EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE Mientras me mirabas #3
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Mientras me mirabas #3

Inma me clavó la mirada a través de la neblina de la mesa.

Me sostuvo los ojos con una mezcla de devoción salvaje, vergüenza y placer desbordado.

Se mordió el labio inferior con tanta rabia que casi se hace sangre, soltando un gemido ahogado hacia adentro mientras me apretaba la mano de vuelta, marcando con sus dedos el mismo ritmo frenético con el que la cadera de José la estaba embistiendo por detrás.

El sonido del choque de un vaso contra la madera rompió la atmósfera densa del reservado. Raquel apuró el último trago de su gintonic de un golpe, dejó la copa con fuerza sobre la mesa y se puso de pie, estirándose el vestido con energía.

—¡Venga, va, que nos dan las uvas! —gritó Raquel alzando los brazos y mirando al grupo con ganas de fiesta—. ¿Nos vamos ya a Nova o nos vamos a quedar a vivir en este reservado? ¡Que en Nova se está mejor!

Las palabras de Raquel cayeron como un jarro de agua fría sobre el vaivén bajo la mesa. Inma, reaccionando instintivamente a la interrupción, aprovechó la excusa perfecta para cortar de golpe.

—Sí, sí... —dijo Inma con la voz sofocada y el aliento corto, levantándose de un salto del regazo de José antes de que él pudiera retenerla—. Vamos tirando ya, que se hace tarde.

Al levantarse tan deprisa, Inma no pudo evitar un movimiento delator. Antes de dar un paso hacia mí, bajó la mirada directamente hacia la entrepierna de José. Se le fue la vista de forma automática, buscando comprobar el estropicio que le había dejado en el pantalón.

José, que se había quedado con el cuerpo echado hacia atrás y la respiración agitada, pilló la mirada al vuelo.

Soltó una risotada baja, cargada de una superioridad aplastante y sin el menor pudor delante de los que se estaban levantando, metió la mano por debajo de la mesa y se agarró el paquete con desfachatez, reacomodándose la erección marcada a través de la tela mientras le guiñaba un ojo a mi novia.

—Tranquila, enana... que esto no se va a ningún sitio —susurró José con una chulería que me retumbó en las orejas, metiéndose la mano en el bolsillo mientras se ponía de pie.

Inma se ruborizó hasta la raíz del pelo, apretando la mano con la mía mientras nos colocábamos el uno al lado del otro. Yo me ajusté el pantalón disimuladamente, tratando de disimular la dureza que aún me quemaba por dentro tras haber presenciado todo el espectáculo.

—Venga, vamos a coger los coches antes de que nos cierren la entrada en el pub —dijo Valentín encabezando el grupo mientras todos empezábamos a salir en tropel.

Cruzamos el pasillo del restaurante en hilera. Inma caminaba pegada a mi costado, sintiendo la mirada de José clavada en nuestras espaldas durante todo el trayecto. Salimos a la calle y el aire caliente del polígono nos dio de lleno en la cara.

Al salir al parking del restaurante, la mezcla de la luz cegadora del sol y el aire bochornoso del polígono no sirvió de nada para rebajar el nivel de alcohol ni la tensión del grupo. Todos iban hablando a voces, organizándose entre risas rancias para ver cómo se repartían en los vehículos.

Fue en ese momento cuando José sacó del bolsillo del pantalón las llaves de su Mercedes GLC negro y las hizo sonar entre los dedos con una parsimonia irritante. Me miró fijamente por encima del techo de su coche, sosteniéndome la mirada con esa sonrisa de cazador que ya conocía demasiado bien.

—Bueno, chavales, para no liar mucho el tema de la gasolina, nos organizamos rápido —dictaminó José con tono de mando, sin aceptar réplicas—.

En el de Rodrigo que se metan Juanma, Álex Sellés de copiloto, Álex Navarro y Raquel atrás.

Y en el tuyo, Hugo, os vais Valentín delante contigo y metes a Pedro y a Mimi detrás.

Dio un paso hacia el lado del copiloto de su coche y le abrió la puerta a Inma de par en par, con un gesto exageradamente caballeroso que era una provocación directa.

—Inma se viene conmigo en el GLC —soltó José, clavándome los ojos—. Así de paso me ayuda con el GPS, que el pub nuevo no lo tengo muy ubicado y yo a estas horas prefiero ir bien acompañado.

El estómago se me volvió a hacer un nudo. Sentí la tentación violenta de negarme, pero la presencia de los demás celebrando el plan y la mirada de Inma —que tragaba saliva tiritando de los nervios— me paralizaron. Aceptar el reparto era continuar el juego sucio en el que me había metido.

Caminé despacio hacia el lado del copiloto del Mercedes antes de que Inma terminara de acomodarse en el asiento de cuero beige. Apoyé las dos manos en el marco de la ventanilla bajada, inclinándome hacia el interior del coche.

Miré a José a los ojos.

—Cuídamela... —le solté con la voz tensa, buscando mantener una compostura de fachada.

José apoyó las dos manos en el volante, se giró levemente hacia mí y me dedicó una sonrisa lenta, cargada de un veneno y una perversión absolutos.

—No te preocupes lo más mínimo, Hugo... Te la voy a cuidar de categoría —dijo José articulando cada palabra con una dulzura falsa que escondía un doble sentido brutal—.

Le voy a dar un trato súper especial durante el trayecto.

Me voy a encargar personalmente de que llegue a la discoteca bien calientita, bien mimada y con muchas ganas de guerra.

Tú tranquilo, que conmigo no le va a faltar de nada.

Cada palabra resonó como una amenaza explícita de lo que pensaba hacerle a solas en ese trayecto de diez minutos.

Deslicé la mirada hacia Inma. Estaba sentada rígida en el asiento del copiloto, con los ojos desorbitados por el pánico y el morbo de la situación. Me incliné un poco más hacia ella, casi pegando los labios a su oreja para que José apenas pudiera oírme.

—Inma... —le susurré con la voz temblando por una mezcla de deseo morboso y un miedo real que me encogió el pecho—. No hagas nada de lo que luego te puedas arrepentir... por favor.

Saber que se iban a ir a solas en ese coche, con José al volante sabiéndose ganador y mi novia completamente a su merced tras lo que acababa de pasar en la mesa, me aterraba.

Me aterraba de verdad. Tenía pánico de que en esos diez minutos de carretera a oscuras, la manipulación de José y la debilidad de Inma terminaran de romper todos los límites y pasara algo irreparable entre ellos dos antes de llegar al pub.

Inma no respondió con palabras. Solo me miró con los ojos húmedos, apretando el bolso contra su vientre y tragando saliva con dificultad mientras José arrancaba el motor del Mercedes con un rugido sordo.