Una conversación pendiente
Inma
El reloj digital del salpicadero marcaba las dos de la mañana pasadas cuando el convoy los dos coches arrancaron desde el parking de la discoteca.
El regreso a la fábrica fue un trayecto silencioso, pesado, sepultado bajo el agotamiento del alcohol, las luces de neón y la resaca moral de todo lo que había ocurrido en la penumbra de Nova.
A esa hora de la madrugada, la zona industrial estaba completamente desierta.
La nave de la fábrica se levantaba entre la niebla como una mole gris y helada.
Aparcamos los vehículos en el recinto exterior, rodeados por el zumbido lejano de los transformadores eléctricos.
Nadie tenía ganas de hablar. Nos bajamos en tropel, con los rostros desencajados y los ojos hinchados.
Nos despedimos con murmullos secos, gestos torpes de cabeza y el sonido metálico de las puertas cerrándose.
Cada uno se subió a su propio coche para emprender el camino de vuelta a casa de forma independiente.
Conduje por la autovía a oscuras y la cabeza hecha una espiral destructiva. La mezcla de culpa, excitación y un miedo puramente instintivo me quemaba el pecho. Sabía que la noche no había terminado. Sabía que el ajuste de cuentas era inevitable.
Al girar la esquina de mi calle, los faros de mi coche iluminaron la acera frente a la puerta de mi casa.
Ahí estaba.
El coche de Hugo estaba aparcado justo delante de mi valla, con el motor apagado y las luces completamente fundidas en la penumbra de la calle.
Detuve mi vehículo justo detrás del suyo. Apagué el contacto. A través del cristal del parabrisas, pude ver la silueta rígida de Hugo dentro de su habitáculo. No se había movido. Estaba esperándome, aguardando en la oscuridad como una sombra.
Había venido a por respuestas. Venía a exigirme explicaciones por el trayecto con José, por la desaparición en la discoteca, por todo el juego perverso en el que nos habíamos metido sin red.
Y yo, con la boca seca, sabía perfectamente que no iba a poder escudarme en ninguna mentira.
Tenía que bajarme del coche y darle la cara.
Abrí la puerta del coche.
Hugo bajó de su vehículo casi al mismo tiempo. El portazo que dio resonó en toda la manzana. Venía hacia mí con paso acelerado, con la cara pálida y desencajada bajo la luz amarillenta de la farola.
—Hugo... pasa dentro —le dije con la voz baja, manteniéndome firme junto a la puerta de mi casa mientras sacaba las llaves del bolso con los dedos temblorosos.
—¿Que pase dentro? —soltó él, con una voz temblorosa, ronca y cargada de una rabia fuera de control—. ¡Llevas tres horas desaparecida con ese malnacido! ¿Tienes idea de la puta locura que ha sido esto? ¿Tienes idea de lo que he pensado estando en la discoteca esperándote?
—Shhh... —le corté de golpe, dando un paso hacia él y poniéndole un dedo cerca de los labios mientras abría la cerradura a toda prisa—. Cállate. Los vecinos están durmiendo y no voy a montar un espectáculo en la calle a las dos de la mañana. Entra. Hablamos dentro.
Le abrí paso y lo metí hacia el recibidor. Hugo cruzó el umbral como un vendaval, rígido como una vara. En cuanto puso un pie dentro, empujé la puerta de madera hacia atrás. El clac del cerrojo retumbó en la penumbra del pasillo, aislando el silencio helado de la casa del resto del mundo.
Ni siquiera me dio tiempo a girarme del todo ni a encender la luz.
Hugo se me encaró en la oscuridad, acorralándome contra la madera de la puerta recién cerrada. Me clavó los ojos, desorbitados por el pánico, los celos y una obsesión enfermiza que le devoraba el rostro.
—¿Te lo has follado? —soltó a quemarropa, con una frialdad y una desesperación brutales que me congelaron la sangre en las venas.
Me quedé petrificada. La agresividad de su pregunta me dio un vuelco en el estómago.
—¡Hugo! ¿Pero qué dices? —solté atropelladamente, poniendo las manos sobre su pecho para frenar la distancia—. ¡Claro que no! ¡Por supuesto que no! ¿Pero qué te piensas que soy, Hugo? ¡Por amor de Dios!
Él no se echó para atrás ni un milímetro. La penumbra del recibidor apenas me dejaba ver el temblor de su mandíbula, pero la angustia en su voz era brutal, desbordada.
—¿Entonces por qué has tardado tanto tiempo, Inma?
—insistió fuera de sí, cogiéndome de los brazos con desesperación—.
¿Qué cojones ha pasado durante todo ese tiempo?
¡Si el trayecto son diez minutos! ¿Por qué has tardado tanto en llegar a la discoteca?
¿Qué habéis hecho durante todo ese tiempo a solas en ese coche? Dímelo. ¡Dímelo ya!
El pánico de Hugo era palpablemente real, una mezcla de celos enfermos y la culpa de haberme empujado a ese juego.
Verlo así me ablandó por dentro. Deslicé mis manos desde su pecho hasta su nuca, rodeándole el cuello con firmeza y pegando mi frente a la suya para obligarle a mirarme a los ojos, sintiendo su respiración acelerada sobre mis labios.
—Hugo, escúchame... tranquilízate, por favor —le dije en un susurro suave, acariciándole el pelo con los dedos para romper el ataque de nervios que lo tenía rígido—. Pára un segundo. Relájate... Espera. Te lo voy a contar todo, de verdad. Con pelos y señales.
Él soltó un suspiro largo, tembloroso, dejándose caer un poco sobre mí.
—¿Tienes hambre? —le pregunté buscando ganar unos segundos para que el ambiente no fuera a estallar—. ¿Quieres algo para comer? ¿Te preparo algo rápido?
Hugo negó con la cabeza, con la mirada perdida en la oscuridad, pero yo me deslicé con suavidad fuera de sus brazos.
Fui hacia la cocina sin encender la luz principal, solo con la claridad tenue del fluorescente de la campana.
Preparé rápidamente un plato sencillo con unos fiambres y un trozo de pan que quedaba sobre la encimera, y serví dos vasos grandes de agua helada.
Volví al salón con la bandeja en las manos. Hugo estaba de pie en mitad de la habitación, dando vueltas sobre sí mismo con las manos metidas en los bolsillos.
Dejé la bandeja sobre la mesa de centro del salón y me acerqué a él, tirando suavemente de su camiseta hacia abajo.
—Siéntate —le susurré, señalando el sofá con una mirada seria, densa, que prometía no guardarse absolutamente nada—. Siéntate aquí a mi lado, bébete el agua... y te cuento exactamente todo lo que ha pasado desde que me subí al coche de José.
Hugo se dejó caer en el borde del sofá. El plato sobre la mesa quedó intacto, solo agarró el vaso de agua y lo apuró de dos tragos desesperados, dejando caer la copa sobre la madera con un golpe seco.
—No me des largas, Inma. No me tomes por gilipollas —soltó levándose la cabeza de golpe y con la voz rasgada por la rabia acumulada—.
No es solo el coche. Te vi en el reservado del restaurante.
Te vi perfectamente cómo te le restregabas encima mientras él te manoseaba.
Estabas completamente ida, disfrutando de cada puta caricia.
El ataque directo me encendió. Sentí la necesidad inmediata de protegerme, de sacudirme la culpa y tirársela de vuelta a la cara.
—¡Pero qué cojones estás diciendo, Hugo!
—le espeté cruzándome de brazos y plantándome frente a él—.
¿Me estás echando la culpa a mí? ¡Si fuiste tú el que me dijo que me sentara en su regazo!
Tuve que meterme ahí entre sus piernas porque tú me lo dijiste.
Me dejaste vendida frente a todo el grupo para no dar la nota.
Si supieras lo que pasó realmente bajo esa mesa...
me vino el pensamiento a la cabeza, haciéndome tragar saliva en secreto.
Si supieras que hubo un momento exacto donde la tela fina de mi vestido era lo único que nos separaba, donde sentí el grosor de su polla dura frotándose directamente contra mi culo mientras tú mirabas a Valentin... te da un ataque al corazón aquí mismo.
—¡Te dije que te sentaras dos minutos para disimular!
—gritó Hugo poniéndose de pie de un salto, encarándose conmigo a escasos centímetros—.
¡Te lo dije para que no pareciera raro después de que me confesaras que José ya sabía que éramos pareja!
No te lo dije para que te pusieras a gemirle al oído, ni para que le dejaras que te toque el culo delante de mis narices.
¡Parecía que te estabas dejando follar en mitad del restaurante!
Una sonrisa amarga y fría se me dibujó en los labios. Ya no estaba a la defensiva, vi su punto débil y decidí atacar directo a su orgullo, sacando a la luz la mentira que él mismo intentaba esconderse.
—¿De verdad pretendes que me crea tu papel de novio indignado? —solté bajando la voz a un tono bajo, veneno puro—. Por favor, Hugo... no me hagas reír. ¿Sabes por qué me dejé llevar? ¿Sabes por qué no le aparté la mano cuando me estaba tocando?
Hugo se quedó petrificado, apretando la mandíbula hasta que le temblaron los pómulos.
—Dímelo —desafió en un hilo de voz tenso.
—Porque te miré a la cara —le solté a quemarropa, dándole un golpecito suave con el índice en el pecho—.
Mientras la mano de José subía por mi pierna, me giré y te vi.
Te vi los ojos, Hugo. No estabas enfadado.
No tenías cara de querer pegarle una paliza.
Tenías la cara desencajada de puro placer.
Vi cómo te tragabas la saliva, cómo no podías despegar la mirada de mis muslos.
Te estaba poniendo enfermo de la excitación verme así con él.
Me dejé llevar porque supe, en ese preciso segundo, que a ti te estaba volviendo loco de placer ver cómo tu jefe me acorralaba.
Las palabras le cayeron como un jarro de agua hirviendo. Hugo dio un paso hacia atrás, tropezando levemente con el borde del sofá, con el rostro completamente pálido y los ojos desencajados por la confusión y la vergüenza.
—Eso... eso es mentira —balbuceó, intentando recomponer una postura de dignidad que ya no le quedaba—. Estaba bloqueado, Inma. Estaba rabioso, no sabía cómo reaccionar sin arruinarlo todo en la fábrica...
—No estabas bloqueado, estabas cachondo —le atajé sin piedad, dándole un paso al frente para acorralarlo contra el respaldo del sofá—.
Te encantó. Y lo sabes. Te morías de ganas de ver hasta dónde era capaz de llegar él y hasta dónde me iba a dejar yo.
Así que no vengas ahora a hacerme un juicio moral a las dos de la mañana cuando el primero que disfrutó con todo este juego sucio fuiste tú.
Hugo se pasó las manos por el cabello, completamente desarmado, respirando con dificultad mientras la duda y el remordimiento le carcomían las entrañas, incapaz de distinguir si su rabia era por celos reales o por la culpa de haberse descubierto a sí mismo disfrutando de su propia humillación.
Aproveché el instante en que lo vi completamente acorralado, dudando de su propio orgullo, para dar un paso más hacia él. Subí la apuesta con una frialdad y un descaro.
—A ver, Hugo... sé sincero conmigo de una puta vez —le solté clavándole la mirada en las pupilas, bajando la voz a un susurro veneno—. ¿Quieres que me folle a tu encargado? ¿Te pondría de verdad que me lo follara?
Hugo me miró con la cara desencajada, los ojos desorbitados por una mezcla de terror, vergüenza y el pavor real de ver sus sombras más oscuras puestas al descubierto. Dio un paso atrás, negando con la cabeza torpemente como si intentara despertar de una pesadilla.
—No... No, Inma, claro que no —balbuceó con la voz rota, la respiración agitada y las manos temblándole—. ¿Pero qué cojones estás diciendo? ¡Por supuesto que no!
Me crucé de brazos, sosteniéndole la mirada con una serenidad implacable que lo destrozó por dentro.
—Pues hoy, viéndote la cara mientras se restregaba delante de ti, he dudado seriamente de si de verdad querías que me dejara follar por él.
Hugo se quedó completamente mudo, asustado, petrificado ante la idea de que su actitud me hubiera dado luz verde para cruzar cualquier límite. La culpa y el pavor se apoderaron de él en un segundo. Se le fue el color del rostro del todo.
—Inma... por favor —dijo en un hilo de voz tembloroso, tragando saliva con auténtico pánico—. ¿Qué pasó en ese coche? Dímelo ya... ¿Qué cojones pasó durante todo ese camino?