El coche de José #2
Sin darme tiempo a reaccionar, acortó la distancia y hundió los labios en la curva de mi cuello.
El contacto de su boca caliente y la barba de dos días raspándome la piel me sacudieron.
Bajó despacio hacia la clavícula, dando pequeños besos húmedos y mordiscos suaves que me hicieron arquear la espalda contra el asiento de cuero.
No pude evitarlo: un suspiro de placer, largo y ahogado, se me escapó entre los labios antes de que pudiera frenarlo.
El calor me subía por las entrañas, pero la voz de la cordura me dio un aviso en el último segundo. Puse las manos sobre sus hombros y lo empujé suavemente hacia atrás, separándolo unos centímetros.
—Nooo... José, para... —dije intentando sonar firme, aunque la respiración entrecortada me delataba por completo—. De verdad, no podemos... que tengo novio.
José no se echó para atrás. Se limitó a mirarme a los ojos con esa sonrisa socarrona, divertida por mi amago de resistencia y soltó una carcajada sorda.
—Venga ya, Inma... —dijo, inclinándose de nuevo sin la menor prisa—. Si estás deseándolo tanto como yo.
—No, de verdad, hablo en serio... —murmuré entornando los ojos mientras lo sentía volver a acercarse.
—Tranquila... —me susurró justo al borde de la oreja, dejándome su aliento caliente en la piel antes de volver a hundir los labios en mi cuello—. Él no se va a enterar de nada.
Esa frase retumbó en la penumbra como una sentencia. Cerré los ojos, me dejé llevar por el sofocón y permití que volviera a comerme el cuello entre gemidos ahogados, sabiendo que el secreto nos estaba enganchando a los dos cada vez más.
Estábamos atrapados en esa espiral de calor, con su boca pegada a mi cuello y mis manos aferradas a sus hombros, cuando el silencio del coche se rompió de golpe. Un tono de llamada estridente y metálico retumbó dentro del Mercedes, haciendo rebotar el sonido contra los cristales.
José se separó de mí como si le hubieran echado un jarro de agua helada encima.
—Joder... mi mujer —soltó entre dientes, sacando el teléfono del bolsillo a toda prisa con una mueca de fastidio absoluto.
Tenía la piel del cuello ardiendo, estaba tan caliente que me costaba horrores procesar dónde me encontraba o lo cerca que habíamos estado de cruzar la línea roja. La falta de aire me tenía completamente aturdida.
José miró la pantalla iluminada, me clavó una mirada penetrante, cargada de tensión y me puso el dedo índice directamente sobre los labios para imponerme silencio.
—Ni una palabra —me ordenó en un susurro grave, estricto.
Lo miré con los ojos entreabiertos, aún intentando calmar los latidos desbocados que me retumbaban en las sienes y me limité a asentir con la cabeza en la penumbra del coche mientras él descolgaba con la voz más serena que pudo impostar.
José pulsó el botón de la pantalla central y la voz de su mujer retumbó por los altavoces del Mercedes con un sonido metálico, estridente y cargado de un cabreo monumental que llenó todo el habitáculo.
—¿Dónde cojones estás, José? —disparó ella sin anestesia, con un tono de voz que cortaba el aire—. ¿Sabes qué hora es? Llevo esperándote más de una hora y no te has dignado ni a mandar un puñetero mensaje.
José cambió el chip al instante. Enderezó la espalda, puso su voz de hombre de negocios responsable, intentando sonar lo más sereno y calmado posible.
—A ver, Cariño, tranquila... —contestó resoplando con dramatismo controlado—. Ya te dije esta mañana que la cena con la gente de la fábrica se iba a alargar. Hemos terminado de comer tardísimo y ahora estamos en la terraza del restaurante tomando un café para rematar la reunión.
—¡Un café a las siete de la tarde! ¡No me tomes por imbécil, José! —le gritó su mujer, alzando la voz hasta hacer vibrar los altavoces—. ¡Siempre es la misma historia cuando te juntas con la plantilla! ¡Dijiste que a las cinco estabas en casa!
—Bueno, es que han salido un par de temas gordos de la producción que teníamos que cerrar hoy sí o sí —mintió José sin pestañear, mirándome de reojo—. En cuanto terminemos esta ronda me subo al coche y voy directo para allá. No me des la brasa ahora, que estoy delante de los compañeros.
En ese preciso momento, ver al tipo duro y dominante que me tenía acorralada hace diez segundos transformado en un marido sumiso inventándose excusas baratas sobre la marcha me pareció tan ridículo que no me pude contener.
Me llevé la mano a la boca y solté una risita muda, mirándolo fijamente a los ojos con puro descaro.
A José no le hizo ni puta gracia mi sonrisa. Se le tensó la mandíbula de golpe y me clavó una mirada asesina, amenazante, que me decía claramente que me estuviera callada si no quería problemas.
—Mira, haz lo que te dé la gana —continuó su mujer con la voz filtrada por el altavoz, suspirando con profundo hastío—.
Yo ya no te espero más. Me voy al centro comercial con los niños a comprarles la ropa del colegio y las zapatillas nuevas que les hacen falta.
Y prepárate, porque me voy a pasar por la tarjeta todo lo que me apetezca.
—Que sí, Cariño, cómprales lo que haga falta —concedió José a toda prisa, deseando cortar la llamada como fuera—. Luego hablamos con calma. Voy a cerrar esto y salgo. Un beso.
Colgó de golpe antes de que ella pudiera replicar nada más. El silencio volvió a caer sobre el habitáculo como una losa pesada, solo roto por el ronroneo del motor al ralentí.
En cuanto el silencio volvió a inundar el habitáculo tras el chasquido del teléfono, me dejé caer contra el respaldo de cuero y rompí a reír. Una risa fresca, abierta, totalmente descarada que retumbó en los cristales del Mercedes.
—Vaya, vaya... —le solté mirándolo de arriba abajo, sin ningún tipo de filtro—. Menudo león estabas hecho hace dos minutos y cómo te has quedado de mansito en cuanto ha sonado el manos libres. ¡Pero si eres un calzonazos, José!
El rostro de José se mudó por completo. La vena de la sien se le hinchó levemente bajo la piel y me clavó una mirada cargada de un orgullo herido que solo consiguió que me diera más risa.
—¿De qué cojones te ríes, Inma? —resopló, bajando el tono a un murmullo denso, intentando recuperar la compostura mientras engranaba la marcha—. A eso se le llama gestión, bonita. Mantener la fiesta en paz en casa para poder tener la libertad de estar aquí contigo ahora mismo.
—¿Gestión? —me mofé, pasándome los dedos por el pelo y soltando otra carcajada baja—. ¡Si te tenía tiritando! "Sí, cariño", "cómprale lo que quieras a los niños, cariño"... ¡Por favor! Si me dices que te manda a dormir al sofá esta noche me lo creo perfectamente.
José detuvo la mano sobre la palanca de cambios, girándose hacia mí con una sonrisa torcida, peligrosa, tratando de darle la vuelta a la tortilla para no quedar como un pelele.
—Tú ríete lo que quieras, Inma... —dijo bajando la voz hasta convertirla en un susurro grave, cargado de intención—.
Pero la 'gestión' me ha servido para tenerte aquí en el asiento del copiloto, con el vestido subido hasta la ingle, temblando como una flauta y rogándome que te coma el cuello.
Así que dime... ¿quién es el que está disfrutando de la situación aquí?
Me quedé mirándolo con los ojos entornados, aguantándole la apuesta sin borrar la sonrisa socarrona de los labios.
—Un calzonazos con suerte —le espeté en un hilo de voz, guiñándole el ojo—. Nada más. Y ahora tira para la discoteca antes de que tu mujer te rastree el GPS del coche.
Se puso en marcha, llevaba cinco minutos conduciendo cuando en lugar de coger el desvío hacia la discoteca Nova, José hizo un giro brusco a la derecha en la rotonda, adentrándose en la avenida que conducía hacia la zona residencial de chalets en las afueras.
Me quedé mirándolo descolocada, viendo cómo el GPS cambiaba de ruta en el salpicadero.
—¿Dónde vas, José? —le pregunté incorporándome un poco sobre el asiento—. La discoteca está hacia el otro lado.
José dibujó una sonrisa lenta, llena de una superioridad absoluta, manteniendo la vista fija en la carretera vacía.
—¿No has escuchado a mi mujer? —dijo con la voz baja—. Ha dicho que se marchaba ya mismo con los niños a pasar la tarde al centro comercial. La casa está totalmente vacía, Inma.
Un pavor instintivo me recorrió el cuerpo: la idea de meterme en la propia casa del encargado de mi novio, el hogar que compartía con su mujer y sus hijos, cruzaba un límite ético y peligroso del que no habría vuelta atrás.
Si alguien nos veía, si su mujer volvía sobre sus pasos o algún vecino nos reconocía, la explosión sería definitiva.
Pero al mismo tiempo, el peligro brutal de la situación, la adrenalina pura de invadir su territorio sagrado y la perversión de estar cometiendo una imprudencia tan grande me produjeron morbo incontrolable que me abrasó entre las piernas.
—Estás completamente loco... —susurré, apretando los muslos contra el cuero del asiento para disimular la excitación—. Como aparezca alguien o nos vea un vecino, no nos va a salvar ni Dios.
—Nadie nos va a ver —aseguró él con total aplomo, dándome un golpecito firme en la rodilla desnuda sin apartar la mano—. A estas horas el vecindario está muerto. Además, tú tenías muchas ganas de ver cómo vive tu jefe, ¿no? Pues te voy a enseñar la casa entera.
Durante el resto del trayecto no volvimos a hablar. Yo miraba por la ventanilla cómo pasaban los coches. Las manos las tenía temblorosas por la mezcla de miedo y deseo insensato.
José giró al final de una calle arbolada y detuvo el coche frente a una verja metálica de diseño moderno. Sacó el mando a distancia y pulsó el botón. El portón automático comenzó a abrirse lentamente, deslizándose sobre los raíles con un zumbido sordo.
Avanzó despacio y metió el Mercedes en el garaje de la vivienda.