EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE El sofá #2
70%

El sofá #2

Mimi se echó a reír, acomodándose descaradamente contra el costado de Álex y dándole un toque con la rodilla en el muslo.

—Hablábamos de Inma... —confesó Mimi sin ningún tipo de vergüenza, clavándome una mirada cargada de morbo a través de la penumbra—.

Le estaba diciendo que en ese coche con José ha debido de pasar de todo.

Porque esta no llega con esta carita de santa y el vestido descolocado solo por haber estado mirando el GPS, ¿a que no, Sellés?

Álex soltó una risotada baja, un bufido ronco que me hizo vibrar el hombro. Bajó la mirada despacio por la tela de mi vestido, deteniéndose justo en el dobladillo que se me había subido por encima de los muslos al sentarme.

—Hombre... la verdad es que Inma tiene una pinta de haber pasado calor en el Mercedes que no se puede aguantar —soltó Álex en un susurro cargado de veneno y provocación, metiendo la mano libre en el bolsillo para reacomodarse el pantalón mientras nos miraba a las dos—.

Si yo fuera José, te aseguro que no llegamos a la discoteca ni para el cierre...

Te tengo en el asiento del copiloto con esas piernas y no me da tiempo ni a meter la primera marcha.

Álex inclinó la copa despacio. El sonido del hielo chocar contra el cristal resonó en la penumbra mientras su mirada seguía clavada en los muslos de Inma, sin la menor intención de aflojar la presión.

—La verdad es que en esa nave somos unos cuantos los que nos quedamos mirando cada vez que cruzas el pasillo, Inma...

—murmuró Álex con una voz ronca, espesa, cargada de una intención descarada que nos dejó a las dos congeladas en el sitio—.

Y me da a mí que esta noche está la cosa muy suelta aquí arriba.

Mimi me dio un codazo suave, buscando mi complicidad en el juego que se estaba montando. La atmósfera en el sofá se había vuelto densa, pesada, saturada de un calor sofocante que olía a ginebra, a piel sudada y a la provocación abierta de estar rozándonos a escasos centímetros.

Álex dio un trago largo a su cubata, dejando que el licor le mojara los labios. Al despegar el cristal de la boca, pasó el pulgar por el borde del vaso, marcando con precisión la marca húmeda que acababa de dejar sobre el vidrio.

—¿Tienes sed, Mimi? —preguntó Álex con una sonrisa lenta, ladina, girando levemente la cara hacia ella—. Anda, dale un trago... pero bebe justo por aquí. Por donde acabo de beber yo.

Señala con el dedo el punto exacto, sin apartar los ojos de su cara.

Mimi me buscó inmediatamente con la mirada.

Las dos sabíamos perfectamente el juego sucio que estaba proponiendo: no era compartir bebida, era marcar territorio, un beso indirecto cargado de sumisión y morbo en mitad de la noche.

Mimi me miró con las pupilas dilatadas, pidiéndome permiso con los ojos, disfrutando de la tensión de sentirse acorralada.

Yo la miré de vuelta, le dediqué una sonrisa lenta, un gesto cómplice que le dio vía libre para cruzar el límite.

Mimi agarró el vaso por la base, pegó los labios exactamente sobre la huella húmeda que había dejado Álex y apuró un trago largo, sosteniéndole la mirada sin parpadear. Al separarse, se pasó la lengua por el labio inferior, soltando un suspiro tembloroso.

—Mmm... qué rico —susurró Mimi con la voz rasgada, saboreando el alcohol y el roce implícito—. Está buenísimo, Sellés... sabe exactamente a lo que me apetecía probar.

Álex soltó una risotada baja, un gruñido de satisfacción que le hizo vibrar el pecho.

Sin perder un segundo, volvió a girar la copa hacia mi lado.

Deslizó el pulgar por el cristal y volvió a marcar el punto exacto, pero esta vez justo por encima de donde Mimi acababa de dejar la marca de sus labios.

—Ahora te toca a ti, Inma... —dijo Álex, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro grave que me rozó el cuello—. Bebe de aquí. Moja los labios exactamente donde ella y yo hemos dejado la marca. A ver si a ti también te sabe igual de rico.

Tenía la boca completamente seca y la cabeza dándome vueltas entre el alcohol y la perversión de la escena. Agarré el vaso helado con los dedos temblorosos. Acerqué la copa a la cara, sintiendo el aliento de Álex a escasos milímetros de mi mejilla y la mirada devoradora de Mimi fija en mis labios.

Pegué la boca a la marca húmeda. Sentí la mezcla del sabor a ginebra amarga y el rastro de la piel de ambos.

Incliné el vaso y empecé a tragar. Pero justo cuando el primer chorro de alcohol me quemaba la garganta y cerraba los ojos para saborearlo, escuché un jadeo húmedo, denso y sofocado justo a mi lado.

Abrí los ojos en mitad del trago y me quedé paralizada con el vaso a medio camino de la boca.

Álex había agarrado a Mimi por la nuca con una fuerza salvaje, hundiéndole los dedos en el pelo y le estaba comiendo la boca de forma desesperada, brutal.

Mimi tenía la espalda completamente arqueada contra el respaldo de piel, soltando gemidos ahogados directamente dentro de la boca de Álex mientras las manos de él le bajaban a toda prisa por las caderas, apretándole la carne sin la menor vergüenza a menos de diez centímetros de mi cara.

Me quedé helada, con el alcohol todavía ardiendo en mi boca y la mirada clavada en la escena.

—Joder... —alcancé a articular en un susurro morboso, sin poder despegar los ojos del vaivén de sus lenguas y la agresividad con la que se estaban devorando en mi puta cara—. No habéis esperado ni a que termine de tragar, cabrones...

Álex se separó de Mimi de golpe, dejando un hilo de saliva brillante entre sus bocas.

Tenía los labios hinchados, la respiración agitada y los ojos completamente negros de deseo.

Sin decir nada, se giró hacia mí. Me agarró la mandíbula con una mano, firmemente y acercó la cara a la mía con la clara intención de comerme la boca igual de bruto.

Aparté la cara de un tirón, empujándole el pecho con la mano libre.

—No… —susurré, con la voz temblando entre el pánico y el morbo—. No me beses.

Álex se quedó un segundo mirándome, con esa media sonrisa chula y decepcionada. Soltó un bufido bajo, casi una risa y levantó las cejas como diciendo “tú te lo pierdes”.

—Como quieras, Inma… —murmuró con la voz ronca—. Tú te lo pierdes.

Y sin más, volvió a girarse hacia Mimi y le clavó la boca otra vez, todavía más agresivo. La besó con rabia, chupándole el labio inferior, metiéndole la lengua hasta el fondo mientras ella gemía dentro de su boca.

Yo me quedé ahí, a su lado, sin moverme. La mano que tenía libre subió sola hasta la nuca de Álex. Empecé a pasarle los dedos por el pelo, despacio, acariciándole la base del cráneo mientras los miraba comerse la boca a menos de un palmo de mi cara. El calor de su cuello me quemaba los dedos.

Mimi no paró. Mientras Álex la devoraba, su mano derecha bajó por el pecho de él, abrió la camisa un poco más y siguió bajando hasta la bragueta. Escuché el sonido metálico del cierre deslizándose. Mimi metió la mano dentro, buscó y de un tirón sacó la polla de Álex.

Salió como un resorte.

Gruesa, dura, completamente erecta, con la cabeza ya brillante de presemen.

Dio un pequeño latido al quedar libre, pesada y caliente contra el aire del reservado.

Mimi la miró un segundo, con los ojos muy abiertos y después levantó la vista hacia mí.

Me clavó la mirada mientras seguía sujetando la polla de Álex por la base, como preguntándome sin palabras qué pensaba de lo que estaba viendo.

Yo no aparté la vista.

Seguí acariciando el pelo de Álex con una mano, despacio, enredándole los dedos en los mechones, mientras mis ojos bajaban una y otra vez a esa polla gruesa y tensa que Mimi tenía entre los dedos.

Álex, sintiendo las dos miradas sobre él, abrió más las piernas sobre el sofá, hundiendo el cuerpo hacia atrás y ofreciendo mejor el regazo, como invitándonos a las dos a seguir mirando.

El silencio solo lo rompían los jadeos húmedos de Mimi y el roce de mi mano en su pelo.

Mimi me miró fijamente a los ojos, sin soltar la polla de Álex y se inclinó hacia delante.

Abrió la boca y se la metió entera de un solo movimiento, hasta que sus labios tocaron la base.

Empezó a chupársela con ganas, lenta al principio, dejando que la saliva le resbalara por el tronco mientras subía y bajaba la cabeza.

Álex soltó un gemido bajo y giró la cara hacia mí. Me agarró suavemente de la nuca, acercándome un poco más y me susurró al oído con la voz ronca, cargada de morbo:

—¿Quieres tú también…?

La pregunta me atravesó.

Por un segundo el “sí” se me formó en la garganta. La situación me estaba poniendo cachonda de una forma sucia y peligrosa: ver a Mimi con la boca llena de esa polla, el sonido húmedo, el olor, el calor que me provocaba todo… Estaba a punto de decir que sí. Las piernas me temblaban.

Pero entonces pensé en Hugo.

Hugo estaba abajo, en la pista. Mi novio. El que me había pedido que siguiera el juego, el que me había mirado con esa mezcla de dolor y excitación mientras José me follaba con ropa. No podía. No podía serle infiel así, de esa forma tan directa.

Mimi se sacó la polla de la boca con un sonido obsceno, un hilo de saliva uniendo sus labios a la cabeza brillante. Me miró con una sonrisa maliciosa, todavía arrodillada entre las piernas de Álex y me dijo con la voz pastosa:

—Pruébala, no seas tonta…

Me moría de ganas. El coño me latía. Pero conseguí mover la cabeza de un lado a otro, un gesto débil, casi imperceptible.

—No… —susurré, tan bajo que apenas se oyó.

Fue más un movimiento de cabeza que una negativa real.

Mimi soltó una risita y de repente, se lanzó hacia mí.

Antes de que pudiera apartarme, su lengua —la misma que hacía un segundo estaba pasando por la polla de Álex— me recorrió la mejilla y después se posó sobre mis labios, lamiéndome despacio, dejando el sabor salado y caliente del presemen de él mezclado con la saliva de ella.

Me quedé paralizada.

—Eres una guarra… —conseguí decirle, con la voz temblando.