal.

Sin embargo, en el último segundo, la prudencia y el propio juego de poder me hicieron frenar.

Tragué saliva, mantuve las manos firmes sobre el borde arrugado de mi vestido y negué despacio con la cabeza.

—No... —murmuré con el hilo de voz que me quedaba, aunque las pupilas se me salían de las órbitas.

José no se molestó, al contrario, mi negativa avivó su ego. Sabía que tenerme a raya era la mejor forma de torturarme.

—Como quieras, bonita... pero no me quites los ojos de encima —ordenó con voz cavernosa.

Se recreó en cada movimiento. Empezó a jalársela con una lentitud calculada, girando la muñeca en la parte superior para hacer resbalar el glande, estirando la piel al límite y dejando que las venas hinchadas se marcaran aún más bajo la luz del garaje.

Apretó los dientes, soltando un gemido ronco que retumbó en los cristales del Mercedes, bombeando con un rito sordo y constante que llenó el habitáculo de un sonido húmedo y abrasador.

Ver cómo su abdomen perfecto se contraía con cada pasada.

De repente, en mitad de una embestida de su mano, interrumpió el ritmo. Con la palma impregnada de su propia lubricación y del calor de su miembro, estiró el brazo y me la pasó directamente por la cara.

El dorso y las yemas de sus dedos me rozaron los pómulos, me embadurnaron la barbilla y terminaron descansando sobre mis labios, trayendo consigo ese olor denso, fuerte y puramente masculino que me terminó de enloquecer.

No lo dudé un solo segundo. Abrí la boca, atrapé sus dedos entre mis labios y empecé a lamérselos con una ansia desesperada.

Se los limpié a pasadas largas y húmedas, rodeando cada nudillo con la lengua, exactamente igual que alguien apura con desesperación los últimos restos de su tarrina de helado favorita cuando cree que ya no queda nada, intentando rebañar hasta la última gota.

José ahogó un taco entre dientes, tiritando de puro placer al sentir el calor de mi boca devorándole la mano.

—Joder, Inma... eres una perra destructiva —susurró con la respiración completamente desbocada.

Me retiró la mano del rostro con un tirón suave pero firme, dejando mis labios brillantes por la saliva.

Sin perder un segundo, volvió a llevarse esa misma mano húmeda y empapada a su erección.

Al envolver de nuevo su miembro con los dedos cubiertos de mi saliva, el deslizamiento se volvió infinitamente más fluido, más rítmico y estridente, soltando un chasquido húmedo que inundó el coche y me dejó sin aliento, observando cómo se machacaba sin piedad a escasos centímetros de mí.

Sin dejar de jalársela con una mano, José dibujó una sonrisa lenta, cargada de una perversión absoluta. Extendió la mano izquierda hacia la bolsa de chuches que seguía sobre la guantera central y volvió a rebuscar en su interior sin quitarme la vista de encima.

Esta vez sacó una mora negra de gominola, de esas grandes, brillantes y cubiertas de diminutas bolitas de azúcar.

No dijo ni una sola palabra. Sostuvo la mora entre el dedo índice y el pulgar y la deslizó por toda la longitud de su erección.

Pasó la gominola desde la base caliente hasta la cabeza del glande, impregnándola bien con el brillo húmedo de su propia lubricación y de la saliva que aún le quedaba en la piel.

Me miró fijamente a los ojos, con las pupilas dilatadas e hizo un ademán claro con la cabeza.

Entendí la orden al instante. Abrí la boca de par en par. José se inclinó hacia mi lado y me introdujo la mora profundamente en la cavidad de la boca, dejándola asentada sobre mi lengua.