EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE El reservado #3
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El reservado #3

El alivio fue casi místico, un placer físico tan salvaje que se me cerraron los ojos de golpe y tuve que apoyar una mano contra los azulejos fríos del baño para no caerme.

Sentí cómo toda la tensión acumulada en las piernas y en el vientre se disipaba en un suspiro largo, profundo y caluroso.

Estaba tan al límite que la sensación de vaciarme me devolvió por un segundo la respiración.

Me subí la cremallera, me lavé las manos a toda prisa con agua helada para despejarme la cara y salí del baño, sin sospechar que los veinte minutos que me había tirado en esa cola lo habían cambiado todo.

Salí del pasillo de los baños y el ambiente de la discoteca me volvió a envolver de golpe. La música retumbaba con pesadez, pero la escena abajo empezaba a descomponerse a medida que la noche avanzaba, la gente ya no bailaba en grupo, sino que andaba desperdigada por las esquinas y los pasillos.

A un lado de la barra principal divisé a Álex Navarro, totalmente acoplado al mostrador, intentando ligar torpemente con una camarera de seguridad o de eventos que medía fácilmente dos veces más que él.

La tía lo miraba desde arriba con cara de pocos amigos mientras él braceaba con el cubata en la mano intentando hacerse el gracioso.

En la otra esquina de la pista, semiocultos tras unos altavoces, descubrí a Rodrigo y a Raquel.

Se habían apartado de la masa y mantenían una conversación intensa, pegados cara a cara.

A los dos se les veía completamente serios, frunciendo el ceño y hablando a tirones, lejos del cachondeo y el baile de hace un rato.

Caminé entre la multitud buscando al resto. A mitad de camino me crucé de frente con Pedro, que iba con la mirada algo perdida y un vaso medio vacío en la mano. Le di un toque en el hombro al pasar, pero apenas reaccionó.

Aproveché el hueco para hacer un barrido rápido y minucioso por toda la pista. Miré barra por barra, las mesas bajas, la zona de paso hacia la salida... Nada. Ni rastro del vestido marfil de Inma, ni la figura de José por ninguna parte. La angustia me dio un nuevo vuelco en el estómago.

Con la corazonada quemándome el pecho y la necesidad urgente de comprobar la última opción, me di la vuelta y encaré las escaleras de madera para subir al reservado de arriba.

Pensé que, con la pulsera y buscando privacidad para no cruzarse con la plantilla abajo, cabía la posibilidad de que hubieran llegado directo ahí.

Subí los escalones de madera uno a uno, despacio. El retumbo grave de la música de la pista empezó a apagarse a medida que ganaba altura.

Llegué al descansillo de la planta superior. El pasillo estaba completamente a oscuras, iluminado solo por el reflejo tenue de una tira LED azul en el suelo. Me acerqué a la puerta del reservado.

Levanté la mano derecha con torpeza. Me temblaba la muñeca.

Acerqué el chip dorado de la pulsera negra al lector electrónico de la pared. Un segundo eterno. Dos segundos.

Bip.

El piloto del lector pasó de rojo a verde con un destello seco. El mecanismo de la cerradura liberó la puerta con un click metálico que me resonó en el cráneo como un disparo.

Empujé la madera un par de centímetros. Apenas una rendija.

En ese preciso instante, el murmullo ahogado de la discoteca quedó sepultado por un sonido que salía directamente del interior de la sala: una respiración agitada, áspera, seguida de un gemido agudo, húmedo y sofocado que retumbó contra las paredes aisladas.

Un escalofrío me recorrió desde la nuca hasta los talones. Se me cortó la respiración de golpe. Tenía la boca completamente seca.

Joder... pensé, con la mente congelada por el alcohol y el impacto. Joder, hay alguien follando en nuestro reservado.

La cordura me pedía a gritos darme la vuelta, cerrar la puerta y bajar corriendo las escaleras.

Pero el alcohol, la sospecha morbosa y un instinto oscuro me paralizaron los pies.

Apoyé las yemas de los dedos en la madera y fui abriendo la puerta milímetro a milímetro, intentando no hacer el más mínimo ruido.

A medida que el hueco se hacía más grande, los gemidos se volvieron brutales, nítidos, descarados.

Se escuchaba el jadeo pesado de un hombre mezclado con los lloriqueos de placer de una mujer que se ahogaba en su propio aliento.

La atmósfera olía a sudor caliente, a alcohol caro y a sexo descontrolado.

Bajé la vista al suelo de parqué, buscando dónde pisar sin hacer ruido.

En mitad del umbral, tirado sobre la madera, vi un trozo pequeño de tela fina de encaje. Un tanga negro. Estaba arrugado, húmedo, abandonado apresuradamente justo al lado del marco de la puerta.

Tragué saliva con un esfuerzo sobrehumano. El estallido de mi propio pulso en las sienes era lo único que escuchaba aparte de las embestidas.

Di un paso hacia dentro. Luego otro. Despacio, pegando la espalda a la pared de cristal tintado que daba hacia la pista a oscuras.

Giré la cabeza lentamente hacia el centro de la sala.

En el inmenso sofá circular de piel negra había una figura.

Un hombre estaba sentado, reclinado hacia atrás con los brazos abiertos sobre el respaldo de cuero.

Y encima de él, a horcajadas, una chica con la espalda arqueada trotando de forma salvaje, subiendo y bajando sobre su entrepierna a un ritmo frenético que hacía crujir el tapizado.