El reservado #2
De pronto, vi de reojo cómo Álex Sellés y Rodrigo se desmarcaban disimuladamente del grupo.
Caminaron con paso casual hacia el extremo más oscuro de la pequeña barra, donde estaban los refrescos.
Me quedé mirándolos fijamente por el reflejo del cristal tintado.
Estaban trajinando algo. Álex sacó una tarjeta de plástico del bolsillo y la deslizó con destreza rítmica sobre la superficie de mármol, ordenando el polvo blanco sobre la barra mientras Rodrigo miraba de reojo hacia la puerta para asegurarse de que nadie miraba.
Se inclinaron uno tras otro, tapándose el rostro con la mano de forma torpe y escuché el chasquido sordo del aire al aspirar. Se limpiaron la nariz con el dorso de la mano al levantarse, soltando un resoplido ruidoso y sacudiendo la cabeza con los ojos muy abiertos.
Justo después, Rodrigo se acercó a Raquel, le dio un tironcito cariñoso en el brazo y se la llevó de la mano hacia el mismo rincón.
Para disimular frente a los demás, Rodrigo se colocó de espaldas, abriendo los brazos y tapando completamente a Raquel con su cuerpo para que nadie desde el sofá pudiera ver lo que estaba haciendo ella sobre la encimera.
La escena me dio la risa. Por mucho que intentaran hacerse los discretos y jugar a los espías, no podían ser más descarados ni más ridículos. La mezcla de la ginebra y el absurdo panorama me sacó una sonrisa amarga y tonta, anestesiando por completo la tensión que me quemaba las entrañas.
Juanma apuró su vaso de un trago, dejando los hielos tintineando en el fondo y miró a la peña con cara de aburrimiento mientras se pasaba la mano por la nuca.
—Oye, chavales, el reservado este está de puta madre y el jefe se ha estirado...
pero estar aquí encerrados solos es de abuelos —soltó Juanma soltando una risotada—.
A mí lo que le mola de verdad es el barro, la masa, alternar con todo el mundo y montarla en la pista.
Estar aquí viendo a la gente desde una pecera es una mariconada.
—¡Ahí le has dado! —apoyó Valentín poniéndose de pie de un brinco—. Que parecemos viejos viendo la obra desde arriba. ¡Vamos para abajo!
Todos aplaudieron la idea, entusiasmados por el subidón del alcohol y la coca que ya circulaba entre algunos. Nos acercamos en tropel al mueble bar, preparamos una última ronda cargada de cubatas para llevar los vasos en la mano y abrimos la puerta del reservado, dejando atrás el aislamiento.
Bajamos las escaleras de madera a trompicones.
En apenas veinte minutos, el panorama de la planta baja había cambiado por completo.
La música retumbaba ahora con fuerza, los graves hacían vibrar el suelo y la pista se estaba llenando a pasos agigantados.
Las luces de neón azules y púrpuras barrían las cabezas de decenas de personas que ya bailaban y consumían en las barras principales.
Nada más pisar el último escalón. Empecé a barrer la sala con la mirada, girando la cabeza de forma compulsiva hacia cada rincón, hacia la barra central, cerca de los altavoces, en las zonas de paso... Buscaba desesperadamente el vestido de Inma o la figura alta de José.
Nada. Ni un solo rastro de ninguno de los dos.
La pista estaba llena de gente desconocida bailando y bebiendo, pero entre la multitud, Inma y el encargado seguían sin aparecer. El tiempo seguía corriendo y el hueco que habían dejado en el grupo se hacía cada vez más oscuro y pesado en mi cabeza.
De repente, Mimi se me cruzó por delante.
Llevaba la copa arriba y el rostro encendido por el alcohol.
Sin previo aviso, se dio la vuelta y se pegó a mí, apoyando la espalda contra mi pecho y empezando a bailar.
Marcó el ritmo con la cadera, restregando el culo despacio y con ganas contra mi entrepierna mientras levantaba los brazos al compás de la música.
La tela fina de su ropa y la cadencia con la que se movía me atraparon de golpe, con la ginebra corriendo por mis venas y la tensión acumulada durante horas, no pude evitar que la polla se me volviera a poner dura como una piedra contra ella.
Le agarré suavemente la cintura para mantener el equilibrio y me incliné hacia su oído para hablarle por encima de los altavoces:
—¿No están tardando demasiado, Mimi? —le susurré con la voz rota, angustiado—. Se les ha ido la mano, llevan casi media hora...
Mimi echó la cabeza hacia atrás, rozándome la mejilla con el pelo, y me dedicó una mirada tibia, buscando darme algo de paz en mitad de la locura.
—Relájate y disfruta, Hugo... —me susurró al oído con voz suave pero firme—. Desconecta un poco, anda, que estás tieso como una vela.
Alcé la vista para intentar distraerme y el espectáculo que tenía alrededor era un caos absoluto.
A un par de metros, Rodrigo y Valentín habían acorralado a Raquel en mitad de la multitud.
Entre las risas descontroladas de ella, los dos se le pegaron uno por delante y otro por detrás, montándole un sándwich improvisado.
Raquel, lejos de molestarse, echaba la cabeza hacia atrás riéndose a mandíbulas abiertas, dejándose hacer mientras los dos le seguían el ritmo entre empujones y carcajadas rancias.
Un poco más allá, Pedro intentaba hacerse el gracioso con un grupo de pijas que bailaban cerca de la barra.
Para llamar su atención de la forma más absurda posible, soltó la botella de cerveza vacía al suelo justo frente a sus tacones.
El cristal resonó contra el piso y Pedro soltó una risotada torpe, abriendo los brazos como diciendo «¡ups, qué torpe soy!
» solo para ver si conseguía arrancarles una sonrisa.
Instantes después, Juanma se metió de lleno en nuestra zona.
Con la agilidad que le daba llevar un par de copas de más, se las apañó para colarse entre Mimi y yo llevando un hielo de la cubitera en la boca.
Le agarró la nuca a Mimi con picardía y se lo pasó directamente de boca a boca.
Mimi soltó una carcajada ahogada por el frío, aceptando el juego mientras Juanma celebraba la jugada alzando el vaso al aire.
Todos a mi alrededor estaban metidos en su propia espiral de desfase, pero a mí, entre el roce involuntario con Mimi y la locura de la pista, la ausencia de Inma me seguía devorando por dentro.
En ese momento, con las ginebras acumuladas y los retumbos de los bajos en el pecho, me di cuenta de que no aguantaba más: me meaba de una forma descarada. Le hice una señal rápida al grupo y me abrí paso a codazos entre la multitud hasta el fondo de la discoteca, buscando las luces de los aseos.
Al llegar, la realidad me golpeó en la cara.
Había una cola enorme. La fila serpenteaba por todo el pasillo, llena de peña borracha hablando a voces, mirándose al espejo y esperando a que quedara un hueco libre.
Me puse al final de la línea, tiritando por las ganas.
Parecía que la puta cola no tenía fin, que nadie avanzaba.
Si me hubiera acordado en ese instante de que nuestro reservado arriba tenía baño privado con llave electrónica... no me habría quedado ahí abajo. Si me hubiera acordado, no habría pasado absolutamente nada de lo que pasó después.
Pero no lo pensé. El alcohol me tenía la cabeza embrutecida y me quedé allí parado, tragándome los minutos uno a uno.
Pasaron casi veinte minutos eternos. Veinte minutos de agonía pura, apretando los muslos y sintiendo que la vejiga me iba a reventar en cualquier momento.
Estaba literalmente a punto de mearme encima por la tela del pantalón.
Cuando por fin quedó un urinario libre de pared, me colé desesperado, casi apartando a un chaval de un empujón.
Me bajé la cremallera con los dedos temblorosos y solté todo el flujo de golpe.