El coche de José
Inma
—Inma... —susurró Hugo con la voz temblando por una mezcla de deseo morboso y un miedo real que me encogió el pecho—. No hagas nada de lo que luego te puedas arrepentir... por favor.
Recuerdo perfectamente el sonido de sus palabras rogándome desde la ventanilla. Pero nada más retirarse Hugo, José engranó la primera marcha y aceleró. El rugido del Mercedes GLC resonó en el parking desierto mientras se desataba una risa ahogada, lenta y áspera que me erizó el vello de los brazos.
—Menudo cuadro de chaval —soltó José antes de salir a la autovía, mirándome de reojo con la luz del salpicadero marcándole las facciones de cazador—.
Te lo juro, Inma, cuando me enteré que tenías novio en la fábrica me esperaba otra cosa.
Un hombre de verdad, no sé... un tío más fuerte, con carácter, alguien que se hiciera respetar y que saliera a defenderte como Dios manda.
¿Ese es el que te cuida? Si parece que te estaba entregando en bandeja.
La humillación hacia Hugo me escoció en la garganta y apreté las manos sobre el bolso.
—Hugo es un tío estupendo, José —le espeté intentando marcar una distancia que la atmósfera del coche destruía a cada segundo—. Es muy bueno conmigo, me quiere de verdad y respeta mi espacio. No necesita ir de gallito por la vida para demostrar nada.
José soltó una carcajada seca, dándole un golpe al volante con la palma de la mano.
—¿Bueno? ¿Respetar tu espacio? —se burló inclinándose levemente hacia mi lado sin perder la carretera de vista—.
Por favor, Inma, no seas ingenua. Un tío que se queda paralizado viendo cómo otro le toca la pierna a su novia en la mesa no es un tío "bueno", es un cobarde.
Un hombre de verdad me habría parado los pies en el acto, me habría buscado fuera del restaurante o como mínimo, no te habría dejado subirte a solas en mi coche.
Se le notaba el pavor en los ojos. Sabía perfectamente a lo que venías conmigo.
—¡No venía a nada contigo! —salté levantando la voz, sintiendo que la sangre me hervía—.
Fuiste tú el que me obligó a subir para no montar un numerito.
Y no metas a Hugo en esto para justificarte.
Él no es un enfermo ni un celoso compulsivo y desde luego no es un infiel como tú, que le has puesto los cuernos a tu mujer mil veces y lo sabe toda la nave.
La mención a su mujer y a sus infidelidades le cayó como una bofetada. La sonrisa burlona de José se extinguió en un segundo.
Cambió de marcha con un tironazo brusco que nos sacudió a los dos.
—Tú no sabes absolutamente nada de mi vida ni de mi matrimonio, Inma —dijo con un tono de voz mucho más bajo, cavernoso, amenazante—. Así que ten mucho cuidado con dónde metes la lengua, porque te estás pasando de lista.
—Solo te digo la verdad —murmuré, sintiendo que el pulso se me desbocaba al ver lo enfadado que se había puesto—. Hugo no tiene nada que envidiarte. No necesita dinero ni un coche grande para hacerme sentir bien.
José redujo la velocidad de golpe, echándose al arcén de un tramo de la autovía completamente a oscuras, bajo la sombra de unos eucaliptos. Apagó los faros principales, dejando solo la luz de posición y giró todo el cuerpo hacia mí en la penumbra del habitáculo.
—¿Ah, sí? ¿Seguro que no tiene nada que envidiarme?
—susurró José, acercando su cara a la mía hasta que pude sentir su respiración caliente rozándome los labios—.
Pues déjame decirte una cosa sobre tu novio "tan perfecto": no hay nada más patético que un hombre que prefiere masticar su propia humillación antes que enfrentarse al tipo que le manda en el trabajo.
Él sabe perfectamente quién manda aquí dentro, Inma. Y tú también lo sabes.
Se hizo un silencio absoluto en el coche, roto únicamente por el ronroneo del motor al ralentí y los latidos desbocados de mi corazón.
José se inclinó un poco más hacia mí. Con una lentitud calculada, deslizó dos dedos por mi cuello, apartándome suavemente el mechón de pelo que me caía sobre el hombro para dejármelo detrás de la espalda.
Rozó la piel desnuda con la yema de los dedos y una sonrisa perversa, casi imperceptible, se le dibujó en las comisuras.
—Y sabes... —susurró, mirándome directo a los ojos con un morbo implacable—... me pareció que a tu noviecito le gustaba bastante mirar cómo te restregabas sobre mí en la mesa.
Puse cara de sorpresa contenida, abriendo un poco los ojos como si me indignara la sola insinuación.
Pero por dentro me dio un vuelco brutal en el estómago.
La realidad era que, durante todo el numerito en el restaurante, la misma puta idea me había cruzado la mente: la cara de Hugo no era de asco, era de tensión puramente sexual.
—¿En serio, José? —le espeté intentando mantener el tipo, aunque la voz me salió más grave de lo normal—. ¿Me restregaba yo, o eras tú el que me tenía acorralada sin dejarme mover?
José soltó una risita baja, ronca, disfrutando de mi reacción como si leyera cada uno de mis pensamientos.
—Tú o yo... eso es lo de menos, Inma —murmuró, acortando la distancia hasta que su aliento me acarició la barbilla—.
Lo verdaderamente importante es que nos estábamos restregando como dos animales en celo justo delante de sus narices.
Y los dos, tú y él, estabais como fieras de cachondos.
No puedes negármelo. Mira cómo tienes la respiración ahora mismo.
Me clavó la mirada en los ojos con una intensidad física que me desarmó.
El tono de su voz, la solidez con la que hablaba y la certeza absoluta con la que afirmaba que Hugo y yo nos alimentábamos de esa humillación me estaban poniendo mala, absolutamente acelerada.
Sentí un latido caliente entre las piernas que me hizo apretar los muslos instintivamente contra el cuero del asiento.
—Estás enfermo, José... —alcancé a articular en un hilo de voz, aunque la falta de aire me delató por completo.
—No, no estoy enfermo —dijo él, deslizando la mano desde la puerta hasta apoyarla con firmeza sobre la parte alta de mi rodilla, sintiendo el calor de mi piel bajo el vestido—.
Simplemente digo lo que vosotros dos no os atrevéis a admitir en voz alta.
Tu novio disfrutó viéndote en mi regazo... y a ti te encantó que él nos mirara.
Sin prisa alguna, deslizó la palma de la mano por el borde inferior del vestido.
La tela fina fue cediendo bajo la presión de sus dedos, subiendo lentamente por mis piernas hasta quedar arrugada a la altura de la ingle, convertida en una minifalda diminuta que me dejaba los muslos completamente expuestos al aire frío del coche.
Dejó la mano bien asentada sobre mi piel desnuda, apretando con la firmeza justa para recortarme cualquier posibilidad de movimiento. La calidez de su palma contrastaba de forma brutal con el temblor que me recorría el cuerpo.
—¿Y bien? —murmuró sin quitar la mano de mi muslo, manteniendo la vista fija en la carretera mientras el motor seguía al ralentí bajo los eucaliptos—. ¿Vas a ser capaz de contarle la verdad cuando lleguemos?
Me incliné levemente hacia atrás, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en la penumbra del coche.
José se inclinó sobre mí, acortando el último espacio que nos separaba. Me apartó unos cabellos del cuello y me susurró directo al oído, con un tono grave y socarrón que me hizo dar un vuelco en el estómago:
—¿Serás capaz de contarle... que mi anaconda estaba completamente suelta mientras te tenía sobre las piernas?
Al decir esto, bajó la mirada con picardía hacia su entrepierna, donde la tela del pantalón marcaba el volumen rígido de su erección.
Soltó una risa baja. Por un segundo intenté poner cara de indignación, pero el absurdo de la metáfora, sumado a la adrenalina y al calor salvaje que me quemaba por dentro, me superó.
Una risotada ahogada se me escapó entre los labios.
Terminé riéndome con él en la penumbra del habitáculo, cómplice del disparate.
—Mejor que quede como nuestro secreto... —le dije en un hilo de voz, pasándome la lengua por el labio inferior mientras intentaba recuperar el aire.
José me apretó el muslo un poco más fuerte, clavándome una mirada madura y calculadora que selló la atmósfera.
—Eso es, Inma... —susurró con una sonrisa—. Será nuestro secreto.
José inclinó la cabeza hacia mí, disfrutando del control absoluto que tenía sobre la situación. El coche seguía al ralentí en la oscuridad del arcén, rodeado por el murmullo del viento entre las ramas de los eucaliptos.
—¿Qué hacemos, Inma? —murmuró con la voz grave, espesa de morbo—. ¿Nos vamos ya para la discoteca... o nos quedamos un poco más hablando?
Al pronunciar las últimas palabras, deslizó la mano desde mi muslo hacia el interior.
No me tocó directamente, pero dejó el dorso de la mano y los nudillos situados justo en el hueco entre mis dos piernas, a escasos centímetros de mi coño.
El calor de su piel se sentía salvaje. Cualquier mínimo movimiento que hiciera, cualquier intento de reacomodarme hacia adelante, implicaba restregarme directamente contra la firmeza de su brazo.
Sentí un calentón recorriéndome la pelvis. La humillación hacia Hugo, la presencia física de José y el juego sucio en el que me había metido me tenían con la cabeza completamente ida.
Le sostuve la mirada en la penumbra del habitáculo. Esbocé una sonrisa lenta, cargada de una picardía maliciosa que no dejaba lugar a dudas sobre lo mucho que me estaba prestando al juego.
—Lo que tú quieras... —le respondí en un susurro provocador, dejando caer las palabras despacio—. Tú eres el jefe.
Y, sin apartar los ojos de los suyos, le guiñé un ojo con total descaro.
José soltó una risotada baja, un gruñido lleno de suficiencia al ver cómo aceptaba el juego sin pestañear. La tensión en el coche se volvió tan densa que casi cuesta respirar.
—Me gusta cuando te pones así de obediente, Inma... —susurró, acercando su cara lentamente a mi rostro.