El sofá #4
Mimi arqueó la espalda contra él, empujando el culo hacia atrás para recibirlo mejor.
Álex apretó un poco más el antebrazo y aceleró las embestidas, follándola con fuerza mientras la mantenía sujeta por el cuello.
Cada vez que empujaba, el cuerpo de Mimi se estremecía y un gemido ahogado se le escapaba contra el brazo de él.
Yo apreté un poco más la mano alrededor de la polla de Hugo, acelerando el ritmo sin querer.
Él respiraba agitado contra mi palma, los ojos fijos en la escena: Mimi de lado, con el antebrazo de Álex cruzándole el cuello, recibiendo cada embestida mientras su cara se ponía roja y sus ojos se entrecerraban de placer.
El sonido de la polla de Álex entrando y saliendo del coño de Mimi era húmedo y constante. De vez en cuando él le susurraba algo al oído que no alcanzábamos a oír y ella solo podía responder con gemidos cortados por la presión en su garganta.
Seguí pajeando a Hugo con la misma cadencia, lenta y firme, obligándolo a mirar en silencio mientras Álex se la follaba de lado, ahogándola suavemente, a pocos metros de nosotros.
Álex no tardó en cambiar otra vez de postura.
Sacó la polla de Mimi, la agarró de las caderas y la hizo girar sobre el sofá. Ella obedeció al instante. Se puso a cuatro patas, con el culo bien en pompa y la cabeza apoyada de lado sobre el respaldo de cuero, la cara medio hundida en el sofá.
Álex se colocó detrás de ella, le abrió un poco más las nalgas con las manos y se la volvió a meter de un solo empujón profundo.
Empezó a follarla fuerte… pero lento.
Cada embestida era pesada, deliberada, sacándola casi entera y volviendo a entrar hasta el fondo con un golpe seco de caderas contra su culo. El sonido era obsceno: el choque de piel contra piel mezclado con el ruido húmedo de su coño tragándosela una y otra vez.
Mimi gemía contra el sofá, con la boca entreabierta y los ojos semi-cerrados. Cada vez que Álex entraba hasta el final, ella apretaba los dedos en el cuero y se le escapaba un gemido más largo, más roto.
Yo seguía detrás de Hugo, con la mano derecha tapándole la boca y la izquierda rodeándole la polla.
Aceleré un poco el ritmo de la paja, apretando justo debajo de la cabeza, sintiendo cómo se le ponía todavía más dura mientras mirábamos lo mismo: Mimi a cuatro patas, el culo en alto, recibiendo cada embestida lenta y profunda de Álex.
Él le sujetaba las caderas con fuerza, hundiendo los dedos en su carne y de vez en cuando le daba una palmada seca en una nalga que hacía temblar todo su cuerpo. Mimi solo podía gemir y empujar el culo hacia atrás, pidiendo más.
Hugo respiraba agitado contra mi mano. Yo no dejaba de masturbarlo, despacio y firme, obligándolo a quedarse quieto y mirar cómo Álex se la follaba por detrás, fuerte y lento, a pocos metros de nosotros.
Mimi empezó a perder la cabeza.
Los gemidos se le volvieron más altos, más descontrolados. Cada embestida de Álex le sacaba un grito ahogado contra el sofá.
—¡Ah… joder… fóllame más duro! —gritó de repente, con la voz rota, casi llorando de placer—. ¡Más duro, Álex… así… fóllame!
Álex obedeció. Empezó a darle más fuerte, pero todavía manteniendo ese ritmo pesado y profundo. El choque de sus caderas contra el culo de Mimi sonaba cada vez más seco, más violento.
Yo apreté la polla de Hugo con más fuerza, acelerando la mano sin poder evitarlo. Estaba empapada. Ver a Mimi así, a cuatro patas, pidiendo que la follaran más duro, me tenía el coño latiéndome con fuerza.
De pronto Mimi arqueó la espalda y gritó:
—¡Me corrooo…! ¡Me estoy corriendo…!
En ese mismo segundo Álex levantó el pie y se lo plantó en la cabeza, aplastándole la cara contra el sofá con el peso de su cuerpo.
Mimi soltó un grito ahogado, medio sofocado por la presión, mientras Álex le metía embestidas todavía más grandes, más profundas, clavándosela hasta el fondo con cada golpe.
Los gritos de Mimi se volvieron un desastre de placer: gemidos agudos, rotos, entremezclados con “sí… sí… joder…” y sonidos guturales que no eran ni palabras. Se le escapaba la saliva por la comisura de la boca, aplastada contra el cuero, mientras el orgasmo la sacudía entero el cuerpo.
Yo estaba que no me aguantaba. El morbo me subía como nunca había visto algo tan sucio y tan real.
Entonces sentí a Hugo temblar contra mí.
—Me corro… —me susurró contra la mano, con la voz ronca y urgente.
Le solté la boca de golpe. Agarré el vaso de cubata que había en la barra, lo puse justo debajo de la cabeza de su polla y empecé a pajeársela con fuerza, rápida y apretada.
Hugo se corrió casi al instante.
Lo sentí temblar entero. La primera tira salió gruesa y caliente, pegando directamente dentro del vaso.
Seguí moviendo la mano con fuerza mientras él soltaba más y más, llenando el fondo del vaso de semen blanco y espeso.
Su cuerpo se sacudía contra el mío, soltando gemidos bajos y entrecortados mientras se vaciaba completo.
Al mismo tiempo, en el sofá, Álex soltó un bufido grave, casi un gruñido animal. Sacó la polla de Mimi de un tirón y se la empezó a masturbar rápido justo encima de su cara, todavía aplastada contra el sofá.
Se corrió en su cara.
Chorros calientes y espesas le cayeron en la mejilla, en la boca entreabierta, en el pelo. Mimi ni se movió. Solo jadeaba, con los ojos semicerrados, recibiendo todo mientras Álex se terminaba de vaciar sobre ella.
Cuando acabó, Álex se dejó caer de espaldas al suelo, completamente agotado, con el pecho subiendo y bajando a mil por hora.
Mimi se quedó exactamente igual: boca abajo en el sofá, el culo todavía en alto, la cara llena de semen y el cuerpo temblando de vez en cuando por las réplicas del orgasmo. No podía moverse. No tenía fuerzas ni para cerrar las piernas.
Yo seguía detrás de la barra, con el vaso en una mano y la otra todavía manchada del semen de Hugo.