El sofá #5
Cogí el vaso con el semen de Hugo todavía caliente en el fondo. Eché un chorro generoso de ginebra encima, un poco de tónica y removí despacio con el dedo. El líquido se volvió turbio, lechoso.
Me lo llevé a los labios y le di un trago largo, sin apartar los ojos de los de Hugo.
Lo miré fijamente mientras tragaba. Sé perfectamente que eso le pone enfermo de morbo. Él me sostuvo la mirada, con las pupilas dilatadas y una respiración todavía agitada y vi cómo se le escapaba una media sonrisa de puro placer enfermo.
Hugo se guardó la polla dentro del pantalón y se subió la cremallera.
Salimos los dos de detrás del mostrador.
Mimi seguía boca abajo en el sofá, con la cara manchada y el cuerpo todavía temblando. Álex estaba sentado en el suelo, apoyado contra el sofá, recuperando el aire.
—Joder… —solté en voz alta, con una sonrisa de oreja a oreja—. Ha sido brutal. Menudo polvazo.
Los dos levantaron la cabeza de golpe.
Ninguno de los dos había visto llegar a Hugo. Se les notó en la cara: la sorpresa pura de verlo aparecer de repente a mi lado, como si hubiera estado ahí todo el rato.
Hugo sonrió. Una sonrisa lenta, cargada de complicidad.
Mimi, todavía con el semen de Álex secándosele en la mejilla, le devolvió la sonrisa. Una sonrisa cansada, pero cómplice, como si entendiera algo que todavía no se había dicho en voz alta.
Álex, en cambio, frunció el ceño. Miró a Hugo, después a mí, después otra vez a Hugo. No entendía nada.
Yo le sonreí, encogiéndome de hombros.
—Es una larga historia —le dije.
Álex soltó un bufido, todavía confuso y empezó a buscar la ropa.
Mimi se incorporó despacio, con las piernas temblorosas, y se agachó a recoger el top y el short del suelo.
Hugo y yo nos quedamos de pie, uno al lado del otro, mirándolos mientras se vestían.
Álex se levantó del suelo todavía medio vestido, se abrochó el pantalón y me miró primero a mí, después a Hugo. Su cara había cambiado por completo: ya no estaba el subidón, ahora solo había tensión.
—Esto que has visto se queda aquí —le espetó a Hugo, señalándolo con el dedo—. Esto no ha pasado. Tengo novia. Y si se llega a enterar de algo de esto, te juro que te buscas un problema gordo. Ni una puta palabra. Ni en la fábrica, ni en el grupo, ni a nadie. ¿Queda claro?
Hugo levantó las manos en un gesto de “tranquilo”, todavía con la cara de quien acaba de ver algo que no esperaba en la vida.
—Tío… —dijo con la voz ronca—. Ha sido la primera vez que veo follar a alguien en directo. Ha sido… brutal. Pero no voy a decir nada.
Álex no parecía del todo convencido. Se giró hacia mí y me clavó la mirada.
—Y tú tampoco vas a decir nada, preciosa —me dijo, más bajo, pero con el mismo tono de amenaza—. Ni una palabra. A nadie.
Me reí. No pude evitarlo. Estaba tan cachonda todavía que la risa me salió floja, casi temblorosa.
—Tranquilo, Sellés… —le contesté, pasándome la lengua por el labio—. No voy a decir nada.
Mimi, que se estaba limpiando la cara con un papel de la barra, soltó una carcajada ronca.
—Yo menos —dijo, tirando el papel a la basura—. Soy una golfilla, pero no una chivata. Lo que pasa aquí arriba, se queda aquí arriba.
Álex pareció relajarse un poco, aunque seguía mirando a Hugo de reojo, sin fiarse del todo.
Fue entonces cuando Mimi miró el vaso que yo había dejado en la barra. El cubata turbio. Sin preguntar, lo cogió, le dio un trago largo y se lo pasó a Álex.
—Prueba esto —le dijo—. Está bueno.
Álex lo agarró y también bebió, sin sospechar nada.
Hugo y yo nos miramos.
Una sonrisa lenta, cómplice, casi malvada se nos dibujó a los dos al mismo tiempo. Si ellos supieran qué estaban bebiendo realmente… El semen de Hugo mezclado con la ginebra. Los dos lo sabíamos. Y los dos nos moríamos de morbo en silencio.
Mimi se terminó de vestir. Álex se metió la camisa por dentro del pantalón y se pasó una mano por el pelo, intentando parecer presentable.
—Venga —dijo Álex, ya más calmado—. Bajamos. Y ni una mirada rara, ¿eh?
Salimos los cuatro del reservado.
Bajamos las escaleras juntos. La música de la pista nos golpeó de lleno en cuanto abrimos la puerta. Abajo seguía la juerga: Valentín, Pedro, Raquel, José… todos bailando o en la barra, ajenos por completo a lo que acababa de pasar arriba.
Nos mezclamos con ellos como si no hubiera pasado absolutamente nada.
Pero yo todavía tenía el sabor del semen de Hugo en la boca… y la imagen de Mimi a cuatro patas, con la cara aplastada contra el sofá, grabada a fuego detrás de los ojos.
Hugo caminaba a mi lado. De vez en cuando me miraba de reojo, todavía con esa expresión de alguien que no se cree del todo lo que acaba de ver… y de lo que acaba de sentir. Yo le apreté la mano disimuladamente y él me la apretó de vuelta.
La noche había terminado mucho mejor de lo que cualquiera de los dos hubiera podido imaginar cuando salimos del restaurante.
Pero yo sabía que esto no se acababa aquí.
Todavía tenía que hablar con él. Todavía le debía una explicación. Porque lo de arriba había sido intenso y sucio … pero lo de José era otra historia. Una historia que Hugo todavía no conocía y me iba a pedir explicaciones.
Y tarde o temprano, iba a tener que contársela.