El sofá
Inma
José detuvo el Mercedes frente a la entrada de la discoteca de un frenazo seco.
Ni siquiera apagó el motor ni miró hacia mi lado, se limitó a quitar el seguro de las puertas y soltar un bufido cargado de esa suficiencia que me dejaba el cuerpo tiritando.
Bajé del coche casi de un salto, intentando recomponerme el vestido que llevaba arrugado sobre las piernas.
Apenas apoyé los dos pies en el asfalto, José aceleró y el coche se fue pitando, perdiéndose en el parking entre el ruido del tubo de escape y el humo.
Me quedé sola en la puerta. Tenía la piel del cuello caliente y la cabeza hecha un lío absoluto.
Crucé el umbral de la discoteca. Abajo, en la pista, el ambiente era un descontrol de luces de neón, humo y música retumbando en el suelo.
Había muchísima gente apretada bailando, pero entre la masa y los destellos azules conseguí divisar a lo lejos la melena de Mimi junto a la barra.
Apreté el bolso contra mi vientre y me abrí paso a toda prisa hasta llegar a su lado.
Al verme aparecer, Mimi se giró de golpe.
Tenía las mejillas encendidas por el alcohol y en cuanto me planté delante de ella, sus labios se dibujaron en una sonrisa de oreja a oreja, cargada de una picardía maliciosa que me desarmó.
Se me acercó a la cara, me agarró del brazo y me susurró al oído por encima de los altavoces, arrastrando las palabras con puro morbo:
—¿Te lo has follado?
Me quedé petrificada. Sentí cómo la vergüenza me subía por el cuello hasta la raíz del pelo y le di un empujoncito en el hombro, ahogando un chillido.
—¡No! ¡Pero qué dices, Mimi! ¡Estás completamente loca, claro que no! —solté atropelladamente, bajando la vista al suelo para que no notara lo descolocada que estaba.
Mimi soltó una carcajada exagerada, inclinando la cabeza hacia atrás mientras me miraba de arriba abajo con socarronería.
—¡Joder, qué pena! —se burló, arqueando las cejas—. Hija mía, con todo lo que habéis tardado en llegar, pensaba que te lo habías follado pero bien en el asiento de cuero... Con la de ganas que se le ve que te tiene ese hombre, me tenías aquí sufriendo de la envidia.
—¡Joder, Mimi, que tengo novio! —le espeté intentando ponerme seria, pero la voz me tembló por el nerviosismo—. ¡Que Hugo está por aquí cerca y me da algo si te oye decir esa barbaridad!
Mimi volvió a reírse, pasándole olímpicamente a mi indignación. Me agarró de la mano con fuerza, entrelazando sus dedos con los míos y me dio un tirón decidido para apartarme de la multitud de la pista.
—Vente conmigo, anda. Me lo vas a contar todo con pelos y señales arriba, donde no haya moros en la costa —dijo guiándome hacia las escaleras laterales.
Subimos los escalones de madera hasta llegar al pasillo oscuro del piso superior. Mimi sacó su muñeca, acercó la pulsera negra al lector electrónico de la pared y la cerradura soltó un click sordo. La puerta maciza se abrió hacia dentro.
Al cruzar el umbral y ver el espacio iluminado por LEDs azules, con el sofá circular de piel negra, el ventanal de espejo y la barra privada llena de botellas caras, me quedé con la boca abierta.
—Joder... menudo reservado —alcancé a murmurar, mirando a mi alrededor con los ojos como platos—. Cómo se nota que soy una pobre, que yo estas cosas no las he visto en mi vida.
Mimi se giró hacia mí, apoyó una mano en su cadera y me clavó la mirada con una chispa de guasa incontrolable.
—Es un regalito de tu encargado favorito... —soltó, guiñándome un ojo con descaro y sacándome la lengua antes de echarse a reír.
No pude evitar soltar una risotada entrecortada, llevándome las manos a la cara para ocultar el rubor. Mimi se acercó a la barra, agarró una botella de ginebra y echó dos chorros generosos sobre dos vasos con hielo. Me alargó uno y me miró con voracidad, apoyando los codos sobre el mármol.
—A ver, cariño, déjate de tonterías y suelta por esa boca —me exigió Mimi en un susurro bajo, inclinandose hacia mí—. ¿Qué ha pasado en ese coche? Porque has llegado con la cara desencajada, el vestido medio levantado y los labios hinchados. No me digas que no ha pasado nada porque no me lo creo.
Apuré un trago largo de la copa. El gintonic me quemó la garganta, bajando como una chispa que terminó de encenderme las tripas.
—Mimi, de verdad... ha sido insoportable —confesé bajando la voz, sintiendo que las piernas me flaqueaban al recordarlo—.
Ese tío está enfermo. Durante todo el camino no ha parado de mirarme, de meter la mano por mi lado, de decirme que sabía perfectamente que Hugo estaba rabioso en el otro coche...
Me decía unas cosas horribles, tan guarras, tan directo...
—¿Y tú qué hacías, eh? —me interrumpió Mimi con los ojos brillantes de puro morbo, rozándome el brazo con las uñas—. ¿Le dijiste que parara o te quedaste tiesa disfrutando del numerito?
Tragué saliva. La imagen del cuero del Mercedes y la sensación de su mano tentándome el muslo mientras conducía me inundaron la mente de golpe.
—Es que... no podía moverme —admití en un hilo de voz casi inaudible, mordiéndome el labio inferior mientras el calor me recorría el cuerpo—.
Sentía pánico de que fuera a más, pero a la vez...
sabiendo que Hugo me había dicho en la cara que siguiera el juego, me daba un morbazo que me moría.
Sentir que me estaba acorralando y que no podía escapar...
Mimi, te juro que he llegado con las braguitas empapadas.
Mimi soltó un ahogo de sorpresa y placer, tapándose la boca con la mano mientras se le escapaba una risita maliciosa.
—¡Serás guarra! —me susurró, agarrándome de los hombros y agitándome suavemente—.
O sea, que el jefe te tiene totalmente dominada y encima a ti te encanta que tu novio lo sepa.
Eres una peligrosa, Inma... Como José se dé cuenta de cómo te pones solo con que te mire así, no te va a soltar en la vida.
Y a mí me vas a tener que contar hasta el último detalle de cómo termina esta noche.
El click seco del lector de la puerta nos cortó la conversación de golpe. Mimi y yo nos quedamos congeladas en mitad de la barra, con las copas a medio camino de la boca y los ojos fijos en la puerta que empezaba a ceder hacia adentro.
La puerta se abrió despacio. La figura de Álex Sellés apareció en el umbral, recortada contra la penumbra del pasillo. Tenía la camisa desabotonada por arriba, el pelo revuelto y los ojos verdes ligeramente entornados, brillantes por el alcohol y el subidón de las rayas de antes.
Al vernos allí a las dos a solas —a Mimi agarrada a mi brazo y a mí con el vestido arrugado, las mejillas encendidas y la respiración agitada por las guarradas que nos estábamos confesando—, Álex se detuvo en seco.
Su mirada no fue una simple mirada de sorpresa.
Recorrió despacio el reservado, primero en mí y luego en el rostro de Mimi, que no se molestó lo más mínimo en disimular la complicidad.
Una sonrisa lenta y cargada de un morbo explícito se le dibujó en los labios. Se le notaba en la cara que sabía perfectamente que nos había pillado en mitad de un secreto sucio y la idea de romper esa intimidad le provocó una satisfacción descarada.
—Hostia... —soltó Álex con la voz ronca, espesa, sin amagarse ni un milímetro—. No sabía que la fiesta buena estaba aquí arriba.
Nadie se movió. El silencio en el reservado se hizo evidente.
La música de la pista retumbaba como un latido lejano tras el cristal tintado mientras Álex daba un paso hacia dentro.
Apoyó la mano en el marco y con un movimiento deliberadamente lento, empujó la puerta hacia atrás hasta escuchar el clac del cerrojo volviendo a cerrar.
Nos dejó a los tres aislados por completo.
—Tranquilas, chicas... solo venía a por una copa —dijo en un susurro grave, disfrutando del impacto que causaba su presencia.
Sin quitarnos la mirada de encima ni un solo segundo, caminó despacio hacia nuestro lado de la barra.
Sus ojos saltaban de mis muslos a los de Mimi con una desfachatez que me hizo tragar saliva de golpe.
Pasó tan cerca de mí que pude sentir el calor de su cuerpo y el olor a tabaco y ginebra que desprendía.
Agarró la hielera con parsimonia, haciendo tintinear los cubitos metálicos contra el cristal mientras su mirada seguía clavada en las mías, escaneándome el escote con un descaro absoluto que me encendió la piel de arriba abajo.
Mimi soltó una risita baja, cargada de una intención maliciosa. Lejos de amedrentarse o taparse, le echo una mirada desafiante a Álex.
—Pero no te quedes ahí de pie con cara de hambriento, Sellés... —soltó Mimi con la voz arrastrada, espesa por el alcohol—. Anda, ven aquí y siéntate con nosotras si tienes cojones. Estábamos hablando justo de cómo os las gastáis los chicos de la nave.
Álex frunció las cejas con una sonrisa torcida, lenta, disfrutando de la invitación como un cazador al que le sirven la pieza en bandeja. Apuró un trago de su copa sin despegar los ojos de nosotras y avanzó despacio hacia el sofá circular de piel negra.
—A ver si va a ser verdad que el reservado este es solo para las chicas malas... —murmuró Álex con la voz ronca.
Se dejó caer en el centro del cuero con las piernas abiertas de par en par, ocupando espacio con una chulería natural. Estiró los dos brazos sobre el respaldo y nos hizo un gesto con la cabeza para que nos acercáramos.
Álex no esperó a que nos acomodáramos: pasó el brazo derecho por detrás de los hombros de Mimi y el izquierdo lo dejó caer en el respaldo, justo por encima de mi cabeza, dejándonos a las dos completamente encajadas a sus lados, atrapadas por su presencia.
—A ver, contadme... —dijo Álex inclinándose levemente hacia mi lado, rozándome la patilla con su aliento caliente mientras me miraba fijamente el cuello—. ¿De qué hablabais tan concentradas que os habéis puesto las dos como dos brasas en cuanto he cruzado la puerta?