El coche de José #3
El vehículo descendió por la rampa a oscuras hasta adentrarse en el sótano.
En cuanto los sensores detectaron la entrada, las luces automáticas del techo se encendieron con una claridad blanca y fría, iluminando el suelo de resina impecable, las bicicletas de sus hijos colgadas en la pared y un par de estanterías con cosas del hogar.
El portón trasero se cerró a nuestras espaldas con un golpe seco, aislando el espacio del mundo exterior.
José apagó el contacto del motor. El repentino silencio dentro del coche fue absoluto, denso y abrumador.
Ninguno de los dos hizo el amago de abrir la puerta.
Él se giró despacio en el asiento del piloto, apoyando el brazo sobre el volante, y me clavó una mirada directa, provocadora y cargada de una intención salvaje.
Yo, desde el asiento del copiloto, con el cuello aún caliente por sus besos y la respiración entrecortada, le sostuve la mirada en la penumbra del garaje, sabiendo que habíamos cruzado el punto de no retorno.
José se inclinó levemente sobre mí, reduciendo al mínimo la distancia entre los dos.
Deslizó la vista por mi cuello ardiendo, bajó por el escote y se detuvo en el dobladillo de mi vestido.
—Inma, Inma... —susurró con una voz cavernosa, arrastrada por el morbo mientras negaba despacio con la cabeza—. Eres una chica muy mala...
Sostuve su mirada en la penumbra helada del sótano. La idea de que su mujer llegará en cualquier momento con sus hijos no hicieron más que encenderme.
Le dediqué una sonrisa lenta, descarada, pasándome la lengua por el labio inferior antes de clavarle los ojos con una frialdad llena de veneno.
—Y a ti te vuelve completamente loco que lo sea... —le solté en un susurro provocador, rozándole la rodilla—. Porque si fuera una chica buena, ahora mismo estaría en mi cama con mi novio... y no aquí abajo, en el garaje de tu mujer, esperando a que me enseñes el resto de la casa.
—Inma, Inma... —susurró José, dejando escapar una risa ahogada y espesa mientras negaba con la cabeza—. Eres una enana peligrosa. Te lo juro, creo que tienes el mejor culo que he visto en toda mi puta vida.
Me acerqué despacio hacia su lado, acortando la distancia hasta que mi aliento le rozó la piel. Le sostuve la mirada con un descaro absoluto, sabiendo perfectamente el poder que tenía sobre él en ese momento.
—Lo sé... —le susurré al oído con un tono cargado de veneno y morbo—. Y me has demostrado de sobra que te gusta.
Él entornó los ojos, sorprendido por la directa. Deslicé los dedos con lentitud por su nuca y pasé la mano por su cabeza calva, acariciándole la piel con la yema de los dedos. Noto perfectamente cómo tiene un escalofrío y le hace tensar los hombros de golpe.
—¿Te acuerdas de hace unos días? —continué en un murmullo tentador, sin dejar de acariciarle la cabeza—.
Cuando me pediste esa foto en tanga y te la mandé...
¿Dónde te hiciste exactamente esa paja antes de mandarme la foto de la corrida?
¿Fue justo aquí? ¿En este mismo asiento mientras tu mujer y tus hijos dormían plácidamente arriba?
José sonrió despacio, con esa mezcla de vergüenza y excitación fuera de control. Asintió levemente con la cabeza, tragando saliva.
—Estaba muy cachondo... Había llegado de fiesta... —empezó a justificarse con la voz rasgada, pero no le dejé terminar.
—¿Y cuando estás cachondo piensas en mí? —lo interrumpí de golpe, clavándole las uñas suavemente, saboreando el control absoluto que tenía sobre la situación.
—Últimamente sí... no te puedo quitar de la cabeza —confesó él, mirándome el escote y los muslos desnudos con la boca seca.
—¿Me tienes ganas? —le pregunté con una sonrisa.
—Muchas ganas, Inma. Demasiadas.
—Bueno... sigue contándome —le dije suavemente, aflojando la caricia en su cabeza y dejando que el ritmo de la conversación volviera a su cauce.
José soltó un suspiro largo, apoyando la espalda en el asiento del piloto pero sin despegar la mirada de mí.
—Pues eso... Venía de fiesta, más caliente que el palo de un churrero, y me acordé de ti. Me puse a hablar contigo por el móvil desde aquí abajo, en el coche, mientras mi mujer y los niños dormían ahí arriba sin enterarse de nada...
José ladeó la cabeza y dejó escapar una risa cargada de un recuerdo que aún le excitaba.
—Hablé contigo pensando que no iba a tener nada de suerte a esas horas... pero me hiciste un regalazo con esa foto, Inma —me dijo sonriendo con malicia, repasándome las piernas con la mirada.
—Ves como al final no soy tan mala... —le contesté entrecerrando los ojos, dedicándole una sonrisa felina, mientras me recolocaba un mechón de pelo detrás de la oreja.
—A veces sí que lo eres... —replicó él en un susurro grave—. Bastante más de lo que dejas ver. Pero oye... ¿y tú? Te pasas el día toreándome, pero todavía no me has contestado a lo importante: ¿te gustó lo que viste esa noche en el móvil o no?
Le sostuve la mirada en el silencio. El motor del Mercedes ya llevaba minutos apagado, pero el ambiente dentro del coche estaba tan caldeado que el vaho empezaba a empañar ligeramente las esquinas del parabrisas.
Esbocé una sonrisa pícara, cargada de una desfachatez absoluta y le devolví la jugada con un hilo de voz que destilaba puro morbo:
—¿El qué exactamente, José?... ¿Tus abdominales... o tu corrida?
José soltó una carcajada y se echó hacia atrás en el asiento, sacando pecho con una chulería insoportable que me dio ganas de cruzarle la cara... o de besarlo ahí mismo.
—Por favor, Inma... mis abdominales le gustan a cualquiera, eso ya lo sé —me soltó con una sonrisa soberbia, dándose un golpecito en el estómago—. Te estaba preguntando por lo otro. Por la foto de la corrida. No te hagas la tonta.
Sostuve su mirada con total serenidad y puse una mueca de leve rechazo, exagerando el gesto con una mentira piadosa ideada solo para picarlo y no darle el gusto de saber la verdad.
—Ah, ¿eso? —dije encogiéndome de hombros, soltando una risita cínica—. Ay, José... qué asco. Abrí la imagen, vi semejante guarrada en la pantalla, me dio un repelús increíble y cerré la foto corriendo. Vamos, que apenas me dio tiempo ni a ver bien lo que habías mandado.
Si supieras... me vino el pensamiento a la cabeza.
Si supieras que esa misma noche, me pegué la pantalla del móvil a la cara y me masturbé salvajemente mirando tu cuerpo marcado y tu semen brillando sobre tu abdomen mientras me imaginaba que era a mí a quien dejabas perdida... te da un ataque de orgullo aquí mismo.
José se me quedó mirando con los ojos entornados, dibujando una sonrisa burlona y cargada de incredulidad.
—Ya, claro... la cerraste corriendo —se mofó en un tono grave, sin creerse una sola palabra de mi teatrillo—. Te conozco más de lo que te piensas, Inma. Sé perfectamente que te quedaste mirando la pantalla un buen rato... y que te encantó.
José extendió el brazo hacia el botón de cierre centralizado. El chasquido metálico de los seguros retumbó dentro del coche como un cerrojazo, seco y definitivo.
En ese instante, la burbuja de coquetería y dominio en la que me había estado moviendo se rompió de golpe.
Estaba encerrada en el garaje de su casa, a oscuras, a solas con un hombre mucho más fuerte que yo y sin posibilidad de abrir la puerta desde mi lado.
La idea de que me fuera a follar allí mismo, contra mi voluntad o rebasando todos los límites, me produjo un pinchazo de pavor real que me encogió el pecho.
Tragué saliva con dificultad, sintiendo cómo se me descoloría la cara.
José notó el cambio al instante. Vio mi expresión petrificada.
—Tranquila, enana... —susurró mirándome con cierta ternura burlona—. No vamos a hacer nada que tú no quieras.
El pánico se aplacó un poco. Sin quitarme los ojos de encima, José empezó a desabrocharse los botones de la camisa, uno a uno, con una lentitud irritante. Abrió la prenda del todo y la dejó caer sobre sus hombros, dejando al descubierto su torso completamente desnudo.
Joder... pensé en un chispazo involuntario mientras se me secaba la boca. Qué bueno está el cabrón.
Tenía la piel morena, el pecho ancho y unos abdominales tan duros y definidos que, literalmente, se podía rayar queso sobre ellos.
Toda la teoría sobre su edad o su estatus se desvanecía ante la realidad de su cuerpo.
Sin darme cuenta, me mordí el labio inferior con fuerza, atrapada por un morbo repentino que amenazaba con traicionarme.
José se dio cuenta de mi gesto. Esbocé una sonrisa y con un movimiento suave y cuidadoso, me tomó de la muñeca. Deslizó mi mano hacia su pecho y pegó la palma de mi mano directamente sobre sus abdominales.
El contacto de su piel caliente y la firmeza de su musculatura bajo mis dedos me sacudieron. Sentí como mi vulva vibraba, poniéndome salvajemente cachonda a pesar del miedo que acababa de pasar.
—¿Te gusta? —me susurró José con la voz tan grave que sentí su vibración retumbar bajo la palma de mi mano.
Estaba completamente embobada, atrapada entre el tacto firme de su piel y la definición de su abdomen.
Las palabras se me quedaron atascadas en la garganta, incapaz de articular ni una sola vocal.
Lo único que me salió fue asentir con la cabeza, manteniendo los ojos clavados en su torso mientras la respiración se me aceleraba.
José disfrutó de mi silencio como si fuera el mayor de los triunfos.
Con la mano libre, presionó la tapa de la guantera central, la que quedaba justo entre el asiento del piloto y el del copiloto.
El compartimento se abrió con un clic suave y de su interior sacó una bolsa de chuches.
Metió dos dedos, extrajo una fresa de gominola recubierta de azúcar y sin dejar de mirarme a los ojos, la colocó con precisión milimétrica justo en la hendidura de uno de sus abdominales superiores.
—Cómetela —me ordenó en un tono bajo, impositivo, de puro mando.