EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE El reservado
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El reservado

Hugo

Abrí la puerta de mi coche con un tirón seco. El calor acumulado dentro del coche me golpeó en la cara como un bofetón, pero el fuego que llevaba yo por dentro era muchísimo peor.

Me dejé caer en el asiento del conductor. Por el parabrisas vi cómo la trasera del Mercedes GLC de José desaparecía.

Valentín no tardó ni dos segundos en meterse de copiloto, dejando caer su corpachón en el asiento con una risotada rancia mientras la puerta trasera se abría para que entraran Pedro y Mimi.

—¡Hostia, qué calor hace aquí dentro, Hugo! Pon el aire a tope, anda —soltó Valentín, acomodándose y mirándome de reojo con una guasa insoportable—. Oye... ¿y esos dos? ¿Se han ido solos en el carro de José?

Solté el freno de mano dando un tironazo, intentando que no se me notara el temblor de las manos.

—Sí... —mullí con un hilo de voz seco, clavando la mirada en el asfalto—. José decía que quería que lo guiara con el GPS.

—¡Ja! ¡El GPS, dice! —Valentín soltó una carcajada estridente, dándose una palmada en el muslo—.

Menudo pájaro está hecho el encargado. Vamos a ver, que al jefe le gusta Inma desde el primer día que entró por la puerta de la nave, eso lo sabe hasta el apuntador.

Y te digo una cosa, chaval... yo soy su amigo de toda la vida y jamás he visto a ninguna tía rechazar a José.

Cuando se le mete una entre ceja y ceja, se la lleva de calle.

Tragué saliva. Un nudo denso y helado se me instaló en la garganta, dejándome la boca completamente seca. El pulso me retumbaba en las orejas a un ritmo descontrolado.

Para intentar disimular la cara de muerto que se me acababa de poner, ajusté levemente el espejo retrovisor interior.

A través del cristal, mis ojos se cruzaron de lleno con los de Mimi.

Ella estaba sentada detrás, mirándome fijamente.

Mimi era la única de toda la fábrica que sabía lo mío con Inma.

En su mirada no había guasa, sino una mezcla de tensión, complicidad y una advertencia silenciosa.

Éramos los dos únicos poseedores de ese secreto en mitad de aquel coche lleno de buitres.

Mimi intervino de golpe, sacando un vaper del bolso para maquillar la situación y frenar al animal de Valentín:

—Por favor, Valentín, qué gilipolleces dices —soltó Mimi con tono altivo, dándole una calada a su cigarro electrónico y soltando el humo hacia la ventanilla—.

Jamás en la vida mi amiga se va a acostar con un tío casado.

Y mucho menos con un viejo como José, por muy Mercedes que lleve.

Inma tiene un mínimo de clase, no como otras.

—¡Pero qué dices de clase, Mimi! —se metió Pedro desde el asiento de atrás, soltando una risa ahogada que me dolió como una puñalada en la nuca—. Si Inma ha estado toda la comida tonteando con él como una cosita mala. ¿Tú no has visto cómo se le reclinaba en las rodillas? Estaba buscando guerra.

—¡Totalmente! —apoyó Valentín, girándose un poco hacia atrás para buscar la complicidad de Pedro antes de volver a mirarme a mí con una sonrisa torcida—.

Mimi, no seas ilusa, tía. Esa chica va a llegar a la discoteca fina...

Vamos, esa llega a Nova ya follada. Te lo firmo donde quieras.

En diez minutos de trayecto a oscuras con el aire acondicionado puesto y las lunas tintadas, José le hace un traje.

—Que te calles ya, Valentín, eres un asqueroso —saltó Mimi subiendo el tono, intentando defenderme a través de su amiga mientras me sostenía la mirada por el retrovisor—. Inma solo estaba siendo amable porque es el encargado. No le deis más vueltas.

—Amable... sí, claro, muy "amable" —se burló Pedro, soltando otra risotada rancia.

Yo no dije ni una sola palabra. Estaba completamente petrificado al volante, sintiendo cómo la sangre me hervía y se me congelaba a la vez. Mi rostro era un poema absoluto: pálido y desencajado.

Aceleré por la carretera del polígono, manteniendo la distancia con el resto, pero en mi cabeza solo había espacio para una espiral destructiva de dudas que me estaba carcomiendo las entrañas.

¿Qué estaría pasando dentro de ese Mercedes?

Las lunas traseras de José eran completamente negras.

Inma estaba al lado de un tío dominante que sabía perfectamente que ella era mi novia y que estaba disfrutando cada segundo de nuestra humillación.

¿Se estaría dejando llevar? ¿Estaría la mano de José subiendo de nuevo por la tela de su vestido en mitad de la autovía, acariciándole los muslos mientras ella se mordía el labio en silencio? ¿O estaría intentando frenarlo en vano?

El pánico y una excitación negra, enfermiza e incontrolable me aplastaban el pecho a partes iguales. Necesitaba llegar a la discoteca ya. Necesitaba ver cómo bajaba Inma de ese coche.

Mimi no volvió a hablar. Se limitó a clavarme los ojos en el retrovisor una vez más, con una expresión seria, cargada de una preocupación muda que solo sirvió para hundirme más en la paranoia.

La cabeza me iba a mil por hora imaginándome los cristales tintados del Mercedes a oscuras, la mano de José sobre la pierna de Inma en mitad de la autovía y la manera en que él la miraría sabiendo que la tenía a su completa merced.

Llegamos al aparcamiento del pub Nova. Aparqué el coche de un maniobra rápida, apagué el motor y salté a la calle sin esperar a nadie. El grupo de Rodrigo ya estaba ahí, reunido cerca de la puerta principal, apurando unos cigarrillos entre risas.

Eché un vistazo frenético al parking. Nada. Ni rastro del GLC negro.

Lo sabía. Sabía de sobra que iban a llegar tarde, me repetí por dentro mientras la rabia y una punzada de pavor sordo me comprimían las costillas.

Me quedé petrificado mirando hacia la entrada de la autovía.

José le estará haciendo alguno de sus juegos para acorralarla, para intentar quitarle la ropa antes de bajar...

pero sé que Inma aguanta. Sé que no va a caer. No puede haber caído.

—Venga, tirad para dentro, que las puertas están abiertas —nos indicó Rodrigo, haciendo un gesto con la mano para que nos moviéramos.

Cruzamos la entrada de la discoteca. Abajo, en la pista principal, el ambiente todavía estaba muerto, la música retumbaba contra las paredes casi vacías, con apenas tres o cuatro parejas desperdigadas cerca de los bafles y las luces de neón barriendo el suelo desierto. La fiesta de verdad no estaba abajo.

Rodrigo nos guió directamente hacia unas escaleras laterales de madera oscura que subían a la planta superior. En el descansillo, sacó de su bolsillo un taco de tiras de tela negra con un chip dorado y nos fue repartiendo una a cada uno.

—Tomad, poneros esto en la muñeca —dijo Rodrigo, mostrándonos cómo pasar el cierre.

—¿Y esta pijada qué es? —preguntó Raquel, mirando la pulsera con curiosidad mientras se la ajustaba.

—Un regalo de nuestro querido encargado —contestó Juanma con una sonrisa de complicidad, alzando la mano para enseñar la suya—. José sale poco, pero cuando sale no le gusta rozarse con la chusma. Nos ha sacado la zona VIP completa.

Llegamos arriba y Rodrigo pasó su pulsera por un lector junto a una puerta. El cerrojo electrónico sonó con un click seco y la puerta se abrió hacia dentro.

El reservado era un espacio exclusivo, íntimo y sofocante.

La pared frontal completa estaba hecha de cristales tintados de espejo desde los que se dominaba toda la pista de abajo sin que nadie pudiera ver lo que ocurría dentro.

En el centro de la sala destacaba un sofá circular de piel negra, bajo e inmenso, rodeado por una mesa baja de cristal iluminada desde abajo por luces LED tenues de color azulado.

En una esquina había un mueble bar privado bien surtido, con botellas de ginebra premium, ron, hieleras metálicas y hileras de refrescos preparadas sobre una encimera de mármol.

El lugar olía a limpio, a cuero y a alcohol caro. Era una jaula de lujo perfectamente aislada, donde todo lo que pasara se iba a quedar sepultado entre esas cuatro paredes.

—Vaya tela de sitio se ha marcado el jefe —soltó Álex Sellés dejando su chaqueta sobre el sofá—. Esto está de locos.

—Sí, muy bonito todo —solté yo con la voz helada, quedándome de pie junto al cristal tintado, mirando hacia la pista vacía mientras el pánico me devoraba por dentro—. ¿Pero dónde cojones están José e Inma?

—Ya vendrán, tío, no te preocupes —me soltó Valentín desde el sofá, dejándose caer cuan largo era y apoyando los brazos en el respaldo de piel—. Se habrán liado a buscar aparcamiento abajo o José habrá parado a pillar tabaco.

Álex Navarro no perdió el tiempo. Se acercó directo a la pequeña barra privada del reservado, agarró una hielera con las tenazas y empezó a preparar cubatas a ritmo industrial, mezclando ron y ginebra sin escatimar en el chorro. Nos fue pasando los vasos de tubo fríos uno a uno.

Apuré el mío casi de un trago. El trago largo de ginebra me quemó la garganta, bajando como un fogonazo de fuego directo al estómago.

La música grave que retumbaba suavemente a través de las paredes insonorizadas y el ambiente cargado del reservado empezaron a anestesiarme.

Los chicos charlaban de gilipolleces de la fábrica, de las horas extra y de los turnos de la semana que viene.

Entre copa y copa y con el alcohol haciendo efecto de nuevo, conseguí anestesiar el dolor de cabeza y ahogar la paranoia.

Por un momento, logré olvidarme por completo de que, mientras nosotros estábamos allí metidos bebiendo a cuerpo de rey, mi novia seguía encerrada a oscuras en un coche con José.

Me quedé apoyado en una esquina de la barra, observando el panorama con la mente medio enturbiada.